La Fijación de la creencia, MS 407 de 1893, es una revisión y ampliación del artículo original de 1877 publicado en el Popular Science Monthly como primer ensayo de los seis que componen las Ilustraciones de la Lógica de la Ciencia. Esta versión estaba destinada a ser el Capítulo V de Cómo Razonar, el proyecto de libro que nos incumbe ahora, y, también, el ensayo octavo de Búsqueda de un Método, otro libro tentativo de Charles S. Peirce de 1893. La transcripción realizada a partir del manuscrito original va acompañada de notas referidas a las variaciones de este respecto a uno de los manuscritos (MS 189) fuente principal de la versión de 1877. En los Collected Papers de Charles S. Peirce, la versión original aparece en CP 5.358-87, con las ampliaciones del manuscrito de 1893, que aquí transcribimos en su integridad, entre las notas finales.
§50. Aunque nada hay más insípido que la alegoría, una obra de arte, para que sea interesante, debe ser una alegoría sin que el lector lo perciba. Don Quijote y Sancho Panza existen dentro del pecho de cada hombre. Los tres mosqueteros son el hombre de sensación, el hombre de acción y el hombre de pensamiento, correspondiendo a las tres categorías del Capítulo II. El corro báquico en una vasija griega es el tren del pensamiento. La música de la danza es el hábito particular, o la asociación, que lo gobierna. Y –lo que quería decir– la juerga en Bruselas de Childe Harold1 interrumpida por el horrendo sonido del cañón, es el estímulo externo que rompe el juego libre de la fantasía, y tiende a obliterar y desacreditar a cualquier asociación que pueda ocurrir que la domine en aquel momento.
Supongamos que en alguna ocasión dudo qué hacer, digamos, si darle un níquel o cinco cobres2 al conductor del carruaje. El hombre está ante mí, un estímulo urgente, y me siento agitado (infinitesimalmente, seguro, en el ejemplo presente) hasta que hago mi elección.
§51. La duda, sin embargo, no es habitualmente indecisión respecto a qué deba hacerse ahí entonces. Es una indecisión anticipada respecto a qué haré a partir de ahora, o una duda fingida respecto a un estado de cosas ficticio. Es el poder de imaginar que dudamos junto con el hecho pleno de que la decisión sobre el mero dilema de imaginar va hacia la formación de un hábito de bona fide que será operativo en una emergencia real3. Son estas dos cosas conjuntadas lo que nos constituye en seres intelectuales.
Toda respuesta a una pregunta que tenga algún significado es una decisión sobre cómo actuaríamos bajo las circunstancias imaginadas o cómo se esperaría que reaccionase el mundo sobre nuestros sentidos. Así, supongamos que se me dice que si dos líneas rectas en un plano se cortan por una tercera haciendo la suma de los ángulos internos de un lado menor que dos ángulos rectos, entonces estas líneas, si se prolongan lo suficiente, se encontrarán en el lado en que la susodicha suma es menor que dos ángulos rectos. Esto me dice a mí que si dibujara dos líneas sobre un plano y deseara hallar dónde se encontrarían, podría dibujar una tercera línea cortándolas y comprobando en qué lado la suma de los dos ángulos internos era menor que dos ángulos rectos, y alargaría las líneas en ese lado. De una manera parecida, toda duda es un estado de indecisión acerca de un estado imaginado de cosas4.
§52. La duda es una condición incómoda de la que luchamos por librarnos. En esto, es como cualquier otro estímulo. Es cierto que al igual que a los hombres puede gustarles, por disfrutar de los placeres de la mesa, tener hambre y tomar medidas para tenerla, puesto que el hambre siempre implica un deseo de llenar el estómago, así por disfrutar de los placeres de la investigación a los hombres puede gustarles esforzarse buscando dudas. De todas formas, a pesar de eso, la duda implica esencialmente una lucha para escapar de ella.
Una creencia, por el otro lado, es un hábito según el cual nos comportaremos de una manera determinada en las ocasiones de una descripción determinada. Los Asesinos, o seguidores del Anciano de la Montaña, solían apresurarse a morir a su mínima orden porque creían que obedecerle les garantizaría la felicidad eterna. Si hubieran dudado de esto, no habrían actuado como lo hacían. Así es con toda creencia, según su grado.
§53. Pero la creencia es algo más que un hábito; ya que nosotros, por lo general, sabemos cuándo deseamos hacer una pregunta y cuándo deseamos pronunciar un juicio. Creer, por lo tanto, se siente diferente a dudar. No solo eso, sino que sabemos lo que creemos con bastante aproximación. Recordemos la naturaleza de un signo y preguntémonos cómo podemos saber que una sensación de cualquier tipo es un signo de que tenemos un hábito implantado dentro de nosotros.
