MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS JÓVENES DEL MUNDO CON OCASIÓN
DE
«Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1 Tm
4,10)
Queridos amigos:
El próximo domingo de Ramos
celebraremos en el ámbito diocesano
La juventud, tiempo de esperanza
En Sydney, nuestra atención se
centró en lo que el Espíritu Santo dice hoy a los creyentes y, concretamente a
vosotros, queridos jóvenes. Durante la Santa
Misa final os exhorté a dejaros plasmar por Él para ser mensajeros del amor
divino, capaces de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad.
Verdaderamente, la cuestión de la esperanza está en el centro de nuestra vida
de seres humanos y de nuestra misión de cristianos, sobre todo en la época
contemporánea. Todos advertimos la necesidad de esperanza, pero no de cualquier
esperanza, sino de una esperanza firme y creíble, como he subrayado en
En búsqueda de la «gran esperanza»
La experiencia demuestra que las
cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar
esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente. Como he escrito en la
citada Encíclica Spe
salvi, la política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier
otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la gran
esperanza a la que todos aspiramos. Esta esperanza «sólo puede ser
Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por
sí solos no podemos alcanzar» (n. 31). Por eso, una de las consecuencias
principales del olvido de Dios es la desorientación que caracteriza nuestras
sociedades, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la
insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la
desesperación. Fuerte y clara es la llamada que nos llega de
La crisis de esperanza afecta más
fácilmente a las nuevas generaciones que, en contextos socio-culturales faltos
de certezas, de valores y puntos de referencia sólidos, tienen que afrontar
dificultades que parecen superiores a sus fuerzas. Pienso, queridos jóvenes
amigos, en tantos coetáneos vuestros heridos por la vida, condicionados por una
inmadurez personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío familiar, de
opciones educativas permisivas y libertarias, y de experiencias negativas y
traumáticas. Para algunos –y desgraciadamente no pocos–, la única salida
posible es una huída alienante hacia comportamientos peligrosos y violentos,
hacia la dependencia de drogas y alcohol, y hacia tantas otras formas de
malestar juvenil. A pesar de todo, incluso en aquellos que se encuentran en
situaciones penosas por haber seguido los consejos de «malos maestros», no se
apaga el deseo del verdadero amor y de la auténtica felicidad. Pero ¿cómo
anunciar la esperanza a estos jóvenes? Sabemos que el ser humano encuentra su
verdadera realización sólo en Dios. Por tanto, el primer compromiso que nos
atañe a todos es el de una nueva evangelización, que ayude a las nuevas
generaciones a descubrir el rostro auténtico de Dios, que es Amor. A vosotros,
queridos jóvenes, que buscáis una esperanza firme, os digo las mismas palabras
que san Pablo dirigía a los cristianos perseguidos en
San Pablo, testigo de la esperanza
Cuando se encontraba en medio de
dificultades y pruebas de distinto tipo, Pablo escribía a su fiel discípulo
Timoteo: «Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1
Tm 4,10). ¿Cómo había nacido en él esta esperanza? Para responder a esta
pregunta hemos de partir de su encuentro con Jesús resucitado en el camino de
Damasco. En aquel momento, Pablo era un joven como vosotros, de unos veinte o
veinticinco años, observante de la ley de Moisés y decidido a combatir con
todos los medios a quienes él consideraba enemigos de Dios (cf. Hch
9,1). Mientras iba a Damasco para arrestar a los seguidores de Cristo, una luz
misteriosa lo deslumbró y sintió que alguien lo llamaba por su nombre: «Saulo,
Saulo, ¿por qué me persigues?». Cayendo a tierra, preguntó: «¿Quién
eres, Señor?». Y aquella voz respondió: «Yo soy Jesús, a quien tú
persigues» (cf. Hch 9,3-5). Después de aquel encuentro, la vida
de Pablo cambió radicalmente: recibió el bautismo y se convirtió en apóstol del
Evangelio. En el camino de Damasco fue transformado interiormente por el Amor
divino que había encontrado en la persona de Jesucristo. Un día llegará a
escribir: «Mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de
Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,20). De
perseguidor se transformó en testigo y misionero; fundó comunidades cristianas
en Asia Menor y en Grecia, recorriendo miles de kilómetros y afrontando todo
tipo de vicisitudes, hasta el martirio en Roma. Todo por amor a Cristo.
