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  2ª Curso:                            

Cristología

Página de la asignatura Cristología Trabajos Personales Pruebas Presenciales Orientaciones para el estudio Respuesta a los ejercicios de autocomprobación

Indicaciones prácticas para los que cursan la asignatura

LA CONCIENCIA QUE JESÚS TENÍA DE SÍ MISMO Y DE SU MISIÓN (1985)

Texto oficial latino en COMMISSIO THEOLÓGICA INTERNATIONALIS, Documenta (1969-1985) (Città del Vaticano [Libreria Editrice Vaticana] 1988) 560-592.

Cuatro proposiciones con comentarios

  1. Nota preliminar, por Mons. PH. DELHAYE

La sesión plenaria de la Comisión Teológica Internacional de 1985 (2–7 de octubre) ha permitido dar la última mano al texto de eclesiología y proceder a su tercera votación estatutaria. Pero ha estado, sobre todo, consagrada al estudio de ciertos aspectos de «la ciencia» o «ciencias» de Cristo Jesús. Estas difíciles cuestiones teológicas habían sido abordadas desde el principio del tercer quinquenio (1980-1985). El estudio de los problemas eclesiológicos había hecho aparecer un nuevo aspecto de la investigación teológica y pastoral actual: ¿cómo hay que presentar a los cristianos de hoy la conciencia que Jesús ha tenido de ser el Hijo de Dios y de fundar la Iglesia, la «comunión» que él rescataba con su sangre? 1. No se trata sólo de un problema de escuela. El gran público cristiano interpela hoy a los teólogos y a los Pastores a este propósito.

Un nuevo proyecto de investigación fue así puesto en marcha desde 1983 para clarificar dos problemas: ¿cuál es el contenido de «las ciencias-conocimientos» de Cristo, Dios y hombre?, ¿cuál es el estatuto psicológico de éstas? Para retomar la antigua terminología técnica, se ha podido decir: «quid scitur a Iesu Christo?»; « quomodo haec cognoscuntur a Verbo Incarnato?». Este trabajo fue confiado a una subcomisión que tuvo múltiples reuniones. El R. P. Christoph Schönborn, profesor en Friburgo de Suiza, era su presidente. Los miembros de la subcomisión eran los profesores F. Gál, W'. Kasper, C. Peter, C. Pozo, B. Sesboüé y J. Walgrave. Los Excmos. Sres. J. Medina Estévez y B. Kloppenburg, y el R. P. J. Thornhill, miembros de la Comisión Teológica Internacional, contribuyeron también a la redacción del primer texto, que fue sometido a discusión en la plenaria del mes de octubre de 1985 2.

Sin embargo, para llegar a este resultado, en un final de quinquenio un poco agobiado, había sido necesario reducir el proyecto inicial. Así, el texto acabado y votado por los miembros de la Comisión Teológica Internacional se limitaba a la primera de las dos cuestiones propuestas, un «quid» solamente, y deja a investigaciones ulteriores los «quomodo». No se encontrarán, por ello, aquí exposiciones sobre las ciencias divina, infusa, humana, mística o profética del Verbo encarnado. Estos temas han sido ciertamente estudiados, pero a la Comisión Teológica Internacional ha faltado tiempo para confiar aportar respuestas que sean, a la vez, conformes con la Doctrina de la Iglesia y con las investigaciones que tantos teólogos y filósofos cristianos han conducido sobre este tema desde comienzos de siglo. Por el contrario, ha parecido oportuno, si no necesario, reafirmar los datos de la Fe, de la Revelación y de la Tradición sobre algunos puntos esenciales: ¿qué conciencia tenía Jesús de su persona, de su misión, del reino que concretizaba en una Iglesia que es, a la vez, una comunión de hombres terrestres y el «reino de los cielos», el reino de Dios, el Cuerpo místico en que participan, de modo diferente pero real, todos los fieles, estén en la condición carnal y en el tiempo humano, o en la vida con Dios y en el «eón» divino y eterno?

A esta expresión de su fe, que es la de la Iglesia, los miembros de la Comisión Teológica Internacional han querido dar un carácter sistemático. Por ello, la doctrina ha sido repartida en cuatro proposiciones esenciales. El comentario que había que dar de ellas se sitúa, ante todo, en el plano de la gran Tradición de la Iglesia, que se expresa en la Sagrada Escritura y en la enseñanza del Magisterio. En un tiempo en que, como decíamos, ciertos cristianos se preguntan qué es necesario creer todavía, los miembros de la Comisión Teológica Internacional aportan la respuesta de la Tradición cristiana. Los estudios ulteriores -ya esbozados- no se han perdido de vista por ello. Pero el papel de los profesores de teología no es solamente explicar la fe; también lleva a la explicitación de la fe. Es lo que se ha intentado hacer aquí.

                                                                                                                          PH. DELHAYE

 

2. Texto del documento aprobado «in forma specifiea» por la Comisión Teológica Internacional

INTRODUCCIÓN

Ya dos veces, la Comisión Teológica Internacional se ha ocupado de la Cristología 3. En la relación publicada el año 1980, los miembros hablaban de una síntesis que había de ser elaborada por los teólogos para que a la doctrina calcedonense sobre la persona y las naturalezas de Jesucristo se añadiera una visión soteriológica. En el mismo contexto se hizo una alusión a la cuestión dificilísima de la conciencia y la ciencia de Cristo 4. Después de un trienio se trató de la preexistencia de Jesucristo y del aspecto trinitario de su pasión. Con las debidas cautelas, mirando al futuro, la Comisión indicó que el estudio de la ciencia y conciencia de jesucristo permanecía todavía incompleto 5.

Defender la importancia de la humanidad del Señor y de los misterios de su vida (por ejemplo, del bautismo, las tentaciones, la agonía en Getsemaní) para la salvación del hombre 6 interesa hoy a la Comisión no menos que en años pasados. Por lo cual se decidió comenzar una nueva investigación sobre la vida cognoscitiva y afectiva de aquel que conoció al Padre y quiso revelarlo a los otros. La Comisión no pretende tratar de todas las cuestiones o de las de mayor importancia con respecto al tema. Pero la mentalidad de nuestro tiempo hace oportuno que, al menos, se dé respuesta a algunos interrogantes sobre Jesucristo que agitan hoy las inteligencias y los corazones de los hombres.

¿Quién que esté en su sano juicio querrá poner su esperanza en alguien que carezca de mente o inteligencia humana? Dar importancia a esta cuestión no era sólo propio de los hombres del siglo IV 7; ella permanece hoy actual en otro contexto. En efecto, el método histórico-crítico se aplica a los evangelios. Por este mismo hecho surgen cuestiones sobre Jesucristo: sobre la conciencia que tenía de su divinidad, de su vida y muerte salvífica, de su misión y doctrina y, sobre todo, de su propósito de fundar la Iglesia. Diversas respuestas -que, a veces, se excluyen mutuamente- han sido propuestas por los peritos que emplean ese método. Con el progreso del tiempo, las controversias no resultan menos numerosas. Esta discusión no se realiza sólo en revistas científicas, sino también, al menos a veces, en periódicos diarios o en semanarios, en otra literatura popular, en los medios modernos de comunicación.

