Noticias© Comunicación Institucional, 02/12/2006

Universidad de Navarra

Ética y política

Autor: Alejandro Llano
Catedrático de Metafísica
Universidad de Navarra

Fecha: 2 de diciembre de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

La Instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España, dada a conocer por la Conferencia Episcopal, constituye un documento serio, valiente y de un impecable tenor democrático. Es tan reflexivo y matizado que las tópicas acusaciones de interferencia o conservadurismo no tendrán disculpa alguna.

Su primera virtud es que no falta la autocrítica. Si la vida política española está avanzando a marchas forzadas hacia el laicismo y la deconstrucción moral, es en buena parte por el modo mediocre en que muchos católicos vivimos la vida cristiana, así como por la irresponsable inhibición respecto de la actividad pública y de la creatividad cultural. La ausencia de los cristianos ha dejado un vacío en el que ha sido relativamente fácil que proliferaran las leyes y disposiciones inmoralistas, referentes sobre todo a la familia y a la educación. Este desarme ético afecta directamente a los propios católicos, pero –como señalan los obispos- “debilita los fundamentos de la justicia y deteriora la vida de las personas y de la sociedad entera”.

No se trata, por lo tanto, con este texto de defender una postura ideológica o unos intereses de parte. La Iglesia Católica cuida la salud moral de la sociedad, y lo hace expresando libremente unas valoraciones y orientaciones que a nadie obliga a compartir. “Nadie tiene que temer agresiones ni deslealtades para con la vida democrática por parte de los católicos. Los católicos pedimos únicamente respeto a nuestra identidad y libertad para anunciar el mensaje de Cristo”. Lo que resulta inadmisible, y hasta ofensivo, es poner en duda la idoneidad democrática de los cristianos españoles por el hecho de que no abracen un relativismo que, por lo demás, suele ser la máscara de posturas totalitarias. Determinadas actitudes sólo pueden proceder de una carencia de cultura histórica, porque es patente que los mejores ideales políticos modernos no podrían haber surgido sin las concepciones de la libertad y de la desmitificación del mundo que proceden inequívocamente del Evangelio.

La amenaza a las libertades en España no viene hoy precisamente de la Iglesia, sino de planteamientos que pretenden hacer del Estado el inspirador moral de la sociedad, y el regulador de comportamientos y costumbres. “En una verdadera democracia -afirma con lucidez la Instrucción- no son las instituciones políticas las que configuran las convicciones personales de los ciudadanos, sino que es exactamente lo contrario: son los ciudadanos quienes han de conformar las instituciones políticas y actuar en ellas según las propias convicciones morales, de acuerdo con su conciencia, siempre a favor del bien común”. Para quien lo desee entender, queda muy claro que esta es la idea nuclear de la nueva ciudadanía. Los protagonistas de la vida social -también en la esfera pública- son los ciudadanos, que ya no aceptan la tutela impuesta por unos presuntos funcionarios de la benevolencia, sino que se constituyen en los únicos protagonistas posibles de la innovación. Lo contrario, vivir a merced de la opinión de los gobernantes, considerar que sus reglamentaciones constituyen el horizonte definitivo de la vida en común, “es la antesala del totalitarismo”. Eso, y no un valor de menor cuantía, es lo que nos estamos jugando.

La relevancia social de la libertad, clave de la democracia, implica evitar a toda costa que el poder ejecutivo invada los ámbitos familiares y educativos, afectando incluso a la autonomía del poder judicial. (No son aprensiones injustificadas: al día siguiente de la publicación de este texto, la estructura del Tribunal Constitucional, ya muy tocado, recibía -en un momento clave- un golpe político del que tardará en recuperarse). Estamos ante “un intervencionismo injustificado y asfixiante”. Pero no hay que olvidar que el avasallamiento del Estado llega tan lejos como se lo permite la irresponsabilidad de los ciudadanos, su apatía y conformismo. Ya es urgente proceder a una de una reflexión más radical, a un cambio de cultura política que surja de la base social.

Las primeras reacciones frente a este documento han subrayado sus matices referentes al terrorismo. Pero a los comentaristas les ha pasado inadvertida la llamada de atención acerca de las raíces morales de la violencia y sus efectos en la entera sociedad. Todos somos víctimas del terrorismo, porque produce en los ciudadanos un grave deterioro moral. Y, previamente, la condición de posibilidad de la exaltación de la violencia como última instancia es el abandono de toda actitud contemplativa, el desprecio del humanismo y de las humanidades, la consagración como ídolo social del poder del más fuerte. Tal es el resultado y el encalve de la violencia, frente a la cual es preciso adoptar posturas firmes, pero también hondas. Un motivo más para leer con sosiego este imprescindible texto.

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