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La madre celestina, sagaz en todas las maldades
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 1 de febrero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Un día Calisto, siguiendo su halcón, entra en la huerta de Melibea. Igual que el ave de presa se lanza sobre sus víctimas, el caballero se lanzará sobre la muchacha que encuentra en el jardín y cuya hermosura le produce súbito y ardiente efecto. Con la ayuda de la alcahueta Celestina, consigue la posesión de Melibea, a quien su instinto amoroso empujaba ya a los brazos del galán. Historia de pasión sin freno, que desemboca en una tragedia plena de luctuosas muertes, terrible lección para los «locos enamorados que vencidos de su desordenado apetito a sus amigas llaman y dicen ser su dios». Pero ¿por qué no se casan tranquilamente Calisto y Melibea, nobles, ricos y jóvenes, evitando un desenlace catastrófico de muerte y deshonra? ¿Qué obstáculos hay para una boda que hubiera satisfecho a sus familias y a la sociedad, haciendo inútiles las malas artes de Celestina y sus consecuencias? Pregunta ociosa a la que se han buscado extravagantes respuestas, porque los halcones no se casan con las garzas: las cazan y las devoran. Melibea tampoco es una víctima pasiva: no se preocupan del matrimonio porque se mueven en el crudo territorio del apetito, ciegos a todo lo demás. Melibea no se engaña respecto a las intenciones de Calisto: es mentira que el corazón del caballero haya abrigado «un secreto dolor», como le asegura en su primera entrevista, usando arteramente un discurso amoroso poético. Lo que siente Calisto es una pasión indominable. «Vete de ahí, torpe. Que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en corazón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleite», le grita Melibea con furia que hace sospechar su miedo ante el propio deseo.

Y Calisto regresa a casa frustrado, con una ira que descarga sobre sus criados, a los que maltrata y desprecia. Solo existe para él su voluntad y su placer, y no admite consejos contra su gusto. No se pueden mostrar con mayor claridad sus intenciones desde el momento en que reclama los servicios de Celestina. ¿Quién es esta anciana Celestina, tan poco venerable? Una «vieja barbuda, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Pasan de cinco mil virgos los que se han hecho y deshecho por su autoridad en esta ciudad. A las duras peñas promoverá y provocará a lujuria si quiere». Esta es la descripción del criado Sempronio. Y Calisto responde sin más pensar: «Traémela».

La sagacidad de Celestina pronto hará caer a Melibea. Poca necesidad tiene la alcahueta del demonio, a quien invoca antes de visitar a la doncella: ni se fija Melibea en el ovillo encantado con aceite de víboras que debe ser la red que la capture. Lo que hace Celestina, con admirable conocimiento de sus víctimas, es ofrecer una excusa, falsas razones para que Melibea acepte su pasión y se entregue a ella. Como una guía perversa se limita a indicar un camino que Melibea ya está dispuesta a transitar. Trabajo fácil, pero delicado, que la vieja lleva a cabo con perfecta habilidad. Con promesas, con retóricas llenas de hipocresía (¡cuántas veces la sabia Celestina habla con palabras de Aristóteles dándoles torcida interpretación!), con apelaciones a los instintos más esenciales del sexo y la codicia, Celestina arma su tela de araña en busca de provecho. Y sin embargo, esta vieja tan inteligente, comete un grave error nacido de su propio egoísmo. En el mundo de La Celestina, todos los personajes miran a su beneficio, con absoluta insolidaridad. Los criados solo atienden a su provecho y los amos se olvidan de los criados: «Estos señores deste tiempo más aman a sí que a los suyos. Los suyos igualmente lo deben hacer. Perdidas son las mercedes, los actos nobles. Cada uno de estos malamente y con mezquindad procuran su interés». Corolario lógico que expresa Sempronio con descarnada claridad: «Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará por todos. Pues juntos nos ha menester, juntos nos aprovechemos». Cada uno a lo suyo es el primer mandamiento de estas gentes. Pero Celestina hace mal las cuentas: ella, que conoce tan bien a las personas, se ciega por la codicia y se niega a repartir con los criados lo que ha conseguido de Calisto, excitando la furia de Sempronio: «¡Oh, lisonjera vieja! ¡Oh, vieja llena de mal! ¡Oh, codiciosa y avarienta garganta! También quiere a mí engañar como a mi amo, por ser rica. Pues mala medra tiene. No le arriendo la ganancia. Mala vieja, falsa, es esta. Pero gane harto, que por bien o por mal no negará la promesa». El estallido de la violencia es repentino: Sempronio y Pármeno intentan quitar a Celestina una cadena de oro y en el altercado la matan, quedando malheridos en la fuga. La justicia los prende y los degüellan por asesinos: «el uno llevaba todos los sesos de la cabeza de fuera, sin ningún sentido; el otro quebrados los brazos y la cara magullada. Todos llenos de sangre, que saltaron de unas ventanas muy altas por huir del alguacil, y así, casi muertos les cortaron las cabezas». Poco le importa a Calisto la suerte de sus criados; ahora está gozando de Melibea, y se hace acompañar de otros servidores, exhibiendo un cinismo feroz: «Más me va en conseguir la ganancia de la gloria que espero que en la pérdida del morir de los que murieron. Ellos eran sobrados y esforzados; ahora o en otro tiempo lo habían de pagar. La vieja era mala y falsa, según parece que hacía trato con ellos. Permisión fue divina que así acabase en castigo de muchos adulterios que por su causa son cometidos». ¡Valiente oración por los difuntos! En el jardín de sus placeres el caballero se quita la máscara de hipérboles corteses y revela su grosero pragmatismo ante las quejas de Melibea por su rudeza en desvestirla: «Señora, el que qujere comer el ave quita primero las plumas». ¡Calisto, canallita, alma de rufián, que si viviera podría hacer la competencia a la misma Celestina!... En el propósito moral de la obra todo esto no puede acabar bien, y Calisto, por acudir a un ruido que se produce en la calle cae desde la tapia del jardín y se abre la loca cabeza. Melibea, desesperada, se suicida. La obra termina con el lamento de Pleberio, el padre de Melibea, que para ella adquiría honras, edificaba torres y fabricaba navíos, y ahora se enfrenta en soledad al caos del mundo: «¡Oh, mundo, mundo! ... Yo pensaba en mi más tierna edad que eras regido por alguna orden y ahora me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, laguna de cieno, región llena de espinas, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, mar de miserias, falsa alegría, verdadero dolor!».

No cabe más amargura en el último grito de Pleberio: «¡Qué solo estoy! ¡Oh, mi hija despedazada! ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? ¿Por qué me dejaste triste y solo en este valle de lágrimas?». Ya en el prólogo se daba la pista para comprender cuál es la visión del mundo que ofrece La Celestina, obra de maravilloso lenguaje y de extraordinaria desolación: «Todas las cosas son criadas a manera de batalla. Aun la misma vida de los hombres, desde la primera edad hasta que blanquean las canas, es batalla». Círculo cerrado, pues, el de este mundo de discordias, doloroso y brutal, donde la inteligencia se ordena a malos propósitos y la gratitud, la amistad o la generosidad son desconocidos. Solo fuera de las páginas de la inmortal tragicomedia podrán obtener los personajes el compasivo tributo que pide el corrector de imprenta Alonso de Proaza: «Mas como firmeza nunca conocieron / los gozos de aqueste mundo traidor / suplico que llores, discreto lector, / el trágico fin que todos tuvieron».

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