Noticias© Comunicación Institucional, 01/03/2007

Universidad de Navarra

¿Qué nos espera?

Autor: Alejandro Llano
catedrático de Metafísica
Universidad de Navarra

Fecha: 1 de marzo de 2007

Publicado en: Alfa y Omega-ABC (Madrid)

Hay algo en lo que mis posibles lectores y yo nos asemejamos entre nosotros y con todas las demás personas. Estamos ciertos de que nuestra pequeña historia, nuestro andar por este mundo, se acabará algún día. Y coincidimos también en que desconocemos qué día es ése. Y el encuentro entre aquella certeza -que vamos a morir- y esta incertidumbre -que no sabemos cuándo- nos produce, a poco que lo pensemos, una inquietud inevitable. Pero hoy día procuramos no pensar en ello. La muerte se oculta. Al enfermo terminal se le esconde la proximidad de su fallecimiento y a su entorno sólo parece preocuparle que sufra. Al contrario de lo que ocurre en otras culturas, en la nuestra el individuo ha de enfrentarse en solitario al problema de la muerte. Más aún, es como un acto obsceno que debe ejecutarse en privado. Y en cuanto se produce el óbito, desaparece el cadáver de la vista, y se le entierra en un cementerio de las afueras con aspecto de parque inglés.

Esta banalización de la muerte es uno de los motivos que me han llevado a escribir el libro En busca de la trascendencia (Encontrar a Dios en el mundo actual), publicado recientemente por Ariel. Porque estoy convencido, con Unamuno, de que la cuestión humana por excelencia plantea qué va a ser de esta conciencia mía tras mi fallecimiento. Y, sobre todo, se trata de un tema central para los cristianos. Porque ya san Pablo advirtió que si no hay vida eterna, si no hay resurrección y por lo tanto inmortalidad, vana es nuestra fe. De ahí que en mi libro trate de mostrar la estrecha conexión que existe entre nuestra esperanza en la vida futura y el convencimiento de la existencia de Dios. Si espero que no moriré del todo es, ciertamente, porque sé que mi alma es espiritual e incorruptible, pero antes que por eso y sobre todo, porque estoy cierto de que Dios existe y vela por mí con solicitud entrañable.

Ambos aspectos del misterio de la vida -Dios y la vida futura- se encuentran estrechamente vinculados. Si Dios deja de ocupar un lugar central en la concepción del mundo, la esperanza en una eternidad ante Su rostro tiende a desvanecerse. Y con ello, el sentido de nuestra existencia se esfuma. Como decía el entonces cardenal Ratzinger, "perdido para muchos cristianos el sentido escatológico, la muerte ha quedado arrinconada por el silencio, el miedo o el intento de trivializarla. Durante siglos, la Iglesia nos ha enseñado a rogar para que la muerte no nos sorprenda de improviso, que nos dé tiempo para prepararnos; ahora, por el contrario, es el morir de improviso lo que es considerado como gracia. Pero el no aceptar y no respetar la muerte significa no aceptar ni respetar tampoco la vida". Antes se consideraba como máximas desgracias la muerte repentina y caer en manos de los poderosos. Hoy parece que muchos, por efecto de la publicidad masiva y del consumismo, más bien desean ambas cosas.

Por mi parte, estoy convencido de que no todo se acabará tras el fallecimiento. Hay un rescoldo de permanencia en esa dimensión nuestra, estructural y profunda, a la que llamamos alma. Y ese poso de calor y luz se reanimará en una nueva vida que ya no termina. No estoy solo en esta pretensión. La corriente principal de todas las tradiciones de pensamiento conduce a afirmar la existencia de una vida futura. Por otra parte, ninguna evidencia científica contemporánea contradice lo que vislumbraron las mentes más lúcidas que la Humanidad ha dado desde antes del comienzo de la Historia.

La existencia de Dios constituye un sólido fundamento para la creencia en la vida eterna. Si Dios existe, nuestro futuro está asegurado. No es posible que este Ser máximamente bueno y omnipotente nos gaste la mala jugada de dejar que se frustre una esperanza razonablemente cierta.

Acompañados por Cristo

Cada cristiano puede decir sin arrogancia alguna: "Yo sé de quién me fío". Y tiene como cierto que, cuando llegue el trance definitivo, no estará solo, sino que se encontrará con la presencia fuerte y amorosa del Hijo de Dios, hecho hombre por amor a los hombres. El cristiano sabe que la inmortalidad no es un simple sobreponerse a la muerte, sino que conduce a una vida plenaria en la que todo lo caduco habrá sido cancelado y las injusticias de este mundo quedarán reparadas, aunque esto no le disculpe de luchar contra ellas mientras camina por la tierra. De manera que los esfuerzos racionales para probar la existencia de Dios y la incorruptibilidad del alma no son ociosos, sino que resultan superados y mantenidos por el regalo de una gracia que sale a nuestro encuentro y socorre nuestra debilidad. Estamos a la espera de la vida que Dios nos regala tras la muerte. No es otra nuestra esperanza.

El gran obstáculo para aceptar la noticia sobre el destino eterno del hombre es su propia hybris, la soberbia de la vida, que prefiere aferrarse a la crispación de la certeza individual, antes que abrirse a la riqueza de la verdad compartida. Tampoco en este sentido estamos solos. La conversión humana conduce a las puertas de la fe y permite aproximarse a una justa visión de lo real, en la que Dios y la vida eterna tienen un sentido decisivo. Esta conversión primordial es la apertura confiada a las demás personas, la cual implica el desprendimiento de lo que tenemos y la fidelidad a lo que somos. Las puertas del espíritu se abren hacia fuera. En el anhelo por reencontrarnos, por llegar a ser nosotros mismos, nos topamos con los otros y con el absolutamente Otro. El amor es la llave que abre la puerta al conocimiento.

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