Este mismo hecho, quizás, manifiesta que las cosas tratadas tienen importancia para hombres muy diversos entre sí. Esto vale también de los fieles cristianos. Por lo cual también a ellos resulta dificil dar satisfacción a todo el que les pide razón de la esperanza que hay en ellos (1 Pe 3,15). Porque en un Salvador que no sabe y no quiere, ¿quién querrá, más aún, quién podrá confiar?

Por lo mismo, es claro que a la misma Iglesia interesan mucho las cuestiones de la conciencia y de la ciencia humana de Jesús. Pues en ambos casos no se trata de teologúmenos meramente especulativos, sino del fundamento mismo del mensaje y de la misión propia de la Iglesia. La Iglesia llama a los hombres a la penitencia, anunciando el reino de Dios; evangeliza; propone medios y los da como necesarios para la reconciliación, la liberación y la salvación; quiere comunicar a todos la revelación de Dios Padre en el Hijo por el Espíritu. No se avergüenza de presentarse ante el mundo dotada de estos deberes. Confiesa abiertamente que tiene esta misión y doctrina encomendadas por su Señor Jesús. Se esfuerza en responder a los que preguntan si esto responde a la realidad. Éste es el lugar teológico, por cierto muy pastoral, de las cuestiones actuales sobre la conciencia y la ciencia humanas de Jesús.

Al tratar estas cuestiones teológicas y pastorales, por cierto de gran importancia si atendemos a las discusiones actuales, se presentan como dos complejos de cuestiones. En primer lugar, debemos nombrar la relación entre la exégesis eclesiástico-dogmática y la histórico-crítica de la Escritura. Estas difíciles cuestiones hermenéuticas se agudizan, de modo especial, en nuestra cuestión. Según la doctrina del Concilio Vaticano II, la exégesis de la Sagrada Escritura «debe investigar qué es lo que los hagiógrafos han pretendido realmente expresar». En esta investigación de la intención original de las afirmaciones también «hay que atender al contenido y a la unidad de toda la Escritura», que debe ser entendida «teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe» 8. En este sentido complexivo, la Comisión quiere, en el tratamiento de su tema, comenzar, según la indicación del Concilio, por los temas bíblicos. Pues el estudio de la Sagrada Escritura «debe ser como el alma de toda la teología» 9

Otra cuestión no menos difícil surge en el tratamiento de la Tradición viva de la Iglesia. Porque la Iglesia y su teología viven en la historia, ambas deben necesariamente, para explicar la fe transmitida una vez para siempre, usar de manera propia y crítica también la lengua filosófica de su tiempo. Las controversias en torno a nuestra cuestión proceden también de las diversas concepciones filosóficas. La Comisión, en su exposición, no quiere partir a priori de una determinada terminología filosófica. Parte de la pre-comprensión humana común de que en todos nuestros actos estamos presentes a nosotros mismos, como hombres, en nuestro «corazón». En este punto somos conscientes de que la conciencia de Jesús participa de la singularidad y de la índole misteriosa de su persona y de que, por ello, se sustrae a una consideración puramente racional. Sólo podemos tratar la cuestión que nos proponemos a la luz de la fe, para la cual Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16,16).

 

PROPOSICIONES Y COMENTARIOS

Nuestro estudio se limita a algunas grandes afirmaciones sobre aquello de que Jesús tenía conciencia con respecto a su propia persona y su misión. Las cuatro proposiciones que siguen se sitúan en el plano de lo que la fe ha creído siempre con respecto a Cristo. Deliberadamente no entran en las elaboraciones teológicas que intentan explicar este dato de fe. Por tanto, no se trata aquí de intentar formular teológicamente cómo esta conciencia ha podido articularse en la humanidad de Cristo.

Los comentarios de las cuatro proposiciones siguen, en líneas generales, un plan en tres etapas: en primer lugar, exponemos lo que la predicación apostólica dice con respecto a Cristo. Intentamos a continuación explorar lo que los evangelios sinópticos, por la convergencia de sus diferentes líneas, nos permiten decir sobre la conciencia misma de Jesús. Finalmente, consideramos el evangelio de san Juan, que dice frecuentemente, de manera explícita, lo que los evangelios sinópticos contienen más implícitamente, sin que haya oposición entre ellos.

 

Proposición primera

La vida de Jesús testifica la conciencia de su relación filial al Padre. Su comportamiento y sus palabras, que son las del «servidor perfecto, implican una autoridad que supera la de los antiguos profetas y que corresponde sólo a Dios .Jesús tomaba esta autoridad incomparable de su relación singular a Dios, a quien él llama «mi Padre». Tenía conciencia de ser el Hijo único de Dios y, en este sentido, de ser, él mismo, Dios.

COMENTARIO

1. La predicación apostólica pospascual que proclama a Jesús como Hijo y como Hijo de Dios, no es el resultado de un desarrollo tardío en la Iglesia primitiva; está ya en el corazón de las más antiguas formulaciones del kerigma, confesiones de fe o himnos (cf. Rom 1,3s; Flp 2,Gss). San Pablo llega a resumir el conjunto de su predicación en la expresión «el evangelio de Dios acerca de su Hijo» (Rom 1,3.9; cf. 2 Cor 1,19; Gál 1,1G). A este respecto son particularmente significativas también las «fórmulas de misión>: «Dios ha enviado a su Hijo» (Gál 4,4; Rom 8,3). La filiación divina de Jesús está, por tanto, en el centro de la predicación apostólica. Ésta puede ser comprendida como una explicitación, a la luz de la cruz y de la resurrección, de la relación de Jesús a su Abbá.

2. En efecto, la designación de Dios como «Padre», que ha llegado a ser pura y simplemente la manera cristiana de nombrar a Dios, se remonta a Jesús mismo: es éste uno de los datos más seguros de la investigación histórica sobre Jesús. Pero Jesús no sólo ha llamado a Dios «Padre» o «mi Padre» en general, sino que, dirigiéndose a él en la oración, lo invoca con la designación de Abbá (Mc 14,36; c£ Rom 8,15; Gál 4,G). Hay allí algo nuevo. La manera de orar de Jesús (c£ Mt 11,25) y la manera de orar que, enseña a sus discípulos (cf. Lc 11,2) sugieren la distinción (que será explícita después de Pascua; c£ Jn 20,17) entre «mi Padre» y «vuestro Padre», y el carácter único e intransferible de la relación que une a Jesús con Dios. Anteriormente a la manifestación de su misterio a los hombres había en la percepción humana de la conciencia de Jesús una percepción singular muy profunda, la de su relación al Padre. La invocación de Dios como «Padre» implica consecuentemente la conciencia que Jesús tenía de su autoridad divina y de su misión. No sin razón se encuentra en este contexto el término «revelan> (1Mt 11,27 par.; cf. Mt 16,17). Consciente de ser aquel que conoce a Dios perfectamente, Jesús sabe, por tanto, que es, al mismo tiempo, el mensajero de la revelación definitiva de Dios a los hombres. Es y tiene conciencia de ser < el Hijo (cf. Mc 12,6; 13,32).

