Noticias: 02/01/04 [ © Comunicación Institucional, 2003 ]
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Un gran hombre
Autor:Rafael Domingo
Director de la Cátedra Garrigues
Universidad de Navarra
Fecha: 2 de enero de 2004
Publicado en:  ABC (Madrid)

El próximo 9 de enero cumplirá un siglo de vida don Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, testigo de excepción de la historia española de la pasada centuria.

Abogado, embajador y ministro, amante de la poesía y de la música, insaciable lector y padre de una numerosa familia, don Antonio ha ido siempre por delante de la sociedad de su tiempo, abriendo nuevos caminos y dejando una huella indeleble con el paso firme propio de un hombre con convicciones. Merece este gran hombre felicitación y agradecimiento por la fecundidad de una vida de entero servicio a la sociedad española.

Don Antonio nació en Madrid, el 9 de enero de 1904, como tercer hijo del abogado y secretario de sala don Joaquín Garrigues Martínez, oriundo de Totana (Murcia), y de doña Isabel Díaz Cañabate, que falleció prematuramente, y a quien don Antonio siempre dijo parecerse físicamente. Joven de profundas inquietudes intelectuales y religiosas, Antonio Garrigues estudió brillantemente la carrera de Derecho, continuando la tradición familiar. Siendo Director General de los Registros y del Notariado durante el Gobierno provisional de la segunda República, contrajo matrimonio, el 27 de noviembre 1931, con una bella mujer norteamericana de excepcionales cualidades: Hellen Anne Walker. Natural de Des Moines (Iowa), era hija de un ingeniero americano que había sido destinado a España para montar el edificio de la Compañía Telefónica. Con ella tuvo don Antonio, en trece años, nueve hijos. La conversión de Helen Anne al catolicismo leyendo las obras de Santa Teresa (1932) y la prematura muerte de aquella delicada mujer a la que tanto quiso (1944) se grabaron a fuego en el corazón de don Antonio.

Dedicábase él a la sazón al ejercicio de la abogacía con su hermano Joaquín, afamado catedrático de Derecho mercantil y maestro de una pléyade de mercantilistas españoles. Ambos fueron capaces de poner en marcha el primer despacho colectivo en España con un novedoso estilo aperturista, que continúa dirigiendo Antonio Garrigues Walker, tercer hijo de don Antonio.

En 1962 fue nombrado Embajador de España en los Estados Unidos de América, donde, en muy poco tiempo, consiguió mejorar notablemente las relaciones entre estos dos países, gracias a su buena amistad con los Kennedy. Se rumoreó, con cierto fundamento, que don Antonio iba a casarse en segundas nupcias con Jacqueline al enviudar ésta tras el asesinato en Dallas de JFK. El viaje de Jackie a Roma para asistir a una audiencia especial con Pablo VI, gestionada directamente por el embajador Garrigues, así como su visita a Sevilla con ocasión de la Feria, en 1966, donde fue recibida por don Antonio, constituyeron un buen pábulo para los periodistas.

En Washington conoció Garrigues a los príncipes don Juan Carlos y doña Sofía, entonces recién casados. "Desde esa época -ha escrito en su delicioso libro Diálogos conmigo mismo- mi inclinación inequívoca e inalterable fue la restauración de la Monarquía en el hijo de don Juan, reconociendo con respeto y admiración el sacrificio, la generosidad, la nobleza y la intuición política de don Juan de Borbón, que fue injustamente tratado por el régimen de Franco".

El éxito norteamericano provocó su nombramiento como embajador ante la Santa Sede donde estaban sobre el tapete temas conciliares tan importantes como la libertad religiosa, el ecumenismo o las conferencias episcopales. Al poco de regresar a España, fue nombrado, con setenta y un años, ministro de Justicia del primer gobierno de la Monarquía. Tenía don Antonio la idea clara de que el rey don Juan Carlos sucedía a Franco, pero no al franquismo. Pronto -y suele comentar Garrigues que meglio non indagare- se precipitó la crisis del gabinete de Arias Navarro y abandonó la política. No, en cambio, su intensa participación en la vida pública española como abogado, presidente de varias compañías, académico, conferenciante y articulista, muy particularmente en ABC.

Tres son las cualidades de don Antonio que lo convirtieron en un potente motor de la sociedad de su tiempo, a saber: su firme compromiso social, su eficaz realismo práctico y su infatigable capacidad de trabajo. Su compromiso vital con la sociedad le llevó, como he dicho, a ocupar -y a dejar en el momento oportuno con gran desprendimiento por su parte- importantes cargos durante la república, el franquismo y el primer gobierno de la monarquía. Lejos de cualquier actitud acomodaticia propia del animal político -él nunca lo fue-, atrajo a Garrigues, con la misma fuerza que el hierro se va al imán, su pasión por servir. Él no necesitó, ni económica ni profesionalmente, "vivir" de la política; y nunca se aprovechó de ella. Este compromiso adquirido le impulsó también a promover importantes iniciativas sociales y a expresar públicamente su opinión, con sencillez, nobleza y optimismo, sobre las cuestiones más controvertidas de cada época.

Goza don Antonio de un eficaz sentido realista, a modo de sexto sentido, que le permite hacerse cargo con rapidez de cada situación y le facilita la toma de acertadas decisiones, huyendo de generalidades y sabiendo cambiarlas cuando así parece exigirlo el interés general. Este realismo explica quizá su éxito con los norteamericanos, siempre tan prácticos, o que, siendo él, en su juventud, de ideas republicanas, se convenciera con los años de la necesidad de restaurar la monarquía en España, de cuya mano vino poco después la democracia a nuestro país.

La tercera destacable cualidad de Garrigues no es sino consecuencia de las dos anteriores. En efecto, su compromiso social y su realismo pudieron materializarse gracias a su infatigable capacidad de trabajo, incluso ya como nonagenario. ¡Ponte a trabajar! Tal vez sea éste el consejo que más haya dado Antonio Garrigues a todos los que alguna vez se lo hemos solicitado. Y es que don Antonio vive intensamente cada minuto de su centenaria vida, como si fuera el último, aprovechando al máximo cualquier instante por adversas que parezcan las circunstancias. La anécdota no puede ser más reveladora: en sus años romanos, llevaba habitualmente en el bolsillo de su chaqueta una libreta donde escribía versos durante los frecuentes e incómodos atascos de circulación en la Urbe.

La dedicatoria que abre el libro conmemorativo de su centenario, que verá la luz en las próximas semanas, constituye un acertado resumen de cómo ha vivido don Antonio sus cien años (justo con sus conciudadanos, leal como compañero, padre con sus familiares y respetuoso con Dios):

inter cives aequus ut sodalis fidus cum propinquis pater erga Deum pius.

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