Podemos entender un hábito comparándolo con otro hábito. Pero para entender lo que cualquier hábito es debe haber algún hábito del que somos directamente conscientes en su generalidad. Esto es decir que debemos tener una cierta generalidad en nuestra conciencia directa. El Obispo Berkeley y un buen número de pensadores esclarecidos se ríen de la idea de que seamos capaces de imaginar un triángulo que no sea ni equilátero, ni isósceles, ni escaleno. Parecen pensar que el objeto de la imaginación debe ser determinado con precisión en todos los aspectos. Pero parece cierto que debemos imaginar algo general. No tengo la intención, en este libro, de adentrarme en cuestiones de psicología. No nos es necesario conocer al detalle cómo se elabora nuestro pensar, sino solo cómo puede elaborarse. Incluso, puedo decir también, de una vez por todas, que pienso que nuestra conciencia directa cubre una duración de tiempo, aunque solo una duración infinitamente breve. En cualquier caso, no veo la forma de eludir la proposición de que para adjuntar cualquier significación general a un signo y saber que le adjuntamos una significación general, debemos tener una imaginación directa de algo no determinado en todos los aspectos.
§54. La irritación de la duda causa una lucha para alcanzar un estado de creencia. Denominaré a esta lucha investigación, aunque debe admitirse que a veces no es una designación muy apta. La irritación de la duda es el único motivo inmediato de la lucha para alcanzar la creencia. Es ciertamente mejor para nosotros que nuestras creencias sean tales que puedan guiar verdaderamente nuestras acciones como para satisfacer nuestros deseos; y esta reflexión nos hará rechazar toda creencia que no parezca haberse formado como para asegurar este resultado. Pero solo lo hará así al crear una duda en lugar de esa creencia. Con la duda, por lo tanto, comienza la lucha, y con el cese de la duda termina. Por lo que el único objeto de la investigación es el de establecer la opinión. Podemos imaginar que esto no es suficiente para nosotros, y que buscamos no meramente una opinión sino una opinión verdadera. Pero pon a prueba esta imaginación, y se demuestra sin fundamento; porque en cuanto se alcanza una creencia firme, estamos completamente satisfechos, sea esta creencia verdadera o falsa. Y es claro que nada fuera de la esfera de nuestro conocimiento puede ser nuestro objeto; porque nada que no afecte a la mente puede ser motivo de esfuerzo mental. Lo más que puede sostenerse es que buscamos una creencia que pensamos sea verdadera. Pero nosotros pensamos que cada una de nuestras creencias es verdadera; y, de hecho, es una mera tautología decir esto.
Que el establecimiento de la opinión es el único fin de la investigación es una proposición muy importante. Barre, de una vez por todas, varias concepciones de prueba vagas y erróneas. Unas pocas de estas se destacan aquí.
1. Algunos filósofos han imaginado que para empezar una investigación solo era necesario pronunciar una pregunta, o plasmarla sobre el papel, ¡e incluso nos han recomendado comenzar nuestros estudios cuestionándolo todo! Ahora bien, podemos buenamente pensar que es inevitable que muchas de nuestras opiniones tengan alguna falsedad mezclada con ellas; ¿cómo podría ser de otra manera? Y esta reflexión nos hará modestos y ávidos por aprender mejor de aquellos hombres que no están de acuerdo con nosotros. Además, en la medida que no podemos detectar nuestras opiniones erróneas, siguen siendo nuestras opiniones, de todas maneras. Será bastante satisfactorio para nosotros hacer una revisión general de las causas de nuestras creencias, y el resultado será que la mayoría de ellas han sido adoptadas basándonos en la confianza y las hemos sostenido desde que éramos demasiado jóvenes como para discriminar lo creíble de lo increíble. Tales reflexiones pueden despertar dudas reales acerca de algunas de nuestras posiciones. Pero en los casos donde no existe ninguna duda real en nuestra mente, la investigación será una farsa ociosa, una mera tarea de blanqueo, que mejor sería dejar como está. Este fallo en la filosofía estuvo muy extendido en aquellos años en que las Disputas eran el ejercicio principal en las universidades, esto es, desde su surgimiento en el siglo XIII hasta el XVIII, e incluso hasta el día de hoy en algunas instituciones católicas. Pero desde que aquellas disputas pasaron de moda, esta enfermedad filosófica es menos virulenta.
2. Es una idea extremadamente común que las demostraciones deben estar basadas en algunas proposiciones últimas y absolutamente indubitables. Estas, según una escuela, son principios primeros, axiomas amplios; según otra, son los primeros datos de los sentidos. Pero esto es perseguir una quimera. No podemos hacerlo mejor que comenzando con proposiciones de las que no tenemos ninguna duda. Tenemos que reconocer que pueden surgir dudas acerca de ellas más adelante. Pero no podemos encontrar proposiciones que no estén sometidas a esta contingencia. Deberíamos construir nuestras teorías como para contemplar tales descubrimientos, primero, basándolas en tan gran variedad de consideraciones como sea posible y, segundo, dejando sitio para las modificaciones que no puedan preverse pero que con mucha seguridad resultarán necesarias. Algunos sistemas están mucho más abiertos a esta crítica que otros. Todos aquellos que se basan exageradamente en una "inconcebibilidad de lo opuesto" se han mostrado particularmente frágiles y efímeros. Sin embargo, aquellos que se basan en evidencias positivas y que evitan insistir en la precisión absoluta de sus dogmas son difíciles de destruir.