A causa de esta conciencia, Jesús habla y actúa con una autoridad que corresponde propiamente sólo a Dios. La actitud de los hombres con respecto a él, a Jesús, es lo que decide su salvación eterna (Lc. 12,8; c£ Mc 8,38; Mt 10,32). Por ello, Jesús puede llamar a su seguimiento (Mc 1,17); para seguirle es necesario amarle más que a los padres (Mt 1 G,37), ponerle por encima de todos los bienes terrestres (Mc 10,29), estar dispuesto hasta perder la vida «por mí» (Mc 8,35). Habla como legislador soberano (Mt 5,22.28, etc.) que se coloca por encima de los profetas y reyes (Mt 12,41 s). No hay otro maestro más que él (Mt 23,8); todo pasará salvo su palabra (Mc 13,31).

3. El evangelio de san Juan dice más explícitamente de dónde tiene Jesús esta autoridad inaudita: es porque «el Padre está en mí y yo estoy en el Padre» (10,38); «Yo y el Padre somos una sola cosa» (10,30). El «Yo» que habla aquí y que legisla soberanamente, tiene la misma dignidad que el «Yo» de Yahveh (cf. Ex 3,14).

Incluso desde el punto de vista histórico está bien fundado afirmar que la proclamación apostólica primitiva de Jesús como Hijo de Dios está fundada sobre la conciencia misma de Jesús de ser el Hijo y el enviado del Padre.

 

Proposición segunda

Jesús conocía el fin de su misión: anunciar el Reino de Dios j hacerlo presente en su persona, sus actos y sus palabras, para que el mundo sea reconciliado con Dios y renovado. Ha aceptado libremente la voluntad del Padre: dar su vida para la salvación de todos los hombres; se sabía enviado por el Padre para servir y para dar su vida por la muchedumbre» (Mc 14,24).

COMENTARIO

1. La predicación apostólica de la filiación divina de Cristo implica igual e inseparablemente una significación soteriológica. En efecto, el envío, la venida de Jesús en la carne (Rom 8,3), bajo la ley (Gál 4,4), su abajamiento (Flp 2,7), apuntan a nuestro levantamiento: hacernos justos (2 Cor 5,21) y enriquecernos (2 Cor 8,9), hacer de nosotros hijos por el Espíritu (Rom 8,15s; Gál 4,5s; Heb 2,10). Tal participación en la filiación divina de Jesús, que se realiza en la fe viva y se expresa particularmente en la oración de los cristianos al Padre, supone la conciencia que Jesús mismo tiene de ser Hijo. Toda la predicación apostólica reposa sobre la persuasión de que Jesús sabía que él era el Hijo, el enviado del Padre. Sin tal conciencia de Jesús, no sólo la cristología, sino también toda la soteriología carecería de fundamento.

2. La conciencia que Jesús posee de su relación filial singular a «su Padre» es el fundamento y el presupuesto de su misión. A la inversa, se puede de su misión inferir su conciencia. Según los evangelios sinópticos, Jesús se sabía enviado para anunciar la buena nueva del Reino de Dios (Lc 4,43; cf. Mt 15,24). Para esto ha salido (Mc 1,38 griego) y venido (cf. Mc 2,17).

A través de su misión a favor de los hombres se puede, al mismo tiempo, descubrir a aquel del que él es el enviado (cf. Lc 10,16). En gestos y en palabras, Jesús ha manifestado el fin de su «venida»: llamar a los pecadores (Mc 2,17), «buscar y salvar lo que está perdido» (Le 19,10), no abolir la Ley, sino llevarla a cumplimiento (Mt 5,17), traer la espada de la decisión (Mt 10,34), echar fuego sobre la tierra (Lc 12,49). Jesús se sabe «venido» no para ser servido, sino para servir «y para dar su vida en rescate por la muchedumbre» (Mc 10,45) 10.

3. Esta «venida» no puede tener otro origen sino Dios. El evangelio de san Juan lo dice claramente explicitando, en su cristología de la misión (Sendungschristologie), los testimonios más implícitos de los sinópticos sobre la conciencia que Jesús tenía de su misión incomparable: él se sabía «venido» del Padre Un 5,43), «salido» de él (8,42; 16,28). La misión, recibida del Padre, no se le impone exteriormente, le es propia hasta el punto de coincidir con todo su ser: ella es toda su vida (6,57), su alimento (4,34); él no busca más que ella (5,30), porque la voluntad de aquel que lo ha enviado es toda su voluntad (6,38), sus palabras son las palabras de su Padre (3,34; 12,49), sus obras las obras del Padre (9,4), de manera que puede decir de sí mismo: «Quien me ha visto, ha visto al Padre» (14,9). La conciencia que Jesús tiene de sí mismo coincide con la conciencia de su misión. Esto va mucho más lejos que la conciencia de una misión profética, recibida en un determinado momento, aunque sea «desde el seno de su madre» Jeremías, c£ Jer 1,5; el Bautista, cf. Lc 1,15; Pablo, cf. Gál 1,15). Esta misión se enraíza mucho más en una «salida» originaria de Dios («Porque he salido de Dios»: 8,42), lo que presupone, como condición de posibilidad, que él había estado «desde el principio» con Dios (1,1.18).

4. La conciencia que Jesús tiene de su misión implica, por tanto, la conciencia de su «preexistencia». En efecto, la misión (temporal) .no es esencialmente separable de la procesión (eterna), ella es su «prolongación» 11. La conciencia humana de su misión «traduce», por así decirlo, en el lenguaje de una vida humana, la relación eterna al Padre.

Esta relación del Hijo encarnado al Padre supone, en primer lugar, la mediación del Espíritu Santo. El Espíritu debe, por tanto, ser incluido en la conciencia de Jesús en cuanto Hijo. Ya su pura existencia humana es el resultado de una acción del Espíritu; desde el bautismo de Jesús, toda su obra -sea acción o pasión entre los hombres o comunión de oración al Padre- no se realiza sino en y por el Espíritu (Lc 4,18; Hch 10,38; c£ Mc 1,12; Mt 12,28). El Hijo sabe que, en el cumplimiento del querer del Padre, el Espíritu lo guía y lo mantiene hasta la cruz. Allí, acabada su misión terrestre, «entrega (paredwken) su aliento (pnenma)» Un 19,30), en lo que algunos leen una insinuación del don del Espíritu. A partir de su resurrección y de su ascensión, llega a ser como hombre glorificado lo que ha sido como Dios desde toda la eternidad, «Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45; 2 Cor 3,13), Señor capaz de distribuir soberanamente el Espíritu Santo para elevarnos a la dignidad de hijos en él mismo.

