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Vie, 29/01/2010 - 11:00

Discurso del rector en la entrega de Medallas de Plata en 2010

Autoridades Académicas,
Queridos galardonados con la Medalla de plata de la Universidad,
Queridas familias y amigos,
Señoras y señores:

Un curso más celebramos este acto con el que la institución universitaria conmemora  la  fiesta  de su patrono, Santo Tomás de Aquino, y premia -aunque el reconocimiento se quede muy corto al lado de vuestros méritos- el esfuerzo de cuantos habéis dedicado una parte importante de vuestra vida a la Universidad de Navarra. Como glosa de esas horas de trabajo acumuladas durante  un  cuarto de siglo y  sus abundantes frutos, pueden servir unas  palabras  del  Gran Canciller, Mons. Javier Echevarría,  con  las  que  nos recordaba que los fines de la universidad no se alcanzan “con declaraciones grandilocuentes, sino con una multitud de tareas sencillas, silenciosas, aparentemente modestas, que exigen honradez  humana  e  intelectual,  solidaridad,  iniciativa,  espíritu  de colaboración, esfuerzo; es decir, un alto grado de virtud, de desprendimiento  de  sí,  de magnanimidad, de entrega a los demás”. 

Por ese ejercicio cotidiano de virtudes -en las facultades y escuelas, en la clínica, en los servicios generales-, la Universidad de Navarra os rinde hoy un homenaje modesto pero entrañable y lleno de cariño. Gracias porque con vuestro compromiso diario habéis encarnado el espíritu que anima esta institución desde sus orígenes. El amor al trabajo bien hecho, el ambiente de afecto y de preocupación sincera por los demás, el deseo de servir a la sociedad, y otros rasgos de ese espíritu fundacional que -como habéis comprobado tantas veces- enseguida perciben quienes se acercan a nuestra Universidad, son reales porque personas como vosotros se empeñan cada día en que así sea. Y lo habéis hecho sin afán de protagonismo, al servicio de una causa mayor, viviendo lo que el poeta ha llamado el sentido de ser parte.

Ese ejemplo de magnanimidad contrasta vivamente con no pocos aspectos de nuestro contexto social, aquejado de una crisis económica que, como se ha puesto de relieve desde diversas instancias, es, sobre todo una crisis moral, de valores. Hemos conocido años de notable desarrollo económico y de importantes cambios sociales, en los que los criterios éticos han sido tantas veces marginados, con las consecuencias que todos conocemos. Parece como si hubiéramos vivido lo que el Dante en la Divina Comedia llamara tiempos de falsos dioses mentirosos.

Esas circunstancias históricas, con sus evidentes problemas e incertidumbres pero también con tantos signos esperanzadores, son un acicate para acometer resueltamente los muchos retos que, gracias a Dios, tenemos por delante, a pesar de la crisis económica. Una crisis que también nos afecta, tanto en lo asistencial como en el plano docente e investigador y que ha obligado a no pocos sacrificios, como sabéis bien. Gracias a esos esfuerzos, y en medio de tristes noticias sobre quiebras y cierres, se está logrando mantener la estabilidad económica y continuar con nuestra actividad y nuestros planes.
Como ha ocurrido en otras ocasiones difíciles de la historia de la Universidad de Navarra, he podido comprobar -y me enorgullece- hasta qué punto somos capaces de estar unidos frente a las dificultades, ejerciendo esa “libertad solidaria” de la que nos hablaba la profesora Blanco. Porque, sin duda, la unidad está siendo clave para superar esta coyuntura económica. Y así debemos mantenernos, convencidos de que ese grado de cooperación mutua y de compromiso, que nos hace capaces de anteponer el bien general al interés propio, constituye una imprescindible garantía de futuro. Aprovecho, por tanto, para agradecer a todos vuestro ejemplo de magnanimidad, con la seguridad de que será fecundo.

Con la fuerza que da esa unidad, seguimos asumiendo proyectos ambiciosos. Es normal que así sea (lo sabéis bien como protagonistas de nuestra historia), si se piensa en  que esta Universidad tiene como fundador a un santo, Josemaría Escrivá, cuyos ideales universitarios, fruto de un corazón entregado a la gracia, nos abren continuamente nuevos horizontes de servicio humano y cristiano a la sociedad. Ese fundamento nos debe llevar siempre a pensar que nuestro trabajo, por difícil y exigente que sea en tantas ocasiones, merece la pena y no quedará sin recompensa.

Debo terminar, no sin antes reiteraros la felicitación y el agradecimiento de la Universidad a cuantos hoy habéis recibido su medalla de plata. Estaréis de acuerdo conmigo en que la enhorabuena y las gracias deben extenderse también a vuestros familiares y amigos. Su afecto incondicional, su cariño sin límites, nos recuerda que la fecha de hoy debe ser también para vosotros una acción de gracias, en especial por lo que verdaderamente importa. Como ha escrito el poeta,

Gracias, Señor, por todo y sobre todo
(…)
por hacer necesario lo que soy,
por poner a mi alcance lo que amo.

Muchas gracias.

Etiquetas:  medallas de plata, rector

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