Discurso de Alejandro Llano
Tras recibir la Medalla de Oro de la Universidad de Navarra
![]() |
| Alejandro Llano. |
| Foto: Manuel Castells |
Al recibir y agradecer esta distinción -¡tan honrosa!- me la represento como una prenda que vale por todos los regalos que me ha ido entregando la Universidad de Navarra a lo largo de estos últimos treinta y cinco años. Aquí he rozado muchas veces con la punta de los dedos eso tan difícil de alcanzar en este mundo, y a lo que me atrevo a llamar felicidad. La bienaventuranza humana no se puede conseguir en solitario. Porque la soledad es, más bien, sinónimo de desgracia. Se requiere un ambiente con el que sea posible vibrar armónicamente, sin que se produzca ni la monotonía ni la confusión.
Un camino seguro para lograr esta alegría vital es la amistad, de la que Aristóteles decía que es lo más necesario de la vida. La amistad es el amor más libre y el más exigente. Y yo me he beneficiado de ella en el constante trato con mis compañeros de claustro de la Facultad de Filosofía y Letras y con mis alumnos. Hay quien sostiene que un profesor no puede ser amigo de sus estudiantes, porque debe guardar una distancia que sería imprescindible para salvaguardar el respeto. El que esto dice tiene una pobre idea de la enseñanza universitaria. Yo mantengo, con una experiencia prolongada, que la bienquerencia mutua es imprescindible para lograr ese dinamismo tan fecundo y tan difícil que es la educación. Para educar a una persona joven, es necesario que, codo con codo, dirijamos con ella los ojos hacia la realidad, y juntos indaguemos sus enigmas y sus portentos. Lo contrario, la frialdad procedimental, conduce a una ineficacia docente que sobreviene en cuanto se pretende tecnificar la enseñanza. Y me atrevería a añadir que una grave carencia de nuestro país estriba en que –al dejarnos llevar por tópicos ambientales- no nos tomamos en serio la educación y tendemos a instrumentalizar la Universidad.
Cuando uno tiene la suerte de enseñar filosofía, no puede prescindir de la amistad como postura de fondo, porque el nombre abreviado de la filosofía es “amor”. La filosofía surgió –hace veinticinco siglos- en el entorno de pequeñas escuelas con ambiente informal y libre, en las que se miraba al cielo estrellado y se aprendía el arte de vivir. La gente que pasa se ríe de quienes así pierden el tiempo, porque el despectivo transeúnte nunca tiene sosiego para reconocer que en esos pacíficos círculos han surgido todos los saberes de los que hoy vivimos. De los filósofos griegos se decía que eran “como niños”, porque nunca aplicaron los conocimientos que alcanzaban. Semejante actitud merece el título de ingenuidad, que es la que nos caracteriza a los de este minoritario gremio, del que continúan mofándose los hombres de acción, expertos en resolver las crisis que ellos mismos provocan.
Lo que hace de la Universidad de Navarra un ámbito de gozosa comprensión y de convivencia culta no es su precioso campus ni sus edificios, tan limpios que refulgen. Ni siquiera las bibliotecas, aunque Borges dijera que él se figuraba el cielo como una biblioteca. No es el campus ni los edificios, es su espíritu. Y este espíritu –que es todo lo que tenemos: nuestro patrimonio- nos viene a través una sola persona: San Josemaría Escrivá, que a sus heroicas virtudes sobrenaturales y humanas añadía una inteligencia profunda, certera y abarcante. Gran universitario, no era un hombre de brillo, era un hombre de resplandor. El brillo es llamativo por su prestada claridad. El resplandor –en cambio- forma una luminaria constante, tranquila, que procede de dentro y guía con seguridad a quien la sigue. Si pude comenzar afirmando que mis años en Pamplona han sido todo lo felices que cabe en este pícaro mundo, es porque siempre he sentido que estaba trabajando según una línea sabiamente trazada, en un ambiente que -gracias a nuestro Fundador y a los que nos han precedido- resulta formativo y estimulante: en una Universidad que ha recogido lo mejor de una tradición secular y está abierta a las ideas más renovadoras.
También hoy en día la Universidad ha de ser un ámbito de sosiego en el que se piense lo más profundo y se ame lo más vivo. “Lo más grave de esta época cargada de gravedad –decía Heidegger- es que aún no pensamos”. Y, por su parte, Emerson indicaba: “La concentración es el bien. La dispersión es el mal”. Se nos va el tiempo y las energías en lo accidental y perdemos la visión firme de lo esencial, a la que hemos de acudir siempre como a una fuente de vida. En una sociedad que ha reconocido al conocimiento como su energía imprescindible, los universitarios hemos de empeñarnos en el estudio, la reflexión y el diálogo. Ahora bien, no se trata de llenarse la cabeza de datos, sino que lo importante es descubrir las claves que dan sentido a los hechos. Y tal hallazgo sólo se logra tras un largo ejercicio del pensar meditativo. Estamos sedientos de sentido. Pero hemos de recordar que el sentido sólo vale en cuanto que es camino hacia la verdad. Lo principal que uno aprende en la Universidad de Navarra es a amar la verdad. Y quien libremente quiere dar un paso más y adentrarse en la espesura, llega a esta idea clave, que en cierto modo vale por todas: “Dios es la verdad”.
Agradezco en el alma al Gran Canciller, Monseñor Javier Echeverría, y al Rector Magnífico, Ángel José Gómez Montoro, la concesión de la Medalla de Oro de la Universidad de Navarra. Y a todos ustedes, queridos compañeros de trabajo, familiares y amigos, va mi gratitud por haberme acompañado en este acto de entrega de la Medalla, en el alegre día de Inauguración del nuevo Curso Académico.
Pamplona, 16 de septiembre de 2011

