Noticias© Comunicación Institucional, 03/05/2006

Universidad de Navarra

Embriones humanos y manipulación del lenguaje

Autor: Manuel Casado Velarde
Catedrático de Lengua española
Universidad de Navarra

Fecha: 3 de mayo de 2006

Publicado en: ABC (Madrid)

La “Ley sobre técnicas de reproducción humana asistida” recientemente aprobada en el Congreso, y que podría entrar en vigor alrededor del verano, está despertando las más graves reservas éticas en muchos ciudadanos. Y ha vuelto a poner sobre el tapete la falta de protección jurídica de la vida humana incipiente.

Siempre que se va a hacer mella en la conciencia ética y en el sentido común, la primera tarea se le confía al lenguaje. Hay que encontrar formulaciones que halaguen la sensibilidad dominante en cada época. La nuestra es muy adicta a todo lo que se enuncie en términos de derechos individuales y de salud, y a todo lo que contribuya a su logro, cueste lo que cueste. Como ha dicho Woody Allen, las dos palabras más hermosas que se pueden oír hoy ya no son “Te quiero”, sino “Es benigno”. Y puestos a encontrar vocablos bien sonantes, el adjetivo terapéutico, en particular, tiene la rara virtud de convertir en buena cualquier realidad a la que se aplique. Los intereses comerciales de las empresas biotecnológicas, en connivencia a veces con científicos dispuestos a tragar lo que haga falta, no son ajenos a todo esto. Y son ya moneda corriente acuñaciones como “derechos reproductivos”, “derecho a un hijo”, “reproducción humana asistida”, FIVET, “diagnóstico preimplantacional”, “clonación terapéutica”, “pre-embrión”… Por lo que se refiere al invento de esta última palabra, el especialista en bioética Gonzalo Herranz ha demostrado que se trata de una acuñación de Penelope Leach, “psicóloga y autora de deliciosos cuentos infantiles”, en 1985. Nos encontramos, pues, ante una expresión “con pies científicos de barro” pero que, sorprendentemente, se pretende refugiar en la legislación.

Por supuesto que nada tengo que objetar a los auténticos derechos individuales ni a la salud: todo lo contrario. El problema reside en qué precio estamos dispuestos a pagar por ello. Y cuando el precio se mide en vidas humanas, por incipientes que sean, habrá que andarse con sumo cuidado. ¿Debe prevalecer el “derecho a tener un hijo”, sobre la vida humana embrionaria? Porque, como se sabe, independientemente de otras razones antropológicas, las técnicas que suplantan la relación personal de los padres en la procreación arrastran consigo atentados contra vidas humanas incipientes, es decir, contra los hijos. ¿Tiene una persona derecho a fabricar seres humanos para utilizarlos como medio para restablecer la salud propia o ajena? Esta ley permite producir seres humanos a los que no se les dejará nacer, sino que se les utilizará como material de ensayo “científico” –otro adjetivo que hace buena a cualquier realidad a que se aplique— en busca de presuntas terapias futuras. La ley hace posible también producir embriones humanos –llamados “sobrantes”, de las prácticas de reproducción— como mero material de investigación, posibilitando su comercialización, tráfico y uso industrial. Y, en la medida en que se limita a prohibir la clonación reproductiva (que es tanto como prohibir casarse con un habitante de Júpiter), está permitiendo la clonación terapéutica.

Cuando parecía que la eugenesia había quedado por fin arrumbada junto con la ideología nazi, nos encontramos con que esta ley posibilita la selección eugenésica (“diagnóstico preimplantacional”) con vistas a producir bebés-medicamento, o sea, niños que nacerán con perfiles terapéuticos precisos, para curar a otros hermanos suyos, que no cumplen esos perfiles, y que, de haber sido descubiertos a tiempo, habrían sido considerados no aptos para vivir.

Si todo sale como el gobierno tiene previsto, en poco tiempo habrá un gran stock de nuevos embriones sanos y frescos, sin daños por la congelación, al servicio de los investigadores, también de los que todavía creen en los usos terapéuticos de las células madre embrionarias, a pesar del fraude de los científicos coreanos dirigidos por Hwang Woo-suk.

La vida humana embrionaria debería merecer más respeto. Todos los seres humanos hemos pasado por esa fase de vida embrionaria. Ningún embrión humano, hasta ahora, que se sepa, ha dado lugar, pasado el tiempo, a un gato o a una oveja. Nunca ha estado la Humanidad mejor pertrechada técnicamente para poder averiguar qué es y qué no es una vida humana. Da igual si se trata del comienzo como del final de la vida.

La historia del siglo XX, al compás de progresos técnicos que nos enorgullecen, ha sido también un muestrario variopinto y cruel de atentados contra la humanidad que todavía nos avergüenzan. Al cancelar el axioma moral de que el fin no justifica los medios, los ideólogos y “científicos” visionarios fijan un fin bueno; y en nombre de ese fin, vale todo: “A nosotros todo nos está permitido, decía Lenin, porque tenemos un programa para optimizar el mundo, y todo lo que sirva a ese programa puede ser considerado bueno”.

Por lo demás, los defensores de la inhumanidad siempre acertaron a dar con la expresión políticamente correcta –la “solución final” de los nazis, el “paraíso” de los comunistas, la “reeducación social”, los “daños colaterales”— (“Siempre queda el pudor de la palabra”, que decía Jorge Guillén) que anestesiara las conciencias y adormeciera la sensibilidad moral. Por un tiempo, al menos.

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