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Eugenio d'Ors
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RETRATOS LITERARIOS
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
EUGENIO d'ORS

Uno va muriendo y viviendo en estas biografías, pero bien merece la pena de vivir y morir en este esfuerzo, si se hace un poco de justicia en la vida llena de injusticias.
La biografía de Eugenio d'Ors me interesa más que otras, porque quiero hacer en ella una justicia serena, risueña, con carcajada final de independencia verdadera, al decir quién es este escritor espiritual y digno que no perteneció a ningún secreto gregarismo.
Comencemos.

Eugenio d'Ors y Rovira nació en Barcelona en 1882, su padre era catalán —en el siglo XVIII ya habían abandonado sus abuelos en Lérida sus tierras de Ors—, doctor en medicina, y su madre cubana.
Parece que prevalece en él su ascendencia cubana, y ese algo antillano le hace necesitar ese despilfarro y regalo tropical que le extravasa siempre.

Es importante y significativo que algunos de los más influyentes ideólogos españoles, como don José Ortega y Gasset, cuyo padre, don José Ortega y Munilla, nace en Cárdenas (Cuba), y algunos otros con antecedentes también cubanos, tengan esa dimensión ubérrima y americana.
Eugenio d'Ors evoca los azúcares isleños con palabras ilusionadas:

Cuando cierro los ojos y pienso en los días de mi niñez y en las imaginaciones en que primeramente me he complacido, veo confusamente un paisaje tropical, con grandes árboles de hoja lasciva y siestas doradas sobre el azul, y figuras solícitas de hombres de color y abanicos de oscilación lenta y perfumada, manejados por manos que tienen el color de las azucenas.
En mi recuerdo la casa de la abuela no es menos rica en elementos de emoción que la materna. El archivo hablado de la familia se guardaba allí. Se guardaba la memoria de la bisabuela, que todavía tuvo esclavos, y del pariente pródigo, que se jugaba a una carta en las ferias; y de las rentas que daban los ingenios; y de las obras del puerto de Manzanillo, que habían proyectado mis parientes.
Era ya un niño delicado, de gabán de pieles, que chocaba en las Ramblas, y él cuenta que se extravió un 1º de mayo en medio de la fiesta proletarial.
Me encontré entonces solo por primera vez en mi vida, solo en medio de todo un pueblo de manifestantes, con las manos enguantadas, con mi famoso gabán forrado de piel, por el cual sentía tanta vergüenza… Pero la corriente de la manifestación que pasaba me incorporó en seguida a sus olas tumultuosas. Y fue así como he pedido, sin sospecharlo y lloriqueando, la jornada de ocho horas.

A los dieiséis años comienza a escribir, firmando Xenius, declinación familiar de Eugenio, y en 1899, a los diecisiete años, publica algunas narraciones arbitrarias, que después, en 1905, tradujo al castellano Díez-Canedo con el título de La Muerte de Isidro Nonell y que es un libro ya de excepción.

Se doctora en Madrid, estudia en la Sorbona, asiste a varios congresos de filosofía, entre ellos el de Heidelberg, preparando en el manicomio de Willejuif la fórmula biológica de la lógica.
En 1906 comienza sus glosas en La Veu y todos los días envía unas cuartillas para su sección, encuéntrese donde se encuentre.

El espíritu de la glosa es conversación, amable conversación, ingeniosa conversación, de esa conversación que se sazona tomando una revista de sobre la mesa y leyendo algo o yendo a la librería y sacando por el pestorejo un libro que trae la cita que conviene al momento.
En España tiene un gran valor el ser glosador o cronista de la vida, pues todos gustamos de ver comentado nuestro tiempo con sutileza y certitud.
El glosador parece un goloso que lo prueba todo y se atraca de los pasteles frescos que prepara la vida todos los días.
Sin embargo, el glosador es un hombre hambriento que aunque pruebe bocado parece que nunca ha comido nada por la avidez con que lo mira todo constantemente.
España es un país de glosadores, de comentaristas independientes, con la sola misión de apuntar el juicio que merece cada momento.

