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Torquemada el peor
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 4 de enero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

La crítica ha señalado en el vasto mundo de las novelas de Galdós algunas supuestas etapas o categorías: novelas realistas, espiritualistas, con influencia de Tolstoi, con protagonistas místicos... Me parece que hay poco de eso, y que todas las historias y personajes de Galdós se unifican en su inclinación a lo grotesco, que no invalida los infinitos matices y exploraciones de la psicología, la historia, la economía, la geografía, y otros innumerables componentes del arte de Galdós, en que se alían la compasión (poca) y la burla (mucha). En el zoológico galdosiano destaca un caso especial, el «caso Torquemada», pobre fiera martirizada y bellaco redimido por sus sufrimientos: «Voy a contar cómo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas infelices consumió en llamas; que a unos les traspasó los hígados con un hierro candente; a otros les puso en cazuela bien mechados, a los demás achicharró por partes, a fuego lento, con rebuscada y metódica saña. Voy a contar cómo vino el fiero sayón a ser víctima; caso patético, caso muy ejemplar, señores, digno de contarse para enseñanza de todos».

Tal es el caso de don Francisco Torquemada, prestamista usurario, casero sin entrañas, apretador de las tuercas cuanto sea necesario para extraer de sus clientes y presas lo que llama (villano vulgar) el guano... Esto es lo que nos dice el narrador, aunque en realidad vemos hacer a Torquemada muy pocas maldades que lo hagan merecedor de los castigos en que se complace el novelista. Pues a Torquemada le serán concedidos algunos triunfos y esperanzas solo para convertirse en desengaños y sufrimientos. La gran alegría de su vida es su hijo Valentín, genio de las matemáticas, verdadero superdotado (con una cabeza sospechosamente abombada, eso sí) causante de los gozos orgullosos de su padre que quiere preguntarle cosas como esta: «Si acuñáramos todas las estrellas del cielo ¿cuánto producirían al cinco por ciento de interés compuesto en los siglos que van desde que todo eso existe?». Bien se ve que Toquemada no es un poeta. De hecho le estorba todo lo relativo a la literatura o el arte: «¡Ñales!, -decía en cierta ocasión-, ¿qué querrá decir esto de clásico? Vaya unos términos. Porque yo he oído decir el clásico puchero, la clásica mantilla, pero no se me alcanza que lo clásico hablando de versos o de comedias tenga nada que ver con los garbanzos ni con los encajes de Almagro».

Lo suyo es el negocio. Y admirar el talento macho de su hijo Valentín, al cual una meningitis se lleva al otro mundo con todas sus habilidades matemáticas, dejando al pobre Torquemada, ya viudo, solo y amargado.

Por azares de la vida entabla relación con una familia de alta cuna, al presente arruinada y deudora de Torquemada, y acaba matrimoniando con la hermana menor, Fidela, y sometido al imperio despótico de la mayor, Cruz, y a los desprecios aristocráticos del hermano de ambas, el ciego Rafael, que no deja de vilipendiar al bruto Torquemada (cuyo pan come) desde sus soberbias de señorito tronado e inútil. No se le escapa al usurero esta enemiga que soporta por cariño a su mujer, aunque proteste por lo bajo: «¿Con que ese mequetrefe no quiere aceptarme por hermano político? Cúmpleme declarar que me importa un rábano su oposición, y que tengo cuajo para pasármele a él y todo su orgullo por las narices. Agradezca a Dios que es ciego, que si tuviera ojos ya le enseñaría yo a mirar y ver quién es quién. Sus pergaminos de puñales me sirven a mí para limpiarme el moco, que si yo quiero ¡cuidado!, pergaminos tendré mejores que los suyos y con más requilorios de nobleza de ñales, que me hagan descender de la Biblia pastelera y de la estrella de los Reyes Magos». Cuando, ya desesperado de haber caído tan bajo entroncando con la raza torquemadoresca, Rafaelito se tira por un balcón, descansa el usurero y descansa el lector. Pero las tribulaciones de Torquemada no tienen fin. Su cuñada Cruz está empeñada en recuperar el lustre y las posesiones de la familia. Embarca a Torquemada en un camino sin retorno de ascenso social y buenos negocios, de ampliaciones de sus actividades financieras que lo hacen cada vez más rico y lo introducen en la alta sociedad. Hasta marqués y senador, terminará siendo este descendiente de castradores de puercos del Bierzo, multimillonario y punto fuerte de la bolsa y las concesiones del gobierno. Pero tremendamente desgraciado. Porque ello es que Torquemada gana millones, sí, pero la mala pécora de su cuñada le hace gastar mucho: criados, vacaciones en Francia, coche, palacio con colecciones de arte costosas, suntuosas comidas... Y cada céntimo que gasta le duele a Torquemada mucho más que el placer que le causa ganar un millón: como le dice a Cruz: «¡Ñales del polvo! Soy un desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir en su elemento, o sea, el ahorro... la mera economía del ochavo, que se gana con el santo sudor». Así que «el mejor día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las murrias le iban devorando y las satisfacciones de hombre público y de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de sus dineros».