Pero esta misma relación del Hijo encarnado al Padre se expresa, al mismo tiempo, de manera « kenótica» 12. Para poder realizar la obediencia perfecta, Jesús renuncia libremente (Flp 2,6-9) a todo lo que podría entorpecer esta actitud. No quiere, por ejemplo, servirse de las legiones de ángeles que podría tener (Mt 26,53); quiere crecer, como un hombre, «en sabiduría, en edad y en gracia» (Lc 2,52), aprender la obediencia (Heb 5,8), afrontar las tentaciones (Mt 4,1-I1 par.), sufrir. Esto no es incompatible con las afirmaciones de que Jesús «sabe todo» Un 16,30), que « el Padre le ha mostrado todo lo que hace» Un 5,20; cf. 13,3; Mt 11,27), si estas afirmaciones se comprenden en el sentido de que Jesús recibe de su Padre todo lo que le permite cumplir su obra de revelación y de redención universal (cf. Jn 3,11.32; 8,38.40; 15,15; 17,8).

 

Proposición tercera

Para realizar su misión salvífica, Jesús ha querido reunir a los hombres en orden al Reino y convocarlos en torno a .sí. En orden a este designio, Jesús ha realizado actos concretos, cuya única interpretación posible, tomador en su conjunto, es la preparación de la Iglesia que .verá definitivamente constituida en los acontecimientos de Pascua y Pentecostés. Es, por tanto, necesario decir que Jesús ha querido fundar la Iglesia.

COMENTARIO

1. Según el testimonio apostólico, la Iglesia es inseparable de Cristo. Según una fórmula corriente en san Pablo, las iglesias están «en Cristo» (1 Tes 1,1; 2,14; 2 Tes 1,1; Gál 1,22), son «las iglesias de Cristo» (Rom 16,16). Ser cristiano significa que «Cristo [está] en vosotros» (Rom 8,10; 2 Cor 13,5), es «la vida en Cristo Jesús» (Rom 8,2); «todos vosotros sois uno en Cristo» (Gál 3,28). Esta unidad se expresa, sobre todo, por la analogía de la unidad del cuerpo humano. El Espíritu Santo constituye la unidad de este cuerpo: «cuerpo de Cristo» (1 Cor 12,27) o «en Cristo» (Rom 12,5) e incluso «Cristo» (1 Cor 12,12). El Cristo celeste es el principio de vida y de crecimiento de la Iglesia (Col 2,19; Ef 4,11-16), es <da cabeza del cuerpo» (Col 1,18; 3,15 y alibi), la «plenitud» (Ef 1,22s) de la Iglesia.

Ahora bien, esta unidad irrompible de Cristo con su Iglesia se enraíza en el acto supremo de su vida terrestre: el don de su vida en la cruz. Porque la ha amado, «se ha entregado por ella» (Ef 5,25), porque quería presentársela a sí mismo «resplandeciente» (5,27; c£ Col 1,22). La Iglesia, cuerpo de Cristo, tiene su origen en el cuerpo entregado en la cruz, en «la sangre preciosa» (1 Pe 1,19) de Cristo, que es el «precio» con que hemos sido comprados (c£ 1 Cor 6,20). Para la predicación apostólica, la Iglesia es el objetivo de la obra de salvación realizada por Cristo en su vida terrestre.

2. Cuando Jesús predica el Reino de Dios, no anuncia simplemente la inminencia de la gran mutación escatológica, convoca primeramente a los hombres para entrar en el Reino. El germen y el comienzo del Reino es el «pequeño rebaño» (Lc 12,32) de aquellos que Jesús ha venido a convocar en torno a sí y del que él mismo es el pastor (Mc 14,27 par.; Jn 10,1-29; c£ Mt 10,16 par.), que ha venido a reunir y liberar a sus ovejas (Mt 15,24; Lc 15,4-7). Jesús habla de esta convocación bajo la imagen de los invitados a las bodas (Mc 2,19 par.), de la plantación de Dios (Mt 13,24; 15,13), de la red de pescar (Mt 13,47; Mc 1,17). Los discípulos de Jesús forman la ciudad sobre la montaña visible de lejos (Mt 5,14), constituyen la nueva familia, de la que Dios mismo es el Padre y en la que todos son hermanos (Mt 23,9); constituyen la verdadera familia de Jesús (Mc 3,34 par.). Las parábolas de Jesús y las imágenes de que se sirve para hablar de los que ha venido a convocar llevan consigo una «eclesiología implícita».

No se trata de afirmar que esta intención de Jesús implique una voluntad expresa de fundar y establecer todos los aspectos de las instituciones de la Iglesia tal y como se han desarrollado en el curso de los siglos 13. Es necesario, por el contrario, afirmar que Jesús ha querido dotar a la comunidad que ha venido a convocar en torno a sí de una estructura que permanecerá hasta la consumación del Reino. Hay que mencionar aquí, en primer lugar, la elección de los Doce y de Pedro como su jefe (Me 3,14ss). Esta elección, de las más intencionales, mira al restablecimiento escatológico del pueblo de Dios que estará abierto a todos los hombres (cf. Mt 8,11 s). Los Doce (Me 6,7) y los otros discípulos (Lc 10,1ss) participan de la misión de Cristo, de su poder, pero también de su suerte (Mt 10,25; Jn 15,20). En ellos viene Jesús mismo y en él el que lo ha enviado (Mt 10,40).

La Iglesia tendrá también su oración propia, la que Jesús le ha dado (Le 11,2-4); ella recibe, sobre todo, el memorial de la cena, centro de la «Nueva Alianza» (Le 22,20) y de la comunidad nueva reunida en la fracción del pan (Le 22,19). A los que Jesús ha convocado en torno a sí, les ha enseñado también un «modo de obrar» nuevo, diferente del de los antiguos (c£ Mt 5,21 etc.), del de los paganos (c£ Mt 5,47), del de los grandes de este mundo (Lc 22,25ss).

¿Ha querido Jesús fundar la Iglesia? Sí, pero esta Iglesia es el pueblo de Dios que él reúne a partir de Israel, a través del cual busca la salvación de todos los pueblos. Pues Jesús se sabe enviado y envía a sus discípulos, en primer lugar, « a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,6; 15,24). Una de las expresiones más conmovedoras de la conciencia que Jesús tenía de su divinidad y de su misión es esta queja (¡la queja del Dios de Israel!): «Jerusalén, Jerusalén... ¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido!» (Le 13,34; cf. 19,41-44). En efecto, Dios (Yahveh) en el Antiguo Testamento intenta sin cesar reunir a los hijos de Israel en un pueblo, su pueblo. Este «no habéis querido» cambió no la intención, sino el camino que tomará la convocación de todos los hombres en torno a Jesús. En adelante será principalmente «el tiempo de los paganos» (Lc 21,24; cf. Rom 11,1-6) lo que marcará a la ecclesia de Cristo.