El glosador español representa a un número muy grande de españoles que apostillan en el café, en la sobremesa de su casa, en la visita de unos amigos, parados en una esquina, todo lo que va sucediendo.
La misión más sagrada del español, su facultad más desinteresada, es la de glosar con equidad lo que pasa por la embocadura del teatro universal. ¡Es hermoso no traicionar esa tarea!
El placer puro y generoso del ciudadano que no está comprometido en pactos y ambiciones es el de epilogar lo acontecido.
Por eso el cronista ha tenido siempre gran importancia entre nosotros y ha bastado que firmase sus cosas con el seudónimo de el espectador, de el observador o de el solitario para que el público siguiese sus críticas incorruptibles.
Es el papel máximo del escritor viviente, el papel de glosador sin cortapisas y sin tema forzado. Todos depositan en él su confianza a poco que se la merezca, y él deberá llevar la cuenta de lo que es hallazgo al correr del tiempo.
No es fácil el papel de glosador y necesita tesón y vocación.
El glosador vivirá siguiendo los temas por todas partes, entrando en los cafés para quedarse con la mirada fija en los espejos buscando asunto y repasando todo lo visto, parándose en los portales, observando distancias desde los puntos estratégicos, repasando tiendas, estudiando rostros, enterándose de novedades.
El glosador tiene un deber estrecho con su público, coincidiendo con lo que él acaba de entrever, encontrando lo que él hubiera querido decir, adjetivando la vida según el matiz del momento.
El glosador no tiene que tener compromisos y no debe abusar de su cometido para aludir a aquellos de quienes espera algo. Si incurre en alguna de esas cosas está perdido. Anillos de olvido y desconfianza le irán envolviendo y acabarán por contagiarle de inocuidad.
Hay muchos que no tenemos más fortuna que la de la glosa expedita, liberal y temeraria. Vivamos para esa misión. No hay alegría más suprema ni compadrazgo más puro y sereno con los afines.

Entre glosa y glosa, d'Ors se casa con poderosa dama y se vuelve a París, donde escoge como maestro a Poincaré: «Él ha sido el hombre —ha dicho el mismo d'Ors— que me ha enseñado a interesarme por el sendero de la filosofía, que empecé a producir el año 1908 en dos Memorias que escribí. Una de ellas, titulada Tratado de la libertad y de la pujanza de Napoleón. Recuerdo que para llevar a cabo este trabajo tomé una casita cerca de Bruselas y de Waterloo… También escribí por entonces dos libros más: El residuo en la medida de la ciencia por la acción y Religión y libertad. Se publicaron en francés y en italiano».

Hacia 1910 le nombran director de Instrucción Pública de la Mancomunidad y funda el «Institut d'Etudes Catalans» y durante una temporada no hay quincena que no funde una escuela, una biblioteca, o una revista, y por exceso de fundaciones sale de la Mancomunidad, pues hya un momento en que casi la arruina.

Ha publicado, en medio de su labor directorial, Introducción al análisis finito de la continuidad. Els fenómens irreversibles y la concepción entrópica de l'Univers. Los argumentos de Zenón de Elea y la noción moderna del espacio-tiempo.
Sus renovadoras teorías las encierra en su libro Filosofía del hombre que trabaja y que juega.
También figura en esa primera bibliografía de d'Ors Flos Sophorum (notas sobre la vida de los santos) y El valle de Josafat (revisiones de las más significativas figuras de la humanidad).
En lo literario, su Ben Plantada es una novela gourmontiana, con los caracteres de estatua que representa a Cataluña, plena de esbeltez, robustez y aticismo.
Como su locura son los cambios de nombre y seudónimo —él añadió esa d con apóstrofo dannunziano a Ors—, figura como su doble y su interlocutor Octavio de Romeu, metalista en el que queda esa cosa de artesano buen mozo que late en el fondo de d'Ors.

Pasaban los años y yo confieso que en lo más recóndito de mí pensaba que se estaba perdiendo para la colaboración de Madrid a un hombre esencial. Le hubiera llamado si no me hubiese dado cierto pánico el valladar catalán que había que trasponer para llamarle.

