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Un enemigo que es muy peligroso

Autor: Antonio Argandoña
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 1 de junio de 2008

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

La inflación es un enemigo de la sociedad. Se atribuye a Lenin la idea de que para destruir la sociedad capitalista, basta con provocar inflación. Muchos consideran que es un enemigo pequeño. Total, dicen, los precios suben un poco, luego los salarios recuperan el poder adquisitivo, y ya está.

A mí me parece que es un enemigo peligroso. Ese pequeño aumento de precios tiende a convertirse en no tan pequeño, y lo que era poco importante acaba siendo un quebradero de cabeza importante.

Los tiempos de pérdida de poder adquisitivo de las rentas de las personas suelen ser tiempos de malestar social. Quizás la pérdida no sea real, sino sólo percibida, pero da igual, ya que el malestar se produce igualmente. Cuando se introdujo el euro, todos nos hicimos la idea de que los precios subían mucho más de lo que decía el INE, porque el café o los periódicos habían pasado de 100 pesetas a un euro, un aumento del 66%. Luego, resulta que otros precios habían bajado, que nuestro gasto mensual en cafés y prensa era insignificante, y que el promedio que calculamos en el índice de precios de consumo había subido muy poco. Pero esto no evitaba que cada vez que entrábamos en una cafetería saliéramos convencidos de que el euro estaba produciendo una inflación elevadísima.

Y que nos estaban mintiendo, cuando decían que el euro no era inflacionario. Esto es algo también típico de las épocas de inflación alta: la idea de que “alguien” está manipulando los precios de productos básicos, que hay “fuerzas ocultas” detrás de la inflación, que “alguien” se está aprovechando de nosotros…

Quizás Lenin se refería a esta sensación de manipulación y de injusticia cuando señalaba el poder socialmente destructor de la inflación. ¿Por qué digo todo esto? Porque los problemas sociales y económicos relacionados con la inflación vuelven a nuestra vida diaria. LA GACETA decía el pasado 28 de mayo que “los costes del gasóleo ponen en pie de guerra a los transportistas”. No quieren salir perdiendo. Y los sindicatos ya han dicho que no están dispuestos a consentir que los salarios paguen los platos rotos de la inflación, como sugiere el BCE.

La sugerencia de la autoridad monetaria europea es sensata: hay que evitar que los aumentos de precios de la energía, las primeras materias o los alimentos generen una inflación de “segunda vuelta”, en forma de aumento de salarios, porque esto supondrá un nuevo tirón de los precios, ahora generalizado a todos los bienes y servicios, y esto complica mucho la lucha contra la inflación.

Así que ya tenemos servido el conflicto social y económico, sobre todo en un momento en que la incertidumbre ha hecho presa en la economía, que el mordisco mensual de las hipotecas se deja notar en el consumo, que las familias están muy endeudadas, que los tipos de interés han subido y se mantienen altos.

Al final, los salarios pagarán los platos rotos de la inflación porque, de otro modo, el desempleo aumentará. Pero a nadie le gusta perder poder adquisitivo, real o percibido. Hemos visto conflictos sociales, manifestaciones y huelgas en otros países, por el mayor coste de los alimentos. Aquí, los sindicatos de los sectores protegidos están afilando el hacha de guerra. ¿Otoño caliente? En todo caso, es sensato que el BCE, el Gobierno y la sociedad aprieten en la lucha contra la inflación. Que no es enemigo pequeño.

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