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Quevedo, el amor y las mujeres

Quevedo y las mujeres: del amor al odio o viceversa
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  1 de diciembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

¿Es don Francisco de Quevedo un misógino, como dicen muchos de sus críticos, un antifeminista, enemigo acérrimo de las mujeres? Leyendo su obra satírica lo menos que se puede decir es que no parece tenerles mucha confianza. Las mujeres, eternas enemigas del hombre, tienen el mismo oficio que los verdugos. Deshonestas, adúlteras, rapiñadoras y mentirosas, nunca se puede asegurar su fidelidad salvo en la tumba: así yace una tal Helvidia Pada en rica sepultura con su marido, que «por tenerla solo, aunque enterrada, / al cielo agradeció su desventura». Toda aparente decencia es falsa: una dama cortesana se retrata en actitud muy respetable, adornada de diamantes aunque es «por dentro más blanda que la cera», y con un gracioso perrito faldero «siendo sus faldas tales de ruines / que aún no las guardarán treinta mastines».

El falseamiento esencial se refleja en la afición a los cosméticos y postizos, que intentan en vano ocultar los estragos de la edad, pero incluso las hermosas caen en la aberración de su exceso, como la dama descrita en el poema «Hermosa pintada de demonio» que cubre su belleza con pringues y mixturas venenosas: «y en esa tez que brota primaveras, / al sol estás y al cielo estercolando».

De todos los tipos femeninos que retrata Quevedo en esta poesía (todos negativos), el más atacado es el de la vieja, que concentra en extremo todos los defectos de la mujer. La «Comisión contra las viejas» desarrolla todo un variado catálogo de estas «fantasmas acecinadas, / siglos que andáis por las calles, / muchachas de los finados, / y calaveras fiambres». Las pretensiones juveniles dan pie al rechazo y a la burla más crueles, como sucede en el soneto «Vieja vuelta a la edad de las niñas»:

¿Para qué nos persuades eres niña?
¿Importa que te mueras de viruelas?
Pues la falta de dientes y de muelas
boca de «taita» en la vejez te aliña.
O a descripciones grotescas como la de la dueña Quintañona del Sueño de la Muerte «con una cara hecha de un orejón; los ojos en dos cuévanos de vendimiar; la frente con tantas rayas y de tal color y hechura, que parecía planta de pie; la nariz en conversación con la barbilla, que casi juntándose hacían garra; la boca a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea, sin diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo simio, y apuntándole ya el bigote de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza con temblor de sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el vestido negro, esmaltando de mortaja la tumba; los ojos haciendo aguas y en el pico de la nariz columpiándose una moquita, por donde echaba un tufo de cementerio».
En semejante mundo el amor no desempeña ningún papel. El amante satírico se dedica a su dama menos que a la comida: «Pídola para el camino / si me despide mi dama; / mas si a mi ventana llama / después de comer asomo», y su gran preocupación es impedir que la mujer, siempre pedigüeña, le saque los dineros, pues, como dice uno de ellos: «Yo estoy en mi juicio y en mi seso /y estimo más un cuarto que no un beso».
La visión negativa de la mujer implica el tajante rechazo del matrimonio, como se argumenta en «Riesgos del matrimonio en los ruines casados»: «Antes para mi entierro venga el cura / que para desposarme»; allá se van matrimonio y suicidio: «a los hombres que están desesperados / cásalos en lugar de darles sogas: / morirán poco menos que ahorcados». La mujer es la carga principal del matrimonio, pero no la única: le acompañan tías, cuñados, hijos y sobre todo suegra; el casado que soporta semejante penitencia es digno de ser canonizado, como se sugiere para el protagonista de otro soneto, «un hombre casado y pobre»:
Diez años en su suegra estuvo preso,
a doncella, y sin sueldo, condenado;
padeció so el poder de su cuñado;
tuvo un hijo no más, tonto y travieso;
...
fue mártir, porque fue casado y pobre;
hizo un milagro, y fue no ser cornudo.

Esta visión tan peyorativa, con su complacencia en los aspectos más crueles y desagradables, esta radicalización quevediana, se ha explicado por causas diferentes. Unos la atribuyen a los complejos de un poeta cojo, miope y feo, enamoradizo pero temeroso de la mujer, que reacciona agresivamente como autodefensa; otros la conectan con una conciencia cristiana y temor del pecado que remiten a la figura de Eva, madre pecadora de la humanidad; otros han llegado a sugerir una homosexualidad latente que se manifiesta en el ataque a la mujer; otros a la experiencia personal de su amancebamiento con la Ledesma y su fracasado matrimonio con la madura señora de Cetina...

Todo eso es seguramente gratuito; lo principal que habría que tener en cuenta es que la sátira contra la mujer es tradicional y que no hay modo de escribir sátira en el Siglo de Oro sin la burla misógina. Quevedo tiene tal fuerza expresiva que nos parece el más violento, pero esa violencia no es siempre tan ideológica como estilística; lo mismo sucede si nos fijamos en su sátira contra taberneros, pasteleros, escribanos o ministros corruptos.

Y además, hay que completar el panorama: pues Quevedo no solo escribió contra las mujeres. También escribió poemas de amor y retratos femeninos de idealizada belleza, lo cual no significa que necesitara estar enamorado para escribirlos. No sabemos, en resumen, cuáles fueron los verdaderos sentimientos personales de don Francisco, pero en todo caso, si se busca la imagen de la mujer y del amor en su obra, no estará de más poner al lado de sus diatribas sus poemas de elogio y de amor, como el soneto que para Dámaso Alonso era el mejor soneto de amor de la literatura española: el poeta acepta que la muerte acabará con la luz de sus ojos, que su alma será trasladada más allá del río Leteo -el río de los muertos y del olvido-, que su cuerpo se deshará en polvo, pero el amor persistirá «constante más allá de la muerte»:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado,
serán ceniza, más tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.

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