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Noticias © Comunicación Institucional, 03/04/2005Universidad de Navarra
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Mucha marcha
Autor:Juan Ramón García-Morato
Capellán de la Facultad de Medicina
Universidad de Navarra
Fecha: 3 de abril de 2005
Publicado en:  Época (Madrid)

Algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Es difícil decir quién tiene un dolor más grande ante el fallecimiento de Juan Pablo II. Todos podríamos reclamar sinceramente una cierta exclusiva. Pero sobre todo, los jóvenes del mundo entero. Son los que cantan con más fuerza: No te vayas todavía, no te vayas, por favor, porque esta guitarra mía no quiere decirte adiós. Creyentes y no creyentes experimentan una simpatía y una confianza honda y real.

Pero ha sido inevitable. Todo se termina en este mundo. Sólo el amor es experimentado como eterno por los que saben amar de verdad. Sin duda, algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Y se ha marchado un gran amigo. Así fue recibido el día 15 de agosto de 2004 en Lourdes: "Lo esperábamos como se espera a un amigo cuya llegada se ansía", decía el obispo de Tarbes. Y se puso a desgranar el entramado de amistades entretejido en estos 26 años de pontificado: "Se ha convertido en el amigo de los días buenos y de los días malos, un amigo exigente pero siempre cordial y cariñoso. El gran amigo de los obispos a quienes dedica muchas horas en sus entrevistas personales (...). El amigo de los sacerdotes, de los diáconos, de las personas consagradas; de las familias, de los niños; de los jóvenes especialmente; de los enfermos, de los hombres y mujeres; de los ancianos y discapacitados, grupo del que no le importa formar parte; de los investigadores, de los artistas, de los teólogos y de los filósofos; de los jefes de Estado".

Es mucho decir, pero seguía siendo poco para un corazón grande y sin fronteras: "Es amigo de los cristianos de todas las confesiones, que busca sin descanso salidas para los entresijos de la desunión. El amigo del pueblo judío, 'de alguna manera, nuestro hermano mayor' en la fe, y es con este nombre con el que Su Santidad suele referirse a él. El amigo de todos los creyentes, convencido de que las religiones pueden ser factores de paz, aunque hayan sido en muchas ocasiones un pretexto para la guerra. El amigo de todos los que buscan honradamente la verdad, de los que obran de acuerdo con su conciencia, de los que trabajan por la paz y de los que respetan a sus semejantes. El amigo, en suma, de toda la humanidad, porque cada ser humano es una criatura única, a imagen y semejanza de Dios".

Fred Zimmermann llevó magistralmente al cine una conocida obra de teatro de Robert Bolt, A man for all seasons (Un hombre para la eternidad). Le cambiaría una sola palabra (A friend for all seasons) porque expresa mejor la realidad que define -casi diría esculpe- a nuestro personaje, siempre entrañablemente cercano. Juan Pablo II ha entablado diálogo con las conciencias de millones y millones de seres humanos, más allá de los titulares de la prensa, incapaces de reflejarlo. Y estos días resuena el eco de ese diálogo en el mundo entero.

Pero con fuerza especial entre los jóvenes. En su relación con ellos se nota que no es del todo verdad la sevillana, que quizá la letra debería decir que algo renace en el alma cuando un amigo se va. A corto plazo y en el ámbito de los afectos sería verdad que algo muere. Pero sólo a corto. La vida se llena de una mayor armonía cuando eso sucede. Los cambios siempre enriquecen cuando se mantienen las ilusiones y las convicciones personales, libremente aceptadas, no dejan de estar presentes. Dostoyewski escribió que hay recuerdos entrañables en la vida de una persona que hacen posible salir airosos de cualquier situación por difícil que sea. Y Juan Pablo II ha sido protagonista y cómplice de muchos de recuerdos que ahora forman parte de la vida de tanta gente joven.

La convocatoria de la I Jornada Mundial de la Juventud era temeraria a los ojos de todos o casi todos. Pero el Papa nunca ha tenido los clichés de los adultos. Quizá se deba a que siempre ha ido por delante. Contemplando la inmediatez, su mirada ha trascendido el espacio y el tiempo. Las apuestas que ha hecho son a largo plazo, muy largo. Como si tuviera la capacidad de contemplar la realidad a cien años vista, incluso más. Sólo así se entienden sus gestos, sus decisiones, sus actos, sus predilecciones y sus ámbitos de confianza. Sobre todo se comprende mejor su capacidad de riesgo sin límites, sin preocuparse de la opinión ajena. Juan Pablo II es uno de los grandes soñadores del siglo XX que ha llegado al tercer milenio.

