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¿Son tan difíciles los clásicos españoles?

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 1 de junio de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

«En Lope de Vega busco el fondo, más allá de la belleza del verso», leo en unas declaraciones hechas a la prensa por un director encargado de poner en escena una de las comedias de Lope en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¡Ya estamos, me digo resignado, y me voy a buscar la botella de ron!

Aclara un poco más la entrevista: «Al leer a Lope la estética del siglo XVII me aleja de la parte más humana donde puedo indagar y a la que necesito tocar con la mano para que los personajes no suenen a cuadros. He respetado el verso, pero no he querido que su belleza nos hiciera quedarnos únicamente en la forma». Se insiste, pues, en que el verso es un estorbo para ahondar en el «fondo del asunto». La estética del XVII, por lo demás, parece que no es humana y al director aludido tampoco le convence el sonido de los cuadros. No sé si es el ron, pero me siento confundido. Me imagino unas declaraciones análogas de un director de escena empeñado en montar La Traviata o Rigoletto: «He procurado no quedarme en la belleza de la música; quería buscar el fondo, más allá de la mera forma. Al final hemos optado por respetarla, pero en realidad pensamos que la ópera queda mejor sin tantos violines».

Yo creía que el verso es el vehículo esencial del teatro del Siglo de Oro; de que los poetas lo usan porque están haciendo poesía, no «fondo»; que suena infinitamente mejor (al menos el de Lope) que la prosa ramplona de muchas piezas teatrales que se consideran "más humanas". En el Siglo de Oro, muy señores míos, la gente tampoco hablaba en verso por la calle, y el público comprendía el «fondo» precisamente porque el verso le enseñaba muchas cosas. Hoy el público podría hacer lo mismo, pero los directores, actores e «intelectuales» se empeñan en que el verso estorba, lo miran con malos ojos y lo mancillan con oprobios y vilipendios. En mi desorientación pensaba yo que difuminar el verso del teatro clásico era como traducir en prosa las «Soledades» de Góngora, o quitarle a Shakespeare las metáforas. (Pero sin la maravillosa retórica shakespeariana, «Ricardo III» podría considerarse una tontería truculenta, «Otelo» la historieta inverosímil de un general bobo, y «El rey Lear» una anécdota sobre sandez cazurra de un viejo chocho... ¿entonces?).

También se empeñan en poner fecha de caducidad a los clásicos: ¿por qué la estética del siglo XVII -la de Lope, Quevedo, Velázquez-nos aleja de la parte "más humana" (¿de la parte más humana de quién?)? ¡Pobre Terencio!: cuando escribió aquello de «homo sum, humani nihil a me alienum puto» (soy hombre y nada humano lo considero ajeno) y se quedó tan contento, no sabía que la parte más humana sería para algunos responsables culturales solamente lo que ellos pudieran comprender con poco esfuerzo. (¡Ay, Terencio!, reconozcamos que el latín no está precisamente en buena posición).

En un congreso sobre Calderón de la Barca, oí contar al director de una escuela de teatro su experiencia al proponer a sus alumnos el montaje de una pieza calderoniana. Al parecer la reacción de los estudiantes se caracterizó por un tono general de sorpresa, y por comentarios del tipo: «Calderón, qué horror, en verso, qué aburrimiento... alguien expresó lacónico: pedazo ladrillo, o algún título más onomatopéyico como buf, o el más simple pero expresivo puagg». Imaginemos la escena en una escuela de teatro inglesa y sustituyamos Calderón por Shakespeare. Entre el asombro indignado y dolorido, y la resignación estoica, nos preguntamos: ¿Por qué, quienes desean dedicarse al teatro rechazan así la más importante tradición teatral del occidente moderno, que es la española del Siglo de Oro? Deberían ser condenados a representar a don Jacinto Benavente o a los plúmbeos trágicos de las Galias.

La situación, por desdicha, es coherente en todos sus extremos: de directores a estudiantes, pasando por los críticos de la prensa, parece que una epidemia de trivialidad se resiste a desaparecer de la cultura española a propósito de los clásicos. El crítico teatral de un importante diario nacional comentaba una representación de «El alcalde de Zalamea» admitiendo a regañadientes que esta tragedia apasionada abordaba «las escasas posibilidades de modernidad de don Pedro Calderón» (¡Qué cruz, don Pedro, paciencia!); seguía diciendo que Calderón es sutil en ocasiones y «bastante cafre» en otras. En la escasa página de su crítica no olvida sacar a relucir la moral tridentina, el carácter reaccionario y el catolicismo «más retrógrado» como centro del universo barroco... ¡Misión cumplida! (Que yo sepa no le han despedido del periódico).

En realidad Calderón fue admirado por gentes de inteligencia y sensibilidad muy notables: Goethe, Camus, Becket, Falla, García Lorca... Es el mayor trágico del teatro español, espléndido poeta cómico, una figura de primer orden mundial. Nadie que lea unas pocas obras suyas con una mínima atención queda inmune a su grandeza...

¿Qué sucede con los clásicos españoles? ¿Tan difíciles son de entender? Me parece que no. El problema no son los clásicos. El problema es su desconocimiento, y cierto complejo de inferioridad de la cultura española, que admite que Molière sí, Shakespeare, por supuesto, pero ¿Calderón? ¿Lope?

Empecemos por leerlos con más atención y mente y oído más abiertos, sin prejuicios ni complejos, si es posible en ediciones adecuadas con explicaciones pertinentes. Algunos trozos en voz alta, para que suene el verso, que está precisamente para eso. No busquemos en las obras maestras del pasado las menudas cuestiones locales que marcan nuestra aventura cotidiana. Y no cerremos los ojos a las verdades permanentes que encarnan sus protagonistas: deseos, frustraciones, deberes, sacrificios trágicos o enredos humorísticos que son para nosotros perfectamente comprensibles y apasionantes.

A Lope, Tirso o Calderón les importa poco lo que hagamos; pervivirán de todas formas. A nosotros nos debería importar algo más: nos los estamos perdiendo.

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