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Los Episodios Nacionales de Galdós

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  2 de marzo de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Don Benito el garbancero llamaba pérfidamente Valle Inclán a don Benito Pérez Galdós. Para un hablista como Valle, la superficie de la literatura galdosiana debía de resultar sin duda algo avulgarada, garbancera y papilionácea, sobre todo en algunos pasajes como las cartas amorosas de «Tristana» o en los requiebros que el protagonista de «Lo prohibido» dirige a su prima, con asombrosas pretensiones líricas («burra del cielo» es uno de los más finos). Galdós, con irreprimibles propensiones a un lenguaje desgarrado, groseramente castizo, dejó por todas sus obras una gama de vocablos y expresiones que han caducado y que sobresaltan en su lectura. Pero esto no es más que el estuco deleznable que tapa un edificio de piedra berroqueña y mármoles. Galdós no es un pintor de miniaturas exquisitas. Es un inventor de mundos, de muchedumbres de héroes (casi todos grotescos), una fábrica que produce infinitos episodios, aventuras trágicas y cómicas de miles de protagonistas que viven en ámbitos sociales descritos con detalle, que transitan por calles y plazas rumorosas de vida, que visten precisos ropajes, que manejan objetos bien definidos, y que gozan, en fin, de todos los atributos vitales que una literatura poderosa les puede conceder. En «Fortunata y Jacinta», verdadera selva de historias como se ha llamado a veces a esta extraordinaria novela, realiza Galdós un meticuloso estudio del comercio de los paños, analiza la decadencia de una saga de burgueses madrileños, ironiza sobre las inclinaciones amorosas de los personajes, ahonda en las estructuras sociales enfrentadas a las emociones personales, se ríe de doña Lupe la de los pavos, crucifica al huero Juanito Santa Cruz y se compadece de Fortunata... sin que el interés del lector decaiga en el millar largo de páginas en que alienta la inspiración fabuladora de su creador. Decenas de novelas admirables (Miau, La de Bringas, las novelas de Torquemada, Lo prohibido...) demuestran que es precisamente la capacidad de fabulación lo que caracteriza a Galdós, esa misma que le fue negada a Valle Inclán, incapaz de tejer una historia. Lo que le interesa a don Benito es contar irrestañablemente las vidas de los hijos de su imaginación. Y tiene, sin duda, una estética coherente (la de lo grotesco) y un dominio de la estructura del relato que le permite acoger toda clase de materiales, sentimientos, ideas y paisajes. Era el novelista perfecto para abordar una gran empresa que venía madurando desde 1871, una serie de novelas históricas en las que iba a novelar «todo lo que va de esta centuria, sin términos medios, magnífica o miserable, en nuestra patria». El verano de 1871 lo pasa Galdós en Santander, donde conoce a un superviviente de la batalla de Trafalgar; y a Trafalgar dedica el primer título de la ambiciosa colección que comprende cinco series y 46 volúmenes y que se irá publicando durante cuarenta años con gran éxito. Cada serie tiene un héroe conductor que asoma en variadas posturas en los sucesivos relatos: Gabriel Araceli, Salvador Monsalud, Fernando Calpena... De las pasiones individuales a la denuncia política, de los amoríos y enredos de folletín a la epopeya patriótica, no habrá nada que Galdós se deje en el tintero. Conocía todos los pueblos de España, los caminos, las ruinas de glorioso pasado, las ventas rurales y las tabernas urbanas, la vida de la aristocracia y la del pueblo, los duques y los chisperos, los frailes y los actores, y toda esa corriente caudalosa compone el trazado de los Episodios que conviene leer sin olvidar el conjunto. Hay unos dominados por la figura de un personaje, como Trafalgar o Juan Martín el Empecinado; otros en los que destaca la pintura coral de una epopeya colectiva, como Gerona o Zaragoza. Seres de ficción como el heroico Gabriel Araceli se mezclan libremente con los históricos como el rey Fernando VII (descrito con tintas abominables) o Napoleón. El artista es libre de modificar los detalles históricos y su libertad quizá le permita ofrecer una interpretación más comprensible de los avatares de la historia patria que a otros más preocupados por el dato o desviados por la parcialidad ideológica. Una reflexión de Gabriel Araceli mientras evoca sus aventuras en la primera entrega de la serie (Trafalgar) da al lector una de las claves de los Episodios nacionales: «en mi ánimo se reproducen las emociones dulces o terribles de la juventud, el ardor del triunfo, el pesar de la derrota, las grandes alegrías, así como las grandes penas, asociadas en los recuerdos como lo están en la vida. Sobre todos mis sentimientos domina uno, el que dirigió siempre mis acciones. Cercano al sepulcro y considerándome el más inútil de los hombres, aún haces brotar lágrimas en mis ojos, amor santo de la Patria». El patriotismo ilumina los recuerdos de Araceli, y el patriotismo impulsa la pluma de Galdós. Pero no es un sentimiento primitivo que le impida la lucidez en la denuncia de grandes injusticias y peores vicios. Difícilmente se hallarán páginas comparables en dureza a las que dedica Galdós a la corrupción del régimen absolutista de Fernando VII, ataques más inmisericordes a la inutilidad de las facciones políticas y sus maquinaciones, burlas más sangrientas al populacho irracional que solo conoce el motín y la destrucción (para su propio perjuicio a menudo: ¡ay de los que gritan el ignominioso «Vivan las caenas» al regreso del rey Fernando!)... Figuras como Juan Martín el Empecinado y otros guerrilleros ofrecen una doble faz al lector: la del héroe que lucha por la libertad de su patria, y la fiera de presa que después de la guerra impedirá, como un virus fatal, la armonía de la paz. Y a pesar de las innumerables miserias hay un aliento épico, hasta en los más grotescos, que se sobrepone a todo: don Santiago Fernández es un loco ridículo al que llaman El Gran Capitán, del que nos venimos burlando todos en la lectura de Napoleón en Chamartín. Destrozado Madrid, fusilados los resistentes y establecido de momento el dominio del invasor, alguien no se rinde: en el jardín de Bringas tras un parapeto de leña vieja una voz se enfrenta a los franceses: «Se rendirá Madrid, se rendirán los Pozos, pero el Gran Capitán no se rinde». Los soldados no pueden desalojar al loco que acaba hecho cenizas en el incendio de su parapeto. En otra parte de la ciudad el emperador Napoleón camina hacia su cuartel con gran séquito. Comenta el narrador: «con toda su grandeza y poder el hombre que acaba de pasar no llega a la inmensa altura del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco, pero ese que ahí va ¿está en su sano juicio?».

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