Noticias© Comunicación Institucional, 12/2006

Universidad de Navarra

Suspenso en educación

Autor: Guido Stein
IESE
Universidad de Navarra

Fecha: Diciembre de 2006

Publicado en: Expansión (Madrid)

En realidad debería ser un muy deficiente, pues eso es lo que se merece quien saca un 18 sobre 100. Se trata del porcentaje de los alumnos norteamericanos que acaban el bachillerato en el tiempo previsto y que emplearán después tres años para obtener un título universitario de dos años, o seis para uno que debía cursarse en tres años. ¡Todo un récord!

¡Gracias a Dios! o mejor, gracias a la burocracia norteamericana y a su sistema escolar, la mala nota se la lleva Estados Unidos según un informe que acaba de hacer público el National Center on Education and Economy, donde se reúnen mentes preclaras de la empresa, academia y políticas de la aún primera potencia mundial. El dato ha merecido el mismo día de su publicación un artículo de opinión del Alcalde de Nueva York y otrora hombre de negocios de éxito, Michael Bloomberg, en el periódico más global de la metrópolis: Repensar la educación, llevaba por título. Algunas de sus propuestas suenan demasiado empresariales (retribuir con variable a los profesores con éxito, despedir a los mal valorados, etc.) para unos oídos todavía europeos. Los remedios, sin embargo no son lo más interesante, sino que le preocupe, incluso aunque fuese sólo como político. He pensado en mi país y he sentido envidia.

Ahora bien, si afeitan las barbas de nuestro vecino apurando hasta ese extremo, ¿qué podemos ir haciendo con las nuestras? No dispongo de datos nacionales, pero me malicio que el fracaso escolar está cosechando éxitos crecientes en España. Basta con parar mientes en la violencia dentro de las aulas ( no pocas veces fomentadas por progenitores salvajes), en las depresiones y pánico de los profesores, en el desconcierto activo de los gobernantes (pronúnciese burocracia lacerante) y en la desidia generalizada para caer en la cuenta de que sin esmerarnos mucho alcanzaremos al vecino yanqui antes que después, y le rebasaremos. Me gustaría exagerar pero no lo consigo

Nos enfrentamos a una patología en parte diferente y en parte similar a la que padecen al otro lado del Atlántico. Lo que puede desembocar en una pandemia, según los expertos, engloba múltiples factores aunque destacan uno común: un sistema educativo que premia la mediocridad y tolera (pronúnciese fomenta) las chapuzas, los atajos y un largo etcétera del que se alimenta el fracaso escolar. La fuerte presión demográfica de los emigrantes ha puesto a descubierto nuestras deficiencias como sociedad: ellos no son la causa del problema, son otros damnificados más. Para educar a un niño se necesita toda una civilización (cualquier parecido con el engendro de la ciudadanía es mala intención), y de eso vamos andando más escasos cada vez.

¿A quién le importa de veras la educación? De aquí a la primavera se apuntarán muchos, ya saben: elecciones; sin embargo yo les advierto de una pista obvia, que como todo lo obvio pasa inadvertido: los padres y las madres, los abuelos, los hermanos, en definitiva, la familia. Mientras encontramos soluciones estructurales, que merecen otra reflexión, suplamos en casa lo que nuestras hijas e hijos quizá no encuentren fuera y no hablo sólo ni principalmente de contenidos académicos.

En las edades tempranas de los niños nadie lo hará por la familia mejor que la familia si en la familia no lo hacemos. Claro que eso supone la robustez de una institución social que no pasa por sus mejores momentos. A ver si va a resultar que descubrimos ahora que socavar los fundamentos de la familia tiene consecuencias nocivas para todos, empezando por los menos favorecidos socialmente.

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