Llegado este punto, creo
que es importante precisar más el concepto
de corresponsabilidad, del que ya hemos ofrecido
algunos rasgos. Como hemos dicho, es el estilo de
vida del que reconoce que todo es don de Dios y
vive según las implicaciones de esta afirmación.
Si todo es don de Dios, Dios es, pues, el Dador
de todo don. Es también Dueño y Señor
de todo. Esto significa que nosotros somos únicamente
administradores, no dueños, ya que no puede
haber más que un dueño. Por tanto,
somos simples administradores. Lo propio del administrador
es guiarse por las indicaciones del dueño
y, en definitiva, tener que rendir cuentas al dueño.
Así nos sucede con Dios con respecto a todo
lo que ha puesto en nuestras manos. Hemos de manejarlo
todo según las indicaciones y la voluntad
de Dios.
El que reconoce la gratuidad
del don sabe que obedece únicamente al amor
infinito de Dios. Esto despierta la gratitud, que
es el motor que impulsa a la generosidad en el compartir.
No damos por temor, por obligación o por
interés, sino por gratitud. La persona agradecida
es generosa. Y puesto que la gratitud es la respuesta
al don y el don (y el amor de Dios que nos manifiesta)
siempre estará presente en nuestras vidas,
la gratitud es un motor que no se detiene.
Si la gratitud brota de
reconocer la gratuidad, la generosidad brota de
la gratitud y es su medida. Por eso los que adoptan
la corresponsabilidad como estilo de vida comparten
en proporción no a lo que la comunidad o
la Iglesia o el país necesitan, sino en proporción
a lo que han recibido de Dios. Aquí radica
uno de los problemas con el tradicional método
de suscitar el aporte: pedimos porque necesitamos.
El corresponsable no da porque haya una necesidad,
sino que comparte porque tiene necesidad de dar.
Al imitar el estilo de
Dios con el que él mismo se sabe amado, el
corresponsable sintoniza con el mandamiento nuevo:
«Que, como yo os he amado, así os améis
también vosotros los unos a los otros»
(Jn 13, 34). Por eso cuando comparte busca dar lo
primero y lo mejor (el concepto bíblico de
primicias), sabiendo además, que su amor
al prójimo es correspondencia al, y comunicación
del, amor de Dios.
La corresponsabilidad renueva
la Iglesia porque renueva las personas. Personas
capaces de vivir la «lógica del don»
son constructoras de comunión, porque donde
el don se acoge y comparte como don, donde el don
manifiesta el amor de Dios, Dios está presente
porque Dios es amor-comunión. Y donde Dios
está presente, no sólo en la intención
sino en la acción, no hay problemas de sostenimiento».
Finalmente presentó
algunas conclusiones de la puesta en práctica
de este estilo en parroquias norteamericanas basándose
en algunos estudios estadísticos recientes.