Noticias© Comunicación Institucional, 01/05/2007

Universidad de Navarra

Forjando una nueva Europa

Autor: Rafael Domingo
Director de la Cátedra Garrigues de Derecho Global
Universidad de Navarra

Fecha: 1 de mayo de 2007

Publicado en: Diario de Navarra

Transcurrido el aluvión conmemorativo de los cincuenta años de la firma del Tratado de Roma, es hora de reflexionar sobre el futuro de Europa, nuestro destino común. Lo que empezó como un pálido tratado de carácter económico, devino en poco tiempo, gracias al noble esfuerzo de tantos hombres y mujeres del Viejo Continente, en una iniciativa pacífica de integración, que ya no tiene retorno. Pero sí, en cambio, nuevos problemas y retos, como se ha puesto de manifiesto con el rechazo del tratado constitucional.

No nos engañemos. El árbol frondoso de Europa ha crecido tanto que ha perdido de vista sus raíces. Quizá por ello, la savia vivificante de aquellos que fueron sus valores fundacionales se diluye en el torrente de una sociedad milenaria y cansada, que, para colmo, ha de enfrentarse, ojerosa y con arrugas, a los desafíos impuestos por la globalización. Pero Europa puede. Claro que puede, siempre y cuando no renuncie a su propia identidad. Es decir, sólo si no busca tenazmente su autodestrucción.

Vencedora de guerras fraticidas y cuna de las ideas que han transformado la faz de la tierra -para bien y para mal-, la nueva Europa se aproxima a un futuro incierto en el que palidecen las antorchas que iluminaron nuestra historia común. Me refiero, por supuesto, a la filosofía griega, al derecho romano y al cristianismo. En efecto, el derecho romano no se entiende sin el pensamiento griego. Además, la religión cristiana se abrió paso fundiéndose armoniosamente con el logos helénico y el ius Romanorum. Siglos después, la Ilustración -die Aufklärung, así bautizada por Kant- se incorporó como nuevo pilar europeo.

En el fondo, la razón es el fundamento común que otorga unidad al edificio de la Unión, pues supera el mito y el fideísmo. La encontramos, junto a la idea de naturaleza, animando la metafísica griega más perenne, informando la ratio iuris configuradora del derecho romano y del ius commune medieval, acompañando a la fe cristiana como instrumento para acceder al conocimiento de Dios y configurando con el iluminismo el método científico moderno, el sistema de equilibrio de fuerzas y los derechos humanos.

La razón creadora de Europa no es excluyente. Es más bien incluyente, pues se enriquece con los restantes elementos. He aquí, sin duda, la raíz más profunda del continente. Su germen, su origen, su principio, su paradigma. Por eso, vieja como es, Europa siempre está abierta a una nueva columna que le dé estabilidad, que siga sumando, que la perpetúe. Pero lo que no podrán soportar estas tierras es un sectarismo como el de nuestro tiempo, que pretende arrancar de cuajo uno de sus pilares -el cristiano-, como si de algo del todo incompatible con la Ilustración se tratase.

Los grandes problemas que aquejan a la Unión provienen, precisamente, de la incapacidad de dotarla de unos valores paneuropeos. Se quiera o no, Europa es más que un continente, más que un espacio, mucho más que un territorio. Es la síntesis viviente de estas cuatro realidades: la razón natural, la razón jurídica, la razón teológica y la razón ilustrada. Sin la Biblia, el Digesto, el corpus Aristotelicum y la Declaración de Derechos del ciudadano, Europa no sería más que un prado salvaje dominado por bárbaros. Sin la razón, viviríamos en la jungla, en un estado perpetuo de guerra, de conflicto sangriento.

Parece ser que, en nuestros días, algo de la auténtica razón nos falta, porque hemos retornado, en España y en Europa, a un belicismo de ideas teñido de racionalismo. Estamos, pues, ante el imperio de esa razón excluyente que mencionábamos, de una que clausura puertas desterrando ideas, arrancando conceptos, difuminando principios, en un vano intento por imponer una razón desquiciada, que deslumbra pero no ilumina.

No olvidemos que cuando se trata de silenciar cuanto nos une, lo que nos separa se asoma a la ventana. Por ello, hay que reaccionar enérgicamente contra el sectarismo laicista que campa a sus anchas por los parlamentos europeos. Sólo la confianza en un futuro firmemente construido sobre los más genuinos valores del continente, sin duda llevados a su plenitud por el cristianismo, puede devolvernos el camino de la unidad -sendero que amenaza con ocultarse- y ahuyentar los peligros que nos acechan.

Cincuenta años en la historia de Europa no son nada. Si queremos proseguir por un derrotero que nos ha conducido al bienestar y al período más pacífico de nuestra historia, debemos hacer un alto y reflexionar. Quizá como ese gran europeo que es Benedicto XVI, que no deja de advertirnos que es preciso “contribuir a edificar, con la ayuda de Dios, una nueva Europa, realista pero no cínica, rica en ideales y libre de ilusiones ingenuas, inspirada en la verdad perenne y edificante del Evangelio”. He aquí el nuevo reto: forjar un futuro diferente sin menospreciar el tesoro de una herencia que ni la pátina de los siglos ha podido doblegar.

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