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Fri, 10/09/2010 - 07:59
Sección: Campus

Discurso del rector, Ángel J. Gómez Montoro, con motivo de la apertura del curso académico 2010-2011

 Discurso del rector, Ángel J. Gómez Montoro, con motivo de la apertura del curso
El rector, Ángel J. Gómez-Montoro, cerró el acto de apertura.
Foto: Manuel Castells


Un año más nos reunimos en esta Aula Magna para celebrar, acompañados de tantos amigos y, en particular, de las autoridades navarras  a quienes agradecemos sinceramente su presencia-, este acto con el que abrimos de manera solemne un nuevo curso. Y si esta celebración trae siempre motivos de alegría, este año concurre una razón más: el hecho de que estemos aquí indica que –al menos de momento- hemos sobrevivido al primer año de Bolonia. Y es que, como sabéis muy bien, el curso 2009-2010, que acaba de terminar, ha sido el de la implantación de 32 nuevos grados, adaptados a las exigencias del Espacio Europeo de Educación Superior, así como de un nuevo calendario que, aunque no estaba exigido por la reforma, nos parece que responde mejor a las necesidades académicas. Quiero, por ello, que mis primeras palabras sean de agradecimiento a todos –alumnos, profesores  y personal no docente- por el esfuerzo extra que hemos tenido que hacer para que las cosas transcurrieran con la mayor normalidad posible y, fundamentalmente, para que los cambios introducidos se tradujeran en verdaderas mejoras de nuestra actividad docente.

Un esfuerzo que, pienso, tiene especial mérito porque, a diferencia de lo que quizás ocurre en otros ámbitos, los universitarios no solemos ser muy amigos de novedades. Tenemos más bien una tendencia a mantener el statu quo, en buena medida justificada –aunque haya que velar siempre para que no se traduzca en un inmovilismo paralizante-, pues es cierto que con la educación hay que hacer pocos experimentos y huir de la originalidad, la improvisación y el cambio por el cambio. La formación, el estudio, la investigación, que son las tareas propias de una Universidad, requieren calma y sosiego, un ritmo en definitiva que permita la asimilación profunda, lejos de modas pasajeras y ocurrencias más o menos justificadas, distinguiendo, como nos ha señalado brillantemente el Prof. Alvira en su magnífica intervención, las verdaderas de las falsas novedades y rehuyendo aquellas que no sirven para nada útil o bueno.

Y no cabe duda de que en la Universidad española llevamos ya muchos años en un periodo que me atrevería a calificar como constituyente: la sustitución de la Ley de Reforma Universitaria por la Ley Orgánica de Universidades, en 2001; la profunda reforma de esta última que culminó en 2007, y las novedades derivadas de la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior han hecho que llevemos más de diez años de continuos e importantes cambios. La adaptación de las licenciaturas y diplomaturas a las exigencias de los nuevos grados, la revisión de las metodologías docentes, el establecimiento de másteres con carácter oficial, el nuevo sistema de evaluación y selección del profesorado o la anunciada trasformación del doctorado, por citar sólo lo más relevante, han supuesto una reforma que afecta a todos los aspectos de la actividad universitaria.

No procede realizar aquí un análisis de esos cambios, de sus luces y de sus sombras, que también las ha habido. Entre ellas, una cierta tendencia a la burocracia y al exceso de control, así como el hecho –bien conocido- de que su puesta en marcha esté coincidiendo con restricciones presupuestarias que nos están alejando de los objetivos de inversión pública que deberían acercarnos a las medias de los países de nuestro entorno. Quiero, no obstante expresar mi esperanza de que este proceso de continuas reformas termine pronto. Y tengo asimismo la confianza de que las distintas administraciones públicas seguirán apostando por la educación y la investigación como el motor del desarrollo social; y que ello se traducirá en el necesario apoyo financiero y en la adopción de aquellas medidas de fomento y estímulo fiscal que son tan necesarias para atraer inversión privada.