3. A algunas personas parece gustarles mucho discutir una cuestión cuando todo el mundo ya está totalmente convencido al respecto. Pero no se puede avanzar más. Cuando la duda cesa, la acción mental sobre el tema llega a su fin y si continuara sería sin propósito.
§55. Si el establecimiento de la opinión5 es el único objeto de la investigación, y si la creencia tiene la naturaleza de un hábito, ¿por qué no podríamos alcanzar el fin deseado, adoptando cualquier respuesta que nos apetezca a una cuestión, y reiterándonosla continuamente, considerando todo lo que pueda conducir a esa convicción, y aprendiendo a dar la espalda con desdén e inquina a cualquier cosa que pueda alterarla? Este método simple y directo es realmente seguido por muchos hombres. Recuerdo que en una ocasión se me insistió para que no leyera un determinado periódico no fuera a ser que cambiara mi opinión sobre el libre comercio: “No fuera a ser que me viese atrapado por sus falacias y erróneas declaraciones”, fue la forma de expresión. "No eres", dijo mi amigo, "un estudioso de la economía política. Y, en consecuencia, puedes ser fácilmente engañado por argumentos falaces sobre el tema: entonces, si lees ese periódico, puede que te veas dirigido a creer aquello que no es verdad". A menudo he visto que este sistema era deliberadamente adoptado. Incluso, más a menudo, el disgusto instintivo de un estado mental indeciso, exagerado en un vago temor a la duda, hace que los hombres se aferren espasmódicamente a los puntos de vista que ya han adoptado. El hombre siente que, solo con que mantenga su convicción sin pestañear, esto será completamente satisfactorio. Tampoco puede negarse que una fe firme e inamovible produce una gran paz mental. Puede, de hecho, dar lugar a inconveniencias, como si un hombre continuase creyendo resueltamente que el fuego no le quemaría, o que estaría eternamente condenado si recibiera su alimento de otra forma que no fuera por medio de una bomba gástrica. Pero, resulta que el hombre que adoptase este método no aceptaría que sus inconvenientes fueran mayores que sus ventajas. Diría "Me aferro incondicionalmente a la verdad, y la verdad siempre es íntegra". Y, en muchos casos, puede muy bien ser que el placer que obtiene de su tranquila convicción compense cualesquiera inconvenientes que resulten de su carácter engañoso. Por esto, si fuera verdad que la muerte es aniquilación, entonces el hombre que creyera que iría ciertamente al cielo cuando muera siempre que haya cumplido con ciertas prácticas simples en esta vida, tendrá un placer fácil que no se verá seguido por la más mínima contrariedad. Una consideración parecida parece tener peso para muchas personas en tópicos religiosos, ya que, frecuentemente, escuchamos decir, "No podría creer tal cosa, porque me sentiría muy mal si lo hiciera". Cuando un avestruz mete su cabeza en la tierra al aproximarse un peligro, muy probablemente adopta el camino más satisfactorio. Oculta el peligro y, luego, dice tranquilamente que no hay peligro alguno; y, si se siente perfectamente seguro de que no lo hay, ¿por qué tendría que alzar la cabeza para ver? Un hombre puede ir por la vida alejando sistemáticamente de su vista todo lo que pueda causar un cambio en sus opiniones, y si le va bien – basando su método, como lo hace, en dos leyes psicológicas fundamentales – no veo qué se podría decir en su contra. Sería una impertinencia egoísta objetar que su proceder es irracional, ya que eso no es más que decir que su método de fijar la creencia no es el nuestro. Él no se propone ser racional y, de hecho, hablará con desprecio de la débil y engañosa razón de los hombres. Así que tiene el derecho a pensar como le plazca.
§56. Pero este método de fijar la creencia, que puede llamarse el método de la tenacidad6, no podrá mantener su posición en la práctica. El impulso social está en su contra. El hombre que lo adopta encontrará que otros hombres piensan de maneras diferentes a la suya, y puede que se le ocurra, en algún momento de mayor lucidez, que sus opiniones son tan buenas como las suyas, y esto hará tambalearse su confianza en su creencia. Esta concepción de que el pensamiento o sentimiento de otro hombre puede ser equivalente al de uno mismo, es claramente un nuevo paso, y muy importante. Surge de un impulso en el hombre demasiado fuerte como para ser suprimido sin hacer peligrar a la especie humana. A menos que nos hagamos eremitas, nos influiremos necesariamente las opiniones unos a otros: por lo que el problema es ahora el de cómo fijar la creencia, no meramente en el individuo, sino en la comunidad.
