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Mié, 26/10/2011 - 16:09
Sección: Campus

Laudatio de Inmaculada Jiménez sobre el pintor Antonio López

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Con la Venia

Excelentísimo y Reverendísimo Gran Canciller

Excelentísimo y Magnífico señor Rector

Excelentísimas autoridades

Ilustrísimo Claustro Académico

Distinguidos miembros de la comunidad universitaria

Señoras y señores


Tener el privilegio de proponer el primer Doctor Honoris Causa de la Escuela de Arquitectura es un honor que debo agradecer a todos mis compañeros de claustro que comparten conmigo la satisfacción de este momento.

Mi agradecimiento también se extiende a las dos personas que con su trabajo universitario y su afecto personal  han unido la figura de Antonio López a la Universidad de Navarra: el profesor Jorge Latorre y el artista navarro Juan José Aquerreta

Los méritos del trabajo de Antonio López para un reconocimiento como el que hoy se hace son evidentes. Por eso quiero señalar algún aspecto de su obra artística y destacar el afán que manifiesta por compartir sus conocimientos, atributos que confirman la dimensión académica de su personalidad.

Antonio López nació un día de Reyes en el seno de una familia modesta de un pueblo de La Mancha. Desde niño demostró un gran talento para el dibujo, por lo que fue confiado a la tutela de su tío el reconocido pintor Antonio López Torres quien convenció a sus padres para llevarlo a Madrid cuando solo contaba trece años de edad. Allí una vez superada la exigente prueba de acceso, comenzó su formación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando donde llamó la atención desde el primer día por la precoz profundidad y el rigor de su trabajo.

Si, apartándonos de su biografía, atendemos a su propio relato, él cuenta que aún hoy se reconoce en aquella fotografía que le tomaron con apenas cinco meses de edad; sentado desnudo sobre la cama; con los ojos grandes bien abiertos y los brazos extendidos hacia delante como queriendo coger todo aquello tan bello que contemplaba, decidido a no perderse nada; el mismo entusiasmo que hasta hoy preside su vida y su trabajo.

Son numerosas las leyendas sobre la juventud del genio, pero todas ellas coinciden en reconocer una condición que Antonio López reúne sobremanera: la del trabajo serio, esforzado y continuo que, con el paso del tiempo y la experiencia de su extensa obra, le llevan a declarar que en su opinión, el genio es el resultado de una constante pasión, un deseo intenso y sobre todo una larga paciencia.

Antonio López reconoce que todas sus inquietudes en el trabajo se fueron serenando con los vínculos que fue estableciendo con el mundo real. Admirando y aprendiendo de aquellas obras en las que la verdad y la belleza se unían en una forma de originalidad que se da en contadas ocasiones.

Este es precisamente el aspecto que quisiera destacar de su trabajo de artista: la necesidad de descubrir la belleza en el mundo que le rodea y a través de su arte transmitirla a los demás. Una belleza que es algo más que una cualidad estética. La belleza que Antonio López persigue en sus obras es reflejo de algo más profundo de algo más grande. La belleza que Antonio López pretende es la que trasciende de una verdad que busca.

La belleza y junto a ella la verdad, siempre unidas y una misma cosa. Aunque el arte produzca cosas feas, no importa, si es arte siempre será un reflejo de la verdad que justifica.

La verdad siempre eleva la apariencia de las cosas y por eso se hermana con la belleza. Esa verdad que es por tanto tan benéfica para los demás y que hace del oficio del artista algo parecido al de un sanador que a pesar de las miserias de la condición humana nos toca el corazón, nos eleva el alma y nos aviva la necesidad de ir más allá de lo que se ve.

No es casual que el primer volumen de la obra completa de Antonio López dedicado a sus dibujos se inicie con un fragmento seleccionado por él mismo de una poesía de Emily Dickinson que dice:

Morí por la Belleza, y había apenas

bajado a la tumba

cuando otro, caído por lo Verdadero fue puesto

en el sepulcro contiguo


“¿Por qué  moriste?” me preguntó en voz baja.

“Morí”, le dije “por lo Bello”.

“Yo, por la Verdad, es pues lo mismo”,

dijo, “soy tu hermano”.


Desde un momento muy lejano Antonio López adivinó que en su trabajo la corrección no bastaba y desde entonces persigue ese misterio que se produce en algunas obras de arte, que es independiente de la habilidad del artista para copiar el mundo real y que nos conduce a meditar sobre lo trascendente.

Antonio López sitúa el nacimiento del arte en la espiritualidad de la persona, en la parte buena y noble de cada hombre, porque el arte no es el arte, sino los artistas que lo hacen y su sed de conocimiento; aunque añade que si la inteligencia no va unida a la bondad, solo crea monstruos. Así reconoce ir trazando a lo largo de sus años de trabajo, un desplazamiento progresivo hacia la serenidad y hacia la luz.

