Departamento de Historia - Historia Antigua

Los Seleucidas


        El gran reino asiático fundado por Seleuco nos es menos conocido que Egipto por la falta de papiros. Hay un lote de pergaminos de una fortaleza del Éufrates, bastantes inscripciones y fuentes literarias. Por ellas sabemos la principal diferencia con el Nilo: los Tolomeos se apoyaban sólidamente en un núcleo territorial unitario, con tradiciones e instituciones estables, en tanto que en Asia el nuevo régimen se extendía sobre los territorios iranios de Persia y Bactriana, sobre el mundo variado de las poblaciones mesopotámicas y sirias y, en fin, sobre el no menos variopinto del Asia Menor. Este inmenso territorio carecía de unidad interna y de centro natural. Incluso la fusión entre la combativa población irania y los conquistadores macedonios, proyectada e instrumentada a la fuerza por Alejandro, no habría cambiado mucho las cosas en caso de haber proseguido. Pero los diádocos y, en particular, Seleuco I -que aun no repudiando a la persa Apame fue quien más fiel siguió a la tradición macedonia- acentuaron la distancia entre conquistadores y orientales, tanto por orgullo nacional como por consideraciones políticas: dada la enorme multiplicidad étnica, la única posibilidad de mantener el reino unido parecía estar en la difusión de un estrato dominante grecomacedonio a través de tantos y tan distantes países.

        Con este fin, Seleuco y su hijo mayor, Antíoco I (280-261) trabajaron incansablemente para crear una cantidad enorme de colonias militares y de ciudades helenas que recubrieron como una red el territorio. Fundaron más de cien ciudades con el nombre del rey, de sus mujeres o de sus hijos (Seleucia, Antioquía, Apamea, Laodicea, Estratonicea, etc.), que, si no más, representaban y sostenían al régimen griego. A las que se añadían las fundadas por Alejandro en vida y las ciudades griegas o helenizadas de Asia Menor. Además, como si Macedonia misma hubiera de trasplantarse a Siria, las regiones, montes, ríos y localidades del área de la residencia real fundada en el Orontes y llamada Antioquía (en honor del padre de Seleuco I) -tras transferirse desde Babilonia, hacia el 300- recibieron nombres de la madre patria nunca olvidada.

        Obviamente, estas colonias nacían sobre todo por causas militares. Mientras las tropas permanentes se estacionaban en algunos centros de importancia estratégica (Sardes, Jerusalén, Susa y, sobre todo, Apamea, cerca de la capital), en caso de guerra se movilizaban -además de mercenarios y nativos- los colonos militares llamados "macedones", de origen macedonio, griego o de otra clase. Se hallaban distribuidos por todas las regiones del reino, de modo que el área en que se establecía una formación activa constituía su distrito de movilización, por lo que el ejército se componía de unidades cantonales. Muchas vivían en las ciudades nuevas, fundadas inicialmente por razones de estrategia, y a veces en los antiguos centros orientales, para garantizar su seguridad. En unas y otras, estos soldados que dejaban en herencia sus predios a los hijos, sujetos a conscripción, vivían junto a colonos civiles griegos, el aumento de cuyo número determinaba el carácter de la ciudad. En un segundo momento, las nuevas ciudades se fundaron por razones económicas y se situaron preferentemente en posición favorable sobre vías comerciales o marítimas.
Las constituciones de estas ciudades eran establecidas por el fundador y se sujetaban al control regio, así como en cuanto al régimen fiscal y la cantidad que habían de pagar al erario real. Pero ni la ciudad ni los colonos militares dependían de los sátrapas, sino directamente del poder central. En torno al núcleo de la comunidad de ciudadanos generalmente se apiñaba un entorno más o menos amplio de nativos que se establecían en la nueva ciudad pero sin poseer su derecho de ciudadanía. Antíoco I obligó a una parte de la población de Babilonia a mudarse a Seleucia del Tigris. En cuanto a las antiguas ciudades orientales, numerosas sobre todo en Babilonia y Siria, muchas hubieron de acoger una colonia de ciudadanos griegos y otras, poco a poco, fueron adquiriendo el aspecto de una polis a medida que se helenizaban.

