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La sombra inmóvil del tiranosaurio
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 4 de junio de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

El personaje del dictador no es exclusivo de la América hispana. De hecho ningún dictador sudamericano ha llegado en la historia a las cimas de sus congéneres europeos o asiáticos: los dictadores en grande (Hitler, Stalin, Mao) seguramente desdeñarán codearse en el profundo con los curiosos especímenes indianos que en su comparanza son tiranos al por menor, aunque no por falta de ambiciones. Pero en todo caso la nómina es abundante y variada desde el brutal Rosas en Argentina, al paraguayo doctor Francia; Juan Vicente Gómez en Venezuela, o Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Somoza, Trujillo y otras decenas en diferentes países, hasta los más modernos Pinochet, y el vocacional Hugo Chávez -empeñado en volver a la carga en los llanos de doña Bárbara-, acompañados del más longevo, el comandante Castro, que cada día se acerca más al animal mitológico que evoca su amigo García Márquez en El otoño del patriarca, ese dictador pedregoso y lleno de pólipos marinos que va dejando su huella sangrienta hasta que consigue morir a una edad indeterminada entre los 107 y los 232 años...

Semejante floración venenosa ha inspirado a los novelistas en muchas obras que trazan el retrato del dictador, dando lugar a un verdadero género: Yo, el supremo de Roa Bastos, El recurso del método de Alejo Carpentier, Maten al león de Jorge Ibargüengoitia, La fiesta del chivo de Vargas Llosa, son algunos de sus ejemplares, de diverso valor literario. Dos libros en particular son obras maestras (Tirano Banderas de Valle Inclán, y El otoño del patriarca de García Márquez); otro, también muy ponderado, es un fracaso deplorable: El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, favorito de la crítica francesa, que se empeñó en ver poesía y creación lingüística extraordinaria en pesados y triviales trabalenguas fonéticos y onomatopeyas («Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre...Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre. Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre... Alumbra, alumbra, lumbre de alumbre...alumbre...alumbra...alumbra, lumbre de alumbre, alumbra, alumbre...»). Asturias no consigue levantar en pie al tirano de su cuento. Primero nos lo presenta con ínfulas míticas, vestido siempre de luto riguroso, «negros los zapatos, negro el traje, negra la corbata, negro el sombrero que nunca se quitaba», pero esta negra silueta se deshace cuando lo describe persiguiendo una mosca con la falda de la camisa al aire, la bragueta abierta, los zapatos sin abrochar, la boca untada de babas y los ojos de excrecencias color yema de huevo (ojos bien raros estos de «excrecencias»...); por si fuera poco este presidente se ríe «¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ji!, ¡ji!, ¡ji!, ¡ji!, ¡jo!, ¡so!, ¡jo!, ¡jo!, ¡ju!, ¡ju!, ¡ju!, ¡ju!, ¡ju!». Lo peor es la arbitrariedad de la narración. El principal servidor del tirano es Miguel Cara de Ángel, «bello y malo como Satán». Bello lo será, pero no malo como Satán. Lo primero que hace en la novela es socorrer a un mendigo abandonado en un muladar. Por ayudar al mendigo llega tarde a una cita con el presidente, quien a pesar de su tiranía comprende las razones del perverso Cara de Ángel: «Mil excusas, señor presidente (era bello y malo como Satán), pero tuve que ayudar a un leñatero con un herido que recogió de la basura y no me fue posible venir antes... Informo al señor presidente que no se trataba de persona conocida, sino de un cualquiera....Pensé seguir con el herido hasta el hospital pero luego me dije: con una orden del señor presidente lo atenderán mejor...». Ridículo. No merece la pena seguir en esta novela llena de incoherencias la trayectoria de Cara de Ángel, su romántico amor por Camila, su caída en desgracia y su muerte, bien merecida por ser ¿«malo como Satán»? o cortísimo de entendimiento.