De ese tiempo perdido de Eugenio d'Ors —que clama venganza—, ya no nos resarciremos, aunque él esté en vena de prodigarse exasperadamente. Perdimos la lontananza de todo su paisaje, la conquista pacífica y osmótica de una región.
Sin embargo, ya está próximo a ir a Madrid, y como prólogo da en 1920 una conferencia en la Academia de Jurisprudencia, en la que habló de la posibilidad de una civilización sindicalista, y ya entonces inició ideas de las que hoy están en los programas llamados fascistas.

Por fín, un día aparece residiendo en Madrid, y así como Valle llevó a la corte su galaiquismo, convencido de que había que fundar la gran nación, Ors trae su catalonía.
Llega con su tipo de palafranero de carroza entre fúnebre y real, que fuese al mismo tiempo descendiente de Luis XVI y al mismo tiempo actor de la comedia francesa y al mismo tiempo artista de la pantalla literaria.
Su mirada es bilingüe y dispara como flechas sus cejas voladas sobre unos ojos inteligentes.
Viene con gabán de pieles, como si aquel que usó de niño y que era sorpresa de todos hubiese crecido y se hubiese hecho a su nueva estatura, y se crea en Madrid una competencia de gabanes literarios, pues sólo hay un escritor que usa esa clase de gabanes, don José Francés, y se llega a dudar si es que se lo prestaba a d'Ors.
Su sombrero hongo era de los que se calaban hasta las orejas, y por si faltaba poco llevaba bastón con un puño de esos en que parecía haberse quedado imantado un duro.
Hizo en la mañana las visitas protocolares y trascendentales, al mejor general, al mejor ministro, al mejor editor, al mejor periódico, al mejor restaurante, al mejor músico, al mejor pintor, al mejor crítico, y todos se sorprendieron al ver aquel caballero tan cumplido, que siempre estaba como haciendo el gesto más difícil de la elegancia, que es saltar de una góndola a las gradas de mármol de la escalinata de un palacio veneciano.

Sin embargo, hay una sección de los grandes cabecillas y del público que reacciona contra él.
Ramiro de Maeztu definió muy bien lo que le pasó a d'Ors: «Aquí hay dos cosas que no se toleran cuando se dan de una vez: el mérito y el éxito. Las gentes transigen con que un hombre tenga mérito y esté olvidado o en la indigencia. Toleran también que un hombre tenga éxito a base de insuficiencia. Lo que nadie está dispuesto a consentir es que una virtud acompañe a la otra. Y esto —añadía— es lo que ha ocurrido a d'Ors.

Llegaba de Cataluña con la frescura saludable de una inspiración artística de timbre catalán que alegraba la mañana madrileña. Era todo un tono diferente, con una plenitud de alma que iba bien al austero y seco tono castellano.
Si a d'Ors se le hubiera tratado mejor de entrada, con menos sorna, con menos reservas, el concierto hubiera aumentado y valores que eran ciertos y que lo que no querían era humillación ni tonillo despectivo en el trato, hubieran ido viniendo de Barcelona.
d'Ors llegaba ya sin hacer la única visita que era imprescindible para quedar inscrito en la lista del barbilindismo secreto —no digo el nombre porque murió—. Él quería ser barbilindo por su cuenta y según la moda de Cataluña.
Los que capitaneaban secretamente a España no dejaban que los nuevos alféreces que llegaban tomasen su puesto sin la anuencia debida, aceptando las nuevas maneras, compartiendo el mando con ellos.
Los nuevos alféreces se replegaban en la acera de enfrente y había una lucha sorda que quería ser exterminadora por parte de los capitales establecidos y con autoridad esparcida en raíces misteriosas y tentaculares.
Eso ha hecho que muchos destinos claros se bifurcasen, se concentrasen, tuviesen aire de conspiración y media cola escondida.
Era el catalán universal que siempre ví que venía a pactar con España y a ser su cooperador, pero los demás se equivocaban y veían al catalán regional. ¡Qué equivocación más triste y más retardataria!

Eugenio d'Ors se había dado cuenta del valor y del intríngulis de la lengua castellana cuando exclusivamente escribía en catalán. Cuando leí la traducción de La muerte de Isidro Nonell, me dí cuenta que d'Ors poseía el español porque sabía la tragedia y las inquietudes del alma española. Entonces se le debió llamar inmediatamente al coro central.

