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Jack London en busca de aventuras

Jack London o la aventura químicamente pura
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  5 de enero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Jack London (1876-1916), sin duda uno de los mejores cuentistas de la literatura universal, cuyas obras han sido traducidas a más de sesenta idiomas, fue en vida el autor mejor pagado de su país, y todavía hoy sigue siendo uno de los más solicitados en las bibliotecas públicas por lectores de todo el mundo. Lo cual no es obstáculo para que en algunos círculos críticos se le margine como autor menor, tratado superficialmente en historias de la literatura, y poco apreciado por modernas escuelas de teoría del relato. No es nuevo este divorcio de la crítica profesional y los lectores ingenuos. Críticos hay petulantes que buscan el «vanguardismo», la sofisticación artificiosa, el hueco del discurso que remite a su propia negación metadiscursiva, paradiscursiva o heterodiscursiva (lo cual no quiere decir nada), para elaborar sus florituras. Y he aquí que London ofrece la aventura en estado puro, con la que no cabe hacer trampas, y que es preciso tomar en su más desnuda apariencia. Los cuentos de London se apoyan en dos constantes principales: la voluntad humana y la fuerza de la vida (y de la muerte, parte de este proceso vital tal como se da en la naturaleza). Sus personajes resistirán los calvarios más atroces con tal de sobrevivir. El protagonista de «Amor a la vida» atraviesa ríos helados y desiertos sin fin, herido y hambriento, perseguido por un lobo, igualmente perdido y enfermo, al que ataca con sus dientes para devorarlo. Prosigue su camino con una «esperanza superior a su conocimiento y desafiadora de la experiencia. Ya no avanzaba como un ser humano. Lo que lo impulsaba era la vida que se negaba a morir en él». Y camina sin rendirse, hasta su salvación. Es la voluntad de vivir, que a veces se transforma en voluntad de dominio, ciega y absurda incluso, pero ineludible, como una fuerza más de la naturaleza: así es «El inevitable hombre blanco»: «Dígale a un blanco cualquiera que hay madreperla en una laguna infestada de miles de caníbales e inmediatamente se pondrá en camino con un reloj despertador que utilizará a modo de cronómetro y media docena de buceadores. Susúrrele al oído que se ha descubierto oro en el Polo Norte y ese ser inevitable partirá sin dilación, armado de pico, pala y el último modelo de artesa. Y lo que es más, llegará a su destino. Hágale saber que hay diamantes en las ardientes murallas del infierno y el hombre blanco asaltará esas murallas y pondrá a trabajar al mismísimo Satán. Ahí tiene el resultado de ser estúpido e inevitable». La voluntad humana no siempre es bastante para alcanzar la meta. La naturaleza, la vida salvaje es impredecible y cobra su tributo. En «La hoguera», uno de los cuentos más famosos de London, un viajero camina perdido en la nieve y su última esperanza es hacer una hoguera para escapar a la congelación. Pero la prende debajo de un árbol y una masa de nieve que cae de las ramas la apaga, condenándolo a muerte. En «El silencio blanco» Malamute Kid debe matar a su amigo herido a quien es imposible salvar, para poder salvarse él mismo y la mujer del amigo, amenazados por el despiadado «brillante silencio blanco, claro y frío, bajos cielos de acero» del Gran Norte.

Todos estos relatos se desarrollan en ámbitos de violencia y crueldad, de pasiones elementales, desde los helados territorios polares del Yukón a los tropicales mares de las terribles islas Salomón. En esos ámbitos la vida de los hombres es primitiva, elemental, previa a la moralidad, como la de Lobo Larsen, el protagonista de «El lobo de mar»: «en su cara no había la menor huella de vicio, maldad o pecado. Era el rostro de un hombre que no hacía mal a nadie, de eso estaba seguro. Pero no desearía que se me malinterpretase. Quiero decir que era el rostro de un hombre que no desobedecía a su conciencia, o bien que no tenía conciencia. Era una criatura primitiva como los que vinieron al mundo antes del desarrollo de la conciencia moral. No era inmoral, simplemente era no moral».

Son vidas y paisajes que no conocen la misericordia. La venganza tomada contra el tiburón pescado por los marineros del Ghost en «El lobo de mar» refleja con justeza el clima de este universo: «El tiburón fue izado contra el aparejo principal. Apalancaron sus fauces hasta abrirlas del todo y metieron en su interior una firme estaca afilada de tal forma que cuando quitaron las palancas, las mandíbulas abiertas se clavaron en ella. Hecho esto cortaron el garfio. El animal se desplomó en el agua, inerme, pero pletórico de fuerza, condenado a morir de inanición». Como escribe uno de los biógrafos de London, podía convertir la acción en algo vivo con habilidad consumada: «Tenía el genio del narrador nato. Tenía facultades para hacer sentir al lector el horror físico, el hambre, la tortura india, el canibalismo, la lepra, la viruela, toda la brutalidad y el infierno primitivo latentes en el hombre y liberados en regiones salvajes».

Pero sobre esa pintura directa de un mundo cruel, destaca ante todo el impulso de la aventura y de la libertad. Son cuentos de viajes, de conquistadores y buscadores de oro, de rapiñadores que desean con pasión el poder o las riquezas. Héroes de frontera, cazadores míticos, mineros o traficantes de perlas viven sus aventuras en la desolada y gélida Alaska o en los Mares del Sur agitados por el tifón, sobrecogiendo el espíritu de todo lector auténtico, que ya no podrá olvidar al terrible Lobo Larsen al mando de su navío, ni al valeroso Malamute Kid al frente de su trineo, ni al patético Koolau, el leproso que defiende su cueva, con el fusil en las manos mutiladas, cubierto su cuerpo deforme con la guirnalda de flores que sella su voluntad de no renunciar a la belleza del mundo ni a la libertad.

Mientras pasamos las páginas de los relatos de Jack London, un viento fuerte suena en el oído: es el viento que impulsa las velas del Ghost o las goletas que navegan por Nueva Guinea, el viento que flamea los árboles en los territorios de la Gran Aventura, los que London conoció en vida y en escritura y que ofrece a los lectores que quieran embarcarse con él, sin miedo, hacia el helado Gran Norte o hacia los cálidos Mares del Sur.

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