Noticias© Comunicación Institucional, 02/04/2006

Universidad de Navarra

La herencia de Juan Pablo II

Autor: Francisco Varo
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 2 de abril de 2006

Publicado en: Diari de Tarragona

Esta tarde se cumple un año del momento en que Dios concedió a Juan Pablo II el descanso que no tiene fin. Muchos lloraron la ausencia de este hombre de Dios, querido como verdadero amigo por el pueblo cristiano y por mucha gente buena.

Juan Pablo II fue durante más de veinticinco años el líder espiritual del mundo y la voz de la conciencia moral de la humanidad. La reacción espontánea de millones de personas verdaderamente conmovidas que, ante la noticia de su fallecimiento, acudían a rezar al Vaticano o a cualquier iglesia de barrio, fue más que elocuente. Un año después, todos los días sigue habiendo largas colas para pasar, aunque sólo sea durante unos segundos, a dejar una plegaria junto a su tumba. El afecto hacia él no ha decaído. Al contrario, conforme pasa el tiempo su figura se agiganta.

Su muerte no marca el final de una época, sino el principio. La Iglesia, gracias a la herencia recibida de Juan Pablo II, está hoy viva y es joven. El impulso que su pontificado supuso en la construcción de un mundo mejor sigue creciendo y cobrando fuerza.

Al cabo de unas semanas de su fallecimiento se produjo el necesario relevo en la sede de Pedro, y el pueblo cristiano pudo experimentar que el legado de Juan Pablo II continúa vivo, pues en Benedicto XVI sigue teniendo un amigo cercano que escucha, que pide ayuda, que consuela, que invita a mirar la vida con realismo y con alegría, con fe. La vitalidad y la juventud de la Iglesia se manifestó con evidencia a los ojos de todos, incluso de los más escépticos, en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Colonia el pasado verano. Y ese torrente de creatividad juvenil aún tiene mucho que aportar en la construcción de la sociedad del futuro.

Juan Pablo II es una referencia para esa tarea. En un mundo como el nuestro, donde abundan las convicciones de usar y tirar, sólo merecen verdadero interés aquellos que, con un pensamiento sólido y audaz, llenos de energía interior, se niegan a dejarse arrastrar por las corrientes imperantes en cada momento. Y aún más, los que, además de no plegarse a lo fácil, se empeñan en abrir caminos alternativos para ejercitar la libertad con coherencia y sacar a flote las energías que toda mujer y hombre tienen en su interior. De esta raza de personas excepcionales era Juan Pablo II.

Desde el comienzo de su pontificado asumió una actitud valiente y nada convencional. La pronta decisión de salir al encuentro de la gente con viajes pastorales por todo el mundo, constituyó una lección magistral de gobierno. No faltaron entonces voces críticas acerca de la oportunidad o el valor de estos viajes, pero hay una realidad sociológica indiscutible: ni deportistas, ni músicos, ni artistas, ni políticos, ni nadie más que él, ha logrado jamás en la historia humana reunir a mayores multitudes, procedentes de los ámbitos culturales y sociales más variados.

Sus propuestas para afrontar las grandes cuestiones actuales como la libertad de los pueblos, la guerra, el terrorismo, el respeto a la vida humana sin excepciones, o el valor de la familia y el matrimonio de un hombre con una mujer para siempre, no dejaron a nadie indiferente. Pero nunca obedecieron a razones partidistas, ni buscaron dar una buena imagen personal, ni dejar satisfechas a todas las sensibilidades ideológicas. Fueron realizados desde una perspectiva creativa e independiente, la de quien tiene puestos sus ojos en Jesucristo, contempla a Dios como Padre, indaga la verdad desde la lógica de Dios, y busca el verdadero bien de todo ser humano. De su amor a Jesucristo es de donde pudo sacar las energías necesarias para entregar hasta su último suspiro al servicio de todos, y especialmente de los más necesitados.

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