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Departamento de Historia - Historia Antigua
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Dificultades por no ser nobilis
Piensa qué Ciudad es, qué pretendes, quién eres. Casi a diario, cuando bajes al Foro, medita esto: ‘No soy noble. Pretendo el consulado. Esto es Roma’ Suplirás lo advenedizo de tu nombre sobre todo con tu gloria como orador, pues ella revistió siempre grandísima dignidad: quien es tenido por digno abogado de antiguos cónsules no puede ser reputado indigno del consulado (...)
Mostrar recursos de un homo nouus propios de un nobilis
Procura que se vea cuán abundantes y de qué clase son tus amigos, pues tienes lo que ningún no-vel tuvo: a todos los publicanos, casi todo el estamento ecuestre, muchos municipios afe-ctos, muchos particulares de toda clase defendidos por tí y bastantes asociaciones, además de numerosísimos jóvenes devotos tuyos por el cultivo de la oratoria y de la diaria asiduidad y fre-cuentación de tus amigos.
Mostrarse como un nobilis ante los nobiles
También parece muy capaz de ayudar a un novel la simpatia de los nobles y, sobre todo, de los ex cónsules. Será útil que aquéllos en cuyo lugar y rango aspiras a estar te reputen digno de tales lugar y rango. Debes solicitarlos a todos con diligencia y convencerlos y persuadirlos de que siempre hemos pensado polítiamente como los optimates y en modo alguno como los populares; y de que si alguna vez ha parecido que hablábamos al modo de los populares ha sido por mor de conciliarnos a Gneo Pompeyo (...) Trabaja, además, con los jóvenes nobles para que conserves y controles a quienes ya te son afectos. Te allegarán gran consideración. Cuentas con muchísimos: obra de modo que sepan cuánta importancia les das. Si logras atraer a quienes simplemente no te son hostiles, te serán de máximo provecho.
Degradación de la nobilitas
También te ayuda mucho, en tu condición de novel, el que los candidatos nobles que con-curren [a estas elecciones consulares] sean de suerte que nadie se atreva a decir de ellos que su nobleza haya de ayudarles más que a tí tus méritos. ¿Quién hay ya que piense que P. Galba y L. Casio, de tan alta cuna, puedan aspirar al consulado? Ve, pues, cómo estos hombres de re-pu-tadísimas familias, por carecer de fuerza. no pueden parangonársete. ‘Pero Antonio y Catilina sí son temibles’. Al contrario un hombre activo, hábil, irreprochable, elocuente e in-flu-yente entre quienes tienen juicio acreditado, ha de desear competidores semejantes, asesi-nos ambos desde muy jóvenes, libidinosos los dos, ambos inopes. Vimos la confiscación de los bienes del uno y luego le oímos declarar en juramento que no podía contender en juicio justo, en Roma, con un griego; sabemos que fue expulso del Senado en una insuperable y hon-rada decisión de los censores; fue nuestro competidor por la pretura, como amigo de Sabi-dio y Pantera, cuando ya no le quedaba ni un esclavo por vender; lo que no fue óbice para que, como magistrado, comprase en el mercado a una querida a quien llevó a casa sin rebozo. Y en su campaña consular ha preferido extorsionar a todos los taberneros durante una deshon-rosísima legación que no quedarse en Roma y dirigirse al pueblo.
Y el otro, ¡dioses santos!, ¿con qué luz brilla? ‘Primero, por ser más noble’. ¿Lo es más? No. ‘Por su valor’. Pero, ¿por qué?: porque Antonio teme a su propia sombra mientras que aquél no teme ni a las leyes: nacido en la ruina paterna, criado entre los estupros de su hermana y madurado en el asesinato de ciudadanos, su primer paso en la vida política fue el de matar caballeros romanos. No hemos olvidado a aquellos galos que, por entonces, cortaban las cabe-zas de los Titinio, Nanio y Tanusio y a cuyo mando Sila puso sólo a Catilina; con ellos mató por sus propias manos a Quinto Cecilio, aquel hombre óptimo, marido de su hermana, caba-llero romano, ajeno a toda facción y que, si siempre fue de natural pacífico, lo era ya también por su edad.
¿Qué diré ahora de que aspire al consulado un hombre que azotó con vergas, a la vista del pueblo romano y por toda la Ciudad, a Marco Mario, amadísimo del pueblo; que lo llevó a una tumba en la que le infligió toda sevicia y al que, aún vivo, cortó con su diestra el cuello con la espada cogiéndole con la izquierda las puntas del cabello, llevando su cabeza en la mano mientras chorros de sangre le corrían entre los dedos; que vivió luego con histriones y gladiadores para tener, en aquéllos, cómplices de sus libídines y en éstos, de sus crímenes; que no entró en lugar alguno, por sacrosanto y venerable que fuera, sin que su perversidad no suscitase sospechas de indignidad, aun no existiendo culpa de nadie más; que se avino a la mayor amistad con los Curio y Annio, en el Senado; en las lonjas, con los Sapala y Carvilio; con los Pompilio y los Vetio, entre los caballeros; que tiene tanta osadía. tanta pravedad, tanta maña y eficiencia, en fin, en su libídine como para violar a niños impúberes casi en los brazos mismos de sus padres? ¿Qué te escribiré ahora de Africa, de lo que dijeron los testigos? Todo es notorio: léelo y reléelo. Empero, me parece que no debo omitir esto: primero, que salió de aquel proceso tan arruinado como algunos de sus jueces antes de aquella sentencia; y, segundo, tan malquisto que cada día se exige que se le juzgue otra vez. Tiene más por qué temer, aun si inactivo, que por qué confiar, si emprendedor.
Selección y traducción, G. FATÁS, Materiales
para un curso de Historia Antigua, Tórculo, Santiago de Compostela.
1994, p. 396-398.