Era un gran escritor, un abnegado simulador, o sea un artista, y además poseía el secreto del transformismo.
Como acabado transformista variaba de peinados, de miradas, de expresión, de barba, de bigote, hasta de cejas, aunque hay que confesar que siempre dominaban en él unas cejas con visera que daban recámara y sombraje a sus ojos sagaces.
Como se adelantara a la inercia del espectador en su transformismo, no presentaba la actitud paralítica que necesita al público para aceptar a un escritor. Eso hacía que d'Ors se evadiese, se desvaneciese y no supiesen cómo era muchos que ya debían saberlo.

Su posición vigilante y correcta en todos los momentos del tiempo ha sido la del artista. Era el artista, y cuando se es el artista todo está ganado, se tiene todo y el comentario tiene sangre inmortal.
Los demás eran otra cosa, pero no vivían sueños como el artista, y él era otra cosa y además era el artista, el que toma posiciones puras y graciosas, el que se desinteresa en definitiva de todo menos de la paradoja o la absolutidad estética, el que sin dejar de ser un bohemio es algo más que un bohemio, es un artista.
Fulano de Tal es prosador, pero no es una artista, o Fulano de Cual es versificador, pero no es artista. Yo prefiero siempre al valiente, al desajustado, al desconcertador que es el artista.
En la literatura, que es una reunión de aventureros estáticos y pintorescos, cuya catadura ameniza el mundo intelectual, el aventurero Eugenio d'Ors se presentó desde el primer momento con un empaque lleno de carácter.

Hubiera sido menester haberle dejado maniobrar más en la comparsa, haberle llamado más a escena. Los espectadores de aquel tiempo se lo han perdido. Yo no del todo, porque siempre le tuve presente y me imaginaba en cada momento su intervención.

Él sonreía descansando y con su sonrisa parecía decir: «Vosotros os lo perdéis… Para mí, mejor… Así gano mi tiempo para mí solo».

Eugenio d'Ors ha repasado como nadie las revistas de su tiempo, y ha seguido el Memento de los años mil novecientos uno a mil novecientos y tantos.
No ha dejado de estar preocupado por los epílogos y las formas y ha adquirido la manera elegante de tratar a la noticia, de conversar con ella, de tener la galantería inteligente con ella. El fenómeno d'Ors es que lo que acababa estaba bien hecho. Pero esto no se veía, porque cuando algunos lo queríamos hacer notar, unas manos sueltas y volanderas de película con trucos nos venían a tapar la boca.

d'Ors, sin embargo, continuaba, porque no he visto a nadie tener más fe en su destino.
Mientras otros sólo tenían la clasificación austera de lo que iban viendo, d'Ors tenía la cortesía en los labios. Por eso hay que reconocer que siempre el tiempo le cedió algunas reservadas citas.
Eugenio d'Ors es un gozador de la vida, un sibarita de diván estrecho, pero dotado de un verdadero epicureísmo. Sus frases mejores las ha pensado en un banquete, entre café, copa y periódico, haciendo hipócritamente como que no tomaba café ni copa ni leía el periódico.

Si en España se pudiese hacer la bohemia rica, Xenius hubiera sido un oráculo manual y providente, pero en España o se desvía por caminos distractivos y fatales el escritor para poder vivir bien o tiene que vivir la más hambrienta de las bohemias.
No le apeteció a d'Ors esa bohemia ni quiso seguir siendo desvariado y comenzó a desorientarse y a inventar posiciones buenas pero que desviaron su poderosa inspiración, sus puras y fecundas cualidades. ¡No era nada lo que suponía la inversión cuantiosa de talento el lograr la logrería, el vivir espléndidamente, el tener cardos de la sierra en búcaro de cristal tallado!

De todos modos, entre suerte y suerte, él trazaba una glosa estupenda o componía un libro trascendente e intrascendente del calibre y el temple de La oceanografía del tedio.

Su calidad central nunca la ha perdido, porque es muy fuerte, porque es un marinero de tierra de los más valiosos que ha habido en España.

