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11/09/2009

Palabras de Angel J. Gómez Montoro, rector de la Universidad de Navarra, en el acto académico de Apertura de Curso 2009-2010

Quiero comenzar agradeciendo la presencia de todos cuantos habéis querido acompañarnos en este solemne acto de apertura. Un acto que celebramos en una fecha especialmente temprana pues, como sabéis, una de las novedades que nos trae este curso es precisamente la implantación de un nuevo calendario académico. Veníamos trabajando en él desde hace años y parecía conveniente ponerlo en marcha con motivo de la implantación de los nuevos Grados. Pensamos que, aunque se trate de un asunto de alguna forma accesorio, el nuevo calendario responde mejor a la estructura semestral que se introdujo hace ya algunos años, facilita la movilidad de los estudiantes internacionales y la de aquellos alumnos de la Universidad que realizan estancias en el extranjero, y deja unos meses de verano libres para que todos los estudiantes que lo deseen puedan -además de disfrutar de un periodo de vacaciones- realizar prácticas profesionales o dedicar algún tiempo a actividades solidarias.

He de confesar que a pesar de estas razones, no ha dejado de intranquilizarme durante el verano el hecho de que empezáramos antes incluso que los colegios. Pienso que las razones deben prevalecer sobre esas sensaciones que, seguro, irán cambiando a medida que nos acostumbremos al nuevo plan. Y, en todo caso, creo que sí estamos en condiciones de prometeros que no es nuestra intención seguir adelantando las fechas y que no os haremos venir en agosto el año próximo.

Como he dicho, éste no es el cambio más importante en este nuevo curso. El año pasado, en este mismo acto, asumí en nombre de la Universidad el compromiso de hacer lo posible para que todas las titulaciones que impartimos pudieran obtener la verificación positiva por parte del Consejo de Universidades para su efectiva implantación en este curso 2009-2010. Y es para mí un motivo de especial satisfacción que no sólo hayamos podido convertir en Grados todas las licenciaturas y diplomaturas que se impartían tradicionalmente en la Universidad sino que, además, hayamos empezado cuatro nuevas titulaciones: Ingeniería Biomédica, que se imparte en el Campus de San Sebastián, Magisterio de Educación Infantil, Magisterio de Educación Primaria y Bioquímica.

Quiero agradecer a las Juntas Directivas, a todos los profesores, al Vicerrectorado de Ordenación Académica y a las demás personas más directamente implicadas, el esfuerzo realizado. Y, junto al trabajo, agradezco especialmente la visión amplia que ha llevado a anteponer la coherencia del plan de estudios y la mejora de la formación de los estudiantes a los legítimos intereses de los profesores, los Departamentos o las Áreas de Conocimiento. Vuestra implicación y compromiso han permitido realizar una adaptación decidida a las exigencias del nuevo Espacio Europeo de Educación Superior, de modo que no nos hemos limitado a cumplir con una obligación legal, sino que, sobre todo, hemos visto en este proceso una oportunidad de mejora. Una oportunidad para sumarnos a un proceso de internacionalización de la Universidad que nos interesa mucho pero, antes incluso, una oportunidad para mejorar la formación que ofrecemos. Pienso que así lo han percibido los estudiantes y, como sabéis, ha sido un motivo de especial alegría ver que, en un contexto económico tan complicado como el actual, ha aumentado el número de los que han empezado este año la carrera en la Universidad de Navarra. Este dato positivo tiene doble valor, porque ofrece a los profesionales que trabajamos en la Universidad un horizonte sereno de estabilidad, en la difícil coyuntura económica que atravesamos y que nos ha sido recordada por el profesor Ravina en su lección inaugural.

Permitidme, además, que destaque el hecho de que hayamos terminado todo el proceso un año antes del plazo límite legalmente fijado. Esta circunstancia nos va a permitir centrarnos desde este curso en la puesta en marcha de los nuevos Grados, pues lo conseguido hasta ahora no es una línea de llegada sino, más bien, un punto de partida.

Desde que empezó el proceso de adaptación de la Universidad española al Espacio Europeo de Educación Superior, hace ya bastantes años, se ha dicho de Bolonia casi todo: que supondrá la mercantilización de las Universidades, que van a ser las empresas las que decidan los currículum que se impartan, que implica la renuncia a la educación superior, que supone el abandono de la educación general en favor de una formación meramente profesional... La verdad es que es difícil creer que algo tan sencillo como la Declaración de Bolonia, que ocupa dos folios -6063 caracteres en su versión castellana, para los que les gusta la precisión- reúna en sí tal capacidad destructiva. Por nuestra parte, y más allá de la forma concreta manifiestamente mejorable- en que el proceso se ha llevado a cabo en España, hemos abordado las reformas de modo decidido y no cómo un simple maquillaje, y lo hemos hecho con dos objetivos claros: elaborar unos planes de estudio capaces de hacer de la Universidad de Navarra un lugar atractivo para los buenos estudiantes y trabajar para que, una vez aquí, reciban la mejor educación posible.

