El estudio del misterio de Dios ha de hacerse
vitalmente, como algo que nos afecta a cada uno en lo más profundo de nuestro ser y de
nuestro destino. Por ello se han de poner en juego todas las capacidades humanas, sabiendo
que la pregunta sobre Dios está inscrita en el corazón del hombre y, al mismo tiempo,
que Aquél a quien buscamos excede toda conocimiento y toda experiencia, y está más
allá de todo pensamiento y de toda palabra. No hay palabra capaz de expresarlo. Mejor
dicho, sí existe una Palabra capaz de expresarlo. Esa Palabra es el Hijo eterno del
Padre; pero, por eso mismo, ella es también inefable e inexpresable.
No encontramos, pues, ante una muestra más de la paradoja que es el
hombre: por una parte, lleva inscrito en sí mismo el deseo de Dios y, por otra, el único
término que puede saciar ese deseo trasciende en forma infinita al hombre. Todo lo que
decimos de Dios es siempre poco en comparación con lo que Él es. Con sabiduría
escribió Santo Tomás de Aquino: "como de Dios no podemos saber lo que es, sino lo
que no es, tampoco podemos tratar de Dios como es, sino como no es" (Suma
Teológica, I, q. 3, intr.).
Y sin embargo es posible hablar de Dios no sólo por la llamada hacia
Dios que el hombre lleva en su corazón, sino sobre todo porque el mismo Dios ha salido a
nuestro encuentro y ha hablado de sí mismo. Y esto es fundamentalmente lo que nos
proponemos en estas lecciones: conocer algo de lo que Dios ha dicho de sí mismo y de
cómo ha sido entendido por la fe de la Iglesia.
Las Orientaciones para cada Unidad Didáctica terminan con una serie de
preguntas que permitirán al alumno comprobar la fijación de los conceptos fundamentales
y su capacidad de relacionar los diversos contenidos que se han estudiado. Las respuestas
a esos cuestionarios las encontrará en el último apartado de la Guía, pero no debe
acudir a ellas hasta haber contestado a todas las preguntas de la Unidad. Para que estos
ejercicios sean eficaces, conviene que las contestaciones se pongan por escrito, pues así
se asegura una utilización más precisa de la terminología teológica.
Unidad Didáctica 1: Introducción.
Se condensan en esta primera Unidad
Didáctica todas las cuestiones preliminares al tratado de Dios. Muchas de ellas son de
ámbito filosófico y han sido planteadas por los filósofos especialmente en estos
últimos siglos. También los teólogos se las han planteado, especialmente en este siglo.
La cuestión de fondo es ésta: Dado que Dios está más allá de todo conocimiento y de
toda palabra, ¿es posible al hombre llegar a Él por medio de su razón natural?
La respuesta a ésta y a las demás cuestiones preliminares de este
tratado ha de ser especialmente serena y equilibrada, pues nos encontramos ante dos
aporías, ninguno de cuyos miembros debe eliminarse: la del hombre, limitado, pero llamado
seriamente a conocer y a amar al Infinito; y el Infinito -Dios-, absolutamente
trascendente a todo ser creado y, cercano, inmensamente cercano al hombre. Como se dice
insistentemente los Salmos, el mundo entero pregona la gloria de Dios.
Intelección correcta de estos temas se alcanza teniendo siempre en
primer plano la convergencia existente entre fe y razón, entre la revelación que Dios
hace de sí mismo por medio de la creación y la que hace a través de sus profetas y de
su Hijo. Especialmente a través del Hijo, que es su Palabra eterna y definitiva.
Bibliografía
L.F. Mateo-Seco, Dios Uno y Trino, 27-40; 392-435.
C. Fabro, Drama del hombre y misterio de Dios, Madrid 1977, 211-604.
Ejercicios de autocomprobación
1. En la situación actual, la existencia de Dios no es
inmediatamente evidente para el hombre. ¿Por qué?
2. ¿Es posible llegar al conocimiento de la existencia de Dios a
través del conocimiento del mundo?
3. ¿Es irrazonable creer en la existencia de Dios?
4. ¿Qué clase de certeza producen los argumentos en torno a la
existencia de Dios?
5. ¿Podría enumerar qué razones le convencen más para mostrar la
existencia de Dios?
6. Al hablar de las perfecciones divinas, ¿es necesario considerar
conjuntamente los caminos de la afirmación, de la negación y de la eminencia?
7. ¿Qué es la teología apofática?
8. ¿Tiene Dios algún nombre?
Se proponen estas preguntas a las que es necesario responder
brevemente pero con exactitud. Ambas condiciones son necesarias para una buena respuesta
teológica: la concisión, para expresar con claridad lo esencial de la respuesta, sin
perderse en cuestiones accidentales; la exactitud, porque todas las cuestiones teológicas
dependen mucho de los matices y de los enfoques. Se requiere, por lo tanto, que se utilice
un lenguaje preciso, sin excesos, ni defectos.
En consecuencia, es necesario: primero, captar bien el sentido de la
pregunta y, después, contestar con el estilo que indicamos.