        Como en tiempo de los persas, de quienes la estructura administrativa pervivió en gran medida, dependiendo directamente del rey siguieron los grandes señoríos templarios y los vastos territorios que, desde tiempo inmemorial o reciente, poseían dinastas o dignatarios por concesión de los reyes. En consecuencia, los poderes de los sátrapas y de sus subordinados, los gobernadores de distrito (hiparcos), se ejercían únicamente sobre la masa de la población local y sobre la tierra imponible cultivada por ella. Los distritos provinciales correspondían al ordenamiento aqueménida y de Alejandro y lo mismo las competencias de los sátrapas, a quienes incumbía el mando sobre los contingentes locales, los poderes civiles (incluido el judicial) y (novedad respecto de Alejandro) la dirección del sistema financiero y fiscal de su región. A los escasos sátrapas no macedonios de regiones que requerían una vigilancia especial se sumaban estrategos de designación regia que mandaban las tropas del rey acantonadas en el territorio. El Asia Menor, de por sí inquieta y mantenida por los celtas en permanente agitación (fue conquistada sólo tras la muerte de Seleuco I) exigía una organización militar más rígida: en lugar de los sátrapas, como en tiempos de Antígono y Lisímaco, aparecen estrategos, que en su mayor parte estaban subordinados al de Sardes para lograr una dirección unitaria en las operaciones. En cambio, en los demás países (sobre todo en las grandes "satrapías superiores") el poder de los sátrapas era grande y, al ser algunos de estos territorios culturalmente independientes (sic), ello constituía un serio peligro para la unidad y homogeneidad del imperio. Con Seleuco I, todas las regiones orientales fueron encomendadas al príncipe heredero, que las gobernaba en calidad de virrey; pero a largo plazo, esta institución se reveló como una idea poco eficaz, tanto más cuanto que, a mediados de siglo, los pueblos de la estepa empezaron a irrumpir en el noroeste iranio y amenazar el imperio.

        En comparación con Egipto, geográficamente delimitado y apoyado en el sólido y controlado núcleo egipcio, debe apreciarse que, en conjunto, los Seléucidas en su territorio vastísimo y multiforme se vieron continuamente forzados a defenderse de enemigos internos y externos que, en consecuencia, ponían al régimen en situación de inestabilidad permanente. Por eso merece mayor admiración el hecho de que, al menos los primeros reyes, mantuvieron sustancialmente su poder sobre todo el conjunto de países y pueblos, tan diversos incluso por las lenguas (griego, licio, arameo, babilonio, persa, etc.). Expresión de esta relativa unidad mantenida es la generalización del sistema de cómputo de tiempo, el de la Era Seléucida, que se utilizó en toda el Asia Anterior y que comenzaba en el 1 Dios (octubre) del 312, de la lengua oficial (griego) y de la moneda real (de tipo ático).

        La corte se modeló según el esquema de Alejandro, sobre la guardia de corps, los "Amigos del Rey", pajes aristocráticos, preceptores de los príncipes y cortesanos griegos. Se integraban en ella la dirección de la cancillería regia y un consejo de la Corona, que ya no se componía de nobles, sino de miembros de la familia real. Como Alejandro, el rey mantenía el mando supremo del ejército; pero la administración militar se encomendaba a un ministro, mientras que la flota, en guerra y paz, estaba mandada por un almirante en jefe (navarco). Administrando la casa real y todo el sistema financiero existía un dioceta, como en Egipto, que ocupaba una posición independiente junto al gran visir. El resto de la administración civil se concentraba en manos de un "director general" que ocasionalmente podía representar al rey y que conservaba el estatus y los bienes del quiliarca persa, tal y como ya estableciera Alejandro.