Cuando le he tenido cerca en el comedor de un figón, cuando he contemplado su apetito y he contemplado cómo se le subía el pavo de la ahitez, he sentido con pena que se haya desgracido en él el creador indefectible que hubiera sido, el biólogo entusiasta y ansioso, pobre de solemnidad.

El antipatiquismo que después practicó más duramente Giménez Caballero —pero también con genio— fue en Eugenio d'Ors un teje maneje constante. Tomaba tal posición para fomentar el antipatiquismo, para avispar a alguien, para sacar de su postura inmóvil a un medio dormido, para irritar la felicidad del hombre feliz.

¡Cuántas posturas a contrapelo, cuántas cabriolas engañosas o asustantes, cuántos patetismos con risa al final, cuántos rebañamientos del plato con un tapón o cuánto raspar con un cuchillo en un cristal! Le gustaba, se divertía, se vengaba de ciertas hipocresías y sordideces.

El artesano, el repujador de medallas decorativas —para premios clandestinos—, se convirtió en caballero que embuda la barba en su mano y mira señorilmente la vida que va a su consulta de nuevo doctor.
Eugenio d'Ors, en su papel de nuevo heredero, pudo ser un equivocador apoyado en estilizaciones, pero los jóvenes que iban a verlo llevaban en el algodón de la boquilla de su cigarrillo el contraveneno de la visita.
Le oían, gozaban de la placidez  de su palabra engatusadora y se daban secreta cuenta de cómo invertía su espontaneidad, aquel talento que hubiera sido sinceramente místico en una vida de escritor metido en modesta hospedería.

Recuerdo una noche de puro Eugenio d'Ors. Fue hace algunos años. Dábamos una cena en Villa Rosa en honor de Marinetti y de su esposa.
Había varias señoras y caballeros vestidos de etiqueta. El colmado de los castizos tenía reunión de grandes señoritos en su sala interior y hasta algunos escritores tomábamos parte en la farsa.
Por fin llegó Eugenio d'Ors muy acicalado, con un antifaz negro.
No era carnaval, ni sus proximidades, y no lograba encubrir ni un ápice que era d'Ors el enmascarado, pero aquella noche había creído que eso le iba a dar un gran misterio.
—Pero, ¡Eugenio, que se le conoce demasiado, quítese el antifaz! — le dijo una amiga.
d'Ors se quitó el antifaz negro, pero se lo atravesó sobre la pechera del esmoquin, como una banda de ojos gatunos.
Marinetti estaba asombrado y dudaba de lo que veía. Aquél era un futurismo dieciochesco que no comprendía desde su futurismo veintista.
Eugenio d'Ors había querido realizar una pantomima italiana arlequinesca, maquiavélica, clara como un día de niño en vacaciones.

Ese primer actor sin teatro va a tener por fin su teatro. Va a haber que oírle, pues yo estoy seguro que sus representaciones, sus mezclas de autor y actor, van a tener una repercusión que hará que su cuadro —el cuadro de él en su atmósfera— pase al museo del futuro.

Él se rectifica y elige bien. Una vez habló mal de Goya, pero después hizo un  bello libro sobre Goya. Él parecía ser refinado, clásico, barbilingüe y ha escrito el mejor libro sobre el barroco, lanzándose a su mar proceloso, a su oquedad para los gritos, sin tener en cuenta su atuendo de elegante, de ser aparentemente cuidadoso de los ribetes de su traje y de las líneas rectas de su pantalón a rayas.

Es la hora de las anécdotas, en que el insultador, con ojos soñadores, que había llamado a Marcelino Domingo, «el Platón de Tortosa», va a recibir lo suyo del Madrid centrador, equiparador, equitativo y berroqueño.

d'Ors escribe sus glosas en ABC, y hay quien las llama losas y hasta un día aparece el sumurujeado nombre sobre su propia crónica.
d'Ors escribe en Blanco y Negro una sección que se titula «Vida breve», y la comenta el público «Ors longa, vita brevis».
d'Ors, tomando el seudónimo que un rey de España había acreditado, escribe notas del gran mundo y de la gran vida, que firma Un Ingenio de la Corte, y en los medios literarios se dice que son de un «Eugenio de la Corte».
Algunos bromistas suponían que al morir y por ser tan reclacitrante glosador diría… «¡Ay, que me desgloso!».
d'Ors sonreía al saber todas esas comentaridades y seguía su obra literaria.