Los que conocéis la Universidad de Navarra desde hace muchos años, y no digamos los que habéis contribuido de manera decisiva a que sea lo que hoy es, me diréis que no es ninguna novedad y que ese ha sido siempre el objetivo que ha inspirado nuestra actividad docente. Y así es; pero las reformas que hemos tenido que abordar nos ofrecen la oportunidad -y con ella el desafío- de adaptar a las circunstancias actuales los medios para conseguir eso que ha sido siempre la finalidad de la universidad: promover una sólida preparación orientada al ejercicio profesional junto con una educación general que incluya los aspectos científico, cultural, humano y, para quien lo desee, un mejor conocimiento del mensaje cristiano.

Queremos que nuestros alumnos puedan lograr una excelente formación para su futuro profesional y esto exige trasmitirles los imprescindibles conocimientos teóricos, enseñarles a dominar el lenguaje especializado y a ser rigurosos; pero ayudándoles, al mismo tiempo, en su preparación práctica para desempeñar las tareas que les corresponderán cuando dejen las aulas. Eso no es, como a veces se pretende, traicionar el verdadero espíritu universitario sino profundizar en él, pues en la esencia de la Universidad, desde sus albores a finales del siglo XII con la formación de juristas en la Universidad de Bolonia, está también servir a la sociedad y atender sus necesidades.

Una formación de calidad exige, asimismo, unir investigación y docencia no sólo en la persona del profesor sino también en el estudiante: y todos conocemos experiencias que avalan la dimensión formativa que tiene su iniciación en los rudimentos de la actividad investigadora, en la medida en que resulte razonable.

Y permitidme que descienda a algo tan práctico como el dominio de los idiomas -y en concreto del inglés- como parte de esa formación para el ejercicio profesional. Es evidente que ese conocimiento por sí mismo no mejora la formación, pero creo poco discutible que se trata hoy en día de un instrumento clave para acceder a muchas fuentes, así como para la comunicación en nuestras sociedades globalizadas. De aquí que la Universidad venga haciendo un importante esfuerzo en este terreno -y sigamos pidiendo a los centros que lo intensifiquen-; un esfuerzo que se ha traducido, entre otros efectos positivos, en el aumento de alumnado internacional.

Además, entendemos que la Universidad debe proporcionar una formación no sólo para la profesión sino también para la vida. Su quehacer se dirige a la persona en su conjunto y debe por ello promover una destacada educación general. Afortunadamente creo que este entendimiento de la misión de la Universidad se va extendiendo más cada día, incluso en ámbitos tan pragmáticos como las universidades norteamericanas. En estos días estoy leyendo un libro que lleva el sugerente título “Excelencia sin alma” y que está escrito por Harry R. Lewis, quien fue más de treinta años Profesor en Harvard y, durante ocho años, Decano del Harvard College, es decir, el encargado de la formación de los alumnos de Grado. La verdad es que la frase con la que se abre el primer capítulo hizo posiblemente que mi disposición hacia el libro fuera especialmente buena: “Las Universidades -afirma- son lugares complicados”. Pero no es ésta la cita que quería destacar ahora. Me interesa más bien uno de los párrafos que aparece en el prefacio: “Las universidades ¬ afirma, refiriéndose sobre todo al contexto estadounidense- han olvidado su más grande función educativa para los estudiantes de licenciatura. Han triunfado, mejor que nunca, como creadoras y depositarias de conocimiento. Sin embargo, han olvidado que el trabajo fundamental de la educación es convertir a personas de dieciocho y diecinueve años en personas de veintiuno y veintidós, ayudarles a crecer, a aprender quiénes son, a buscar un propósito más ambicioso en sus vidas, y a dejar la Universidad siendo mejores seres humanos”.