Por lo que a la Universidad de Navarra se refiere, y como he repetido en numerosas ocasiones, hemos abordado –estamos abordando- todas estas reformas con un doble criterio: el cumplimiento, en primer lugar, de una legalidad a la que estamos sometidos y, más allá de ello, el deseo de que todo cambio no sea algo meramente formal sino que se traduzca realmente en una mejora de nuestro trabajo. Ese ha sido, como pude recordar durante el acto de apertura del curso pasado, el espíritu con que procedimos a realizar la adaptación de las titulaciones y la implantación de nuevos grados. Y, aunque es pronto para hacer un balance, los resultados de este año son esperanzadores.

Junto a ello, soy consciente de que han existido algunos problemas por los que pido disculpas: a aquellos profesores que han visto incrementada de manera importante su carga de trabajo, a los alumnos de los nuevos grados que han tenido que sufrir algunos desajustes que ahora hemos procurado eliminar. Y no quiero dejar de recordar a los estudiantes de cursos superiores que son, sin duda, los que están teniendo que hacer un mayor esfuerzo de adaptación.

No se nos oculta que queda mucho por hacer, pero pienso que hemos hecho lo que de momento estaba en nuestra mano: empezar bien. Y debemos seguir trabajando con la idea clara –permitidme que insista- de que no podemos contentarnos con formar profesionales más o menos cualificados, sino que junto con los necesarios conocimientos y competencias, hemos de fomentar en los estudiantes el amor a la verdad, la adquisición de hábitos intelectuales y prácticos , una “formación científica y rigurosa de la mente” que, como recordara ese gran universitario que fue J.H. Newman, “es una facultad adquirida de juicio, lucidez, sagacidad, sabiduría, alcance filosófico de la mente, autoposesión intelectual y reposo, cualidades todas ellas que no derivan de la simple adquisición de conocimiento” .

Dentro todavía del ámbito de la docencia, quisiera referirme como una de las principales tareas para este curso al impulso de los estudios de máster, cuyo carácter oficial ha sido otra de las novedades que nos ha traído el Espacio Europeo de Educación Superior. En pocos años, hemos pasado de 10 a 33 másteres, todos los cuales han recibido ese reconocimiento oficial. Ello nos ha permitido asimismo, pasar de 500 a más de un millar de estudiantes. Un esfuerzo importante, máxime si se tienen en cuenta las circunstancias: la falta de tradición de estos estudios en España –aunque no en la Universidad de Navarra, donde empezó hace ya décadas un máster de reconocido prestigio mundial, el MBA del IESE- y la coincidencia temporal con el proceso de implantación de los Grados, que ha requerido tantas energías. Pero no podemos conformarnos con lo conseguido: es necesario estudiar con realismo y ambición cada uno de los másteres y, si es preciso, adoptar las medidas e introducir los elementos necesarios para que cada uno de ellos se convierta pronto en un referente en su ámbito, no sólo en España sino también en el panorama internacional.

Pero, como antes he recordado, los cambios en la Universidad española no han afectado sólo a los planes de estudio. Se ha producido también una trasformación importante en la forma de evaluar y seleccionar el profesorado. Es verdad que el nuevo sistema sigue muy enfocado a las Universidades públicas y, en última instancia, a los cuerpos estatales de funcionarios. Sin embargo, introduce respecto del anterior algunos criterios de flexibilidad que permiten que nuestro profesorado obtenga el mismo reconocimiento oficial de sus méritos. Y de hecho, ha sido un motivo de especial satisfacción que desde que se implantara el modelo de habilitación nacional, primero, y de acreditación, después, 211 profesores hayan sido habilitados o acreditados como catedráticos o profesores titulares.

Ese sistema facilita, además, lo que siempre quiso el Fundador de la Universidad de Navarra: que sea una Universidad más, “que trabaje codo con codo con las demás universidades” . Por ello, no rehuimos las evaluaciones ni los criterios con que se acreditan los profesores en el sistema universitario español. Antes bien, los resultados obtenidos vienen a demostrar la preparación de nuestros profesores y profesoras.

La consolidación de este nuevo modelo de acreditación del profesorado nos ha llevado a plantearnos una adaptación de nuestra normativa interna. Como sabéis, se viene trabajando en ella desde hace algún tiempo, contando con el parecer de las Facultades y Escuelas, y confío en que pueda ser aprobada en los próximos meses. Una normativa que pretende introducir mejoras en la carrera académica, fijar de manera más clara los criterios de evaluación y promoción, y que debe asimismo facilitar la incorporación de buenos nuevos profesores que quieran compartir el proyecto educativo de la Universidad de Navarra. Pienso que con el nuevo texto ganaremos además en claridad, sencillez y trasparencia.