        En cuanto al culto real, impuesto a todos los súbditos, era una innovación en relación no sólo con los aqueménidas sino con el mismo Alejandro, quien sólo había exigido tal honor a las ciudades griegas. Los griegos de Asia Menor instituyeron espontáneamente sacrificios y culto para Antíoco I, como ya hicieran con Alejandro, y las ciudades de nueva fundación habían tributado honores divinos a los respectivos reyes creadores. Pero a Antíoco II, que usó la significativa epiclesis de Theos, eso no fue bastante. Mientras su padre erigió en Seleucia de Siria un templo en honor de Seleuco, en su tumba, Antíoco II añadió al culto del predecesor (obligatoria a imitación de Tolemeo Filadelfo) el del rey viviente. Y en todas las satrapías se designó un gran sacerdote que, acaso, fuera el mismo sátrapa. No hay duda de que con esta organización unitaria se intentó crear un vínculo uniforme entre tan variadas poblaciones y la casa reinante. También a este respecto las ciudades griegas permanecieron independientes respecto de la administración provincial y regularon autónomamente los negocios del culto regio.

        En cuanto a las religiones locales, los Seléucidas, aunque naturalmente venerasen en primer lugar a los dioses griegos (Zeus y Apolo, sobre todo), mantuvieron la tolerancia aqueménida y respetaron, en particular, los grandes santuarios del Asia Menor, de Siria y de Mesopotamia. Incluso en el área de lo privado demostraron un liberalismo económico consonante con su difícil posición y muy distinto de la opresión fiscal tolemaica. Se dejó un campo mayor a la iniciativa privada, de modo que pudieron desarrollarse empresas de nuevo tipo; e incluso la amplia difusión de la esclavitud demuestra en cierto sentido que había menos campesinos de estatuto servil, aunque los de las tierras del rey estaban vinculados a la gleba y habían de entregar una cierta cuota de sus frutos. El impulso dado a las ciudades, comprendidos algunos antiguos centros orientales, favoreció a los artesanos, y la fundación de nuevos núcleos de tráfico en las rutas caravaneras y en las costas estimuló el comercio, de modo que las mercancías griegas penetraban en el interior del Asia mientras que los productos de la industria del vidrio, de la toréutica persa o de las manufacturas textiles sirias llegaban a Grecia. La vida económica prosperaba bajo el signo de un moderado mercantilismo que tendía a lograr el máximo grado de autarquía, sobre todo en relación con Egipto, pero en mucha mayor proporción. Los precios se mantuvieron a nivel constante, a diferencia de lo que antes sucedía y dependían, como mucho, de las oscilaciones del mercado mundial (sic). Y todo ello a pesar de las guerras contínuas del siglo III, que afectaron a casi todas las partes del imperio.

        Historia política de las regiones seléucidas. En el Asia Menor, muy helenizada, la variedad de relaciones políticas, tales como se configuraron en el medio siglo posterior a la muerte de Alejandro, impedía una acción de gobierno tranquila y unitaria y favorecía las intervenciones de potencias extranjeras. Algunos principados periféricos, como Bitinia y Capadocia del Ponto (Ponto, regido por una dinastía persa) habían logrado mantener su independencia durante las luchas entre los Diádocos. En el interior, seguían autónomas algunas grandes formaciones político-religiosas en torno a los santuarios y algunas indómitas tribus montañesas, mientras que los celtas (gálatas) seguían en la meseta central de Anatolia. Las antiguas ciudades griegas de la costa occidental, muchas de las cuales pasaron a los Tolemeos en los años 70, se hallaban sujetas al rey en la medida en que éste podía imponerles guarniciones, recaudar impuestos y hacer respetar sus decretos; pero el peligro de que otras potencias las atrajesen con promesas obligaba a respetar en alguna medida su autonomía. La autoridad de los Seléucidas se apoyaba, más bien, en las ciudades nuevas -en Asia Menor hubo al menos una treintena- que estaban habitadas por colonos militares obligados a prestar servicio y por población civil griega que debía su existencia al rey y que no sentía fervientes deseos de independencia. El territorio sin ciudades y sometido a los estrategos (tierra dorícteta), cuya población indígena podía ser movilizada, pertenecía por derecho al rey. Éste lo guardaba como mero dominio o lo cedía a dignatarios y no raramente a nobles que ya habían obtenido tal merced del rey persa. La tierra era cultivada por campesinos sujetos a la gleba, que pagaban la cuota prescrita, en especie, a la factoría patronal, en donde la administraba un funcionario regio o un administrador del propietario. Según antigua costumbre, estaban obligados a prestaciones personales.

