Noticias© Comunicación Institucional, 01/11/2007

Universidad de Navarra

La esperanza del Cielo

Autor: Ramiro Pellitero
Profesor de Teología Pastoral
Universidad de Navarra

Fecha: 1 de noviembre de 2007

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Cuenta la Odisea que Ulises bajó al Hades, el lugar de los muertos, para encontrarse con Tiresias, el ciego vidente. Éste le explicó cómo debía comportarse en el regreso a casa.

Según la fe cristiana, los santos son aquellos que ya gozan de la visión de Dios y están unidos a Él para siempre. Ellos interceden por nosotros desde el Cielo. Santa Teresita de Lisieux decía: “Pasaré mi Cielo haciendo bien sobre la Tierra”. Con el ejemplo de los santos aprendemos cómo transitar por este mundo, “que es camino para el otro que es morada sin pesar” (Jorge Manrique). Y es que el hombre no es un ser para la muerte, sino para la Vida. Ya antes de la muerte nos importa, ¡y mucho!, esta vida, porque en ella servimos a Dios y a los que nos rodean; y, además, porque en esta vida nos ganamos la otra: con la atención a la familia, con el trabajo cotidiano y el empeño por solucionar las pequeñas y grandes cuestiones que nos afectan.

Alguien ha comparado ese esfuerzo de la humanidad, al que hace un alumno por resolver un complejo problema de matemáticas, ante su maestro; poco a poco va consiguiendo algunos éxitos, pero no llega a la solución final; el maestro le observa y le deja esforzarse, porque sabe que así se va haciendo más capaz de recibir un día la solución que sólo el maestro puede dar.

Hace un año por estas fechas se preguntaba Benedicto XVI si el hombre moderno sigue esperando la vida eterna o considera que pertenece a una mitología ya superada. Ciertamente, argumentaba, vivimos tan absorbidos por las cosas de la tierra, que se nos hace difícil pensar en Dios como protagonista de nuestra vida. Pero el ser humano no puede suprimir su anhelo por la justicia, la verdad, la felicidad plena. En efecto, ante el enigma de la muerte, ¿quién no desearía volver a encontrar a los seres queridos?, ¿cómo no esperar un juicio final que restablezca la justicia?, ¿cómo renunciar a la felicidad para siempre?

Ahora bien -observaba el Papa-, para nosotros, los cristianos, “vida eterna” no significa sólo una vida que dura para siempre, “sino también una nueva calidad de la existencia, sumergida plenamente en el amor de Dios, que libera del mal y de la muerte y nos pone en comunión sin fin con todos los hermanos y hermanas que participan en el mismo Amor”. La vida eterna no está sólo “después” o “en el más allá”; sino que -seguía diciendo¬- puede comenzar aquí, en la amistad con Dios que se da con la vida de la gracia.

Esto es lo que proclamó el Concilio Vaticano II y esto es lo que celebramos en la fiesta de todos los santos. Con toda claridad lo explicaba el Papa: todos los cristianos, llamados a la santidad, son hombres y mujeres que “tienen los pies en la tierra, pero el corazón ya está en el Cielo, morada definitiva de los amigos de Dios”.

En términos parecidos se expresaba San Josemaría Escrivá, cuando predicaba que hemos de vivir “con la cabeza en el cielo, y los pies en la tierra”. La unión con Cristo no nos permite “vivir en las nubes”, ni encerrarnos en una autosuficiencia o en un cómodo bienestar. Al contrario, nos lleva a trabajar por todas las personas de la tierra, especialmente los más necesitados: los enfermos, los indigentes, los débiles. Aspiramos a convertir esta tierra en un “cielo”, en la medida que depende de nosotros. Queremos dar a los demás lo que de Dios recibimos: una Vida que no muere, un ideal grande, plasmado en lo concreto de cada día.

Esto lo hicieron los mártires dando cruentamente su vida, como recordó Benedicto XVI con motivo de la reciente beatificación de 498 mártires españoles. Lo mismo de otro modo hicieron, hacen y harán tantos -la mayoría del pueblo cristiano- hasta el fin de los tiempos, como también dijo al referirse al “testimonio silencioso y heroico de los muchos cristianos que viven el Evangelio sin compromisos, cumpliendo su deber y dedicándose generosamente al servicio de los pobres”. Ese testimonio de la vida ordinaria -resumía el Papa- “es la pacífica batalla del amor que todo cristiano, como Pablo, tiene que combatir incansablemente”.

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