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Silvio, el infame
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 2 de noviembre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) quería explorar el dolor del mundo en relatos que fueran como un gancho a la mandíbula. Así produce los letales impactos de Los siete locos, Los lanzallamas o El jorobadito, que sumergen al lector en los círculos infernales del mal, la desesperación y la felicidad imposible: baste recordar al revolucionario Erdosain de Los siete locos, que «encerraba todo el sufrimiento del mundo, sin que pudiera encontrarse en ninguna parte de la tierra un hombre que tuviera la piel erizada de más pliegues de amargura». Otro de los amargos personajes de Arlt es el protagonista de El juguete rabioso, libro que traza con la biografía de Silvio Astier una particular ruta de la infamia. La novela, que evoca el género picaresco, es de esas que los críticos llaman de aprendizaje, aunque pocas cosas conseguirá aprender Silvio más allá de la inutilidad de sus débiles intentos para alcanzar la fama y la gloria, que no son en el fondo sino el ansia de perduración eterna vedada a los mortales. Silvio siente temblar su alma cuando piensa que su vida pueda ser como la de tantos hombres que llevan cuellos sucios, camisas zurcidas y botines enormes porque les han salido callos en los pies de tanto caminar solicitando de puerta en puerta trabajo en que ganarse la vida. Pero no le importa tanto el dinero, ni los trajes bien cortados: lo que quiere es ser admirado de los demás, huir de la vida mediocre que le acecha, escapar del olvido de la muerte... Fascinado desde los catorce años por las historias de bandidos en que lo inicia un viejo zapatero, forma un club de ladronzuelos imitadores de la alta escuela de Rocambole, mientras sueña con inventos extraordinarios, casi siempre destructivos o fantásticos (huevos explosivos rellenos de nitroglicerina, cañones de balas envenenadas o un señalador automático de estrellas fugaces). La emoción del delito y la transgresión aventurera proporcionan a los miembros de la banda algunas satisfacciones, y se gozan en un dinero ganado, no con el odioso trabajo del burgués o el obrero agotado, sino un «dinero agilísimo, una esfera de plata con dos piernas de gnomo y barba de enano, un dinero truhanesco y bailarín cuyo aroma como el vino generoso arrastraba a divinas francachelas». Pero pronto habrá que trabajar y someterse: Silvio desempeña varios empleos (vendedor de papel, dependiente en una librería de viejo...), y de fracaso en fracaso crece su amargura; cuando lo despiden de la Escuela de Mecánica de la Armada, por ser demasiado inteligente («Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo») queda abrumado por la pena y la conciencia de inutilidad («todo se me rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad»). Esta es una de las crisis más hondas de Silvio, pero no la única. Toda su vida está compuesta de penas, rebeldías y búsquedas. Las personas que constituyen su mundo pertenecen a la misma categoría de los desesperados, habitantes de antros sórdidos, «gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad» y que le contagian el odio como una neblina roja. Silvio tiene la sensación de que su espíritu se ensucia («la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu para excavar allí sus cavernas oscuras. Acostábame rabioso, despertaba taciturno»). Y observa en silencio, porque ¿quién puede responder a la pregunta que a don Gaetano, el librero, hace su sombría mujer?: «Yo era linda ¿Qué has hecho de mi vida?»...¿Quién puede consolar al viejo Dío Fetente que en la buhardilla de la librería gime por las noches con pena y hambre? Silvio recoge las amarguras de estos seres solitarios y llora su abandono: «Sobre esta tierra ¿quién tendrá piedad de nosotros? Míseros, no tenemos un Dios ante quien postrarnos y toda nuestra pobre vida llora. ¿Ante quién me postraré, a quién hablaré de mis espinos y de mis zarzas duras, de este dolor que surgió en la tarde ardiente y que aún es en mí?».

Sin rumbo en ese universo vacío de solidaridad, de compasión y de esperanza, Silvio responde entregándose a la congoja y a la propia degradación, como una especie de venganza. Siente la belleza de la vida, («Qué bella sos, vida. Dios mío, vida, qué linda sos...») pero en la imposibilidad de ser feliz busca el perverso goce de la humillación y el encanallamiento (un mundo que los personajes de Arlt comparten con muchos de Dostoyevski): «Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos». La vida que elige Silvio para destrozar es la del Rengo, un ladrón que le propone asaltar una casa y al que denuncia traicionándolo y sintiéndose como Judas Iscariote («seré hermoso como Judas... toda la vida llevaré una pena... pero... es linda la vida, Rengo, es linda...y yo... yo a vos te hundo, te degüello, te mando al brodo, a vos, que sos un pierna, que sos rana, yo te hundo a vos... y tendré una pena...»). La rabia que hay en Silvio, que es rabia de vida, ansia perversa, pero profunda, de vivir, culmina en esta delación, hecha no para proteger al ingeniero Vitri del latrocinio, sino para hundir al socio... Y la vida de Silvio, el infame, se detiene -última página de la novela-, en una encrucijada: cuando el ingeniero Vitri le ofrece su ayuda Silvio le confiesa que le gustaría irse al Sur, al Neuquén, donde hay hielos, nubes y grandes montañas que quisiera ver. ¿Llegará al limpio Sur de las montañas nevadas o repetirá un anterior y fracasado intento de suicidio? ¿Cumplirá alguna vez su viejo sueño de cruzar como los grandes bacanes las ciudades del otro lado del mar? En la dedicatoria de El jorobadito, que Arlt dirigió a su mujer, se lee: «Los seres humanos son más parecidos a monstruos que chapotean en las tinieblas que a los luminosos ángeles». Y a pesar de todo, el angustiado Arlt concede misericordiosamente a su criatura, el infame Silvio, como una luz tenue pero resistente en la densa tiniebla, el recuerdo de una amada juvenil: la luminosa Eleanora, que le regalaba flores, y que una tarde de domingo se despidió de él; tenía un vestido rosa té y muchos pájaros cantaban en lo verde...

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