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3º Curso: Liturgia |
| Página de la asignatura Liturgia | Pruebas Presenciales | Orientaciones para el estudio | Indicaciones prácticas para los alumnos |
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La prueba será escrita y consistirá en el desarrollo de alguno de los temas que figura en el Programa de la asignatura. |
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Unidad Didáctica 1: La ciencia litúrgica La liturgia cristiana es una realidad muy rica y polivalente que puede ser analizada bajo diferentes perspectivas. Es innegable que se trata de un hecho, de un acontecimiento, de fe, pero posee también implicaciones de naturaleza antropológica. Por ello, la ciencia litúrgica asume, necesariamente, un carácter interdisciplinar, aunque primen en ella los aspectos teológicos. La ciencia litúrgica se ocupa del hecho litúrgico en toda su integridad porque aspira a una comprensión que mejore tanto la celebración de la liturgia, cuanto la participación en ella, en vista a una mejor vida del misterio de Cristo en la existencia de los fieles. La unidad didáctica, preliminar, trata del objeto de la ciencia litúrgica, de su historia y metodología, y del lugar que ocupa entre las demás disciplinas teológicas; así como de la formación para una mejor participación en la celebración de los misterios. Bibliografía: J. López Martín, La liturgia de la Iglesia: capítulo I, pp. 3-15.
Unidad Didáctica 2: Las tradiciones litúrgicas A lo largo de los siglos, la Iglesia, fiel al mandato de su Señor ("haced esto en memoria mía"), ha celebrado el único e idéntico misterio de Cristo –la tradición litúrgica– según una diversidad de usos y costumbres de venerable antigüedad –las tradiciones litúrgicas–, que, en no pocas ocasiones, se han transmitido ininterrumpidamente desde la era apostólica hasta nuestros días. Lejos de dañar a la unidad de la Iglesia (cfr. Pío XII, carta encíclica Orientalis ecclesiae decus, 9-IV-1944), la pluralidad litúrgica constituye uno de los más preciados tesoros eclesiales, como manifestación admirable de la catolicidad y apostolicidad que la Esposa de Cristo confiesa en el símbolo de la fe (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 1208), sentidas “como una sinfonía de las diversas liturgias unidas a la única Liturgia para la alabanza de Dios” (Juan Pablo II, carta encíclica Slavorum Apostoli, 2-VI-1985). No es de extrañar, por tanto, que durante el Concilio Vaticano II se subrayara repetidamente la relevancia de las tradiciones litúrgicas a la hora de “conservar fielmente la plenitud de la Tradición” (decreto Unitatis Redintegratio, 21-XI-1964). El conocimiento de las tradiciones litúrgicas no es un ejercicio de erudición. En palabras de Juan Pablo II, “debemos mejorar nuestro conocimiento mutuo”. De aquí que haya que evitar el prejuicio de identificar la Iglesia Católica con la Iglesia romana: aunque los fieles latinos constituyan, sociológicamente, su mayor parte, la Iglesia Católica esta formada por la Iglesia latina y las Iglesias Orientales en comunión con la sede de Pedro. Por ello, el Catecismo de la Iglesia se esfuerza en recoger y presentar las características propias de las tradiciones católicas orientales. El proceso de configuración de las distintas tradiciones litúrgicas se debe a la convergencia de una compleja serie de factores, tanto de orden geográfico e histórico-político, como de carácter eclesial: progresiva condensación administrativa eclesiástica, rupturas de la comunión a causa de las controversias dogmáticas, ascendiente de los grandes obispos, influjo del monaquismo...; según un dinamismo que podría resumirse en dos direcciones: a) desde la unidad primordial de la era apostólica, hacia las diversidades locales, y b) desde la diversidad local hacia una progresiva unidad en torno a las distintas sedes patriarcales. Bibliografía: J. López Martín, La liturgia de la Iglesia: capítulos IV y V, pp. 43-70.