        Pronto se redujo a muy poco el territorio anatolio de tipo provincial. Por una parte, las ciudades nuevas necesitaban tierras y los grandes propietarios a menudo se veían constreñidos a pasar bajo dependencia de una de estas ciudades, de modo que sus tierras pasaban a formar parte del distrito urbano no sujeto al sátrapa y, por otra, disminuía a causa del expansionismo de las potencias independientes de la península. Antíoco I tuvo ya que enfrentarse con ellas tras la muerte de Seleuco (280), en duras luchas que dieron a Tolemeo II la posibilidad de apoderarse de la costa de Caria. Entre tanto, Bitinia conservó la independencia, con ayuda de Antígono Gónatas, mientras que, en un principio, Antíoco no podía hacerse con los celtas que llegaban desde Europa. Sólo tras largas luchas, que le valieron el epíteto de Sóter, consiguió confinarlos en la región por tal causa llamada Galacia. Lo que era tanto más necesario cuanto que se había reanudado la guerra en Siria meridional (274).

        Pérgamo. Mientras ocurría todo esto y en sus nuevas luchas de los sesenta contra los gálatas, fue cobrando importancia un pequeño principado que, en los tormentosos años anteriores al 280, se fundó en torno a la fortaleza de Pérgamo, al norte de Esmirna, por un tesorero de Lisímaco, el semi-griego Filhetairo. Su auge se manifestó pronto en algunos éxitos militares frente a los celtas y en los ricos presentes ofrecidos a determinados santuarios. Con su ciudad griega, residencia del dinasta, y su tierra no urbana, dominio del príncipe -que, salvo recintos sagrados, se infeudaba o se entregaba a colonos militares-, la estructura estatal era semejante a la de Egipto. Los pergamenos vieron pronto en los Tolemeos a sus aliados naturales frente a los Seléucidas. Un primer conflicto con éstos ocurrió bajo Éumenes I (263-241), nieto de Filhetairo: Antíoco fue derrotado cerca de Sardes (262). El territorio de Pérgamo se amplió y Éfeso pasó a Tolemeo a cambio de su ayuda. Pero el Filadelfo no lo conervó mucho tiempo. El nuevo rey de Asia, Antíoco II Theos, que sucedió a su padre el 261, a la edad de 24 años (enérgico macedonio), logró, aliado con Gónatas, reforzar su posición en el Egeo. La victoria de Gónatas en aguas de Cos destruyó la flota tolemaica y provocó la deserción del hijastro que mandaba en Asia Menor del S.O. Así pudo Antíoco retomar Éfeso, Mileto y Samos (h. 260). El nuevo señor fue celebrado como un dios: prometió no imponer guarniciones ni tributos, dando a las ciudades griegas el mismo trato de favor que a las de Seleucia, para que no se fuesen con Éumenes. Pero no pudo podar la fuerza expansiva de Pérgamo. Aunque obtuvo éxitos frente a Egipto, la posición egea de Macedonia era muy fuerte y Antíoco juzgó traicionera la paz firmada por Antígono con Tolemeo, sin contar con él. En estas condiciones le pareció ventajosa la paz que le ofrecía Filadelfo (253). Éste guardó las conquistas hechas en Siria meridional y cedió las posesiones de Jonia y Caria a los Seléucidas, que así dispusieron al fin de una amplia base anatólica para su política. Tras la prematura muerte de Antíoco (246), cuando el Evérgeta marchó contra el Éufrates, pareció por un momento que la gran monarquía asiática iba a reducirse a sus posesiones del Asia Menor. Pero el joven Seleuco II Calínico (246-225), aliado con Mitrídates del Ponto, pariente suyo, y con Ariaramnes de Capadocia (autónomo desde los años sesenta) expulsó a Tolemeo de Asia. Sus victorias en esta III Guerra Siria (paz del 241) no evitaron que perdiera las ciudades jonias y las costas de Caria; a causa, sobre todo, de las conjuras de la reina madre, Laodicea, tutora del hijo menor y predilecto, Antíoco Hiérax, que casi independizó las provincias de Asia Menor, que tenía confiadas. Cuando Hiérax llegó a la mayoría de edad (h. 235) estalló la guerra entre hermanos, en Asia Menor, de la que salieron ganando Pérgamo, los gálatas, Ponto y Bitinia. Tras la victoria inicial de Seleuco, Hiérax logró una victoria en Ancira, con ayuda del Evérgeta, del Ponto y de los gálatas. La difícil situación de Hiérax, apremiado por sus aliados celtas y por Pérgamo, facilitó a Seleuco la conclusión de una paz de statu quo con la que el reino quedó dividido en dos partes. Seleucia quedó debilitada para siempre y en Asia Menor prevaleció Pérgamo. Durante un tiempo compró la paz a los celtas; pero hacia el 230 ´Atalo I (que reinó desde 241) los derrotó seriamente en las fuentes del Caico.

