Discurso de Ángel José Gómez Montoro
Excelentísimas e ilustrísimas autoridades,
Querido rector,
Compañeros de Corporación Universitaria,
Señoras y señores,
He de empezar reconociendo que siento una cierta envidia del rector saliente. Y no tanto por el hecho de que vaya a dejar el cargo -no estaría bien justo en este momento-, cuanto por su capacidad de síntesis, puesta una vez más de relieve en este acto, y, sobre todo, por la labor que deja hecha en estos nueve años al frente de la Universidad de Navarra. No es momento de enumerar los logros, cosa que, además, a él no le agradaría; pero sí me siento en la gustosa obligación de darle las gracias en nombre de todos los que formamos la comunidad universitaria, por su constante impulso, su disponibilidad para todo lo que pudiera suponer un bien para la Universidad y su desbordante -y tantas veces acreditada- energía.
Personalmente debo, además, agradecerle que quisiera contar conmigo hace ahora algo más de dos años como vicerrector de Alumnos y Ordenación Académica. Desde luego no se me podía pasar entonces por la mente que un día sería yo el llamado a sustituirle; llegado sin embargo ese momento, me resultará de gran ayuda lo que he aprendido junto a él.
Pero mi deuda con el profesor Bastero se acrecienta de manera exponencial -por usar una expresión que como ingeniero entiende muy bien- al haber aceptado quedarse junto a mí como vicerrector de Investigación, sustituyendo a la profesora doña María Pilar Fernández Otero, a la que todos agradecemos su labor de estos años. Es esta una situación que no deja de sorprender y que, sin embargo, tiene algo de costumbre en esta Universidad. Personalmente, considero un privilegio poder seguir contando con su ayuda; y para toda la Universidad es una garantía de que el impulso en la investigación que él mismo ha promovido no hará sino aumentar mediante la mejora de las líneas existentes, la consolidación de ese proyecto ya hecho realidad que es el CIMA y la puesta en marcha del Centro de Investigaciones Sociales y Humanísticas que nos anunciaba en el acto de apertura del curso que ahora termina.
A nadie se le oculta que la Universidad española vive un tiempo de cambios. Quizás esa haya sido la situación habitual en la Universidad, o al menos lo viene siendo en España desde hace algunas décadas. En todo caso, tenemos ahora en el horizonte la reforma de los planes de estudios para su adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior. Y, aunque no son pocas las incógnitas que quedan por despejar, no tengo ninguna duda de que se trata de una magnífica oportunidad para dar un nuevo impulso en la calidad de la formación que ofrece la Universidad de Navarra. Por otra parte, pienso que, sin faltar a la modestia, puede afirmarse que es algo para lo que no sólo estamos preparados sino que, en buena medida, de lo que se trata es de avanzar en proyectos que ya están en marcha: la creación de unos programas formativos más atrayentes, que complementen la necesaria preparación práctica con unos contenidos humanísticos sin los que la Universidad se convertiría en una mera escuela profesional; la internacionalización, tanto de las propias titulaciones, mediante una oferta bilingüe que en muchos casos es ya una realidad, como del alumnado y, en lo posible, del profesorado; y, sobre todo, una enseñanza que de verdad permita al estudiante adquirir, junto a la cualificada formación científica y técnica, aquellas aptitudes que le sirvan para orientar su conducta en una sociedad, necesitada desde luego de profesionales competentes pero sobre todo de buenos ciudadanos.
Éstas son sólo algunas de las tareas que la Universidad tiene por delante y a las que, por tanto, tendré que atender como rector. Soy consciente de que se trata de un puesto que obliga especialmente a quien lo ocupa. Pero sé que, si la responsabilidad es grande, mayores son los apoyos con los que cuento. En los pocos días trascurridos desde que se hizo público mi nombramiento, he podido palpar la cercanía y disponibilidad de cuantos formáis esta comunidad universitaria; como os decía en el saludo que entonces os envié, vuestro trabajo diario es la verdadera fuerza de esta institución y lo que la ha permitido adquirir el sólido prestigio del que goza. Sé que cuento, además, con la ayuda de cuantos integran la Junta de Gobierno y, en especial, de los miembros de su Comisión Permanente, así como con la Asociación de Amigos y la Agrupación de Graduados. Me apoyo en la confianza de nuestro gran canciller y me confío a la intercesión del fundador de la Universidad.
Asimismo, en estos días he podido comprobar una vez más el aprecio con que nos miran la sociedad y las instituciones navarras. Agradezco a todas las autoridades, y en especial al presidente del Gobierno de Navarra, su presencia en este acto. También al rector de la Universidad Pública de Navarra.
Renuevo el compromiso que la Universidad de Navarra ha sentido siempre hacia estas tierras que la acogieron hace ya más de medio siglo y me atrevo a solicitarles la misma confianza y apoyo que han manifestado a quienes han ocupado este puesto.
Permitidme, por último, que exprese un especial agradecimiento a cuantos han venido de fuera de Navarra para acompañarme en este acto, muy en particular a don Francisco Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, y a don Manuel Aragón Reyes, magistrado del Tribunal Constitucional. Junto a ellos ha trascurrido mi trayectoria profesional y en ellos he encontrado siempre apoyo en los momentos decisivos. Les agradezco sinceramente su afecto y el que vienen manifestando a la Universidad de Navarra, de los que son buen exponente su presencia hoy aquí.
Este 5 de septiembre es un día "oficialmente" importante en nuestra Universidad. Pero cuantos trabajamos en ella sabemos que las páginas de su historia se escriben gracias al cumplimiento cotidiano de nuestros deberes ordinarios. Porque, como en alguna ocasión dijo el rector hoy saliente, la Universidad de Navarra debe hacerse cada día.
Muchas gracias
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