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El solitario corazón de Carson McCullers

Carson Mc Cullers, el mejor naturalismo poético de la novela del Sur americana
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  2 de febrero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

La obra literaria de la norteamericana Carson McCullers (1917-1967) nos entrega la magia de las cálidas noches del Sur en las que reptan los malsanos pecados del racismo y de la incomunicación. En los años de infancia se grabaron en ella los escenarios que revive en su obra: los veranos ardientes, los pequeños cafés, los barrios venidos a menos, los extraños personajes (entre galería de monstruos y teatro de fenómenos) de la vida provinciana.

McCullers ama a los deheredados, a las víctimas de prejuicios ajenos y de complejos propios, a los mudos y jorobados, a los negros sometidos a la esclavitud. Indaga en la imposible comunicación de los seres humanos, tema central de su novela El corazón es un cazador solitario, que cuenta la amistad entre dos sordomudos, uno de los cuales se suicidará consciente de esa trágica e ineludible soledad. Soledad que aniquila al enfermo capitán Pemberton en Reflejos de un ojo dorado, o que domina a otros protagonistas como Ferris («El transeúnte»): «Su propia vida le parecía tan solitaria, una columna frágil sin nada que soportar en medio del naufragio de los años». En Reloj sin manecillas, su última obra, la muerte y la soledad, la frustración y el vacío rodean a las viejas generaciones de una ciudad sureña que no han podido desprenderse del odio racial, representadas por el juez Clane o el farmacéutico Malone, impotentes para retrasar el reloj de los tiempos , y que se consumen en el aislamiento y el tedio.

En ese mundo de soledad y catástrofes, los personajes llevan a cabo su cacería de sueños que presienten el amor, el arte, la música y la dolorosa maravilla del mundo. He ahí a la adolescente Frankie Adams («Frankie y la boda») observando una caracola y un globo de cristal, transportada al mundo de sus fantasías y esperanzas: «Cuando se acercaba la caracola al oído podía oír el tibio oleaje del Golfo de Méjico y pensaba en una isla verde con palmeras, y podía acercar el globo de cristal a sus ojos entornados y contemplar cómo los blancos copos caían girando en un torbellino hasta cegarla. Entonces soñaba en Alaska. Subía por una montaña blanca y fría y desde allí oteaba el desierto nevado, observaba los reflejos de colores del sol en el hielo y oía voces y veía cosas de ensueño».

La frontera entre lo real cotidiano y lo maravilloso es fluida en los relatos de McCullers, y en ninguno se percibe mejor este continuo que en la más perfecta de sus obras, La balada del café triste. En un pueblo perdido y olvidado del resto del mundo, Miss Amelia (grande, huesuda, hombruna) vive amargada y solitaria tras el fracaso de su matrimonio con Marvin Macy, el hombre más guapo del pueblo, ladrón y asesino, que lleva siempre la oreja conservada en sal de un hombre que mató en una pelea. Un día de abril llega al pueblo el primo Lymon, un enano jorobado, un personaje de cuento de hadas («parecía el hijo del duende del pantano») del que Miss Amelia se enamora perdidamente, y que domina con su alegría de trasgo maligno la vida del café en que se convierte la tienda de Amelia. Otro día aciago regresa de la cárcel Marvin, dispuesto a arreglar las cuentas con su exmujer. Lymon, atraído por Marvin, se convierte en su sombra, y el extraño amor de Miss Amelia por el jorobado (¿símbolo del amor frustrado, de su erotismo contrahecho?) no puede soportar los celos. Todo este conflicto grotesco desemboca en un combate homérico en el café entre Marvin y Amelia, cuyo desenlace decide Lymon al atacar traidoramente a la mujer. Al día siguiente los dos maleantes desvalijan el café y abandonan el pueblo. Desde entonces la casa se cierra y Amelia se recluye para siempre, entregada por fin a la completa soledad.

Los obvios simbolismos psicoanalíticos no son lo más importante. Los más importante es el clima poético (como el de Faulkner, como el de Truman Capote) de esta historia de personajes fatales en «un tiempo de ruina y confusión», bajo esos cielos del sur que tienen «con el color de los lirios azules del pantano». Como el whisky que fabrica Miss Amelia para vender en su café, las historias de McCullers revelan mensajes ocultos en el alma del hombre: muchas cosas que han pasado sin que se supiera, pensamientos relegados a las profundidades del alma, salen de pronto a la luz y se hacen patentes: «Un hilandero que no ha estado pensando toda la semana más que en los telares, la comida y la cama, bebe de aquel whisky y tropieza con un lirio silvestre. Y toma el lirio en su mano, se queda contemplando la delicada corola de oro, y de pronto se siente invadido por una ternura tan viva como un dolor. Podrá sufrir, podrá consumirse de gozo, pero la verdad ha salido a la luz: ha calentado su alma y ha podido ver el mensaje que estaba oculto en ella». Esas son las cosas que ocurren cuando un hombre ha bebido el licor de Miss Amelia. Esas son las cosas que ocurren cuando escuchamos la balada (esa música que ensancha el corazón) que cantan los doce presidiarios que construyen la carretera de un pueblo perdido. Es el pueblo donde se desmorona, con sus ventanas cerradas y su solitaria habitante, el café triste de Miss Amelia. Pero ¿quiénes son esos hombres, capaces de hacer una música así? Solo doce mortales, siete muchachos negros y cinco blancos de ese condado. Solo doce mortales que están juntos.

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