        Cuando, luego, Hiérax intervino en apoyo de los celtas y de su propia autoridad, fue rechazado junto con ellos frente a Pérgamo; retornaron los celtas y, ya solo, sufrió otras derrotas en Frigia, Lidia y Caria que pusieron fin al dominio seléucida en Asia Menor (230-228). Fracasado un ataco contra su hermano, pasó Hiérax a Tracia y murió luchando contra los celtas (227-226), mientras ´Atalo, tras la victoria, asumía el título de rey. Había ampliado mucho el  territorio de Pérgamo y su fama era pareja al esplendor de su residencia, cuyos restos han salido a la luz desde 1879 en excavaciones alemanas. El rey hizo un santuario de Atenea Polia, con grandiosos pórticos, y celebró sus éxitos contra los celtas, tenidos como victorias de la ciudad luminosa sobre la fosca rudeza bárbara, con monumentos grandiosos y grandes ofrendas. Parecido en muchos puntos a Egipto en cuanto a organización política, Pérgamo también se le parecía por el mimo dedicado por el rey a la agricultura, a las manufacturas textiles y al pergamino. Pero el dominio atálida no era sólo una copia reducida de las grandes monarquías: tenía su propia personalidad en tanto que era una mezcla de la Grecia microasiática y del Asia Menor helenizada. Esta monarquía no surge directamente de la conquista de Alejandro, sino por desarrollo propio. Se trata de un Estado monárquico en el cual el elemento jonio era factor vital y encontró una expresión política propia según el signo de los tiempos. Aunque el territorio de Pérgamo se redujo pronto otra vez, su importancia fue duradera. El hijo de Seleuco II, Alejandro (que sucedió a su padre en 225 como Seleuco III) actuó para recuperar el occidente microasiático, en unión de su primo, Aqueo. Cuando Seleuco fue asesinado (223) fue Aqueo quien venció a ´Atalo, constriñéndolo a sus fronteras iniciales y restableciendo el dominio seleúcida en Asia Menor.