La gran esperanza está en Cristo
Para Pablo, la esperanza no es
sólo un ideal o un sentimiento, sino una persona viva: Jesucristo, el Hijo de
Dios. Impregnado en lo más profundo por esta certeza, podrá decir a Timoteo: «Hemos
puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4,10). El «Dios
vivo» es Cristo resucitado y presente en el mundo. Él es la verdadera
esperanza: Cristo que vive con nosotros y en nosotros y que nos llama a
participar de su misma vida eterna. Si no estamos solos, si Él está con
nosotros, es más, si Él es nuestro presente y nuestro futuro, ¿por qué temer?
La esperanza del cristiano consiste por tanto en aspirar «al Reino de
los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra
confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino
en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia
Católica, 1817).
El camino hacia la gran esperanza
Jesús, del mismo modo que un día
encontró al joven Pablo, quiere encontrarse con cada uno de vosotros, queridos
jóvenes. Sí, antes que un deseo nuestro, este encuentro es un deseo ardiente de
Cristo. Pero alguno de vosotros me podría preguntar: ¿Cómo puedo encontrarlo
yo, hoy? O más bien, ¿de qué forma Él viene hacia mí?
Dad espacio en vuestra vida a la
oración. Está bien rezar solos, pero es más hermoso y fructuoso rezar
juntos, porque el Señor nos ha asegurado su presencia cuando dos o tres se
reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Hay muchas formas para
familiarizarse con Él; hay experiencias, grupos y movimientos, encuentros e
itinerarios para aprender a rezar y de esta forma crecer en la experiencia de
fe. Participad en la liturgia en vuestras parroquias y alimentaos
abundantemente de
Actuar según la esperanza cristiana
Si os alimentáis de Cristo,
queridos jóvenes, y vivís inmersos en Él como el apóstol Pablo, no podréis por
menos que hablar de Él, y haréis lo posible para que vuestros amigos y
coetáneos lo conozcan y lo amen. Convertidos en sus fieles discípulos, estaréis
preparados para contribuir a formar comunidades cristianas impregnadas de amor
como aquellas de las que habla el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Queridos amigos, como Pablo, sed
testigos del Resucitado. Dadlo a conocer a quienes, jóvenes o adultos, están en
busca de la «gran esperanza» que dé sentido a su existencia. Si Jesús se ha
convertido en vuestra esperanza, comunicadlo con vuestro gozo y vuestro
compromiso espiritual, apostólico y social. Alcanzados por Cristo, después de
haber puesto en Él vuestra fe y de haberle dado vuestra confianza, difundid
esta esperanza a vuestro alrededor. Tomad opciones que manifiesten vuestra fe;
haced ver que habéis entendido las insidias de la idolatría del dinero, de los
bienes materiales, de la carrera y el éxito, y no os dejéis atraer por estas
falsas ilusiones. No cedáis a la lógica del interés egoísta; por el contrario,
cultivad el amor al prójimo y haced el esfuerzo de poneros vosotros mismos, con
vuestras capacidades humanas y profesionales al servicio del bien común y de la
verdad, siempre dispuestos a dar respuesta «a todo el que os pida razón
de vuestra esperanza» (1 P 3,15). El auténtico cristiano nunca
está triste, aun cuando tenga que afrontar pruebas de distinto tipo, porque la
presencia de Jesús es el secreto de su gozo y de su paz.
María, Madre de la esperanza
San Pablo es para vosotros un
modelo de este itinerario de vida apostólica. Él alimentó su vida de fe y
esperanza constantes, siguiendo el ejemplo de Abraham, del cual escribió en
María, Estrella del mar, guía a
los jóvenes de todo el mundo al encuentro con tu divino Hijo Jesús, y sé tú la
celeste guardiana de su fidelidad al Evangelio y de su esperanza.
Al mismo tiempo que os aseguro mi
recuerdo cotidiano en la oración por cada uno de vosotros, queridos jóvenes, os
bendigo de corazón junto a vuestros seres queridos.
Vaticano, 22 de febrero de 2009. Benedicto XVI