Los avances en la puesta en marcha de las nuevas titulaciones y en el terreno del profesorado han permitido que el curso pasado pudiéramos comenzar a abordar una tarea que hace tiempo queríamos acometer y que tiene también un gran alcance: el gobierno y la organización de la Universidad. Un tema que es sin duda instrumental y, por tanto, secundario, pero que pensamos puede –y debe- facilitar de manera importante el impulso que queremos que la Universidad dé en sus clásicas funciones de docencia, investigación y trasferencia del conocimiento.

De un lado, la Universidad ha crecido significativamente en los últimos lustros, con el consiguiente aumento de la complejidad y la carga de trabajo. De otro, son cada vez más relevantes y variadas las tareas que hay que desarrollar: la promoción de estudiantes, las actividades unidas al proceso de internacionalización, la consecución y gestión de prácticas de empleo; por no hablar de lo que supone la gestión de la investigación o la búsqueda de fondos, privados y públicos, para la financiación de las distintas actividades o de nuevas instalaciones. Por ello, hemos realizado una revisión de los servicios generales, de la actual estructura de nuestros centros académicos y de los principales procedimientos de actuación. Pretendemos ganar en eficacia y eficiencia; avanzar en la descentralización de competencias, en unos casos, o fomentar la colaboración entre los distintos centros y los servicios generales, en otros; así como profundizar en la profesionalización de la gestión. Todo ello con el objetivo de descargar en lo posible a los profesores de actividades que no redunden en una mejora de la investigación o la docencia.

Ese trabajo se ha concretado en una serie de medidas que se pusieron en marcha antes del verano, así como en la aprobación de otras que aún están pendientes de ejecución. Es mucho aún lo que queda por realizar, pero quisiera animar a todos a acometer con decisión estos cambios, venciendo, cuando sea necesario, inercias y modos de hacer que enriquecen poco nuestra tarea principal de búsqueda y trasmisión del conocimiento. Agradezco la disposición que habéis mostrado cuantos habéis intervenido ya en esta primera fase y pido la colaboración de todos para lograr una organización más ágil y eficaz que permita a la Universidad conseguir, lo antes posible y en las mejores condiciones, los ambiciosos objetivos que tenemos planteados.

He hablado de docencia y de profesorado, de organización y gobierno y no quisiera concluir sin hacer también alguna referencia a la investigación. Una labor que supone sobre todo mucho trabajo diario y sin brillo en la biblioteca o el laboratorio, un trabajo escondido del que son un fantástico testimonio las aproximadamente 180 tesis doctorales que se vienen defendiendo de media cada año en la Universidad. Pero, junto a ese trabajo insustituible, que será siempre la base de toda investigación universitaria, queremos seguir fomentando algunos centros  que reúnan un número importante de investigadores en torno a unas áreas específicas. Esa ha sido la filosofía del CIMA o del CEIT en San Sebastián, y con ese mismo espíritu estamos impulsando los Centros de Bioingeniería, Nutrigenómica,  Enfermedades Olvidadas y el Instituto Cultura y Sociedad que, con el continuo estímulo de nuestro Gran Canciller Mons. Javier Echevarría, aspira a ofrecer una investigación interdisciplinar en el campo de las Humanidades y Ciencias Sociales. Todos estos Centros están en marcha, con distintos niveles de desarrollo, y han sido la base sobre la que el año pasado hicimos nuestra propuesta para aspirar a la mención de Campus de Excelencia Internacional y a las ayudas económicas que lleva consigo.