Cristo tenía conciencia de su misión salvífica. Ésta implicaba la fundación de su ecclesia, es decir, la convocación de todos los hombres a la «familia de Dios». La historia del cristianismo reposa, en último término, sobre la intención y la voluntad de Jesús de fundar su Iglesia.

3. A la luz del Espíritu, el evangelio de san Juan ve toda la vida terrestre de Cristo como iluminada por la gloria del Resucitado. Así, la mirada sobre el círculo de los discípulos de Jesús se abre ya sobre todos aquellos que «gracias a su palabra creerán en mí» Un 17,20). Los que, durante su vida terrestre, han estado con él, los que el Padre le había dado (17,6) y que él había guardado y por los que se había «consagrado» (17,19) a sí mismo dando su vida, representan ya a todos los fieles, a todos los que le habrán recibido (1,12) y habrán creído en él (3,36). Por la fe le están unidos como los sarmientos lo están con la cepa sin la que se secan Un 15,6). Esta unión íntima entre Jesús y los creyentes («vosotros en mí y yo en vosotros»: 14,20) tiene, sin duda, su origen en el designio del Padre que « da» los discípulos a Jesús (6,39.44.65), pero se realiza finalmente por el don libre de su vida (10,18) «por sus amigos» (15,13). El misterio pascual permanece en la fuente de la Iglesia (cf. Jn 19,34): «Y yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (12,32).

 

Proposición cuarta

La conciencia que tiene Cristo de ser enviado por el Padre para la salvación del mundo y para la convocación de todos los hombres en el pueblo de Dios implica, misteriosamente, el amor de todos los hombres, de manera que todos podemos decir que «el Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado por mí» (Gál 2,20).

COMENTARIO

1. La predicación apostólica implica, desde sus primeras formulaciones, la convicción de que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (1 Cor 15,3), que « se ha entregado por nuestros pecados» (Gál 1,4), y esto en concordancia con la voluntad de Dios Padre que lo «ha entregado por nuestras faltas» (Rom 4,25 en griego pasivo teológico; cf. Is 53,6), «por todos nosotros» (Rom 8,32), «para rescatarnos» (Gál 4,5). Dios, que «quiere que todos los hombres se salven» (1 Tim 2,4), no excluye a nadie de su designio de salvación que Cristo abraza con todo su ser. Toda la vida de Cristo, desde su «entrada en el mundo» (Heb 10,5) hasta el don de su vida, es un único «por nosotros». Así lo ha predicado la Iglesia desde el comienzo (cf. Rom 5,8; 1 Tes 5,10; 2 Cor 5,15; 1 Pe 2,21; 3,18 y Alibi).

Si ha muerto por nosotros, es que nos ha amado. «Cristo nos ha amado y se ha entregado por nosotros como oblación» (Ef 5,2). Este «nosotros» son todos los hombres que quiere reunir en su Iglesia: «Cristo ha amado a la Iglesia y se ha entregado por ella» (Ef 5,25). Ahora bien, la Iglesia no ha comprendido este amor como una actitud general solamente, sino como un amor tan concreto que mira a cada uno personalmente. Así ve la Iglesia las cosas cuando oye a san Pablo recordar el respeto a los «débiles»: « No vayas por un alimento a causar la pérdida de aquel por quien Cristo ha muerto» (Rom 14,15; cf. 1 Cor 8,11; 2 Cor 5,14s). A los Corintios, divididos en partidos, Pablo mismo plantea la pregunta: «¿Está dividido Cristo? ¿Ha sido Pablo crucificado por vosotros?» (1 Cor 1,13). Y con respecto a sí mismo, Pablo, que, sin embargo, no ha conocido a Jesús « en los días de su carne» (Heb 5,7), podrá afirmar: «Vivo en la fe del Hijo de Dios que me ha amado y se ha entregado por mí» (Gál 2,20).

2. Los testimonios apostólicos recordados aquí arriba en favor de una muerte amante de Jesús, de manera completamente personal, «por nosotros», «por mí» y mis «hermanos», engloban en una sola mirada el amor sin limites del «Hijo de Dios» (Gál 2,20) preexistente, que al mismo tiempo es reconocido como el «Señor» glorificado. El «por nosotros» amante de Jesús tiene su fundamento en la preexistencia y se mantiene hasta el amor del Glorificado que -después de habernos amado (c£ Rom 8,37) en su encarnación y en su muerte- ahora «intercede por nosotros» (Rom 8,34). El amor «pro-existente» de Jesús es el elemento continuo que caracteriza al Hijo en todas estas tres «etapas» (preexistencia, vida terrena, existencia glorificada).

Esta continuidad de su amor se expresa en las palabras de Jesús. Según Lc 22,27, Jesús comprende el conjunto de su vida terrestre y de su comportamiento bajo la imagen de «aquel que sirve a la mesa». «Ser el servidor de todos» (Mc 9,35 par.) es la regla fundamental en el círculo de los discípulos. Este amor de servicio alcanza su punto culminante en la comida de despedida, durante la cual Jesús se sacrifica a sí mismo y se da como aquel que debe morir (Lc 22,19s par.). En la cruz su vida de servicio se cambia totalmente en una muerte de servicio «por la multitud» (Mc 10,45; cf. 14,22-24). El servicio de Jesús en su vida y en su muerte era, en último término, igualmente un servicio al «Reino de Dios» en palabras y acciones, hasta el punto que puede presentar su vida y su acción en su gloria futura como un «servir a la mesa» (Lc 12,37) y como una intercesión (Rom 8,34). Este servicio era el servicio del amor, que asocia el amor radical de Dios y el amor, lleno de abnegación, del prójimo (cf. Mc 12,28-34).

Este amor que toda la vida de Jesús demuestra, se nos presenta en primer lugar como universal en el sentido de que no excluye a nadie de los que vienen a él. Este amor busca <do que está perdido» (Lc 15,3-10.11-32), a los publicanos y a los pecadores (cf. Mc 2,15; Lc 7,34.36-50; Mt 9,1-8; Lc 15,1s), a los ricos (Lc 19,1-10) y a los pobres (Lc 16,19-31), a los hombres y a las mujeres (Lc 8,2-3; 7,11-17; 13,10-17), a los enfermos (Mc 1,29-34 y Alibi), a los endemoniados (Mc 1,21-28 y Alibi), a los que lloran (Lc 6,21) y a aquellos que gimen bajo sus cargas (Mt 11,28). Esta apertura del corazón de Jesús para todos parece, sin duda, superar los limites de su generación. Esto se manifiesta en «la universalización» de su misión, de sus promesas. Las bienaventuranzas superan los limites de sus oyentes inmediatos, se refieren a todos los pobres, a todos los hambrientos (cf. Lc 6,20s). Jesús se identifica con los pequeños y los pobres (Mc 10,13-16): el que acoge a uno de estos pequeños, acoge al mismo Jesús, y en él acoge a aquel que lo ha enviado (Mc 9,37). Sólo en el juicio final aparecerá abiertamente hasta dónde ha podido ir esta identificación, ahora todavía oculta (1It 25,31-46).

