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Noticias © Comunicación Institucional, 04/12/2004Universidad de Navarra
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La verdad en el debate público
Autor:Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
Fecha: 4 de diciembre de 2004
Publicado en:  La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Los meses de actividad de la comisión parlamentaria del 11-M han puesto de nuevo sobre el tapete la cuestión de la verdad en el debate público y la manera de alcanzarla. Se trata de una cuestión central en una sociedad democrática, pues hay muchos campos en los que la verdad no se obtiene por mayoría de votos. La realidad es independiente -repetía el filósofo y científico americano Charles Peirce- de lo que usted o yo o cualquier otra persona pensemos acerca de ella. Los procedimientos para alcanzar la verdad no son los mismos en todos los ámbitos humanos. Para determinar la verdad de algo muchas veces no sometemos el asunto a votación sino que acudimos al experto, sea el médico, el jardinero o el joyero. No tenemos un acceso privilegiado a lo que las cosas son, pero esto no significa que no pueda conocerse lo que son. De ordinario, averiguar la verdad en cualquier campo requiere un esfuerzo y una atención considerables. La ciencia es precisamente ese empeño colectivo por conocer qué son las cosas, su naturaleza, sus propiedades, sus leyes. En muchos casos la certeza obtenida tiene un carácter del todo provisional y va siendo corregida y rectificada conforme se obtienen más datos y se logra una interpretación más general, más plausible y convincente.

Desde hace años se sabe -gracias sobre todo al trabajo del filósofo de Harvard, Hilary Putnam- que la habitual dicotomía entre hechos y valores es un dogmatismo heredado del positivismo del Círculo de Viena del todo inaceptable, que tiene como efectos el bloqueo de la discusión y la paralización del pensamiento. Esta distinción entre juicios de hecho y juicios de valor es un lugar común, heredado de Hume y del empirismo británico, que se torna un sofisma si se invoca como norma suprema del debate. Se trata de una distinción tan común que hasta el ministro del Interior afirmaba ante la Comisión Parlamentaria que "las conjeturas e hipótesis sobran" y que la policía y los jueces "funcionan con hechos y no con juicios de valor". En esa misma línea, suele decirse que los hechos no se discuten, sino que se comprueban; que solo se discuten las opiniones, los juicios de valor. Esta afirmación es en el mejor de los casos ingenua, pues -ha escrito a este respecto el físico César Gómez- "el conocimiento de hechos presupone el de valores y (...) esto es así aun dentro del marco de las ciencias duras, como puede ser la física". Los hechos y los valores están interpenetrados, las cuestiones fácticas están entreveradas de ordinario con cuestiones valorativas. Todo el edificio de la ciencia es un conjunto de interpretaciones construido por la inteligencia humana para conferir sentido a los datos de nuestra experiencia. Que la ciencia sea una construcción humana no significa que sea falsa, sino que puede ser corregida, mejorada y ampliada.

Descendiendo de las ciencias a nuestras vidas humanas, podemos calificar una conducta como 'cruel' o de 'poco democrática' y al usar esos calificativos no solo estamos describiendo la conducta de que se trate, sino que estamos evaluándola. Que esto es así, lo advirtió ya nuestro Ortega en su ¿Qué son los valores?, su lección de 1918 para tomar posesión de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas: "Cuando digo rojo me refiero exclusivamente al color de este nombre; cuando digo 'acción noble' no me limito a nombrar una cierta clase de actos reales, sino que doy a entender de paso o complementariamente que esa clase de actos reales tiene un valor positivo frente al valor negativo que tiene otra clase de actos reales, a los que llamo 'abyectos'. (...) Por 'noble' entendemos, pues, un determinado valor positivo. Del propio modo, los vocablos 'generoso', 'elegante', 'diestro', 'fuerte', 'selecto' -o bien 'sórdido', 'inelegante', 'torpe', 'débil', 'vulgar'-, significan a la vez realidades y valores. Es más, si se hiciera una exploración del diccionario con el ánimo de reunir todas las palabras de sentido completamente estimativo, pasmaría la fabulosa decantación de caracteres y matices valorales que hay en el idioma usadero". Efectivamente, descripción y valoración están íntimamente ligadas en castellano y en todas las lenguas, pues los seres humanos al hablar describimos y valoramos constantemente, sin que en muchos casos podamos distinguir con claridad esas dos dimensiones: realmente no podemos decir de alguien que es un mal médico, pero una buena persona, o al revés, que sea un buen médico y una mala persona.

Tal como veo yo las cosas, aunque para quien detente el poder resulta muy cómoda esa separación entre ciencia y valores, entre la verdad y la voluntad, mantener un desgarro así entre lo fáctico y lo normativo resulta a la postre insoportable. Los seres humanos anhelamos una razonable integración de las diversas facetas de las cosas y quizá sobre todo de los diversos aspectos de nuestro vivir, mientras que la contradicción flagrante desquicia nuestra razón, hace saltar las bisagras de nuestros razonamientos y, finalmente, bloquea el diálogo y la comunicación. Por eso, me parece importantísimo recuperar el lugar de la verdad en el debate público. Precisamente, la intuición central de John Dewey, el filósofo de la educación democrática, es que las cuestiones éticas y sociales no han de quedar sustraídas a la razón humana para ser transferidas a instancias religiosas o a otras autoridades. La aplicación de la inteligencia a los problemas morales y sociales es en sí misma una obligación moral. La misma razón humana que con tanto éxito se ha aplicado a las más diversas ramas científicas se ha de aplicar también a arrojar luz sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

Como ha sostenido la filósofa canadiense Cheryl Misak, la noción de verdad debe regresar al centro de la filosofía moral y de la vida pública. Si no hay verdad, no es posible el debate porque la discusión deja de ser un proceso de búsqueda y se transforma meramente en una tramoya del poder. Si no hay verdad no tiene sentido tampoco el pluralismo democrático y la mejor actitud sería entonces la de optar por un silencio quietista. Defender el pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. El genuino pluralismo vive de afirmar no solo que caben diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además de sostener que entre ellas hay -en expresión de Stanley Cavell- maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de una opinión sobre otra. "La esencia de la verdad -escribió Peirce- está en su resistencia a ser ignorada". A mí me gusta añadir que no es la verdad fruto del consenso, sino que más bien es el consenso el fruto de la verdad y que por esta razón ha de ser la verdad el foco del debate público.

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