A veces daba una conferencia o hacía algún viaje a América, donde creaba cursos de declamación y filosofía originales y con intríngulis.
Yo, que le he oído alguna de sus confesiones, tengo que declarar que una oración de Eugenio d'Ors tiene mucho artificio, pero es un espectáculo que no olvidaremos nunca.
El escritural personaje se pone en pie, entorna los ojos y pliega los labios como para no dejar salir las palabras si no han sido laminadas por el artífice, obligándolas a silbar un poco. Parece que asistimos a un amaneramiento del estilo y de la palabra, pero el milagro del arte de Ors es que sale un perfecto soliloquio, lo cual es algo más que un discurso, y la perfección de su arte dramático hace que el actor se eleve sobre sus brodequines como sobre coturnos retorcidos y mefistofélicos.
Intentaba el milagro de la superación por medio de la palabra y había momentos en que lo conseguía.

Él ha dicho sobre esto algo que interesa saber:
Siempre tengo presente a este propósito el que dicen milagro de nuestro San Vicente Ferrer, quien era de alma tan ardorosa que, predicando en tierras extrañas y ante gentes de distinto origen y lenguaje, no sólo parece que se daba a entender a la de todos, sino que se asegura era tal comprensión tan completa que, el sermón terminado, cada uno aseguraba y porfiaba haber sido la suya propia la lengua que había hablado el santo.

Paradójico y malabarista, contesta a un joven que le pregunta:
—¿Tiene usted aficiones políticas?
—Sí, pero me aguanto.

¿Qué quiere ser Eugenio d'Ors? ¿Literato, filósofo, crítico, profesor?
Como filósofo, y sin que eso pueda conturbar este retrato admirativo, yo diría que es «Un luminotécnico de lo abstracto», y como indicó en su magnífico estudio Diego Ruiz, «está en plena recapitulación siempre», y como Pujols dijo en su investigación orsiana, «lo característico en la filosofía del señor Ors, es la afirmación del albedrío frente a la realidad, sólo que su albedrío no es la acción nacida de la concupiscencia y repugnante a la razón, sino a lo humano adverso a la naturaleza. El concepto biológico de la lógica, que Ors mantiene, le coloca entre los pensadores defensores del primado de la voluntad, en cuanto la razón y la lógica vienen a ser en la filosofía orsiana dos instrumentos de la voluntad en su lucha perenne contra la realidad. El mismo idealismo platónico, que Ors también defiende, se convierte en una creación de la voluntad».

Él complica más las cosas cuando quiere reducir al dibujo y a la sinopsis su Filosofía, que completa una Dialéctica, una Física y una Poética.
En realidad, el ensayista y el trozista imperan en él y sólo quiere en el mundo una vida contemplativa y publicitaria.
Sus glosas o glosarios atacaban de glocosuria a algunos escritores, y ya en él era proverbial esa condición que ha tenido siempre y por la cual yo le defiendo más y es que provocaba la reacción del artista zafio y lograba que se lanzasen contra él los seres inferiores.

También se le tomaba rabia porque era el que se veía esas cosas que suceden a la plena luz de los veranos, que se llevan cortos los pantalones, que la tijera ha dado malos cortes sobre la nuca, que por quitar una calentura con nitrato de plata se nos había quedado negro el sobrelabio.
De cuando en cuando encuentra un editor que emprende sus obras completas, esas obras que a veces se llaman Opera Omnia, pero que él, sintiéndose retratista del orbe, titula Orbis Pictus, como Comenius, como queriendo señalar más su idea de que todo es visual.

En su fluir de pluma escribe un drama, Guillermo Tell, y a continuación un tomo que titula Cuando ya esté tranquilo. ¡La gran ambición!