3. En el corazón de nuestra fe se encuentra este misterio: la inclusión de todos los hombres en este amor eterno con que Dios ha amado al mundo hasta dar a su propio Hijo Un 3,16). «He aquí en lo que hemos conocido el amor. El (es decir, Cristo ha dado su vida por nosotros» (1 Jn 3,16). En efecto, «el buen pastor da su vida por sus ovejas» Un 10,11); él las conoce Un 10,14) y las llama a cada una por su nombre Un 10,3).

4. Por haber conocido este amor personal de cada uno 14, tantos cristianos se han comprometido en el amor por los más pobres, sin discriminación, y continúan dando testimonio de este amor que sabe ver a Jesús en cada uno «de estos hermanos míos pequeñísimos (Mt 25,40). «Se trata de cualquier hombre, ya que cada uno está comprendido en el misterio de la Redención y por este misterio Cristo se ha unido con él para siempre» 15.

NOTAS A PIE DE PÁGINA

1 Ya desde el comienzo, la Comisión Teológica Internacional quiere expresar su gratitud a la Pontificia Comisión Bíblica por la colaboración que los dos organismos han podido realizar fraternamente. Es bien conocida la valiosa obra: PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Bible et Christologie (Paris 1984); prólogo de H. CAZELLES.

2 En este tiempo de recelo, uno no se explica nunca bastante. Precisemos, por ello, que ha habido tres textos y tres votaciones. Un primer texto fue estudiado y votado durante la plenaria de octubre. Un segundo texto, enmendado, fue elaborado por la subcomisión y sometido a una segunda votación escrita (noviembre de 1985). A la luz de los modi y consejos recogidos, se concluyó una tercera redacción, y fue sometida a la tercera votación inmediatamente después de la clausura del Sínodo (8 de diciembre de 1985). Esta tercera redacción es la que publicamos aquí después de que ha sido votada por la casi unanimidad de los miembros de la Comisión Teológica Internacional y después de que ha recibido el Placet del cardenal J. Ratzinger, presidente de la Comisión Teológica Internacional.

3.COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, Cuestiones selectas de Cristología (c.9 del presente volumen); ID., Teología-Cristología-Antropología (c.10 del presente volumen).

4 COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, Cuestiones selectas de Cristología III, D, 6.1.

5 COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL Teología-Cristología-Antropología II, nota 11.

6 COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL Cuestiones selectas de Cristología II, C, 7.

7. En aquel tiempo se discutía la cuestión de si Jesucristo había tenido una humanidad íntegra. Una respuesta válida se encuentra en SAN GREGORIO NACIANCENO, Fpistula ad Cledonium: SC 208, 51 (PG 37, 181), que considera una locura poner la esperanza en alguien que carezca de inteligencia humana.

8 CONCILIO VATICANO II, Const. dogmática Dei Verbum, 12: AAS 58 (1966) 823-824; cf. ibid., 9-10: AAS 58 (1966) 821-822.

9 CONCILIO VATICANO II, Decreto Optatam totius, 16: AAS 58 (1966) 723; cf. ID., Const. dogmática Dei Verbum, 24: A-AS 58 (1966) 829.

10 Cf. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, Cuestiones selectas e% Cristología IV, B-C.

11 SANTO TOMÁS, In Sententias, 1, d.15, q.4, a.1, sol.: Opera omnia, t.7 (Parisiis 1873) 183-184; ID., Summa Theologiae, I, q.43, a.2, ad 2: Ed. Leon. 4, 446.

12 PONTIFICIA COMISIÓN bíblica, Bible et Christologie, n.2.2.1.3. (Paris 1984) 93-95; c£ también p.45.

13 C£ COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, Temas selector de Eclesiología c. 1, 4; en el c.13 del presente volumen.

14 CONCILIO VATICANO II, Const. pastoral Gaudium et spes, 22: ,DAS 58 (1966) 1043.

15 Juan Pablo II, Ene. Redeptor hominis 13: AAS 71 (1979) 283; e£ CONCILIO VATICANO 11, Const. pastoral Gaudium et Mies, 22: A-AS 58 (1966) 1042.

 

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Respuestas a los ejercicios de comprobación

Unidad Didáctica 1

1. La radical novedad estriba en la afirmación de que Jesús es el Cristo, Hijo de Dios vivo.

2. El centro de la dogmática cristiana es Cristo en su realidad divino-humana. El es el centro, porque es Dios, y porque nuestra salvación tiene lugar mediante la incorporación a Él, como el sarmiento a la vid. Entre las consecuencias que se siguen de esta afirmación, conviene destacar que "la transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en Él" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 425).

3. Se llama "Jesús de la historia" al Jesús que vivió y murió realmente; se llama "Cristo de la fe", a la figura de Cristo -Mesías e Hijo de Dios- tal y como lo confiesa la fe de la Iglesia.

4. Hay que afirmar con todo rigor que el Cristo de la fe es el mismo que el Jesús de la historia. Esto es lo que predica la Iglesia: que Jesús de Nazaret es el Cristo e Hijo de Dios.

5. Son expresiones que se identifican.

6. Dentro de una cristología descendente.

7. De ella recibimos la fe en Cristo. Creemos que Cristo ha resucitado. Y lo creemos por el testimonio de los Apóstoles, perennemente vivo en la Iglesia.

8. El Verbo se hizo hombre "por nosotros y por nuestra salvación".

9. Para la liberación del pecado no era necesario que Dios asumiera la naturaleza humana.

10. Cfr p.e., Jn 3, 16-17; Ga 4, 4-5.

11. San Pablo se está refiriendo a que Cristo recapitula la historia humana en forma más excelente en que Adán la recapitula, al ser el primer padre. Fuimos solidarios en el primer Adán y ahora somos solidarios en el nuevo Adán. La obediencia de Cristo borra la desobediencia de Adán. Los textos principales en que San Pablo habla de la relación Cristo Adán son: Rm 5, 12-21; 1 Co 15, 45-50.