        La falta de unidad y solidez interna del gran reino de Asia se aprecia en el hecho de que los acontecimientos occidentales y los orientales se influyeron muy poco entre sí. En Oriente, tanto en Siria como en Mesopotamia y en los territorios persas, los seléucidas actuaron con gran energía para ofrecer al elemento greco-macedonio posibilidades estables de vida en las nuevas ciudades. No se le asentó en aldeas ni en localidades que no tuvieran características de polis y algunas ciudades antiguas recibieron comunidades griegas organizadas sobre una base de ciudadanía. Antiguas metrópolis como Damasco o Babilonia (a pesar de la proximidad de la floreciente Seleucia) conservaron su importancia y formaciones de tipo político-religioso (como Émesa, Baalbek o Bambix) pudieron seguir inalteradas. Pero en la marea de pueblos asiáticos resplandecían ahora las nuevas creaciones seléucidas. En Siria del norte, que ejerció el rol de una nueva Macedonia, la residencia regia de Antioquía floreció y alcanazó rango mundial. Más al sur estaba el centro militar de Apamea y a occidente el gran puerto de Seleucia de Pieria. Todo su alrededor se consteló de centros con nombres macedonios, como Cirro, Calcis o Anfípolis. Las excavaciones de Dura Europos, en el cercano Éufrates, han mostrado el tipo de estos centros. Eran asentamientos rodeados de murallas y guarnecidos con castillos, poblados por colonos militares que poseían lotes hereditarios de tierras. Los colonos se agrupaban en grupos de a veinte mandados por un oficial; pero, al mismo tiempo, eran miembros de una comunidad que, con su estructura gentilicia, su consejo, sus magistrados y su estratego supremo (posiblemente electivo) funcionaba como una polis. La población siria, residente desde antiguo o emigrada, quedaba excluida de este ordenamiento de base militar y del derecho ciudadano. Parece que las otras fundaciones fueron de igual tipo, salvo que el elemento local tuvo mayor peso de hecho, sobre todo en los lugares en que la influencia helénica había ya actuado produciendo una cierta asimilación cultural. Eso sucedió en las abiertas regiones costeras de Fenicia, ya antes de Alejandro, en cierta medida; y el proceso se aceleró mucho con la conquista macedonia y el aflujo con ella de numerosos griegos. Mientras los campesinos quedaban al margen de esas influencias, las ciudades, continuadoras en su mayoría de antiguos centros (incluso aunque se hubieran refundado colonias macedonias), empezaban a producir el nuevo tipo del sirio helenizado, que tan importante sería en los siglos siguientes. Estos hombres desarrollaron una enorme actividad en el campo económico, que era su fuerte, pero no solo. El fundador de la Stoa, Zenón, era un fenicio nacido en Chipre y presentaba una singular mezcla de rasgos  orientales (sutileza intelectual, desprecio del cuerpo, rigorismo ético) y concepciones griegas, y es una especie de precursor de la cultura mixta que se estaba formando en Siria.

        Terreno menos fértil para el helenismo fue el de Mesopotamia, con su antigua y severa cultura, aunque los primeros Seléucidas actuaron en ella fuertemente. Seleucia del Tigris, construida junto a la antigua Opis por el fundador de la dinastía, sucedió a Babilonia como ciudad griega. En ella residieron los sátrapas babilonios y el virrey oriental. La polis estaba excepcionalmente representada por dos colegios deliberantes y más tarde obtuvo la autonomía y el derecho de ceca, siendo poblada por griegos a quienes, desde Antíoco I, se añadió un amplio grupo oriental transferido desde Babilonia. Por un tiempo pareció que, gracias a esta ciudad, la más espléndida de los Seléucidas, y a las muchas otras colonias griegas de Mesopotamia, los griegos iban a alcanzar el predominio y cosa similar parecía prometer, a comienzos del siglo III, la colonización de los territorios iranios. En ese tiempo surgieron en Pérside, Media, Partia y Bactriana numerosos centros fortificados que tomaban el nombre del rey o de su esposa. Nacían de colonias fundadas por Alejandro o nuevas del todo o se trataba de asentamientos griegos en ciudades orientales. El fin de los Seléucidas era no sólo servir a sus intereses sino crear centros de vida griega y puntos de apoyo para el comercio, seguros de que éste actuaba como ligazón entre gentes y países distintos. El tráfico, desde luego, era más vivo que nunca en las satrapías superiores y llegaba bastante más allá de los confines orientales del reino. Por eso llegaban a Occidente mercancías chinas y las griegas a la India (cultura de Gandhara), al Turquestán y a Mongolia. La manutención de las vías, necesaria por todo género de razones, así como los peajes reales estaba a cargo de las colonias. Duraron el tiempo que éstas.