Él mismo aludía en una entrevista a ese deseo de paz con estas palabras:
—¡Mis aspiraciones!… Mi aspiración es la serenidad de la vida, como me parece que ha de ser la de cualquier hombre que quiera vivir con intensidad igual la eternidad y la modernidad… Yo, amigo mío, soy y quiero ser a la vez nuevecentista, es decir, hombre de mi siglo, hombre del siglo veinte, e idealista, hombre que se esfuerza en ver una ilusión en el tiempo… El sophrosine, la armonía, calma, equilibrio y continua posesión y dirección de sí propio, me parecen el bien humano más apetecible, y así me lo concediesen.
¿Sabe Eugenio d'Ors que en farmacia hay una esencia que se prepara con flor de romero y que se llama «bálsamo tranquilo»?
En Cuando ya esté tranquilo hay un decálogo de la sencillez, en el que hay mandamientos graciosos y contradictorios:

El segundo mandamiento de la Sencillez es la Risa. Purga la risa a la mente, y tal vez al cuerpo, de hinchazones y de riesuras. Ablanda aquella rigidez que anunciaba la inminente mineralización. Y como de lo que se trata es de huir del Mineral —lo más complicado, si bien se mira— y de acercarse al ángel —si bien se mira, lo más sencillo—, cuanto aligere nuestro ser y propicie al vuelo debe ser mirado y buscado como un favor divino.

Conviene decir, por añadidura, que risa acrecienta discreción. Afirmaba un estadista español muy ingenioso que todos los hombres nacen con la misma cantidad de broma en el cuerpo. Pero, si unos la sacan y aplican a asuntos placenteros, ingrávidos y apacibles, y éstos son los sanos y normales, otros se la guardan y, a su pesar, la broma se les filtra a cosas que hubieran de ser íntegramente serias. Y de estos últimos hay que huir.

¡Gloria a la risa que descabalga! Este señor se daba tono. Andaba a caballo a nuestra vera… Pero ya se rió. Ya se ha desmontado. Ahora andará honradamente a pie el resto del camino.
Este es un mandamiento aceptable, pero entre otros dudosos aparece el que es más digno del decálogo de la opulencia que del de la Sencillez:
La miseria siempre es patética, contorsionada, sobrecargada… No seas miserable.
Pero no seas tampoco demasiado rico. Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entre por las columnas dóricas que sostienen el templo de la Sencillez.

Gran lanzador de frases, unas con suerte y otras sin ella, ha abundado en apotegmas de escándalo, es decir, contrarios a su propia naturaleza, siempre castigada por su prudencia, por su discreción exagerada. Así contra toda renovación o inespero dice: «Lo que no es tradición es plagio».
¿Es digna del artesano-artista esa frase que coartara siempre lo esperado sin parecido?

Como soliviantado por su propia vida espiritual, quiso envolverse en cilicios y así es un gran español más que va a desvirtuar su naturaleza.
Eugenio d'Ors ha lanzado otra comparanza malhadada: «Esperamos números de fuerza; ¡adentro los clowns!».
No. Eugenio d'Ors, en una pista no pueden acabar los clowns para que vengan los números de fuerza. Deben ir intercalados y volverá a tener el programa del día siguiente clowns y números de fuerza. Siempre han ido juntas ambas clases de números. ¡Aviado estaría el espectáculo si se suprimiesen los clowns y los excéntricos! Hasta repugna menos dar una función con clowns solos que con números de fuerza a secas. Pero lo que no puede suceder nunca, es que el flojo y sportmatizado regisseur, que no sirve más que para decir dos palabras y que le dé una hilarante bofetada el clown, pretenda ser número de fuerza.

Eugenio d'Ors coincidía con el crítico anticuado que llama al arte moderno payasada, pero se le disculpaba porque igual podía haber redactado su frase al revés.
Así llega su hora contrita, la hora de los ángeles y las oraciones con admirables superfluidades. (Los ángeles, no los angelitos, como él ha dicho taxativamente en su libro).
Tomó con valentía una posición de creyente, a contrapelo de una España llena de navajas.
Se habían estado creando en España seres esquinados y no se resistía que obrasen esquinadamente.