 

Unidad Didáctica 2

1. Gn 3, 15.

2. Jesús apela a las Escrituras, que se cumplen en Él (cfr p.e., Lc 4, 18; 24, 25-27; Jn 5, 39, etc). En efecto, en Cristo se cumplen las profecías mesiánicas. Se citan solamente algunas de las más conocidas: Gn 3, 15; Sa 2 y 21; Is 7, 14-15; 11, 1-10; 42, 1-13; 53, 1-12; Dn 7, 13-14, etc.

3. El del siervo sufriente que salva a su por medio de sus sufrimientos.

4. El título Hijo del hombre se encuentra en el libro de Daniel (7, 13-14), el Señor se refiere a él (cfr Mt 24, 30; 26, 64, Jn 5, 27), y resalta la dimensión escatológica del Mesías: el Mesías viene del cielo.

5. Cfr p.e., Mt 15, 24; Mc 1, 38; Lc 4, 43; Jn 4, 25-27; 5, 43; 8, 42; 17, 3 etc.

6. La existencia histórica de Jesús está patente en el hecho mismo de la religión cristiana, en el testimonio apostólico y, especialmente, en el testimonio de San Pablo.

7. San Mateo y San Lucas (cfr Mt 1, 18-24; Lc 1, 26-38; 2, 1-7).

8. Todos aquellos lugares en que se habla de que Jesús se cansa, tiene sed, duerme, come, suda, nace, muere, etc.

9. Por ejemplo, Mt 1, 1.

10. Los docetas, que negaron que Jesús tuviese un cuerpo de verdad. Decían que sólo tenía un cuerpo fantasmal o aparente. La razón de fondo es la siguiente: despreciaban la materia y la corporalidad. Y por esta razón les parecía imposible que Dios hubiese podido tomar un verdadero cuerpo.

11. Jesús se atribuye a sí mismo una dignidad igual al Padre (cfr p.e., Mt 11, 25-30; Lc 10, 21-22; 5, 19-47; 10, 22-42, etc).

12. Sí. Cfr p.e., Mt 9, 1-6; Mc 2, 1-2; Lc 5, 17-26.

13. Muestra la radicalidad con que Jesús vivía su filiación al Padre.

14. Desde el primer momento confesaron que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo (cfr p.e., Mt 16, 16).

15. Los ebionitas. Consideraron a Cristo un hombre santísimo, pero nada más. Se trataba de cristianos provenientes del judaísmo, a los que costaba un gran esfuerzo unir la divinidad de Jesús con el monoteísmo tal y como lo habían entendido.

16. Cfr p.e., Mt 11, 25-30; 16, 16; Mc 1, 1; Lc 10, 21- 22.

17. La cristología del Prólogo del Evangelio de San Juan es una cristología descendente: comienza afirmando que el Verbo es la palabra eterna del Padre, que estaba junto al Padre desde toda la eternidad (Jn 1, 1-3), que se encarnó verdaderamente (Jn 1, 14), y que ofrece la salvación a todos los hombres. El himno de la Carta a los Filipenses tiene una estructura muy parecida: Cristo Jesús, siendo de condición divina, se anonadó tomando la forma de siervo, fue obediente hasta la muerte, y ha sido exaltado sobre todo nombre. También se trata de un descenso del Verbo, un anonadamiento salvador, y una exaltación del Mesías constituido Señor del universo.

18. Además del texto que se acaba de citar (Flp 2, 5-11), cfr p.e., Col 1, -17; Rm 9, 5; Tt 2, 13.

 

Unidad Didáctica 3

1. Jesús murió por nosotros según las Escrituras, resucitó al tercer día según las Escrituras, y es el Cristo y Señor, Hijo de Dios (Cfr p.e., 1 Co 15, 3-8; Hch 2, 22-36; 3, 12-26).

2. Él es el Hijo de Dios, Nuestro Señor, que nació de María la Virgen por obra del Espíritu santo, fue crucificado bajo Poncio Pilato, muerto y sepultado, resucitó al tercer día, subió a los cielos, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

3. Los adopcionistas decían que Jesús no era Hijo natural de Dios, sino sólo un hijo adoptivo. El subordinacionismo decía que Jesús era un Dios de segunda categoría, inferior al Padre.

4. El arrianismo es un subordinacionismo extremo. Según Arrio, el Hijo no es Dios en sentido estricto, sino la primera de las criaturas hechas por Dios.

5. Afirmando en serio la paternidad de Dios Padre y, en consecuencia, afirmando que el Hijo procede de la misma sustancia del Padre y, por tanto, que es Dios que procede de Dios, luz que procede de luz.

6. Porque Apolinar negaba que Jesús hubiese tenido una verdadera alma humana.

7. Porque niega la perfecta unidad con que se unen en Cristo lo humano y lo divino. Según Nestorio, Santa María era Madre del hombre Jesús, al cual después se le unió el Verbo con una estrechísima unión moral.

8. Éfeso enseña que Santa María es verdadera Madre de Dios (Theotokos), porque concibió y dio a luz al mismo Hijo eterno del Padre.

9. Ousía e hipóstasis se utilizan en griego para hablar de naturaleza (ousía) y persona (hypóstasis). Ousía es lo que una cosa es: su naturaleza; hipóstasis es lo que concreta esa naturaleza, es decir, el sujeto que la posee.

10. La doctrina de Eutiques es el monofisismo. Según él, en Cristo habría una sola naturaleza, porque lo divino habría absorbido lo humano.

11. Cristo es mediador entre Dios y los hombres, no porque sea una mezcla de lo divino y de lo humano, sino porque es perfecto Dios y perfecto hombre, uniendo en sí mismo -sin confundirlo- lo humano y lo divino.

12. El Concilio de Calcedonia enseña que Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre, porque en Él se unen perfectamente lo humano y lo divino sin cambiarse y confundirse, pero sin estar separados ni divididos.

13. El monotelismo enseña que en Cristo hay una sola voluntad. Es incompatible con la doctrina cristiana, principalmente por dos razones: porque la doctrina cristiana afirma que Jesús es perfecto hombre y no sería perfecto hombre si no tuviese una auténtica libertad humana, y porque afirma que fue obediente hasta la muerte, y Jesús no habría podido obedecer, si no hubiese tenido una auténtica libertad.

14. El Concilio III de Constantinopla enseña que en Cristo hay dos voluntades: la divina y la humana, las dos perfectamente unidas, pero sin que una anule a la otra.

 

Unidad Didáctica 4

1. Para mantener la unidad y distinción en Cristo. Jesucristo es perfecto Dios y perfecto hombre (es decir, posee perfectamente la naturaleza humana y la naturaleza divina), pero es un solo y mismo sujeto el que actúa a través de ambas naturalezas.

2. El concepto de persona indica la perfección suprema del ser. Se han dado diversas definiciones de persona. Todas ellas apuntan al ser que se autoposee con plenitud y que, precisamente por eso, es capaz de donarse. Es el ser al que uno puede dirigirse llamándole en verdad tú.

