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Alfanhuí tiene ojos de alcaraván
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 1 de marzo de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Alfanhuí es un niño que tiene los ojos amarillos como los alcaravanes. Su maestro lo bautizó con ese nombre que es el grito con el que se llaman unos a otros los alcaravanes. Mucho sabe ya Alfanhuí de colores, y de lagartos, y hasta ha inventado letras nuevas, cuando va a Guadalajara a estudiar con su maestro, pero le quedan muchas cosas por aprender. La historia de las Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, cuenta los extraordinarios aprendizajes y las admirables aventuras de este niño de tan raros ojos de alcaraván.

El oficio que más le gusta es el de taxidermista. Cuando le preguntan por su ocupación, Alfanhuí responde muy seguro: «Oficial disecador». Lo raro es que los bichos que diseca Alfanhuí siguen teniendo vida y que de ellos aprende nuevas destrezas. El mismo gallo de una veleta, aficionado a matar lagartos a picotazos las noches de luna, le enseña que el rojo de los ponientes es una sangre que se derrama por el horizonte para madurar la fruta. Una temprana industria de Alfanhuí será la de recoger en ollas de cobre la sangre del poniente, maduradora de manzanas y melocotones, color esencial, una de las muchas sustancias mágicas que Alfanhuí conocerá en sus andanzas.

En Guadalajara pasa un tiempo inolvidable con su viejo maestro y una criada disecada que sufre grandes destrozos entre las uñas de un gato y se acaba muriendo de ictericia, toda colorida de un verde malo. ¡Pobre criada! Era, como reza su lápida, «Abnegada y silenciosa». Pero la vida sigue y Alfanhuí ha de aprender los secretos de la piedra de vetas y el castaño multicolor, y los misterios del jardín de la luna. Detengámonos un momento en ese jardín: hay en él un castaño y un olivo plateado en el que viven dos roedores que tienen los ojos de luz. Hay un estanque con un surtidor de arenas de plata, y un invernadero polvoriento en el que vive una culebra de plata que Alfanhuí captura con tres anillitos de oro. Ya sabremos más adelante para qué sirve todo esto. La utilidad de la piedra de vetas es, en cambio, muy evidente. Cuenta el maestro que su padre fabricaba lámparas de aceite y siempre quiso conseguir la piedra de vetas, durísima, pero porosa como una esponja, del tamaño de un huevo y forma de almendra. Es capaz de beberse siete tinajas de aceite, y alimentar luego una lámpara. Da entonces una llama blanca como la leche y que dura eternamente. En sus viajes para aprender los colores de las cosas, el maestro halló un mendigo con la carne como la tierra del campo: «En lugar de pelo le nacía una espesa mata de musgo y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. En la cara le nacía una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas». Este mendigo floral, con el que el maestro comparte la merienda, le regala la piedra de vetas que ahora revela a su discípulo. El mundo de Alfanhuí está lleno, en efecto, de objetos maravillosos, a menudo poseídos por mendigos o seres extravagantes, como suele suceder en las historias de fantasía y en la realidad (¿quién podría oponerlas sino los que ignoran absolutamente la ciencia de los colores y de las veletas, la ciencia del fuego y la flor del cerezo?). Alfanhuí, viajero de fantasías, es también (por eso mismo) una mente científica.

Busca, con su maestro, los secretos de las cosas, el funcionamiento del mundo. Repare el lector en la «primera industria que con el castaño se hizo»: Alfanhuí y su maestro preparan varios líquidos de colores vegetales en los que sumergen cuidadosamente, tras muchos preparativos, las raíces del castaño: a las dos horas «todas las hojas estaban teñidas y el castaño era como un maravilloso arlequín vegetal». Alimentan a una araña que vive en el pozo del jardín con los colores, de modo que con cada alimentación «tomaba no solo un color, sino también una forma distinta. Se le alargaban las patas o se le robustecían, o se le cubrían de pelo y el cuerpo se le volvía ovalado o cilíndrico como un queso».