Todos conocéis el proyecto que presentamos y que mereció una mención especial por parte del Jurado Internacional y le fue asignado una cuantía de tres millones de euros. Quisiera aprovechar esta ocasión para reiterar públicamente nuestro agradecimiento al Gobierno y al Parlamento de Navarra, al Ayuntamiento de Pamplona, a la Cámara de Comercio y a la Confederación de Empresarios, a la Asociación de la Industria de Navarra y a los partidos políticos e instituciones que apoyaron nuestra propuesta. Estamos convencidos de que el proyecto merece la mención de Campus de Excelencia Internacional y por ello hemos trabajado en su mejora y lo hemos presentado a la convocatoria de este año, que se resolverá a lo largo del próximo trimestre. Esperamos contar de nuevo con el apoyo de todas las instituciones y la sociedad navarra que será, sin duda, beneficiaria de los nuevos centros.

No obstante, y cualquiera que sea el resultado, seguimos avanzando en cada uno de los proyectos. En algún caso, de manera más visible: y, así, en el mes de abril pudimos empezar las obras del nuevo edificio de Económicas, Derecho y másteres. Asimismo se han terminado ya los nuevos aparcamientos y, gracias al convenio con el Ayuntamiento, se han ejecutado los tramos de carril bici previstos, todo ello encaminado a hacer del campus un lugar más agradable, con el menor tráfico posible, del que disfruten además de nuestros estudiantes, tantos navarros y navarras. Y, aunque todavía no tiene ningún reflejo externo, quisiera compartir con todos los avances en ese otro ilusionante proyecto que es el Centro de Arte Contemporáneo. Rafael Moneo ha entregado ya el proyecto constructivo y ayer mismo se pidió la licencia. Aunque quedan pendientes los trámites administrativos y no pocas gestiones para su financiación, me atrevo a soñar con que será posible comenzar su construcción a finales del próximo año 2011.

Como me gusta recordar todos los años, estos proyectos son posibles gracias, en buena medida, a la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, que este curso celebra además su cincuenta aniversario. La Asociación fue impulsada directamente por el Fundador de la Universidad y se ha demostrado un elemento esencial para su desarrollo. Gracias a tantos buenos Amigos, y de manera especial a los Delegados que, de forma voluntaria y desinteresada dedican parte de su tiempo y esfuerzo para conseguir recursos económicos, ha sido posible financiar buena parte de los edificios que integran el Campus así como una parte importantísima de la actividad investigadora. Gracias a ellos se han podido financiar 3.167 becas doctorales desde que comenzó el programa en 1975 y 262 proyectos de investigación en los últimos 10 años.

Muchas felicidades por estos cincuenta años; es una gran fiesta no sólo para vosotros sino para toda la Universidad de Navarra. Queremos celebrarla con vosotros, y, aunque habrá más ocasiones de hacerlo, quiero desde ya agradeceros vuestra ayuda económica y, antes que ello, vuestro afecto y compromiso. Y quisiera hacerlo recordando las palabras que en 1967 os dirigiera el Primer Gran Canciller de la Universidad durante la conocida homilía del Campus: “Una vez más quiero, en esta ocasión –decía entonces-, agradecer la colaboración que rinden a nuestra Universidad (…) los Amigos procedentes de toda la geografía española (…) que han comprendido, y lo muestran con hechos, la intención y el espíritu de esta empresa. A todos se debe que la Universidad sea un foco, cada vez más vivo, de libertad cívica, de preparación intelectual, de emulación profesional, y un estímulo para la enseñanza universitaria” .

Permitidme que, antes de terminar, deje también constancia de mi agradecimiento –y el de toda la Universidad- a don José Manuel Zumaquero, quien, después de una década y con motivo de su próxima jubilación, ha dejado el cargo de gerente. En estos años, así como en los casi cuarenta que lleva en la Universidad, ha sabido siempre trabajar con ilusión, abnegación y espíritu de servicio, en circunstancias muchas veces complicadas. Agradezco al nuevo gerente, don Isidro Abad, que haya aceptado asumir ese cargo, tan importante para la Universidad, y que si nunca resulta fácil, es aún más complejo en estos momentos de crisis económica.

No me queda sino dar la bienvenida a los estudiantes que acabáis de comenzar vuestra andadura universitaria. Os animo a ser ambiciosos en vuestros estudios y en todas las posibilidades que la Universidad os ofrece. Recordad que “es con el sudor del alma como se aprenden las cosas” . Puedo aseguraros que sois para nosotros el principal estímulo de continua mejora.

Muchas gracias.


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