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Departamento de Historia - Historia Antigua
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Textos sobre la Sociedad Griega |
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LA FAMILIA COMO INSTITUCIÓN SOLIDARIA Feliz aquél que no ha probado en su vida el
sabor del mal, pues cuando sacuden los dioses una casa, no hay furia que
no persiga y alcance hasta al último de sus descendientes. Es como
el oleaje del mar cuando los vendavales furiosos del viento Tracio barren
la tinieblas submarinas y, desde los abismos, hace girar en torbellinos
la negra arena, que levantan sus soplos hostiles, y gimen bajo sus azotes
los acantilados. Sobre la casa de los Labdácidas veo acumularse
antiguas desgracias, cayendo las nuevas sobre las desgracias de los fallecidos,
sin que jamás una generación exima a la siguiente: los abate
un dios, y no hay liberación posible. Y ahora que sobre su último
brote habría brillado una luz en la casa de Edipo, lo siega la hoz
sangrante de la Muerte. La insensatez de unas palabras, y la mente cegada
de la Erinia. A tu poder, oh Zeus, ¿qué transgresión
del hombre podrá ponerle freno? Ni lo domeña el sueño,
que todo lo somete, ni la divina carrera infatigable de los meses, y, Señor
a quien el tiempo no envejece, ocupas del Olimpo la luz resplandeciente.
Para el tiempo inmediato, para el tiempo futuro, como para el día
pasado, ésta será la ley: jamás puede insinuarse en
la vida del mortal la grandeza sin que sea confundido. La errabunda esperanza,
seduce a muchos hombres, a muchos defrauda en sus vanos deseos; sin que
nos demos cuenta se insinúa en nosotros hasta que nos quemamos en
el fuego los pies. Un sabio fué, sin duda, quien profirió
este dicho: El mal parece un bien al hombre cuya mente quiere dios confundir:
poco vivirá el tal sin que sea confundido (Sof. Ant.583 ss.)
EL RÉGIMEN OLIGÁRQUICO EN ATENAS “Luego de estas cosas,
surgió una lucha entre los notable y la muchedumbre durante mucho
tiempo. Su constitución, en efecto, era oligárquica en todas
las demás cosas y, al mismo tiempo, los pobres eran esclavos de
los ricos, tanto ellos mismos como sus hijos y sus mujeres. Y recibían
el nombre de jornaleros o clientes y de hectomorios o ‘sextarios’, pues
por esta renta (de la sexta parte) labraban los campos de los ricos. Toda
la tierra estaba en manos de unos pocos; y si no pagaban sus rentas, podían
ser reducidos a esclavitud ellos y sus hijos también. Todos los
préstamos de dinero a interés se hacían sobre los
propios cuerpos o sobre las personas como garantía, hasta Solón;
éste, sin embargo, fue el primero en ponerse al frente del pueblo.
El mal más difícil y el más amargo entre todos los
que había en la constitución era, para la mayoría
del pueblo, la esclavitud; más aún: de resultas de ello sufrían
también en lo demás, pues nadie, por así decirlo,
poseía nada”. (Aristóteles, La Constitución de
Atenas. II)
QUÉ ES UN CIUDADANO, SEGÚN ARISTÓTELES "La polis es una colectividad de ciudadanos, por lo que necesitamos saber quién puede llamarse ciudadano (polæithw) y qué es un ciudadano. La noción de ciudadano se presta a menudo a discusión, pues no todo el mundo está de acuerdo en llamar ciudadanos a las mismas personas: el que no es ciudadano en una oligarquía lo será a menudo en una democracia. Dejemos aparte a quienes reciben esta denominación de manera excepcional como, por ejemplo, los ciudadanos naturalizados (1); el ciudadano no lo es por el mero hecho de residir en un lugar (el meteco y el esclavo tienen la residencia en común con el ciudadano); tampoco son ciudadanos cuantos poseen el derecho de comparecer en justicia, como defensores o como demandantes, porque este derecho lo poseen también algunos que lo disfrutan en virtud de tratados (2) y es específicamente suyo; a decir verdad, en muchas poleis los metecos no disfrutan plenamente de estos derechos, sino que están obligados a buscarse un prostatés (prostæathw) (3), de modo que, por así decir, no participan sino imperfectamente en tal comunidad de beneficiarios. Lo mismo sucede con los niños que aún no tienen edad para ser inscritos o con los ancianos exentos ya de todo servicio: se les puede llamar ciudadanos en cierto sentido, pero no de modo estricto (4); habría que añadir, a los primeros, el calificativo de "imperfectos" y a los segundos el de "eméritos" o algo parecido (aunque no importa mucho, porque el asunto está claro). Lo que buscamos es definir al ciudadano propiamente dicho de manera que no haya que introducir corrección alguna; puesto que cuestiones parecidas pueden suscitarse respecto de los ciudadanos sancionados con la degradación civil (atimia) o el exilio. Un ciudadano en el sentido absoluto del término no puede definirse mejor que por el hecho de participar en el ejercicio del poder de juez y de magistrado." (Aristóteles, Política, III). Notas. 1- Los naturalizados en Atenas gozaban de la plenitud
jurídico-política y civil, pero se hallaban excluídos
del arcontado y de los sacerdocios y, a menudo, no residían en la
polis que los había naturalizado por alguna razón excepcional.
2 - Estos tratados (muy frecuentes en el siglo IV) regulaban y facilitaban
los intercambios y contenían capítulos que especificaban
el régimen fiscal y de tribunales en caso de litigio entre miembros
de los Estados signatarios. 3 - En Atenas, aunque obligados a tener un
prostatés, los metecos podían (al menos en la segunda mitad
del siglo IV a. C.) defender determinadas causas por sí mismos.
4 - La exención de servicio alude probablemente a la milicia y posiblemente
a la obligación de asistencia a la Asamblea y a los tribunales,
fundada en una menor capacidad física. Pero como quiera que Aristóteles
trata de definir al ciudadano en general (y no sólo al ateniense),
cabe que piense en otras poleis en donde existían limitaciones
y máximos de edad.
UNA VISIÓN HALAGÜEÑA DE LOS METECOS A FINALES DEL SIGLO V (Tucídides) "Bien vale la pena salvaguardar
el placer que experimentáis en ser considerados como atenienses,
incluso aunque no lo seáis. Vosotros, que conocéis nuestra
lengua e imitáis nuestras maneras de tal modo que asombráis
a Grecia; vosotros que, por otro lado, nos os beneficiáis menos
que nosotros de las ventajas de nuestro imperio (• arxæh),
tanto por el temor que inspiramos a nuestros enemigos cuanto por el cuidado
que ponemos en que no se os lesione. Sois los únicos copartícipes
libres de nuestro dominio: no lo traicionéis ahora y obraréis
justamente." (Nicias a los metecos, tras el desastre de Sicilia en 414.
Tucídides, VII, 63).
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