A aquella primera jornada fueron 80.000; les dio una cruz de madera para llevarla por el mundo, y les citó de nuevo en Roma para el 2000. Volvieron dos millones de 164 países. Es verdad que los números no sirven para las cosas del espíritu, pero hay cosas que no dejan de ser sorprendentes. Incluso los propios cardenales, los obispos que han de organizar los acontecimientos se ven desbordados en sus previsiones. Sucedió en Roma en el jubileo de los jóvenes y volvió a suceder de nuevo en Cuatro Vientos, en el último viaje del Papa a Madrid. Los italianos, más entrenados con el año jubilar, reaccionaron con soltura y prontitud. Los españoles no pudieron hacerlo por falta de tiempo y de pistas. Cuatro Vientos esperaba unos pocos cientos de miles y se vio ocupado por casi un millón de jóvenes (seiscientos mil en la cifra menos optimista de la prensa de esos días).

Quizá Juan Pablo II ha sido el único que nunca quedó sorprendido. Él ha visto multiplicarse por encima de toda previsión las Jornadas Mundiales de la Juventud, y sabe cómo responden los jóvenes cuando se les dice la verdad siempre y con cariño. Su mirada siempre ha abarcado todo el horizonte, en pasado, presente y futuro. Entonces, lo que ha visto a ojos abiertos trasciende el espacio y el tiempo, le hace recordar y le impulsa a soñar. Me temo que el ser consciente de las dificultades no ha sido precisamente lo que ha hecho dudar al Papa, sino más bien al contrario. Parece como si el hecho de que existan fuera garantía de éxito.

Cuatro Vientos fue "una vez más" lo que siempre había sucedido antes. Nadie pudo apuntarse ese casi millón de jóvenes, porque no era un encuentro partidista, ni ideológico; ni siquiera era un encuentro a favor de la paz, aunque la paz estaba implícita en el ambiente, sobre todo porque Juan Pablo II la lleva grabada a fuego en el alma desde que tiene uso de razón. Era un encuentro de jóvenes, en su mayoría católicos, con el Papa. Gente normal, gente moderna, gente con fe o con ganas de tenerla, por más que se pongan nerviosos los que les gustaría que fuera de otra manera.

Entre los que han acudido a sus convocatorias, no todos son supercatólicos y superpracticantes, sin duda. Ni siquiera todos con la fe católica. Y los que la tengan, es más que probable que no conozcan todas las enseñanzas de la Iglesia y, si las conocen, quizá no las compartan plenamente. Pero los cimientos siguen en su sitio y muestran su consistencia en situaciones como esta, cuando se escucha un mensaje que va a la raíz.

La verdad es que uno puede preguntarse donde están todos esos jóvenes. Pero existen. Simplemente no salen en los medios de comunicación, porque los jóvenes coherentes con su fe a pesar de su defectos y errores no son un fenómeno mediático por sí mismos. Sólo "sorprenden" a los que logran liberarse de los clichés preconcebidos. Muchas personas con menos de 35 años le tienen como referente de coherencia e integridad, cualesquiera que sean sus creencias.

La relación del Papa con los jóvenes siempre ha sido intensa, en cualquier circunstancia. No es cuestión de táctica, ni de imagen, sino de convicción profunda: por encima de todas las circunstancias y de todas las dificultades, son el futuro. Y la mayoría de los problemas de interés se solucionan a medio y largo plazo. Sobre todo a largo plazo. "Si sois lo que debéis ser, prenderéis fuego al mundo", les recordaba en Tor vergata, agosto de 2000. Y un conocido psicólogo italiano comentaba a los periodistas: "Parafrasear la frase de Santa Catalina de Siena ha sido un golpe teatral. Incendiar el mundo significa volver a llevar el fuego a una tierra que se está enfriando, en la que las emociones, los sentimientos e ideales corren el riesgo de dejar de caldear el ambiente. No me parece que ninguno de los dos millones de jóvenes haya tomado a la letra la invitación, arrojando 'molotovs' contra las sedes de las multinacionales. El incendio es de otro tipo: devolver la vitalidad a un mundo que se está liofilizando".