Tirano Banderas de Valle Inclán es cosa muy distinta. Considerada la primera novela de dictador, muestra en una serie de escenas cinematográficas, con espléndido lenguaje, la corrupción general de un país sujeto a la tiranía de Santos Banderas, cruel y vesánico, siniestro pájaro nocturno que juega a la ranita mascando coca, oyendo resonar, sin distraerse, las descargas de fusilería que cumplimentan las sentencias de muerte. Los tiburones de la costa del Fortín de Santa Mónica (prisión de reos políticos con una pavorosa leyenda de aguas emponzoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento) no pueden ya devorar la cantidad de cadáveres, mientras el cuerpo diplomático se reúne para discutir una posible protesta contra las ejecuciones: acaba presentando una nota al Gobierno de la República que solicita el cierre de los expendios de bebidas y el refuerzo de la guardia en las legaciones y bancos extranjeros. Una rebelión, encabezada por Filomeno Cuevas, criollo ranchero, y los batallones sublevados en los cuarteles de Santa Fe, acaba con Tirano Banderas, cuya muerte se inspira en la de Lope de Aguirre, el rebelde contra Felipe II. Banderas apuñala a su hija y luego cae acribillado. «Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas en la Plaza de Armas. El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay fueron las ciudades agraciadas».

De todas las novelas de dictadores es El otoño del patriarca de García Márquez la que construye el mito más denso. En la casa del poder, transitada por las vacas que devoran las cortinas, pululante de leprosos y paralíticos que viven entre los rosales del patio esperando la sal de la salud que esparce el patriarca, llena de pájaros y gallinazos y casetas de concubinas... en ese alucinante espacio con ventanas al mar Caribe -el mar que el dictador vende a los americanos-, resiste paciente, en una soledad sin límites, el anciano más antiguo de la tierra, el patriarca de patas de elefante, invulnerable a las balas, sobreviviéndose a sí mismo en una decrepitud que solo se apoya en la pura esencia del poder. Los libros de las escuelas hablan de su tamaño descomunal, de su amor por los niños y las golondrinas, su conocimiento del lenguaje de los animales, su capacidad de adivinar los pensamientos. Pero la verdadera historia del patriarca es una historia de muerte, de eliminación de los rivales, de crueldad fría y terror. Los caudillos de la antigua revolución caen dinamitados, ametrallados, envenenados... Al general conspirador Rodrigo Aguilar, que fuera su mano derecha, lo sirve en bandeja de plata al resto de los conjurados «puesto cuan largo fue sobre una guarnición de coliflores y laureles, macerado en especias, dorado al horno, aderezado con el uniforme de cinco almendras de oro, y una ramita de perejil en la boca, y cuando hubo en cada plato una ración igual de ministro de la defensa con relleno de piñones y hierbas de olor, él dio la orden de empezar, buen provecho señores». En el ciclo inacabable de las violencias manipula a sus ministros, a sus militares y aduladores: todos le ocultan la verdad, o eso creen, porque solo existe una verdad en el mundo para el patriarca: su poder, y quizá la tristeza y la soledad que son inseparables de su oficio. Solo un hombre es capaz de mirarle a los ojos: el psicópata jefe de su policía, José Ignacio Saenz de la Barra, que le envía costales de cabezas cortadas en inacabable procesión, «el hombre más valiente que habían visto mis ojos, madre, tenía una paciencia sin esquinas, sabía todo, conocía setenta y dos maneras de preparar el café, distinguía el sexo de los mariscos, sabía leer música y escritura para ciegos, se quedaba mirándome sin hablar y yo no sabía que hacer ante aquel rostro indestructible». Saenz de la Barra se gana así su sentencia de muerte, pues nadie puede mirar a los ojos del poder, ni siquiera este esbirro diestro en torturas, que alimenta a su perro feroz con intestinos de prisioneros. Sin llegar a creérselo, un día encuentran el cadáver del patriarca en la casa del poder, «volando entre el rumor oscuro de las últimas hojas heladas de su otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido, ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas que se echaban a las calles cantando himnos de júbilo de la noticia jubilosa de su muerte». Incapaz de amor, cebado en la falacia y el crimen, «solo por conservar hasta el fin de los tiempos su bolita de vidrio del poder en el puño», muere en una edad indeterminada entre los 107 y 232 años: el tiempo incontable de la eternidad, por fin, ha terminado. Pero ¿habrá muerto de verdad esta vez el patriarca, o volverá a despertar en la casa del poder, entre las vacas y los caballos muertos, los pájaros enloquecidos y los gallinazos que ventean una nueva cosecha de cadáveres al borde de los vientos marinos sin mar?

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