Noticias© Comunicación Institucional, 04/04/2007

Universidad de Navarra

La cueva corporativa

Autor: Guido Stein
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 4 de abril de 2007

Publicado en: Expansión (Madrid)

Dicen los antropólogos que el hombre por su índole peculiar se encuentra realmente a gusto o en la cueva o en la naturaleza, pues ambos espacios son los que mejor se adaptan, justamente, a su naturaleza. Los espacios intermedios le suponen una exigencia de adaptación adicional.

Si non é vero, é ben trovato, especialmente para explicar mis más recientes experiencias en las nuevas oficinas diáfanas (que los anglosajones llaman open plan work space) de uno de los edificios corporativos más formidables con los que cuentas nuestras empresas globales.

En una mañana de esta primavera recién estrenada me cité con mi cliente en su sede, que había tenido la oportunidad de verla numerosas veces por fuera, al pasar camino del aeropuerto, pues como el lector sabe bien, un directivo es aquella persona que hace recados en avión.

Ya entonces me impresionaba; sin embargo, el efecto se multiplicó cuando me adentré en sus tripas. Tras sortear varios obstáculos humanos y técnicos, que bien pueden surtir el efecto de reducir la capacidad negociadora del proveedor, llegué a una oficina (o a varias, o a muchas, no sabría decir) sencillamente inmensa. Mi tensión aflojó al distinguir a lo lejos a mi interlocutora, que se me antojó un anhelado lazarillo. Sólo me restaba cruzar un largo pasillo, en el que a derecha e izquierda se alternaban cubículos de media altura con dos, tres y hasta cuatro puestos de trabajo, que identificaba por el par silla-ordenador. Me dio la impresión de que algunos estaban ocupados, otros no. En cualquier caso, mi presencia era igual de neutra para los seres vivos como para las cosas inertes que rebasaba en mi marcha.

Efectivamente, la cordialidad y cercanía del trato humano lo recuperé con creces al saludar a mi cliente. Después, ya al volver a mi despacho, me topé de bruces con el otro extremo conceptual: la cueva del ermitaño propia de los académicos, que fomenta el trabajo individual y la aversión al mundanal ruido. Allí agazapado, mi reciente impresión me animó a explorar en la literatura científica, y me encontré con que uno de los revistas internacionales más prestigiosas (pronúnciese journal) de management dedicaba su número de febrero al “Diseño del puesto de trabajo”.

Los expertos cifraban grandes ventajas de las oficinas en espacios abiertos. Sin ánimo de ser exhaustivo vaya este resumen:

  • Fomenta la transparencia: un líder es capaz de tomar la temperatura de su equipo solamente con pegar el oído, y sabe cuándo es preciso intervenir antes de que un conflicto se fragüe. Eso requiere entender y manejarse cómodamente con el lenguaje corporal.
  • Facilita el trabajo en equipo y las relaciones entre las personas que los componen, en especial los encuentros informales y espontáneos que aportan tanta riqueza en la vida de las organizaciones.
  • Es una ocasión para mandar un mensaje renovado en favor de achatar la jerarquía, es decir, de que las ideas son más importantes que el status. (Naturalmente, para eso hay que predicar con el ejemplo).
  • Aporta flexibilidad, pues los equipos se pueden reconfigurar espacialmente con agilidad y rapidez, lo que es singularmente interesante en entornos cambiantes.. Una manera de redoblar esta competencia es instaurar el “día del trapero corporativo”, premiando a quien se deshaga de más cosas inútiles. Como aconsejaba Antonio Machado, que no era poeta de management, para ir por la vida es mejor andar ligero de equipaje.

Bien pertrechado de esos conceptos, volví a visitar la superoficina que había dejado una huella indeleble en mi retina. Aproveché para corroborar con mi amable interlocutora lo que había aprendido en los artículos de mis doctos colegas; sin embargo, a la pregunta de qué tal se trabajaba en una oficina así le ahorro la al lector la respuesta literal, que no fue precisamente alentadora. Las razones fluyeron a borbotones: “ Te pueden cotillear por encima del hombro todo lo que escribes, imagínate cuando uno consulta la nómina o alguien hace la compra; escuchas lo que no deseas oír en especial de algunos colegas; no hay intimidad durante horas; con la mejor intención incluso te pegan sustos de muerte al acercarse”.

En fin, pensé, no será para tanto. Además, recordé lo de la igualdad espacial frente a los agravios comparativos anejos al tamaño de los despachos clásicos. “Te equivocas –me contestó-, no sabes lo que la gente es capaz de hacer por un trozo mayor de ventanal”.

Sigo perplejo.

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