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Noticias © Comunicación Institucional, 02/04/2005Universidad de Navarra
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El Papa que no estaba en las listas
Autor:Juan Luis Lorda
Profesor de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 2 de abril de 2005
Publicado en:  Expansión (Madrid)

Juan Pablo II fue elegido Papa el 15 de octubre de 1978. Tenía 58 años y estaba en plenitud de facultades, fuerte, simpático y decidido. Venía de una Polonia mucho más lejana que la actual, al otro lado del telón de acero y bajo dominio comunista. Quizá por eso no estaba en la lista de "papables". Cuando el cardenal Felici pronunció su nombre, en la plaza de San Pedro nadie sabía quién era y su foto no estaba en los periódicos.

Era conocido, en cambio, entre los cardenales electores. Había tenido una participación destacada en el Concilio Vaticano II (1962-1964), a pesar de ser uno de los obispos más jóvenes. Había brillado en un reciente sínodo sobre la evangelización y catequesis, y había predicado los ejercicios espirituales a Pablo VI. Sabían que tenía una excelente formación intelectual, tras ser profesor de ética en Lublin, y haber promovido varias revistas de pensamiento. Se conocía también su intervención en cuestiones difíciles de la Iglesia en Roma y con el régimen comunista en Polonia. Además, se le veían dotes naturales de simpatía, decisión y capacidad de diálogo. Podía dialogar en francés, inglés, alemán, español e italiano, además de su polaco natal y le encantaba.

Llegó en un momento malo. Tras las grandes esperanzas y horizontes abiertos por el Concilio Vaticano II, la Iglesia padecía una grave crisis de identidad, especialmente en Holanda, Suiza y Alemania, también en Estados Unidos, Canadá o Francia. Las esperanzas de renovación habían dado paso a una insatisfacción aguda y a una autocrítica amarga que hizo tambalearse el sentido del sacerdocio, las vocaciones, la enseñanza de la doctrina cristiana y la vida de las instituciones de la Iglesia. Una de las crisis más graves que ha padecido la Iglesia en su historia.

A Pablo VI le estalló entre las manos. A partir de 1968, las cifras y los testimonios de la crisis son dramáticos. La vivió hasta el 78 con una inquietud creciente, mientras decaía físicamente con una dolorosa artritis. Tras un brevísimo Juan Pablo I, diáfano y sonriente pero realmente preocupado por la seriedad de los problemas y falto de salud, llegó Juan Pablo II, sano y deportista, con buen humor y aplomo, con mucha fe y una piedad que se le notaba.

Desde el principio, fue una sorpresa de estilo y de iniciativas. El estilo le salía de dentro. Los Papas cambian de nombre para expresar su nueva condición. Pero Karol Wojtyla asumió su misión, sin dejar de ser él mismo. Al contrario. Estaba seguro -lo ha escrito- de que, si había sido elegido, era porque Dios quería que desarrollara lo que llevaba dentro. ¿Qué Papa se hubiera animado a escribir cuatro libros tan personales sobre su vida y pensamiento como los suyos: Cruzando el umbral de la esperanza; Don y misterio; Levantaos, vamos; y Memoria e identidad, además de las poesías?

Su aplomo, basado en fuertes convicciones y experiencias de fe, resultó inmensamente valioso en un momento de incertidumbre. Entró a todas las cuestiones difíciles, una tras otra, con una paciencia y perseverancia características. Se daba tiempo para hacer estudiar los asuntos y le gustaba dialogarlos a fondo; esto parecía dilatarlos, pero han llegado a puerto uno tras otro. Basta pensar en el Catecismo de la Iglesia Católica, que parecía una tarea imposible.

No tenía miedo a las cuestiones espinosas: Reunió a los obispos de países que atravesaban momentos difíciles, o a las congregaciones con problemas. Intervino en los grandes asuntos internacionales y multiplicó la actividad diplomática del Vaticano en pro de la paz, el desarrollo y los derechos humanos. Fue protagonista en la disolución del comunismo en el Este de Europa (y esto le valió un atentado). Proclamó una y otra vez los principios morales y sus aplicaciones prácticas (defensa de la vida y la familia, doctrina social, prohibición de la guerra), fueran o no políticamente correctas. Dio la cara ante el régimen sandinista o el de Castro y encauzó la teología de la liberación. Hizo investigar a fondo el caso Galileo, pidió perdón por los fallos de la Iglesia al cambiar el milenio. Quiso una mayor transparencia en los asuntos vaticanos. Impulsó desde el principio el diálogo ecuménico con los protestantes y ortodoxos. Y tuvo gestos inéditos con los judíos, a los que apreciaba sinceramente; y con los representantes de otras religiones, a los que reunió para rezar juntos.

Llamaba la atención su desenvoltura. Cualquier autoridad honrada siente el peso de su oficio mientras lo ejerce. Por eso, necesita también guardar una distancia. Juan Pablo II no ha querido descansar de su oficio. Lo ha ejercido día a día, delante de todo el mundo. Siempre ha tenido invitados a su Misa matutina y a su mesa, al mediodía y a la noche. Y ha buscado constantemente encontrarse con la gente. No ha sido un hombre de curia, no le ha gustado el papeleo. Esto lo ha confiado a sus subordinados.

Estaba convencido de que su misión era transmitir el Evangelio como lo que es, un testimonio personal y de que debía hacerlo unido a toda la Iglesia. De ahí, la importancia de los viajes y convocatorias, que, al principio, parecían una anécdota y han resultado ser una de las claves del pontificado. El Papa Juan Pablo II ha reunido millones de personas para rezar, para escuchar el Evangelio o para celebrar la Eucaristía. Algunas concentraciones son las mayores de la historia humana. Esto ha producido un impacto de unidad y renovación en la Iglesia difícil de evaluar. ¡Cuántos obispos y sacerdotes -incluso- han recuperado la esperanza, la alegría y las ganas de trabajar! Los testimonios son innumerables.

Cuando se contempla el conjunto de más de cien viajes, con una agenda de encuentros intensísima, se aprecia las proporciones titánicas de esta actividad. Porque además de recorrer el mundo, Juan Pablo II ha reunido en sínodos extraordinarios varias veces a los obispos; ha organizado las jornadas mundiales de la juventud, ha visitado las diócesis de Italia y casi todas las parroquias de Roma, una tras otra. Y emprendido enormes iniciativas, como la celebración del Jubileo del año 2000.

Juan Pablo II ha sido también un hombre de doctrina y de documentos, muchos documentos. Hechos con calma y diálogo, durante años. Deja un corpus inmenso que renueva y da otro aire a casi toda la doctrina cristiana, pero especialmente a la doctrina sobre el hombre, sobre el amor humano y la sexualidad, sobre la familia y la sociedad. Ciertamente ha salido lo que llevaba dentro. Sus estudios de ética y de espiritualidad, sus trabajos sobre el amor humano, su esfuerzo en explicar la doctrina a los jóvenes. Pero también su deseo de dialogar con el pensamiento filosófico y científico.

Su figura destacará en la historia cristiana, no sólo por la duración de su pontificado, el segundo más largo de esa historia, sino por el ritmo y la intensidad con que lo ha vivido año tras año. Siempre se consideró un obispo del Concilio Vaticano II; ha sido fiel a su espíritu y a su letra, y ha producido en la Iglesia la renovación de doctrina y vida que el Concilio quería. El Papa que no estaba en las listas ha dejado una huella enorme en la Iglesia.

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