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Noticias © Comunicación Institucional, 01/02/2005Universidad de Navarra
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Don Álvaro d´Ors, en el recuerdo
Autor:Juan Andrés Muñoz Arnáu
Profesor titular de Derecho Constitucional
Universidad de Navarra
Fecha: 1 de febrero de 2005
Publicado en:  Diario de Navarra

El día uno de febrero se cumple el primer aniversario de la muerte de Don Álvaro d' Ors. No tuve la fortuna de ser alumno suyo. Sin embargo, como testigo del paso de sus días en la Universidad en la que profesó hasta su muerte, siento la necesidad de detenerme en el recuerdo de sus gestos y en la consideración de sus escritos sobre la Universidad. Porque quizás a muchos de nosotros-profesores o alumnos- no nos sea dado, por las limitaciones propias de nuestra inteligencia, alcanzar con nuestra obra el nivel egregio de su producción científica; pero sí estamos obligados a imitarle en sus grandes virtudes como universitario.

Cómo emociona leer ahora en el prólogo a sus Papeles del oficio universitario lo que sigue: "...Yo siento y encuentro la grandeza de la vida universitaria precisamente en esa servidumbre del quehacer cotidiano, del paciente y gozoso aprovechamiento de toda ocasión, por pequeña que sea, para servir lo mejor posible. Así he podido vivir la universidad: saludando por la mañana a los bedeles, servidores como yo; preparando las lecciones elementales como si no lo fueran; empezando mis clases a la hora y cuarto, pero no después; procurando no perder el tiempo, a fin de explicar todo el programa; examinando con cuidado y enseñando a examinar, pues esto de los exámenes me parece tan importante como necesario-es el prosaico tapón que impide se pierda el preciado licor de la docencia- , y es un acto de justicia, con posible daño de tercero, en el que no podemos tener distracciones sin cierto riesgo de responsabilidad moral; ayudando a trabajar a los demás a la vez que movía sin pausa la propia noria del trabajo científico; cuidando también de que los libros estén a mano de todos, y de darle al interruptor eléctrico cuando salía el último de la Biblioteca. Y también cuando fallaba, era en ese mismo terreno. Pura servidumbre."

Aquel respeto por los alumnos que el texto anterior refleja-"la preparación de las clases elementales como si no lo fueran", p.ej.,-se manifestaba también en el gozo al transmitirles-como destinatarios principales- los resultados de su investigación: "Recuerdo que fue en la clase sobre las arras visigóticas[...]cuando tuve la emoción, poco frecuente en la docencia, de poder comunicar a mis alumnos, antes que a nadie, mi corrección de la transcripción de Zeumer, que cambia totalmente el sentido del texto euriciano y la historia de las arras" ( Nuevos papeles del oficio universitario ).

Pero el aprecio por sus alumnos tenia dimensiones más amplias y hondas: el estudio era para él una de las muchas maneras que el hombre tiene de servir. Por eso les decía: "Para actualizar en tu conciencia ese deber de tomar tu estudio universitario como servicio me basta apelar a esa condición moral de todo hombre, cuya identidad personal depende del servicio que realiza."( Cartas a un joven estudiante).

Porque la universidad -que en ocasión memorable definió certeramente como camino-era para él "una forma superior de convivencia culta"( Papeles del oficio universitario), decía: "el universitario no puede ser un hombre vulgar [...]sino que debe ser dueño de sí mismo para mantener un estilo de elegante naturalidad"(Cartas a un joven estudiante). Por eso proponía un humanismo universitario, es decir "una actitud de interés adjunto por lo que no es utilitario, sino que sirve para enriquecer el ser común de los estudiantes, su 'humanidad'" (Cartas a un joven estudiante) Porque la jurisprudencia, decía, más que una ciencia, un arte o una técnica es una educación (Papeles del oficio universitario). Conmueve leer la prelección que tituló "El espíritu de evasión"(1955) (Papeles del oficio universitario) pronunciada en la Galicia de su esposa y de sus hijos por esa voluntad de tirar hacia arriba del alumnado compostelano y que podrían leer hoy con tanto provecho los jóvenes universitarios.