Sus pretensiones de cultura y refinamiento no le engañan; consciente es siempre Torquemada de su carácter y de su tosquedad, lo que no deja de hacerle al lector más simpático que otros personajes con más ínfulas, sobre todo la buena doña Cruz, señora de vidas y haciendas, que si buenos sacrificios hace por la familia buenas tiranías se cobra con todos, en particular con el señor de Torquemada. Una de las grandes esperanzas del tacaño es ver reencarnado al difunto Valentinito en un nuevo hijo que le nace de Fidela del Águila: pero, ¡lástima!, ninguna de las portentosas capacidades del genio se encuentran en este vástago monstruoso, salvaje, cabezón, patizambo y orejudo (¡vaya con el compasivo Galdós!): «El crecimiento de la cabeza se inició antes de los dos años y poco después la longitud de las orejas y la torcedura de las piernas. Los ojos quedáronsele diminutos; el pelo era lacio de color enfermizo; en sus rabietas convulsivas se arrancaba mechones de cabello, por lo que se decidió pelarle al rape. Siempre estaba sucio de arrastrar su panza por el suelo; su cabezota era toda chichones; las babas le caían en hilo sobre el pecho...». ¿No es bastante castigo para Torquemada? Ni hablar. Se quedará viudo por segunda vez, aguantará los sermones del padre Gamborena (por el que asoma la ironía anticlerical de Galdós), ante cuya oratoria intenta don Francisco desesperadas resistencias, defendiendo sus posiciones de tacaño: «Ahí tiene usted a los militares, cuyo oficio es matar gente, y nos hablan del Dios de las batallas. Pues ¿por qué, ¡por vida de los ñales!, no hemos de tener también el Dios de las haciendas, el Dios del presupuesto, de los negocios o del tanto más cuanto?»... Galdós será muy compasivo con otros personajes, pero con Torquemada no tiene compasión. Después de tantas fatigas, gastado por las desdichas, enfermo del estómago, debilitado y achacoso, lo lleva a sus viejos barrios, como si buscara la juventud perdida y los buenos tiempos de la usura que tantas satisfacciones le dio cuando era un prestamista de poca monta. En una taberna de un su amigo hace un exceso y las magras, los embutidos y las judías estofadas que con tanta ansia embaula le producen un vómito feroz y un síncope terminal. Poco después agoniza (despidiendo, dice el inmisericorde cronista, un olor ratonil) resistiendo a morir, rodeado de su familia y amigos, sospechando de todos, debatiéndose entre su deseo de salvar el alma y el de salvar sus depósitos bancarios: la última palabra que pronuncia es «Conversión», pero ¿es la de su alma o la de la Deuda pública?

Algo de villano tiene el usurero Torquemada, sí..., pero ¿y don Benito Pérez Galdós, que sin qué ni para qué le hace pasar por semejantes tormentos? Me parece a mí, ¡ñales!, que no hay derecho y que el villano de esta historia es el novelista, que tanto le hace sufrir antes de dejarlo descansar en la muerte, libre, por fin, de gastos y de cuñadas.

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