        Si en Siria y Mesopotamia la influencia griega se ejercía por la población helena y la local que libremente o por constricción residía en las ciudades griegas o grecizadas, en Irán era más difusa y limitada. Entre otras cosas porque los reyes anduvieron, como se dijo, muy pendientes de los asuntos occidentales, en Asia Menor, contra los Tolemeo y en la propia corte, a veces dividida. Ello produjo movimientos secesionistas. Ya en los últimos años de Antíoco II, el sátrapa Diodoto, en Bactriana (en la que los colonos griegos estuvieron en estrecho contacto con la nobleza local) empezó distanciarse de la monarquía y a acuñar moneda con su propia efigie. Poco después, este nuevo principado, más o menos independiente ya de la autoridad central, comenzó a extender su influencia hacia Occidente, por la Margiana y la Areia. Éxitos similares obtuvo el sátrapa de Partia, Andrágoras, aunque por poco tiempo, pero a causa de la intervención de nuevas potencias y no de la monarquía. En el 249-248 irrumpieron desde las estapas del norte los parnios o parnos (nombre tradicional de los partos), junto con otras tribus de Escitia y de Dacia. Mandados por el príncipe Arsaces, lograron establecerse en Partia. Hacia el 228, estos nuevos habitantes de Partia ("partos"), al mando de Tirídates, sucesor de Arsaces, y en alianza con Diodoto II (que asumió entonces el título de rey) rechazó abiertamente la autoridad seléucida. Seleuco II intentó someterlos militarmente y logró expulsar a Tirídates; pero hubo de abandonar la lucha a causa de las intrigas de su hermano, Antíoco Hiérax, de modo que Tirídates regresó y consolidó su posición de rey independiente. Así surgió el Estado parto. Nadie, durante decenios, pudo imaginar la importancia que iba a cobrar en la historia del Asia anterior. Entre tanto, con la amputación de estos dos reinos independientes, Seleucia perdía el Irán nororiental. Es verdad que en Bactriana y sus tierras satélites el nuevo poder era griego. Pero no hay duda de que los orientales estaban a punto de sustraerse a la tutela helénica.

        Estas proclamaciones de independencia, simultáneas a los ataques de los poderes locales en Asia Menor, influyeron en las actitudes de los poderosos sátrapas de las regiones centrales, sobre todo en el momento en que la casa real se vio paralizada por sus disputas. Ya hacía tiempo que Armenia y la Media Atropatene no eran otra cosa que principados tributarios. Cuando, en el 223, Antíoco III (con poco más de veinte años) sucedió a Seleuco III, el movimiento de revuelta se extendió por todas las regiones centrales. No se trataba tanto de una reacción indígena, cuanto de movimientos suscitados por los propios sátrapas macedonios. Pero, puesto en marcha el proceso, fue aprovechado por las fuerzas orientales, que cada vez obtuvieron en él mayor preeminencia. La tenacidad tranquila de estas gentes del Asia ofreció una consistente resistencia a la "energía apasionada" de los conquistadores helenos o helenizados. Cuando esa energía disminuyó, ya hacia mediados del siglo III, la personalidad oriental apareció como básicamente intacta. Es verdad que en las ciudades la población se helenizó exteriormente, aunque el arameo siguió compartiendo, con el griego, honores de lengua oficial. Algunos orientales tomaban nombres griegos, buscaban dotarse de una cultura helénica y ser aceptados en los gimnasios. El sacerdote babilonio Beroso dedicó a Antíoco I su exposición de historia local escrita en griego. Pero el auténtico contenido oriental de la vida quedó inalterado, como el país, y fueron los griegos mismos quienes, con su espíritu racionalista y creativo, suscitaron en los asiáticos una activa voluntad de darse formas propias. Por un sino casi trágico, los orientales recibieron de los griegos las armas espirituales para luchar contra los griegos mismos.

        Las luminosas divinidades iranias, los baales semitas y la astrología, que venía de una antigua sabiduría, atraían fuertemente a muchos griegos de principios espirituales menos firmes y, sobre todo, a la espiritualidad primitiva de los soldados, de los marinos y de los mercaderes. Pero ese atractivo fascinante se conseguía, claro, porque unos y otra habían aprendido a manifestarse en griego y a la griega. Es verdad que hubo soberanos poco diestros que intervinieron torpemente en las disputas religiosas de los orientales, provocando oposiciones fanáticas. Pero ello sucedió relativamente tarde. La reacción política de tantos pueblos orientales habría sido menos peligrosa si ciertos principios griegos o heleniformes no hubieran impulsado las fuerzas informes y las hubieran inducido a crear Estados sobre el modelo de las mismas actuaciones seléucidas. A la caída de la dominación griega del Asia, que sucedió en el siglo II, no fue ajena la propia fuerza vivificante del helenismo.