Pienso que, a pesar de nuestras limitaciones, no es éste un reproche que pueda hacerse a la Universidad de Navarra. Siempre hemos tenido presentes esos objetivos, entre otras razones porque así nos lo recordó muchas veces quien fuera su Fundador y primer Gran Canciller, san Josemaría Escrivá, quien recordaba que “no hay universidad (…) donde, a la trasmisión de los saberes, no se une la formación enteriza de las personalidades jóvenes”. Y queremos que los nuevos Grados ayuden a los estudiantes en la compresión de la persona y de la sociedad, de modo que puedan formar sus propias convicciones, con espíritu crítico y a la vez constructivo. Queremos fomentar en ellos el amor a la verdad y a la libertad, un binomio que no puede separarse sin graves consecuencias para el individuo y para la sociedad. Deseamos que profundicen en el sentido de la solidaridad, tan desarrollado en los jóvenes de nuestro tiempo; que aprendan a ser ciudadanos ejemplares, comprometidos y que tomen conciencia de las consecuencias éticas de cuanto hacen o dicen. Queremos, como ha recordado Benedicto XVI en su Carta sobre la tarea urgente de la educación, “formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida”.

Son desde luego objetivos ambiciosos e, incluso, su mera enunciación podría sonar a falta de modestia por nuestra parte. Pero pienso que es, más bien, la renuncia a priori a estas metas lo que puede hacer que la Universidad y la excelencia que persigue pierdan su alma. Peligroso es también que esas metas queden en fórmulas estereotipadas o, por decirlo en terminología más llana, en palabrería huera. Y es por eso por lo que quiero animar a cuantos formamos la Universidad de Navarra a afrontar con este espíritu la implantación de los nuevos Grados. Como sabéis, hemos reforzado en ellos la presencia de las asignaturas de carácter humanístico que deberán estudiar todos los alumnos pero, más allá de ello, el momento actual nos ofrece la ocasión de volver a reflexionar sobre la labor que desempeñamos como profesores y, más específicamente, sobre nuestra función docente. El buen profesor -ha escrito Ken Bain en su conocido libro Lo que hacen los mejores profesores universitarios- “trata la docencia como un trabajo intelectual creativo, serio e importante, como un empeño que se beneficia de la observación cuidadosa y el análisis minucioso, de la revisión y el reajuste, y de diálogos con colegas y críticas con iguales”.

Y el punto de partida de esa reflexión debe ser la realidad, los jóvenes que llegan a nuestras aulas. En nada parece haber tanto consenso como en la afirmación de que los estudiantes son ahora muy distintos, por utilizar una expresión neutra, de los de hace dos o tres décadas. “Nos enfrentamos -se afirma en un conocido estudio elaborado por un comité de la Universidad de Harvard para mejorar la formación de sus alumnos- al reto de preparar a nuestros estudiantes para desarrollar vidas florecientes y productivas en un mundo que es drásticamente diferente de aquél en el que la mayoría de sus profesores nos formamos”. Pero si esto es así, y desde luego en buena medida lo es, lo razonable no es detenernos en esta constatación, sino pensar qué debemos hacer para, con alumnos distintos, conseguir los mismos objetivos que ha tenido y tendrá siempre la verdadera formación universitaria. Pues el punto de referencia no es, no puede ser, el profesor, sino que debe situarse en el estudiante. Y es que, como ha escrito el profesor Alejandro Llano, “la educación universitaria debe partir (...) desde el principio de que lo importante no es enseñar, lo importante es aprender. Porque la única finalidad de la enseñanza es el aprendizaje”.

Si se acepta esta afirmación hay que concluir con él que “nadie puede sustituir al alumno: nadie puede aprender por él mejor que él, si él no aprende”. Por ello, no quiero dejar de hacer un llamamiento a los estudiantes (a todos, a cuantos empiezan los nuevos Grados y a quienes llevan ya tiempo en la Universidad) para exhortarles, para exhortaros, a que tengáis una actitud activa, os comprometáis con vuestros estudios y afrontéis con responsabilidad e iniciativa estos años de formación. Si esto es siempre esencial, lo es aún más con los nuevos planes de estudio en los que se quiere reforzar el valor del trabajo individual y en grupo junto con la insustituible presencia en las aulas.

No cabe duda de que ese aprendizaje requiere también la activa implicación de los profesores. La primera tarea del buen docente es captar el interés y el compromiso de los estudiantes, salir al encuentro del deseo de conocer que late en toda persona, y especialmente en los jóvenes, abrir horizontes y fomentar inquietudes, ayudarles a salir del anonimato y a entablar diálogo con sus compañeros y con sus profesores. Esta es, sin duda, una labor exigente, que hay que llevar a cabo en el Aula pero que requiere un trato muchas veces personalizado como el que ofrece el asesoramiento.