Alfanhuí y su maestro anotan en su libro de experiencias todas las formas de la araña y el color a que corresponden. Injertan luego plumas en el castaño y hacen mil experimentos trascendentales. Cuando consiguen producir una especie de pájaros vegetales, con plumas de hojas multicolores y formas planas como papel, pájaros de cinco alas, tres patas y dos cabezas, «una bandada ingrávida y maravillosa que se movía por el cielo a desgarrones, en un armonioso desconcierto», la gente se asusta. Por toda Guadalajara corre «una voz de escándalo y espanto». El público municipal y espeso no puede asimilar estas novedades y atacan la casa y queman los laboratorios y Alfanhuí y su maestro tienen que huir: «Volvieron las espaldas al fuego y traspusieron la loma después de haber lanzando una última mirada a la casa, y se internaron en la oscuridad de la noche».

Una nueva etapa comienza en la vida del héroe. Muerto su maestro en un trigal, Alfanhuí sufre una temporada de melancolía y embotamiento, incapaz de imaginar nuevas industrias. Desorientado, llega a Madrid, donde conoce a don Zana, especie de marioneta medio siniestra, experto en dar bofetadas a la gente y en asustar a los que viven en las buhardillas, danzando por los tejados con sus zapatos de color corinto. Pero también viven en Madrid gentes como doña Tere, la simpática dueña de la pensión, cuyo padre se durmió un día arando con los bueyes y siguió dormido haciendo un surco que atravesó valles y ríos, hasta llegar al mar de Portugal, donde se despertó al llegarle al agua por el vientre. También hay en Madrid alguna casa abandonada cubierta de madreselvas, donde viven niñas que leen cuentos, y se guardan pianos con panales dentro, que parecen tocar con el zumbido de las abejas. En todas partes se descubre la maravilla y las muchas caras del mundo. Pero las cosas entre Alfanhuí y don Zana no pueden ir bien. Un día de carnaval la oculta querella entre los dos tiene un agrio fin: Alfanhuí no resiste más la torpeza y grosería de don Zana y lo mata, huyendo luego a través de la montaña, hasta llegar a Moraleja, donde vive su abuela. En Moraleja se repone de sus dolencias: no en vano el pueblo tiene las casas «color mazarrón, color naranja, color añil», con los marcos de puertas y ventanas pintados de blanco, y azulejos de colores o de dibujos. En este pueblo de colores Alfanhuí trabaja de boyero, con sus amigos Pinzón, Marrero, Retana o Caronglo, grandes bueyes que cantan en el río. Muchas historias le cuenta la abuela a Alfanhuí, muchas gentes conoce y muchas cosas aprende en Moraleja. Pero ha de seguir su destino y parte de nuevo hacia la ciudad de Palencia, donde trabaja en la herboristería de don Diego Marcos e investiga las virtudes de la mejorana, la oreja de oso, belladona, malvavisco y pulmonaria...

Pero, en fin, ¿qué significan todas estas aventuras de nuestro héroe de ojos de alcaraván? ¿Qué representan estas industrias que tienen que ver con los colores, el fuego, los animales, las plantas y la lluvia, los ríos y los vientos, o las antiguas boticas de los pueblos castellanos? ¿Significan, como dice un crítico literario que ha estudiado este libro, un impulso primordial y pre-racional de desmpeñar un destino iniciador de esfuerzos re-activos y no pro-activos, una serie de episodios de carácter predestinado en sentido ontogenético? ¡Bah!

En su paso por el bosque rojo encuentra Alfanhuí al gigante Heraclio. El gigante Heraclio tiene un tesoro: dos colmillos de marfil y dos bolas de marfil como sandías: «Nadie sabía lo que aquello significaba, pero era un verdadero tesoro porque no se podía vender. La gente cree que es tesoro lo que se puede vender por mucho, pero el verdadero tesoro no se vende porque vale más que la vida». ¿Quién sabe lo que significarán las aventuras de Alfanhuí? Solo sabemos, como el gigante Heraclio, que son un tesoro, de fantasía, de pájaros vegetales y jardines de luna: un cofre de tesoros que no tenemos que valorar, porque no se pueden vender. Solo se pueden mirar y admirar por aquellos que, como Alfanhuí, entiendan o quieran entender de colores.

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