Ya jubilado animaba a los estudiantes que pudieran sentirse menos dotados: "Es posible que te hayas comparado con compañeros tuyos que te parecen más inteligentes, y que eso te haya hecho pensar que tú, al no ser tan inteligente como ellos, no vas a poder hacer lo mismo que pueden ellos hacer. Déjate de compararte con nadie en eso de la mayor o menor inteligencia.

" Te diré, con franqueza, que también yo me he creído ser, muchas veces, poco inteligente; incluso me he reído de sentirme algo tonto, pero esto no me ha impedido seguir mi camino. Cada uno tiene la inteligencia que Dios quiere que tenga, y para lo que Dios quiere que la tenga, y debemos aceptar siempre el ser de insuficiente inteligencia como un favor que Dios nos hace para impedir nuestra vanidad, que es una modalidad muy 'intelectual' del orgullo" (Cartas a un joven estudiante).

Tenía un fuerte sentido de la piedad filial que reclamaba también a sus alumnos. En el epílogo a sus Papeles del oficio universitario decía: "Con todo, la formación, también la de un universitario, se debe a factores extrauniversitarios más que a los propiamente universitarios [...]La madre que le enseñó a uno a leer y tantas otras cosas [...] mi padre[...]De él aprendí cosas importantes, como el gusto por madrugar y el odio al ocio y la vulgaridad, el desprecio por los nacionalismos [...]también aprendí el amor a Roma y la Gramática, y la exigencia de una íntima congruencia intelectual de coordinar la parte con el todo, la anécdota con la categoría, lo que bien puede llamarse, como él mismo decía, la syntaxis". Quizás se pudiera pensar que estas referencias estaban motivadas por la poderosa personalidad de sus padres, y su reconocido rango social. No es así. En una de las más emotivas Cartas a un joven estudiante decía: "puede ocurrir, por ejemplo, que tu padre hable groseramente, que su educación haya sido deficiente[...]o incluso que esté demasiado aficionado a lo vulgar[...]Todo es posible. Pero piensa, tomando sus manos quizá callosas y rudas entre las finas tuyas de estudiantes[...]: estas manos me han procurado el acceso a una vida más refinada que la de mi padre[...]Piensa así, y estrecha con amor filial esas manos rudas. Debes amar a tus padre con todos sus defectos, pues piensa que también tú tienes muchos defectos, y él no deja de amarte como sólo un padre sabe amar a pesar de todos los defectos".

Derecho es, decía, lo que aprueban los jueces. Pero, se preguntaba: "¿No hay mas derecho que lo que dicen los jueces humanos? ¿Qué debe hacer el que cree tener derecho y no se lo reconocen los jueces supremos, aquellos contra los cuales no cabe apelación, pero que son jueces humanos, que se pueden equivocar? ".

El jurista , ante esta pregunta angustiosa, no puede dar más que esta respuesta: "Lo siento, de momento, no hay nada que hacer" [...]pero el jurista creyente sabe que hay todavía una instancia más arriba, que es el juicio de Dios [...].

"Contra la ignorancia y las injusticias de los jueces supremos humanos no cabe más apelación que ante la justicia de Dios"(Escritos varios sobre el Derecho en crisis). Pienso que el juicio amoroso de Dios habrá sido también para Don Álvaro, si se me permite hablar así, una fiesta académica a lo divino; como aquellas lecturas de tesis que él con su presencia supo dignificar en tantas ocasiones. ¿O es que no habrá sido la ocasión para verificar la verdad del último estadio de aquella concepción jurídica que mantenía fundada en su fe?

Hablaba Don Álvaro de la elegantia iuris propia del jurista, de la elegantia iuris también del juez humano. ¿En qué consistirá la elegantia iuris del Juez Divino? Él lo sabrá ya ahora. Si yo tuviera que responder aquí, en este todavía, diría que aquella consiste en el Amor y que, por tener el Supremo Juez un corazón de carne, se manifestará como ternura. Algún día también yo lo sabré. Y si en el Cielo se puede seguir disfrutando de las cosas que en la Tierra nos hicieron tan felices-si por la misericordia de Dios lo alcanzo-, me acercaré al profesor d' Ors, como en el autobús que le llevaba a casa cada día y le preguntaré: Don Álvaro ¿en qué consiste la elegantia juris divina? Porque nadie podrá explicármelo, al modo humano, con palabras mejores que las suyas.

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