Sabéis muy bien que esa labor de tutoría personal es una nota característica de la Universidad de Navarra desde sus comienzos y resulta especialmente relevante en nuestros días. Se trata de una tarea que, adecuadamente ejercida, crea estrechos vínculos entre profesor y estudiante y en la que me atrevería a decir que también el profesor sale beneficiado: “En un proceso de interrelación, de ósmosis, -ha escrito G. Steiner- el Maestro aprende de su discípulo cuando le enseña. La intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra”. Todos tenemos la experiencia de que esto es así y que pocas cosas compensan tanto al verdadero universitario como ese contacto directo con el estudiante y el aprecio que nos muestran al cabo de los años los que un día asistieron a nuestras clases y son ya profesionales reconocidos.

Y es que, como afirma también Steiner, “no hay oficio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos. Este entendimiento de la función docente de la Universidad y, en consecuencia, de la actividad del profesor, nos ayuda a soslayar el peligro de lo que Max Weber llamara la “rutinización del carisma”; una rutina que lleva a una decadencia que, si siempre es triste, es especialmente grave cuando se produce en quien debe ser estímulo y guía para las nuevas generaciones.

Con ilusión afrontamos estos objetivos. Sabemos que no es fácil y que, como en todo lo nuevo, cometeremos errores y descubriremos cosas que hay que cambiar. Desde ahora agradezco vuestra disposición, a la vez que os pido esfuerzo y comprensión. Porque soy consciente de que, además, esta mejora en la docencia deberá ser compatible con una investigación de calidad y, en este sentido, han sido una alegría los datos de las acreditaciones oficiales: desde que empezó el nuevo sistema hace poco más de un año, casi un centenar de profesores se han acreditado como Catedráticos o Profesores Titulares. Y deberemos continuar con el impulso de tantos proyectos de investigación como tenemos en marcha.

Me gustaría detenerme un poco más hablando de la investigación y de esos proyectos, pero se alargarían demasiado estas palabras y, por otra parte, he querido que mis reflexiones de hoy se centren en nuestra labor docente. Me limitaré por ello a referirme brevemente al Centro de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales: a la primera convocatoria se presentaron 25 proyectos, todos ellos de calidad, entre los que ha sido preciso seleccionar 9, que constituyen ya el embrión del nuevo Centro. Y por lo que se refiere al tema específico del Arte Contemporáneo, además de potenciarse algunos proyectos de investigación, como sabéis el arquitecto ha terminado ya el anteproyecto del Museo y esperamos contar pronto con el proyecto definitivo.

Y quiero también informaros de que, Dios mediante, a lo largo de este curso podrá comenzarse la construcción del nuevo Edificio que acogerá la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Cuando nos planteamos la adaptación a las exigencias del nuevo Espacio Europeo de Educación Superior vimos con claridad que ello requería no sólo esfuerzo personal sino también medios materiales. En una primera etapa pudimos adaptar la Biblioteca de Ciencias, con el resultado de que son muchos más los alumnos y alumnas que ahora frecuentan las salas de lectura y las salas de trabajo. Y desde hace años esperábamos poder acometer la construcción de este nuevo edificio que contará con aulas y espacios pensados para los nuevos másteres y para la docencia que requieren los nuevos Grados. El proyecto se ha venido retrasando, también por la dificultad de encontrar financiación en estos momentos, pero me alegra poder anunciaros que estamos ya en condiciones de ponerlo en marcha.

Como veis, nunca nos faltan proyectos ambiciosos, en alguna medida por encima de los medios de que disponemos pero, como hemos hecho siempre en la Universidad, buscaremos la forma de ponerlos en marcha y necesitaremos contar, una vez más con la generosidad de los Amigos de la Universidad de Navarra, de los antiguos alumnos y de tantas personas e instituciones que entienden que apoyar estos proyectos es una forma de prestar un servicio a la sociedad.

Antes de terminar, quiero reiterar mi agradecimiento a las autoridades navarras. Siempre nos alegra compartir con vosotros estos momentos festivos. Pero nos ha llenado de especial agradecimiento vuestra cercanía en momentos duros como los vividos con el atentado sufrido hace unos meses. Vuestra proximidad e implicación, así como la de todo el pueblo navarro, que nos envió tantas muestras de solidaridad, nos mueven a renovar nuestro compromiso con esta Comunidad Foral. Y no quiero dejar pasar esta oportunidad para dejar constancia del agradecimiento a nuestro Gran Canciller, que en esos momentos quiso desplazarse hasta Pamplona para acompañarnos y trasmitirnos la necesidad de seguir, más que nunca, buscando caminos de paz y concordia.

No me queda más que desear a todos un magnífico curso 2009/2010 y felicitar en especial a la Facultad de Ciencias que celebrará durante estos meses sus cincuenta años de vida.

Discurso del rector en pdf

Entrevista al rector en 98.3 Radio

 

 

 

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