No entiende de elitismo en el arte, ni siquiera en el arte contemporáneo, o en la abstracción más profunda. Afirma que Velázquez es igual de difícil que Rothko y cuando explica la admiración que siente por la pintura de Velázquez, simplemente argumenta que en ella está  “todo”, recordando probablemente aquellos primeros años en la Escuela, siendo aún un niño y tratando de averiguar qué quería decirle su maestro Soria Aedo cuando le pedía que su dibujo estuviera más “entero”. 

Pero Antonio López reúne también unas cualidades humanas que hacen de su vida un modelo no perfecto pero sí ejemplar. Citaré primero el sentido de pertenencia que le une a sus generaciones anteriores.  Sus abuelos, sus padres, sus hermanas, su tío;  sin ellos, ni su vida ni su trabajo de artista serían lo que son.

Su propia familia es el pilar en el que se fundamenta todo su trabajo. La obra de Antonio no podría existir sin María, sin Carmen, sin Andrés, Martín, Aurora o Carmencita. Ellos han dado lugar a obras de arte que conmueven en su ejecución mucho más allá de la perfección técnica que demuestran.

Fundamental en su vida es su mujer, Mari. Tampoco su arte tendría la dimensión que alcanza sin Mari, a la que reconoce como esa gran pintora que renunció a una mayor proyección en su oficio para hacerle grande. Nos ha acostumbrado a verla siempre junto a él, incluso cuando pinta del natural esas soberbias panorámicas de Madrid, Mari está su lado, como si necesitara de su presencia para que su trabajo y él mismo estuvieran más “enteros”. 

Con todos ellos, siempre sus amigos, constantes a lo largo de su vida y apoyándose entre ellos. Un modelo de lealtad que Antonio justifica diciendo que es una persona muy afortunada pues siempre ha estado acompañado de los mejores.

Puede sorprender que sea una Escuela de Arquitectura la que proponga a un artista como Antonio López para el Doctorado Honoris Causa, sin embargo este hecho tiene un gran sentido si consideramos que a pesar de no ser arquitecto, él nos ha enseñado a ver la ciudad de una especial manera. Nos ha llevado a fijarnos en sus bordes deteriorados, sus desordenados encuentros y sus límites imprecisos.

Al presentar unos espacios sin figuras nos ha enseñado a reconocer la presencia del hombre y sus lugares cotidianos.  Más allá de unas deslumbrantes avenidas o de una grandiosa silueta, la ciudad es el lugar que nos acoge en nuestra condición de seres sociales aunque en ocasiones solo encontramos en ella razones para el aislamiento. Entre todas, Madrid, esa ciudad, su ciudad, que también él define como su  purgatorio. Cuando pinta Madrid reconoce esa torpeza del hombre contemporáneo cuya fuerza no es proporcionada a su sabiduría, un hecho sin precedentes y que le puede llevar a su destrucción. La ciudad contemporánea es la señal de alerta.

Sus obras también nos hacen reflexionar sobre el espacio arquitectónico y sobre el hombre mismo. Hoy la arquitectura proyecta con demasiada frecuencia edificios que se llenan de gentes, pero que no están pensados para acoger personas. Los grandes monumentos que Antonio admira, como el palacio de Knossos en Creta, la Villa de los Misterios de Pompeya, la casa con el huerto claro donde madura el limonero que puede ser la de Antonio Machado y también la de Antonio López, son tan bellos no porque fueran proyectados para maravillar, sino porque fueron creados para que el hombre desarrollara en ellos su grandeza.

La obra de Antonio López nos enseña a los arquitectos a mirar al hombre como protagonista de sus espacios y a tratar de trascenderlos con una belleza que no necesite de estridencias, sino simplemente de la forma que encierre la verdad de su vida, o al menos, el intento de alcanzarla.

La universidad se forma de su claustro académico. Lo que hace grande a una universidad es la calidad de los profesores y los maestros que la componen. Al aceptar formar parte de nuestro claustro, Antonio López contribuye a hacer más grande nuestra Universidad, por eso con esta distinción mostramos nuestro agradecimiento y aceptamos el desafío de estar siempre a la altura de su magisterio.

Con la propuesta para el Doctorado Honoris Causa, la Universidad de Navarra quiere reconocer en suma, la personalidad profundamente universitaria de Antonio López, un hombre que según él mismo confiesa dedica su trabajo al conocimiento de la verdad de las cosas; y quiere también agradecer la generosidad del maestro que no solo necesita compartirla y divulgarla, sino que hace de su vida la entrega cotidiana de enseñar a los demás el camino para alcanzarla.

Sean por tanto las suyas mis últimas palabras: yo amo lo que hago porque es para los demás.


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