Unidad Didáctica 3: El misterio de la liturgia Cuando en la introducción de su documento inaugural, el Concilio Vaticano II aborda la necesidad de acrecentar entre los fieles la vida espiritual y, en consecuencia, avanza su intención de proveer a la reforma y fomento del culto cristiano, contempla a la liturgia a partir de su mismo acontecer: «por medio de la liturgia» –afirma– «“se ejerce la obra de nuestra redención”» (constitución Sacrosanctum Concilium 2). El concilio emplaza, pues, la comprensión de la liturgia en su perspectiva original: desde el presupuesto de la revelación divina entendida como historia de la salvación, la liturgia, inmersa en la economía redentora e inseparable del misterio de Cristo y de su Iglesia, se muestra así como un acontecimiento salvífico, un momento de la obra de nuestra redención, cuyo centro es el misterio pascual de Cristo. «En la liturgia, la Iglesia celebra el misterio de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica 1068). En efecto, como se advierte en el título del apartado correspondiente a la doctrina litúrgico-sacramental, el Catecismo interpreta a la liturgia como la celebración del misterio cristiano, en consonancia con el hecho de que, precisamente, la categoría teológica de “misterio de Cristo” sea considerada el hilo conductor que articula el entero documento. Según Juan Pablo II, «el misterio cristiano es el objeto de la fe (primera parte); es celebrado y comunicado en las acciones litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar (tercera parte); es el fundamento de nuestra oración, cuya expresión privilegiada es el “Padrenuestro” (cuarta parte). En la lectura del Catecismo de la Iglesia Católica se puede percibir la admirable unidad del misterio de Dios, de su designio de salvación, así como el lugar central de Jesucristo Hijo único de Dios, enviado por el Padre, hecho hombre en el seno de la Santísima Virgen María por el Espíritu Santo, para ser nuestro Salvador. Muerto y resucitado, está siempre presente en su Iglesia, particularmente en los sacramentos» (constitución apostólica Fidei depositum 3). Lejos de constituir un simple enunciado teológico, el “misterio de Cristo” es ante todo y sobre todo un evento, un acontecimiento en la historia, fruto del designio amoroso trinitario que, en última instancia, se concreta en los sucesos pascuales de la bienaventurada pasión y glorificación de nuestro Señor, para la salvación del mundo y la gloria de Dios Padre. La liturgia, en cuanto celebración del misterio de Cristo, no es por consiguiente sino el rito eclesial que celebra la obra de nuestra redención; es decir, la acción que la manifiesta, hace presente y comunica. Bajo esta óptica, afirmar que la liturgia “celebra el misterio de Cristo” equivale, pues, a aseverar que en su acontecer “se manifiesta, se hace presente y se comunica el misterio de nuestra redención”. Bibliografía: J. López Martín, La liturgia de la Iglesia: capítulos II yII, pp. 19-42.
Unidad Didáctica 4: La celebración del misterio Desde un punto de vista fenomenológico, la celebración litúrgica se muestra como una acción de carácter simbólico, emplazada fuera del ámbito de lo cotidiano o habitual, y compuesta por un conjunto de signos (gestos, palabras y objetos) que, reciprocamente entrelazados, la delimitan. En este sentido, la celebración aparece íntimamente relacionada con otras dos categorías antropológicas como rito y fiesta: la “fiesta” se “celebra” mediante el “rito”. La celebración es, por consiguiente, una acción de naturaleza social que se destaca del cotidiano acontecer merced a una barrera claramente recognoscible de formas sensibles que constituyen su carácter simbólico. No es de extrañar, por tanto, que la lengua litúrgica de la Iglesia reservase dicho término para la realización ritual del sacrificio eucarístico o la solemnización de algún misterio de la salvación por la eucaristía; acepciones ambas en íntima relación con la noción antropológica de fiesta. La unidad didáctica precedente contemplaba la “presencia” siempre actual del “misterio” de Cristo en la liturgia. Tal comprensión sería incompleta si olvidáramos que, lejos de ser “inmediata”, esta “presencia” acontece en la “mediación” del hecho celebrativo: el misterio de Cristo se hace presente en la liturgia “en” y “por medio” del rito; aspecto estudiado por la presente unidad del programa. El rito constituye, en efecto, la modalidad de la mediación del “misterio” en el ahora de la economía salvífica: la obra de nuestra redención, manifiesta, presente y comunicada en los misterios (gestos y palabras de la humanidad de Cristo) de la vida del Salvador, continúa sacramentalmente presente, manifiesta y eficaz en los misterios (gestos y palabras rituales) de la liturgia. El rito litúrgico configura, así, el código de diálogo de comunión de Dios con el hombre en el hoy de la Iglesia. Y, efectivamente, la liturgia se celebra siempre como oración, “verbo” humano-eclesial, en gestos y palabras, de acción de gracias-alabanza en respuesta al Verbo divino eficaz de salvación que en el rito se presencializa, manifiesta y comunica. De este modo, la presencia de la Palabra, lejos de toda abstracción, es una realidad concreta y tangible, tanto en su nivel primordial de acontecimiento histórico-salvífico (misterio de Cristo), cuanto litúrgico-memorial (celebración del misterio). El ser de la liturgia no es, por ello, otro que su ser “mediación en acto”, Palabra actualizada o actualización de la Palabra en el rito de la celebración. Bibliografía: J. López Martín, La liturgia de la Iglesia: capítulos VI-VIII, X-XII, XIV; pp. 73-106. 119-152. 163-174.
