Noticias© Comunicación Institucional, 04/2007

Universidad de Navarra

Hagamos que la pobreza sea historia

Autor: José Luis Álvarez Arce
Profesor de Economía Aplicada y Economía Española
Universidad de Navarra

Fecha: Abril de 2007

Publicado en: Redacción

“Hagamos que la pobreza sea historia” ( Make Poverty History). Así reza el lema de la campaña que en 2005 lanzaron distintas ONG y asociaciones británicas, a las que después se sumaron organizaciones de todo el mundo. Un eslogan que refleja la vieja aspiración de erradicar por fin la pobreza. La campaña pretendía convencer a los países más ricos para cancelar la deuda de los países pobres y aumentar sus ayudas. Son, qué duda cabe, propuestas bienintencionadas. Sin embargo, la evidencia de muchos años demuestra que la ayuda incondicional al desarrollo puede dar resultados, pero siempre muy insuficientes y, en algunos casos, contraproducentes.

Porque las buenas intenciones, sin propuestas bien fundamentadas, pueden terminar agravando los problemas que ya existen. En la búsqueda de esas propuestas, conviene fijarse en los países en vías de desarrollo que sí han crecido a tasas altas y sostenidas, elevando el nivel de vida de sus ciudadanos. Pese a las lógicas diferencias entre zonas –Botswana, Malta o Corea del Sur son muy distintas–, hay elementos comunes que son claves para el desarrollo. Veámoslos.

Los pilares del crecimiento

El crecimiento de la renta per cápita, principal indicador del desarrollo económico de una nación, se sostiene sobre tres pilares: el incremento del porcentaje de la población activa, la inversión en capital humano y físico, y el avance tecnológico. Estos tres motores funcionan si el país garantiza solidez institucional y el derecho a la propiedad privada.

Es preciso que la actividad económica se organice libre y eficientemente a través del mercado, de un modo descentralizado en el que cada agente pueda responder a los incentivos y señales del mecanismo de precios. Es necesario también que los gobiernos sean transparentes –la corrupción impide el desarrollo– y eficaces –por ejemplo, mediante la inversión en infraestructuras y en educación–. Asimismo, deben promover y asegurar la libertad de sus ciudadanos: libertad para elegir, para el intercambio en los mercados, para desplazarse y para competir.

En estas condiciones, el desarrollo llegará conforme los recursos se asignen a sus aplicaciones más productivas. Es lo que tradicionalmente ha ocurrido con las emigraciones del campo a la ciudad, de la agricultura a la industria. Ese progreso implicará cambios y éstos, a su vez, supondrán la necesidad de un ajuste del que se beneficiará el conjunto de la sociedad, pero que afectará negativamente a determinados grupos, menos flexibles y con más dificultades para la adaptación.

Ante ese impacto, la continuidad del progreso exige que se reduzca el efecto de los costes, mediante mecanismos de redistribución de la renta y redes de protección que conjuguen equidad y eficiencia. Las tecnologías de la información, en parte artífices de la integración económica, hacen posible acelerar el desarrollo al permitir una transición hacia mayores niveles tecnológicos sin pasar por estadios intermedios aún lejanos para los países en vías de desarrollo. Una posibilidad que refrenda la experiencia del último medio siglo: nada de lo anterior ocurre hoy sin un aprovechamiento de las oportunidades asociadas a la globalización.

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