3. En Cristo hay una sola persona: la Persona del Hijo de Dios. Esa Persona responde, como sujeto último, de las acciones de su naturaleza humana.

4. la expresaría como la expresan los evangelios. En ellos, Jesús se manifiesta con una gran unidad personal, atribuyéndose al mismo tiempo los atributos divinos y los atributos humanos. Cfr p.e., Jn 8, 58.

5. Jesús en cuanto hombre no es hijo adoptivo de Dios, sino Hijo natural, ya que la relación de filiación pertenece a la persona, y en Jesús no hay más que una Persona, la Persona del Verbo, el cual es Hijo natural del Padre.

6. Se entiende por comunicación de idiomas o propiedades el hecho de que, en Cristo, las propiedades divinas y humanas se atribuyen al mismo y único sujeto. Por eso se dice que Santa María es Madre de Dios, aunque sólo haya engendrado la humanidad de Jesús: porque el ser engendrado y nacer se atribuye a la única Persona de Cristo. Lo mismo sucede con el hecho de la muerte de Cristo: se dice que Dios muere en la Cruz.

 

Unidad Didáctica 5

1. Jesús es fruto del Espíritu Santo y estaba poseído por el Espíritu Santo desde el primer momento de su concepción. Él es el Ungido por el Espíritu Santo, que lo posee en plenitud.

2. Sí tenía el don de temor de Dios.

3. Nadie pudo argüir jamás a Jesús de pecado. Más aún, no podía pecar. Hay que tener presente, que el Verbo es el sujeto que responde de las acciones de Jesús. Y el Verbo, por ser Dios, no puede pecar.

4. Jesús poseía la libertad humana, y con ella cumplió los mandamientos.

 

 

5. Jesús en cuanto hombre no lo sabía todo, pues tenía una inteligencia humana, la cual, por ser creada, nunca es infinita. Sin embargo, Jesús no podía sufrir error en lo concerniente a su misión, pues sería la Persona del Verbo -que es el sujeto que responde de las acciones de Jesús- la que sería responsable de ese error.

6. Jesús sabía que era igual al Padre, y así lo manifestó con suficiente claridad. Cfr p.e., Mt 11, 25-30; Lc 10, 21-22.

 

Unidad Didáctica 6

1. Mediador es aquel que establece la unión entre dos realidades separadas. Cristo es Mediador, porque es Dios y hombre al mismo tiempo. Más aún: Jesús es el único Mediador entre Dios y los hombres (cfr 1 Tm 2, 5).

2. Pertenece a la mediación de Cristo el que Él sea Rey.

3. El Reino de Cristo es el Reino de Dios. Se trata de un Reino, esencialmente espiritual e interior al hombre, pero en cuanto formado por hombres es también una realidad visible. El Reino de Dios está cerca, y todos los hombres están llamados a entrar en él.

4. Puede decirse con toda verdad que Jesús es profeta. Cfr Hbr 1, 1-2 y Dt 18, 18.

5. El sacerdocio de Jesucristo es un sacerdocio eterno, según el orden de Melquisedec. Jesús es Sacerdote y víctima. Su inmolación sacrificial tuvo lugar una vez para siempre. El sacerdocio de Cristo es único.

 

Unidad Didáctica 7

1. Todos los misterios de Cristo son redentores. Así lo enuncia el Credo: "por nosotros los hombres y por nuestra salvación…"

2. En el mismo momento de la concepción de Jesús.

3. Su solidaridad con ellos.

4. Sí, las tentaciones de Jesús fueron verdaderas, aunque en Él no existió jamás la más mínima connivencia con la tentación. Jesús vence sus tentaciones como Persona singular y como Cabeza nuestra, incoando así nuestra victoria sobre las tentaciones.

5. Jesús sabía de antemano que iba a morir, y así lo manifestó repetidas veces.

6. Cfr p.e., Mt 16, 21-23; 17, 22-23; 20, 17-19 y paralelos. Cfr Jn 3, 14; 10, 17-18;12, 33.

7. Tienen un sentido sacrificial. Con las palabras pronunciadas sobre el pan y el vino, Jesús expresó que daba a su muerte un sentido de culto a Dios y de entrega por los muchos. Su Sangre es la Sangre de la Nueva Alianza (Mt 26, 28).

8. Esas palabras aluden al sacrificio de la alianza (cfr Ex 24, 4-8). De ahí que en Hbr se insista en que Jesús es Mediador de un Nuevo Testamento (cfr Hbr 7, 22), es decir de una nueva y eterna alianza.

9. Las palabras pronunciadas por Jesús hablando de "abandono", pertenecen al comienzo del Salmo 21. Son muy diversas las lecturas que han hecho los teólogos de la profundidad del abandono a que se está refiriendo el Señor. Lo lógico es entenderlas como una oración y resumiendo en sí mismas todos los diversos sentimientos de ese largo Salmo.

10. Sí. Así lo hace con frecuencia el Nuevo Testamento.

11. Es enseñanza continua en el Nuevo testamento. Cfr p.e., Hbr 9, 12-14; Ef 5, 2; Rm 3, 24.

12. Jesucristo murió por todos los hombres.

13. La victoria de Cristo sobre la muerte consiste 1) en haberle dado a la muerte un sentido de expiación y redención; b) en vencer la muerte mediante la resurrección, rehaciendo por la resurrección lo que la muerte ha destrozado.

 

Unidad Didáctica 8

1. Así se expresa claramente en la Sagrada Escritura y se confiesa en el Credo.

2. Existen tres clases de testimonios: el sepulcro vacío, los Apóstoles, que dan testimonio de haberse encontrado con el Resucitado, y la profecía que hizo el Señor de que resucitaría.

3. Significa que el Resucitado no está sometido a las mismas leyes físicas a las que estamos sometidos nosotros. Su cuerpo posee lo que se llaman las dotes del cuerpo glorioso.

4. Las describen en forma diversa. Hablan de ellas utilizando muchas veces el verbo "ver", no como unas visiones subjetivas, sino como auténticos encuentros con Jesús, que "se deja" ver.

5. Jesús con su pasión y Muerte mereció su propia Resurrección.

 

6. El envío del Espíritu Santo es fruto de la Cruz del Señor. El envío del Espíritu es don del Mesías glorificado a los hombres (cfr Jn 7, 39; Hch 2, 33).

7. Que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y que todo don y carisma viene de la Cabeza a los miembros.

8. Precisamente por su unión a Cristo, que es la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, se puede decir de todo cristiano con rigor que él es "otro Cristo". Se trata de una auténtica "cristificación", que es la obra del Espíritu Santo, el cual nos hace hijos de Dios, haciéndonos conformes a la imagen del Hijo (cfr Rm 8, 9-18).

9. En la venida gloriosa de Jesús a juzgar a los vivos y a los muertos. ES la consumación del triunfo ya obtenido por Cristo en su misterio Pascual.

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