Unidad Didáctica 5: La vida que nace de la celebración La vida cristiana es un camino de santidad, de progresiva comunión con Dios, que culmina en la plenitud de amor de la bienaventuranza eterna: unión con el Padre, en Jesucristo, por obra del Espíritu; camino fundado en el misterio de Cristo, Verbo del Padre, encarnado por gracia del Espíritu, que encuentra su momento culminante en el misterio pascual de su muerte y resurrección. La vida cristiana puede, por tanto, ser comprendida como el proceso pascual de configuración y conformación, en el Espíritu, con el misterio de Cristo, que conduce a la plena comunión con el Padre. Cristificación y espiritualización son, pues, dimensiones inseparables de un mismo proceso. Decir vida “cristiana” equivale, de este modo, a decir vida “espiritual”, pues no existe otro espíritu de vida que el Espíritu de Cristo, y no existe otro Cristo sino aquel ungido por el Espíritu. Incorporado al misterio de Cristo por obra del Espíritu, el fiel cristifica su existencia; y sumergido en el Espíritu de vida, por su unión con el misterio de Cristo, la espiritualiza. De aquí que la vida cristiana o vida espiritual encuentre sus raíces en el misterio de la liturgia, única actualización siempre perenne del misterio pascual de Cristo. La liturgia constituye, por ello, la fuente de la vida de comunión con Dios. La liturgia es, por tanto, fuente de vida en Cristo por el Espíritu o, si se prefiere, fuente de vida en el Espíritu de Cristo. Pero, al mismo tiempo, la vida cristiana tiende también hacia la liturgia. La liturgia es cumbre de la vida espiritual, pues el fin último de la existencia cristiana es celebrar la gloria de Dios; glorificación del Padre en el Espíritu que sólo acontece en el misterio del Hijo encarnado, muerto y resucitado. El existencial cristiano es, pues, un existencial litúrgico y, en este sentido, el reciente Catecismo de la Iglesia afirma que «la vida moral es un culto espiritual [...] En la liturgia y en la celebración de los sacramentos, plegaria y enseñanza se conjugan con la gracia de Cristo para iluminar y alimentar el obrar cristiano» (Catecismo de la Iglesia Católica 2031). Bibliografía: J. López Martín, La liturgia de la Iglesia: capítulos XXIX y XXX, pp. 337-358.
Unidad Didáctica 6: La santificación del tiempo «La Iglesia vive y celebra la liturgia a lo largo del año» (Juan Pablo II, Tertio millenio adveniente). En efecto, la liturgia, celebración del misterio de Cristo en el tiempo de la Iglesia, se despliega según un ritmo anual: «en el círculo del año» –recuerda el Concilio Vaticano II– «[la liturgia] desarrolla todo el misterio de Cristo» (constitución Sacrosanctum Concilium 102). La cadencia anual se muestra, así, como ámbito temporal que articula la celebración litúrgica del misterio de Cristo: «cada semana, en el día que llamó del Señor, [la Iglesia] conmemora su Resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa Pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor» (constitución Sacrosanctum Concilium 102). No se trata, sin embargo, de una mera organización eclesiástica del tiempo. El año litúrgico no es simplemente un calendario establecido por la Iglesia para distribuir armónicamente las celebraciones del misterio de Cristo. El ciclo anual presupone, por el contrario, un vínculo íntimo, una profunda y estrecha relación, mutua y orgánica, entre el año y la liturgia. Toda celebración litúrgica, en efecto, lejos de ser una acción semánticamente aislada, encuentra su significado pleno en la red simbólico-referencial urdida por el ciclo anual: «el año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual» (Catecismo de la Iglesia Católica 1171). Ahora bien, el ciclo litúrgico anual es algo más que la suma orgánica que da pleno significado a cada una de las celebraciones del misterio de Cristo. El ciclo anual supera todo carácter de ámbito temporal o hermenéutico de las celebraciones del misterio, para constituirse en un acontecimiento en sí mismo salvífico: el año litúrgico. El ciclo anual, por tanto, no es sólo la coordenada en la que se celebra el misterio de Cristo, sino que es, en sí mismo, celebración, signo sacramental del misterio. De este modo, el ciclo anual se convierte en elemento estructuralmente constitutivo de la liturgia y, por ende, parte integrante del único e irrepetible misterio de salvación. El año litúrgico es, así, en síntesis, la mediación sacramental –manifestación, presencia, y comunicación– del misterio de Cristo en cuanto acontecimiento histórico, acaecido en el tiempo. Completa la unidad, el estudio de la liturgia de las horas, mediante la cual la Iglesia celebra, continuamente, la santificación del tiempo humano. Bibliografía: J. López Martín, La liturgia de la Iglesia: capítulos XVIII-XXVII, pp. 209-323. |