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Noticias © Comunicación Institucional, 03/04/2005Universidad de Navarra
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Aportación de Juan Pablo II a la Iglesia
Autor:Lucas F. Mateo-Seco
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 3 de abril de 2005
Publicado en:  La Estafeta de Navarra

Cuentan que cuando el Cardenal Karol Wojtyla consultó al Cardenal Stefan Wyszynski sobre su aceptación a la ya muy posible elección como Sucesor de Pedro, éste le contestó: "Acepta, e introduce a la Iglesia en el tercer milenio". Esto es lo que ha hecho Juan Pablo II abnegadamente, fidelísimamente, sin reservarse nada para sí mismo. Él ha sido un apasionado y generoso servidor de la Iglesia hasta los últimos días de su existencia. A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II ha sido el hombre de la palabra clara y sin ambigüedades; el Sacerdote, cuya palabra curaba siempre, sabiendo animar y exigir; el Pastor que ha recorrido el mundo incansablemente para encontrarse con sus hermanos los hombres.

Al escribir sobre la aportación de Juan Pablo II a la Iglesia durante este más de un cuarto de siglo, una primera característica se impone a todas las demás: su relación con el Concilio Vaticano II, que, en palabras de Mons. Álvaro del Portillo, supuso un "colosal avance eclesiológico". Juan Pablo II fue uno de los hombres que más esperanzadamente trabajaron en el Concilio, especialmente en la Constitución sobre la Iglesia, y ha considerado siempre tarea central de su pontificado el hacer llegar a toda la Iglesia el rico patrimonio doctrinal del Concilio. En esta tarea, las alegrías que Juan Pablo II ha recibido han sido muchas y muy grandes. Así sucedió con la publicación del Código de Derecho Canónico y del Catecismo de la Iglesia Católica, que, cada uno en su propio campo, aplicaba el espíritu y las enseñanzas del Concilio Vaticano II. En los documentos de este Concilio se encuentran algunas claves imprescindibles para entender el magisterio de Juan Pablo II: ese impresionante legado de encíclicas, exhortaciones, cartas y discursos que llenan muchos miles de páginas, y para entender también su forma tenaz y paciente de ejercer el Pontificado.

Juan Pablo II fue un sincero trabajador por la paz, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Dicho de otra forma, Juan Pablo II amaba profundamente la unidad, y por eso estaba atento a fomentar todas sus manifestaciones. Era ésta una pasión del Papa, conocida, respetada y admirada también por muchas personas que no pertenecen a la Iglesia y que en estos días manifiestan públicamente su afecto y su sincera amistad por Juan Pablo II. Estos testimonios constituyen un imprescindible punto de referencia a la hora de hablar de las principales aportaciones de Juan Pablo II a la vida de la Iglesia.

Esta pasión por la unidad se ha manifestado antes que nada en su empeño por la unidad dentro de la Iglesia. Ha sido notorio su afán por construir la unidad, su radical apuesta por la colegialidad, su atención a los sacerdotes. El viajero por tantos países buscaba a los hombres, pero buscaba ante todo la unidad entre ellos. Esta pasión por la unidad explica muchas de sus palabras y explica también muchos de sus silencios. Juan Pablo II ha sabido hacer realidad en su vida muchas paradojas. Una de ellas es ésta: habló mucho, habló incansablemente, pero de sus labios no se escapó una sola palabra amarga contra nadie.

Juan Pablo II era un hombre comprometido hasta el fondo con la verdad. En el Discurso al Episcopado Mejicano, reunido en Puebla de los Ángeles, les propuso un programa que muy bien puede tomarse como el programa de su pontificado: predicar la verdad sobre Jesucristo, la verdad sobre la Iglesia y la verdad sobre el hombre. Juan Pablo II pronunciaba estas palabras en los primeros meses de su pontificado. Este fue también asunto importante de su primera Encíclica, Redemptor hominis. Allí insiste con energía en el hecho de que la Iglesia es responsable de la verdad que le ha sido entregada; en la urgencia de que cada uno mantenga una relación honesta con la verdad.

Se encuentra aquí una de las razones de fondo por la que Juan Pablo II ha sabido encarnar con elegancia otra paradoja: él ha sido uno de los hombres del siglo XX con más sentido de la comunicación y, sin embargo, ha renunciado conscientemente a cuidar su propia imagen. Sus palabras han sido las del buen sacerdote, las palabras sinceras de quien no admite componendas con el mal, ni se deja llevar por lo que se entiende como "políticamente correcto". En este sentido, él ha tenido siempre un cierto aire de inocencia y de juventud. Es ésta una de las razones por las que ha sido tan querido por los jóvenes y sintonizaba tanto con ellos.

Este aire de juventud estaba avalado por otra de las características importantes de su personalidad humana y cristiana; me refiero a una característica que le ha acompañado hasta el final, imperturbablemente. Me refiero a la esperanza, el fuego propio de los corazones jóvenes. "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!". Estas fueron las palabras primeras de su Pontificado, y le han acompañado a lo largo de estos años, largos, complejos y difíciles. Le han acompañado gozosamente, esperanzadamente, mirando siempre al futuro. Al considerar su vida ya consumada, tenemos la sensación de que él fue un hombre probado por el dolor y por el sufrimiento desde su primera juventud, que en el tramo final de su existencia se convirtió en un "varón de dolores"; tenemos también la sensación de que estuvo siempre lleno de gozo y de felicidad. Ni los muchos años, ni los muchos dolores llegaron a oscurecer el cielo de su alma en el que siempre brilló la esperanza.

Cuando murió el Papa Juan Pablo I, alguien, recordando su sonrisa en la primera aparición en la plaza de San Pedro, escribió que, en su breve pontificado, el Papa Luciani había legado a la Iglesia su inapreciable sonrisa. El Papa Wojtyla, en su largo pontificado, deja como legado a la Iglesia el testimonio de su esperanza y de su falta de miedo. Pasarán los años, pero seguirán resonando en la Iglesia estas palabras: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!".

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