Pero Xenius no puede ya más y se establece definitivamente en París.
En realidad, España no le había comprendido y hasta le había perseguido injustamente con pullas secretas. Eugenio d'Ors se cansó y entonces le poseyó la ambición máxima, ser conocido en París, ser un grande hombre internacional.
Pero si es injusta la vida intelectual española, mucho más lo es la francesa, como no se sea el genio resuelto, el indestructible maestro, el hombre entero y monstruoso que aplasta con su obra. Entonces no tiene más remedio, y aunque retrasa el advenimiento de ese gran hombre, París, que ya es un genio con personalidad propia —París, no los franceses—, exige la traducción e imposición de ese genio, aunque retardándole como retardó el éxito del mismo Dostoyevski.
Así pasaron unos años en que Eugenio d'Ors se había medio perdido en Francia, y un tipo como él, lleno de personalidad destellante, gran actor y gran espectáculo de la vida ibérica, se iba agrisando en París, metido en un catarro inútil, en una sordidez vetusta, en ese París que es estéril cuando pasa la estadía de un mes y no llega al siglo y medio, resultando valdías y morguísticas las vidas que viven allí más de ese mes y no llegan a rebasar la centuria y media.
Venció algunas resistencias y logró que los grandes críticos se ocupasen de él. ¡Una fortuna de paciencia y perseverancia!
Publicó una biblioteca de lujo y logró su máxima aspiración, una revista personal en francés, con los tipos de El Monitor.

En un hiver helado de París, apareció en la librería de L'Art un fascículo con esta cabecera:
Courrier Philosophique
d'Eugenio d'Ors
                        (Publié par ses amis).

Se traducen sus obras al francés y goza de ese trato de Jeune maître que solaza la tertulia en los sofás de Francia, aunque los que así llaman tratan en el fondo como a un meteco al que se ha entremetido entre sus glorias nacionales.
A España llega un chiste malévolo: A un eminente escritor francés le preguntaron si conocía les oeuvres d'Ors y contestó que sólo tenía noticias de les hors-d'oeuvres.
El hombre de las entrevistas de una hora, Frederic Lefèvre, tiene su hora con él y así saben los franceses que «quiere transformar la anécdota en categoría» y que a sus glosarios los han llamado Summa de los tiempos nuevos y que en Alemania le han llamado Sócrates de España y que en otro sitio lo lleman ojo del mundo.
La gracia de la entrevista es que Eugenio d'Ors cita al borde de la piscina de un hotel moderno al cronista y sale del agua en traje de baño para hablar con él, porque ha querido «recibirle en el gimnasio» como un griego redivivo.

Veamos cómo acaba esa entrevista:
«En todo caso puedo responderle —dice don Eugenio d'Ors— que, cualquiera que sea la orientación que tienen esos estudios, sigo demasiado fuertemente anclado en la tradición científica occidental, en la actitud del "laicismo secular y mundano", para hacerme profeta. Un profeta es un hombre que tiene una larga barba y no he oído hablar jamás de un profeta que supiera nadar».
Al decir estas palabras el filósofo se sume y reaparece en seguida algunos metros más lejos, agitando el agua con una mano vigorosa.
Los años se sucedían en ese París engañoso y encantador. Ors llevaba muy buena vida, pero el de la piscina se fue quedando lejos y envejeciendo entre déjeuners y diners grises, como en la cámara secreta de los faraones enterrados.
Y en este momento, cuando ya estaba hecho a París, le vuelve a llamar España y le nombra secretario perpetuo del Instituto de las Españas, la institución nueva que muestra su risa joven a la Academia de la Lengua.

Parece que ahora se le va a compensar de todo el largo plazo vacante.
Se le negaron sus vanidades naturales, como si un hombre de su figura no mereciese el uso y aun el abuso de las vanidades que le pertenecían. Fue roñoso nuestro medio al no dejar gastar charreteras a quien se las merecía y debió entrar a formar parte del Estado Mayor.
Bien merece, pues, ahora, la sonrisa que restablece la justicia, que recompone el desaquisado, que da puesto al que fue el birlado. Yo siempre encontré en su gran cordialidad, conviviendo algunos ratos con su gran comprensión y con su gran presencia, que la compensación había de suceder algún día indefectiblemente.


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Última actualización: 29 de junio de 2006