Sea la voluntad del estado la que actúe, entonces, en vez de la del individuo. Créese una institución que tenga por objeto sostener las doctrinas correctas ante la atención de la gente, reiterarlas perpetuamente y enseñarlas a los jóvenes; teniendo al mismo tiempo poder para prevenir que las doctrinas contrarias sean enseñadas, defendidas o expresadas. Apártense de la aprehensión de los hombres todas las causas posibles de un cambio de opinión. Manténgaseles ignorantes, no vaya a ser que aprendan alguna razón para pensar de otra manera a como lo hacen. Enlístense todas sus pasiones de forma que consideren con horror y rechazo a las opiniones particulares e inusuales. Luego, atérrense al silencio a todos los hombres que rechacen la creencia establecida. Que la gente persiga, y alquitrane y emplume, a tales hombres, o háganse inquisiciones sobre la manera de pensar de las personas sospechosas, y cuando se las encuentre culpables de creencias prohibidas, sean sometidas a algún castigo señalado. Cuando no pueda alcanzarse de otra manera un completo acuerdo, una masacre general de todos los que no hayan pensado de determinada manera, se ha mostrado como un medio muy efectivo de establecer la opinión en un país. A falta de este poder, preséntense una lista de opiniones a las que ningún hombre con la más mínima independencia de pensamiento pueda asentir, y exíjase a los fieles que acepten todas estas proposiciones, para segregarles7 tan radicalmente como sea posible de la influencia del resto del mundo.
Este método ha sido, desde los más tempranos tiempos, uno de los medios principales para sostener las doctrinas teológicas y políticas correctas, y de preservar su carácter universal o católico. En Roma, especialmente, ha sido practicado desde los tiempos de Numa Pompilio hasta los de Pío Nono. Aquí8 está el ejemplo más perfecto en la historia; pero dondequiera que haya un sacerdocio —y ninguna religión ha estado sin uno—, este método ha sido más o menos utilizado. Más bien, dondequiera que haya una aristocracia, o gremio, o cualquier asociación9 de hombres cuyos intereses dependan, o se supongan que dependen, de ciertas proposiciones, ahí inevitablemente se encontrarán algunos rudimentos10, al menos, de este fruto natural del sentimiento social. Las crueldades siempre acompañan a este sistema; y cuando se lleva a cabo consistentemente, llegan a ser atrocidades del tipo más horrible para un extraño11. Tampoco debe esta ocasión sorprender; ya que el funcionario de una sociedad no se siente justificado en obviar los intereses de esa sociedad a causa de la compasión, como lo haría por sus propios intereses privados. Con bastante naturalidad12, por lo tanto, aquello que nació de la simpatía y la camaradería llega a ser13 el más desalmado de los poderes.
Al juzgar este método de fijar la creencia, que puede llamarse el método de la autoridad14, ponemos a un lado como irrelevante su inmensurable superioridad mental y moral con respecto al método de la tenacidad15. Estas son cualidades lo suficientemente interesantes; pero este método debe juzgarse, como cualquier otro, únicamente por su éxito. Y este éxito ha sido verdaderamente supra humano. De todos los logros del hombre, solo este es majestuoso. Las meras estructuras de piedra de cuya edificación ha sido la causa – por ejemplo, en Siam, en Egipto y en Europa – tienen, muchas de ellas, una sublimidad con la que apenas rivalizan las grandes obras de la Naturaleza; y excepto por las eras16 geológicas, no hay períodos de tiempo tan vastos como aquellos que se miden por la duración de alguna de estas fes organizadas. Unifíquelas en el sentido de la Oración Universal de Alexander Pope y ¿quién es el individuo cuyo engreimiento plante su dictado contra el de ellas? Estas fes apelan su autoría a la divinidad; y es verdad que los hombres no las han inventado más que los pájaros sus cantos. Es una recaída en el método de la tenacidad lo que las segrega y ciega lo eclesiástico al valor de todo lo que no sea odio. Todo credo distinto, como hecho histórico, fue inventado para dañar a alguien. Aun así, el resultado ha sido, en su conjunto, un éxito sin parangón. Si la esclavitud de la opinión es natural e íntegra para los hombres, entonces esclavos deberían seguir siendo.