Es lo que resulta más sorprendente y, a la vez, lo más coherente de esa mirada que traspasa límites y fronteras. Se fía de los jóvenes. "Tengo plena confianza en ellos -afirmó al llegar a Barajas, mayo 2003- y estoy seguro que tienen la voluntad de no defraudar ni a Dios, ni a la Iglesia, ni a la sociedad de la que provienen". Quizá porque son más capaces de captar -al fin y al cabo, lo padecen- qué es un mundo desarraigado en el que todo es equivalente y nada es mejor o peor que su contrario. Por eso les ha confiado "hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu (...), no encerrada en sí misma sino abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos de la tierra; una Europa consciente de estar llamada a ser faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo, decidida a aunar sus esfuerzos y su creatividad al servicio de la paz y de la solidaridad entre los pueblos". Con sus raíces, las que han engendrado valores humanos profundos y valiosos que, independientemente de la fe que se profesa, han enriquecido a millones de personas. "Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen", les ha dicho de mil modos, dejando claro el camino a seguir.

Una persona desarraigada es siempre más vulnerable. Sin padre ni madre, sin historia, somos muy fáciles de manipular. Quizá todo esto lo saben los jóvenes de forma intuitiva. Quizá se empiezan a cansar de la destrucción sistemática de valores, que conduce a equiparar al honrado y al ladrón; a hacer igualmente respetable la fidelidad y la infidelidad; a igualar al parásito social, que vive del cuento, y al que trabaja con ilusión y afán de servir a los demás; a confundir con demasiada facilidad lo que cada uno es con lo que cada uno tiene. Quizá por eso aplauden los "encargos" de construir la nueva Europa, intuyendo una aventura apasionante en la que embarcarse, aunque quizá no del todo conscientes de su alcance. Quizá porque todavía no ponen límites a sus sueños. Quizá porque no tienen nada que perder y sí mucho que ganar. O posiblemente porque no les gusta el mundo que están queriendo construir los mayores, olvidando que las personas y los pueblos tienen su propia historia y, cuando se olvida, se acaba por no saber ni quiénes somos ni dónde estamos. Quizá, sobre todo, porque quien se lo dice es veraz, porque saben que nunca miente, que no está de parte de nadie, porque lleva a la persona humana prendida en el alma y siempre la defiende, allí donde se encuentre y donde necesite ser defendida. Le da igual quién la ataque.

Porque Juan Pablo II actúa siempre desde lo más hondo de su propio yo. Y cuando una persona es profundamente coherente con todo lo que es bueno, amable y hermoso, cuando vive desde lo más hondo de su conciencia, todas sus improvisaciones son acertadas. Porque no actúa. Simplemente se muestra como es. Porque es un personaje que vive dentro de la historia como auténtico protagonista; hombre de su tiempo, comparte anhelos y esperanzas sin evadirse a las alturas de los cielos, sin cerrar los ojos y el corazón a las inquietudes que atormentan a todo corazón humano mínimamente sensible. Sin cruzarse de brazos nunca. Es auténtico, sin trampa ni cartón. No esconde nada. Todo lo que es, aparece. Y lo que aparece resulta muy atrayente, como un imán.

No depende de nadie más que de Dios. Fiel a su misión, se ha ganado el prestigio de todos. Ha predicado la unión de los hombres, el diálogo de las culturas, el encuentro entre las civilizaciones. No le importa el color, la raza, ni la religión. Lo que le importa es entenderse con todos y que todos se entiendan, mostrando cada cual lo mejor de sí mismo, sin engañar al interlocutor. Está por encima de intereses e ideologías. Siempre con los que sufren. Siempre contra la guerra. Siempre con la vida. Siempre contra los fanatismos, del signo que sean. Siempre a favor de la libertad. No es extraño que los jóvenes queden fascinados ante esa autenticidad.

En toda su enseñanza no hay ni la más pequeña contradicción, nada que vaya en contra de la persona humana y de su dignidad. Juan Pablo II es, sencillamente, veraz. Y da razones. Si las ideas no se imponen, sino que se proponen, ¡cuánto más unas creencias religiosas! Los mayores ataques al comunismo han salido de su boca y sus labios han pronunciado las palabras más duras contra el consumismo que sostiene al sistema capitalista. A los jóvenes les atrae ver de aquí para allá a un anciano débil y enfermo que consigue transmitir fortaleza a las almas desesperanzadas. Por eso son sus amigos. Porque saben que tienen un amigo para siempre. Para la eternidad.

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