§57. Todo sistema tal fue primero establecido por algún legislador individual o profeta; y una vez establecido creció por sí solo. Pero dentro de este principio de crecimiento acechan gérmenes de corrupción. El poder del individualismo se extingue; solo la organización tiene vida. Ahora bien, en el curso de los tiempos las viejas preguntas se desvanecen de la mente: nuevas preguntas se hacen urgentes. El mar avanza o retrocede, alguna horda que siempre ha vivido de la conquista llega a hacer una conquista de consecuencia, el mundo entero. De una u otra forma, el comercio se desvía de los antiguos caminos. Tal cambio trae experiencias nóveles, e ideas nuevas. Los hombres comienzan a rebelarse ante los hechos de las autoridades a los que, en tiempos anteriores, se habrían sometido. Cuestiones que nunca antes se habían planteado exigen una decisión; sin embargo, no se escuchará ya a un legislador individual. El instinto de los dirigentes nunca había dejado de ver que la convocatoria de un concilio de la gente era una medida llena de peligro para la autoridad. Aun así, no importa cómo se esfuercen en evitarlo, de hecho invocan a la opinión pública lo que es una significativa apelación a un nuevo método de establecer la opinión. Suceden disturbios, grupos de hombres discuten el estado de los asuntos; y se alimenta una sospecha que corre como un reguero de pólvora de que los Dictados que los hombres habían estado reverenciando tenían su origen en el capricho, en la pertinacia de algún metomentodo, en las intrigas de algún hombre ambicioso, o en otras influencias que parecen instruir a una asamblea deliberativa. Ahora los hombres comienzan a exigir que, como el poder que sostiene la creencia ya no es más caprichoso sino público y metódico, así las proposiciones que han de creerse deberán estar determinadas de una manera pública y metódica. Entonces, no se impida la acción de las preferencias naturales y que, bajo su influencia, conversando los hombres juntos y discutiendo sus opiniones, gradualmente desarrollen creencias tales que sean las más adecuadas para sobrevivir. Este es el método de la Dialéctica que, en filosofía, se llama el método a priori. Brota del humus de las religiones corruptas. La filosofía griega apareció por primera vez cuando los mitos empezaron a resultar chocantes a las gentes; y la filosofía moderna pisó fuerte sobre los talones de la Reforma.
Veamos de qué manera unos pocos de los más grandes filósofos han acometido la tarea de establecer la opinión, y cuál ha sido su éxito. Descartes, que haría que el hombre empezara dudándolo todo, señala que hay una cosa que él mismo sería incapaz de dudar, y esto es, que duda; y cuando reflexiona que duda, no puede continuar dudando que existe. Luego, como está siempre dudando si hay cosas tales como la forma y el movimiento, Descartes piensa que debe persuadirse de que la forma y el movimiento no pertenecen a su naturaleza, ni ninguna otra cosa salvo la conciencia. Esto es dar por supuesto que nada en su naturaleza está oculto bajo la superficie. A continuación, Descartes le pide al que duda que señale que tiene la idea de un Ser inteligente, poderoso y perfecto en el grado más elevado. Ahora bien, un Ser no tendría esas cualidades a menos que Él existiera necesaria y eternamente. Por existir necesariamente él quiere decir existir en virtud de la existencia de la idea. En consecuencia, toda duda respecto a la existencia de este Ser debe cesar. Esto claramente supone que la creencia debe fijarse por lo que los hombres encuentran en sus mentes. Razona así: Encuentro escrito en el volumen de mi mente que hay algo X, que es tal tipo de cosa que en el momento que se escribe, existe. Claramente está apuntando a un tipo de verdad en la que decir algo así puede hacer que sea algo así. Él ofrece dos pruebas adicionales de la existencia de Dios. Descartes hace que sea más fácil conocer a Dios que cualquier otra cosa; porque cualquier cosa que pensemos que es, Él lo es. No llega a señalar que esta es precisamente la definición de una quimera. En particular, Dios no puede ser un engañador; de dónde se sigue que, sea lo que sea que pensemos bastante claro y distintamente que es verdadero sobre cualquier tema, debe ser verdadero. En consecuencia, si las personas discutieran un tema en todos sus detalles, y con la suficiente claridad y distinción resolvieran lo que piensan acerca de ello, se alcanzaría la deseada resolución de la cuestión. Puedo señalar que el mundo ha deliberado con bastante detalle acerca de esa teoría y ha llegado con la suficiente distinción a la conclusión de que es, absolutamente, un sinsentido; de dónde ese juicio es indisputablemente correcto.
Muchos críticos me han dicho que no represento bien a los filósofos a priori, cuando los represento como adoptando cualquier opinión para la que parezca haber una inclinación natural a adoptar. Pero nadie puede decir que lo anterior no define acertadamente la posición de Descartes, y ¿sobre qué descansa sino sobre formas naturales de pensar? Quizás se me diga, sin embargo, que a partir de Kant ese vicio ha sido curado. La gran desviación de Kant es que él examina críticamente nuestra inclinación natural a ciertas opiniones. La opinión de que algo es universalmente verdadero va claramente más allá de lo que la experiencia puede avalar. La opinión de que algo es necesariamente verdadero (es decir, que no es meramente verdadero en el presente estado de cosas sino que sería verdadero en cualquier estado de cosas) va igualmente más allá de lo que la experiencia avalaría. Estas puntualizaciones, que había hecho Leibniz, fueron admitidas por Hume; y Kant las reitera. Aunque son proposiciones de tipo nominalista, difícilmente pueden ser negadas. Puedo añadir que lo que sea que se sostenga como precisamente verdadero va más allá de lo que la experiencia pueda posiblemente avalar. Aceptando aquellos criterios del origen de las ideas, Kant procede a razonar como sigue: Se sostiene que las proposiciones geométricas son universalmente verdaderas. Por lo que no son dadas por la experiencia. En consecuencia, el verlo todo en el espacio debe ser debido a una necesidad interior de la naturaleza del hombre. Por lo tanto, la suma de los ángulos de un triángulo debe ser igual a dos ángulos rectos para todos los objetos de nuestra visión. Solo esa, y nada más, es la línea de pensamiento de Kant. Pero la carcoma de la razón en los seminarios ha llegado al punto donde tal cosa se sostiene como una argumentación admirable. Podría revisar la crítica de la razón pura, sección por sección, y mostrar que el pensamiento en toda ella tiene precisamente este carácter. Por todas partes, él muestra que los objetos ordinarios, como los árboles y las monedas de oro, incluyen elementos que no están contenidos en las primeras impresiones de los sentidos. Pero no podemos persuadirnos de renunciar a la realidad de los árboles y de las monedas de oro. Hay una insistencia interior general respecto a ellos, y esa es la garantía para tragarnos el bolo completo de la creencia general en ellos. Esto es meramente aceptar sin cuestionamiento una creencia en cuanto se muestra que satisface mucho a mucha gente. Cuando él llega a las ideas de Dios, Libertad, e Inmortalidad, duda; porque la gente que piensa solo en la comida, el placer, y el poder, son indiferentes a estas ideas. Él somete estas ideas a un tipo diferente de examen, y finalmente las admite sobre unos fundamentos que les parecen a los seminaristas más o menos sospechosos, pero que para el ojo de los experimentadores (laboratoristas) son infinitamente más sólidos que el fundamento sobre el que ha aceptado el espacio, el tiempo y la causalidad. Aquellos últimos fundamentos no equivalen más que a esto, que aquello para lo que hay una inclinación general muy decidida a creerlo, debe ser verdadero. Si Kant hubiera dicho meramente, adoptaré por ahora la creencia de que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos ángulos rectos, porque nadie excepto el hermano Lambert17, y algún italiano, lo ha puesto nunca en duda, su posición sería lo suficientemente buena. Pero, por el contrario, él y aquellos que hoy representan su escuela mantienen distintamente que la proposición está demostrada y que los Lambertistas están refutados por lo que meramente se resume en una tendencia general a no pensar como ellos.
Respecto a Hegel, quien dirigió Alemania toda una generación, él reconoce claramente en qué se empeña. Simplemente lanza su barca a la corriente del pensamiento y se permite dejarse llevar a dondequiera que lleve esa corriente. Él mismo llama a su método dialéctico, significando que una discusión franca de las dificultades a las que cualquier opinión espontáneamente da lugar, conducirá a una modificación tras otra hasta que se alcance una posición sostenible. Esta es una distintiva profesión de fe en el método de las inclinaciones.
Otros filósofos apelan a “la prueba de la inconcebilidad de lo opuesto”, a "presuposiciones" (con lo que significan Vorausseteungen, bien traducida), postulados; y otros recursos; pero todos ellos no son más que una multitud de sistemas con los que rebuscar en el desván del cráneo para encontrar una opinión duradera acerca del Universo.
§58 Cuando pasamos de la lectura detallada de las obras que sostienen el método de autoridad a las de los filósofos, no solo nos encontramos en una atmosfera intelectual inmensamente más elevada, sino también en una atmosfera moral más clara, luminosa y refrescante. Todo esto, sin embargo, está al margen de la única cuestión significativa, la de si el método logra exitosamente fijar las opiniones de los hombres. Los proyectos de estos autores son de lo más persuasivos. Uno se atrevería a jurar que tendrían éxito. Pero, de hecho, hasta la fecha decididamente no lo tienen; y la perspectiva en esa dirección es de lo más desalentadora. La dificultad es que las opiniones que hoy parecen más firmes se encuentra mañana que han pasado de moda. Son realmente mucho más mudables de lo que le parecen a un lector superficial; ya que las frases hechas para amortajar a las opiniones difuntas las visten de segunda mano sus sucesores. Aún hablamos de causa y efecto, aunque, en el mundo de la mecánica, la opinión que esa frase quería expresar ha sido archivada hace tiempo. Sabemos ahora que la aceleración de una partícula en cualquier instante depende de su posición relativa a otras partículas en ese mismo instante; mientras que la idea vieja era que el pasado afecta al futuro, mientras que el futuro no afecta al pasado. Así, “la ley de la oferta y la demanda” tiene significados completamente diferentes para distintos economistas6. Los cambios de opinión acaecen debido a acontecimientos más allá del control humano. Toda la humanidad sostenía tan firmemente la opinión de que los cuerpos pesados deben caer más rápido que los ligeros, que cualquier otro punto de vista se reconocía como absurdo, excéntrico y, probablemente, falso. Sin embargo, en cuanto alguno de los absurdos y excéntricos hombres lograban inducir a alguno de los adeptos al sentido común a que observara sus experimentos, - cosa nada fácil -, se hacía aparente que la naturaleza no seguía la opinión humana, no importa cuán unánime fuera esta. Así que no quedaba más que hacer que mover la opinión humana a la posición de la naturaleza. Esta fue una lección de humildad. Unos pocos hombres, la pequeña banda de los hombres de laboratorio, empezaron a ver que tenían que abandonar el orgullo de una opinión asumida como absolutamente final en cualquier aspecto, y emplear todos sus esfuerzos en inclinarse con la menor resistencia posible ante la abrumadora marea de la experiencia, que debía finalmente dirigirles, y a escuchar lo que la naturaleza parece estar diciéndonos. El camino de este método de la experiencia en las ciencias naturales durante estos tres siglos – aunque detestado amargamente por la mayoría de los hombres -, nos alienta a tener la esperanza de que nos estamos acercando cada vez más a una opinión que está destinada a no ser cuestionada, - aunque no podemos esperar de ninguna manera alcanzar esa meta ideal.
Este es el único de los cuatro métodos que presenta alguna distinción entre una forma correcta y otra equivocada. Si adopto el método de la tenacidad y me cierro a toda influencia, todo lo que crea necesario para hacer esto es necesario según este método. Igual sucede con el método de autoridad: el estado puede intentar sofocar la herejía con medios que, desde un punto de vista científico, parecen muy mal diseñados para lograr sus propósitos; pero la única puesta a prueba de ese método es lo que el estado piensa; por lo que no puede seguir el método equivocadamente. Y lo mismo pasa con el método a priori, cuya misma esencia es la de pensar como uno está inclinado a pensar. Todos los metafísicos se aseguran de hacer esto, por más que puedan estar inclinados a juzgarse entre ellos como ignorantemente equivocados. El método Hegeliano reconoce toda tendencia natural del pensamiento como lógica, aunque sea cierto que será abolida por tendencias contrarias. Hegel piensa que hay un sistema regular en la sucesión de esas tendencias a consecuencia del cual, tras desplazarse en una dirección o en otra durante un largo tiempo, la opinión finalmente se corregirá. Y es verdad que los metafísicos alcanzan finalmente las ideas correctas. El sistema de la Naturaleza de Hegel representa tolerablemente la ciencia de aquella época; y uno puede que esté seguro de que, cualquier cosa que haya puesto fuera de duda la investigación científica, recibirá en breve la sanción de una demostración a priori por parte de los metafísicos. Pero con el método científico el caso es diferente. Puede que empiece con hechos observados y conocidos para proceder hacia lo desconocido Y, sin embargo, las reglas que sigo al hacerlo puede que no sean tales como aprobaría la investigación. La prueba de si estoy verdaderamente siguiendo el método no es una apelación inmediata a mis sentimientos y propósitos sino que, por el contrario, ella misma implica la aplicación del método. Por lo que tanto el mal razonamiento como el bueno son posibles; y este hecho es el fundamento del lado práctico de la lógica.
No es que los primeros tres métodos de establecer la opinión estén en todos los aspectos en desventaja comparados con el de la experiencia. Por el contrario, cada uno tiene su propia y peculiar conveniencia. El método a priori se distingue por la comodidad de sus conclusiones. Es de la naturaleza del proceso adoptar cualquier creencia por la que sintamos inclinación. Y hay algunos halagos a la vanidad del hombre que todos creemos por naturaleza, hasta que somos despertados de nuestros complacientes sueños por la cruda realidad de los hechos. El método de autoridad gobernará siempre a la masa de la humanidad; y nunca podrá convencerse a aquellos que ejercen las diversas formas de fuerza organizada del estado de que el pensamiento peligroso no deba ser suprimido de alguna manera. Si la libertad de expresión ha de ser excusada de las formas más duras de restricción, entonces la uniformidad de la opinión se verá asegurada por un terrorismo moral al que la respetabilidad de la sociedad dará su completa aprobación. Seguir el método de autoridad es el camino de la paz. Se permiten ciertos inconformismos; otros, que son considerados inseguros, se prohíben. Estos son diferentes en diferentes países y en épocas diferentes: pero, esté donde esté, si se sabe que sostiene una creencia tabú, puede estar perfectamente seguro de que será tratado con una crueldad menos brutal pero más refinada que la caza de un lobo. Por eso, los mayores benefactores intelectuales de la humanidad nunca se han atrevido, y no se atreven ahora, a expresar la totalidad de su pensamiento; y, por eso, se excluye cualquier sombra de duda prima facie de toda proposición que se considera esencial para la seguridad de la sociedad. Curiosamente, la persecución no viene toda de fuera; sino que hay hombres que se atormentan y a menudo les incomoda mucho encontrarse creyendo una proposición que han sido educados a ver con aversión. El hombre pacífico y amable, en consecuencia, encontrará difícil resistir la tentación de someter sus opiniones a la autoridad. Pero, sobre todo, admiro el método de la tenacidad por su fuerza, su simpleza y su llaneza. Los hombres que lo adoptan se distinguen por su carácter decidido, lo cual resulta fácil con esta regla mental. No pierden el tiempo intentando decidir lo que quieren sino que, agarrando como el rayo cualquier alternativa que les llegue primero, la sostienen hasta el final, pase lo que pase, sin un solo instante de indecisión. Esta es una de las esplendidas cualidades que generalmente acompañan al brillante éxito perecedero. Es imposible no envidiar al hombre que puede dar de lado a la razón, aunque sepamos cómo va a acabar todo al final.
Estas son las ventajas que los otros métodos de establecer la opinión tienen sobre la investigación científica. Un hombre debe considerarlos bien: y, luego, debería considerar, después de todo, que él desea que sus opiniones coincidan con los hechos, y que no hay razón alguna por la que los resultados de aquellos tres métodos deban hacerlo. Producir este efecto es la prerrogativa del método de la ciencia. Sobre estas consideraciones tiene que hacer su elección – una elección que es mucho más que la adopción de cualquier opinión intelectual, que es una de las decisiones directrices de su vida, a la que una vez tomada está obligado a adherirse. La fuerza del hábito será a veces la causa de que un hombre se aferre a viejas creencias, luego de estar en la condición de ver que no tienen una base firme. Pero la reflexión sobre el estado del caso superará estos hábitos. Y deberá permitir a la reflexión todo su peso. La gente a veces elude hacer esto, teniendo la idea de que hay creencias íntegras que no pueden evitar sentir que no tienen base. Pero dejemos que tales personas supongan un caso análogo aunque diferente del suyo. Dejemos que se pregunten qué le dirían a un musulmán reformado que dudara de desistir de sus viejas nociones respecto a las relaciones entre los sexos; o a un católico reformado que aún eludiera leer la Biblia. ¿Acaso no dirían que estas personas deberían considerar el asunto en su conjunto, y entender claramente la nueva doctrina y, luego, deberían abrazarla en su totalidad? Pero, sobre todo consideremos que aquello que es más íntegro que cualquier creencia particular es la integridad de la creencia, y que evitar indagar en el fundamento de cualquier creencia por miedo a que resulte podrido es casi tan inmoral como desventajoso. La persona que confiesa que hay una cosa tal como la verdad que se distingue de la falsedad simplemente en esto, en que si actúa en base a ella nos llevará al punto al que nos dirigimos, y no se extraviará y, luego, aunque convencido de esto, no se atreve a conocer la verdad y se empeña en evitarla, está efectivamente en un lamentable estado mental.
Sí, los otros métodos tienen sus méritos: una conciencia lógica clara cuesta algo – así como cualquier virtud, así como todo lo que apreciamos nos cuesta caro. Pero no deberíamos desear que fuera de otra manera. El genio del método lógico de un hombre debería amarse y reverenciarse como a una novia, a quien él ha escogido entre todas las mujeres del mundo. No necesita despreciar a las otras, por el contrario, puede honrarlas profundamente y, al hacerlo, la honra aún más. Pero ella es la que ha elegido, y él sabe que acertó haciendo esa elección. Y, habiéndola hecho, él trabajará y luchará por ella, y no se quejará de los golpes que reciba, esperando que haya otros tantos para dar que sean igual de duros, y se esforzará por ser su merecido caballero y su campeón, del resplandor de cuyos esplendores él obtiene la inspiración y la valentía
1. Las peregrinaciones de Childe Harold de George Gordon Byron (Lord Byron)
2. Un níquel es la moneda de cinco centavos, y cinco cobres son cinco monedas de un centavo.
3. Una hoja suelta al final que era el comienzo de un Capítulo IV: La Fijación de la Creencia; que hemos añadido aquí como un ejemplo equivalente al anterior: "Tengo que esperar en una estación de tren; y a modo de pasatiempo leo los anuncios en las paredes, comparo las ventajas de diferentes trenes y rutas que no espero tomar nunca, meramente fantaseando estar en un estado de duda, porque estoy aburrido de que nada me distraiga. La duda fingida, tanto si es fingida como un mero entretenimiento o con un propósito elevado, representa un papel importante en la producción de la investigación científica. Sea como sea que la duda se origine, estimula la mente a una actividad que puede ser ligera o enérgica, tranquila o turbulenta. Las imágenes pasan rápido por la conciencia, fundiéndose unas en otras incesantemente hasta que al fin, cuando todo ha pasado – puede ser en una fracción de segundo o tras largos años – nos encontramos decididos respecto a cómo deberíamos actuar en tales circunstancias como las que ocasionaron la duda. Hemos formado un hábito; y este hábito es una creencia".
4. Minúsculo diagrama ilustrando el ejemplo geométrico.
5. De MS 189, completo en La Fijación de la Creencia (1873).
17. Johann Heinrich Lambert mantuvo una extensa correspondencia con Kant, quien consideró dedicarle su Crítica de la Razón Pura.
Fin de "La fijación de la creencia" (1893). Traducción castellana de Miguel Ángel Fernández (2025). Fuente textual en MS 407
Fecha del documento: 10 de febrero 2025
Ultima actualización: 10 de febrero 2025