Henry E. Roscoe y Edward E. Bowen en el Etna, Sicilia
22 de diciembre 1870



Sir Henry Enfield Roscoe (1833-1915) y su ayudante Edward Ernest Bowen (1836-1901), preparados para observar el eclipse en las estribaciones del Etna, Sicilia [Fuente: Henry E. Roscoe, The Life & Experiences of Sir Henry Enfield Roscoe Written by Himself, Londres, MacMillan, 1906, 161].

Bowen describirá en "The Lessons of the Eclipse" (Saturday Review, 7 de enero 1871), un artículo entusiasta acerca de los logros científicos alcanzados en esta expedición para persuadir a todos de que la inversión realizada no se había malgastado por el naufragio y el mal tiempo.

Reproducimos a continuación los recuerdos que Sir Henry E. Roscoe registró en sus memorias (156-162) de su expedición a Sicilia:

En diciembre de 1870 fui a Sicilia con unos cuantos científicos amigos, en una expedición del Gobierno para presenciar el eclipse total de sol que iba a tener lugar ese mes. El grupo consistía en unas treinta o cuarenta personas más o menos conocedoras de la astronomía y del análisis de espectros. Entre ellos estaban Mr. Vignolles, C. E. y su hijo; Sir Norman Lockyer y su esposa y sobrina; el fallecido Profesor Clifford; Mr. Brothers, el fotógrafo, de Manchester; Sir George Darwin, Dr. Thorpe, y el fallecido Mr. Bowen, de Harrow, que hizo de ayudante mío; Mr. Seabroke, de Rugby, y yo mismo. Tuvimos unos carruajes especiales que nos llevaron hasta Nápoles, a través del Brennero, y una vagoneta de equipaje con nuestros telescopios y otros aparatos. Estuvimos 24 horas en Roma y vimos la brecha en la muralla por la que habían entrado las tropas italianas solo tres meses antes. Al pasar las puertas del castillo de San Angelo me divirtió ver en un lado a un zuavo papal como centinela, mientras que en el lado contrario, haciendo guardia, había un soldado del ejército italiano. Cuando pregunté por qué eso era así, se me dijo que el pueblo romano había acosado e insultado de tal manera al soldado papal cuando estaba solo que se colocó un centinela italiano a su lado para protegerle. Como se recordará, en ese tiempo la Città Leonina era papal.

En Nápoles embarcamos en el buque correo de Su Majestad Psyche, que se nos había asignado para el servicio, y en él nos dirigimos hacia Sicilia. Al pasar por el Estrecho de Mesina el barco fue llevado cerca de tierra, de modo que pudiéramos disfrutar del paisaje de la costa. Alrededor de mediodía, con un mar en calma y un sol brillante, nos estábamos aproximando a Catania y pasábamos alrededor de una milla y media al norte de las famosas rocas ciclópeas, cuando el Capitán Fellowes se fue abajo con Mr. Lockyer para organizar la descarga de algunos de nuestros aparatos en Catania. Algunos de nosotros estábamos en el puente disfrutando del panorama, cuando nos dimos cuenta de que algunos pescadores sicilianos en sus barcas, cerca de nuestro vapor, gesticulaban violentamente, y en pocos segundos el barco chocó contra una roca en punta sumergida cerca de Cabo Molino. Nos caímos del golpe, la nave tembló de proa a popa, con un ruido chirriante como el de una sombrerera al ser desgarrada. Llegó a un punto muerto, y se asentó sobre la popa.

Pronto se averiguó que la roca había penetrado en el barco, y por suerte se clavó rápido; de otro modo podría haberse deslizado a las aguas profundas por cualquier lado, y sin duda muchos de nosotros nos hubiésemos ahogado; de inmediato, el capitán, apresurándose a la cubierta, al descubrir que el barco estaba atascado en la roca, nos aseguró de inmediato que nosotros y todos nuestros aparatos seríamos puestos sanos y salvos en la orilla, pero añadió "soy un hombre arruinado". El comportamiento de los oficiales y la tripulación fue admirable. Y todo nuestro grupo fue rápidamente desembarcado en las rocas cercanas, debajo del pueblo de Aci Reale. El capitán me pidió que me hiciera cargo del grupo en tierra, y de nuestros aparatos, que pronto nos siguieron, junto con los libros y la vajilla del barco. Los lugareños comenzaron a llegar a montones, y ordené a una patrulla de marinos que formaran un cordón sobre las rocas para evitar que la gente saqueara nuestras cosas. Cuando nos estábamos preparando para dejar el barco, alguien preguntó dónde estaba Mr. Vignolles. No estaba a la vista, y el Dr. Thorpe fue a buscarlo al camarote y encontró al viejo caballero sentado tranquilamente escribiendo su diario. Solo después de algunas protestas pudo conseguir que recogiera sus materiales de escritura y ocupara su lugar en uno de los botes, y entonces procedió inmediatamente a encender un cigarro. Después de que todo nuestro material fuera puesto en la orilla, los botes fueron conducidos de nuevo, las cajas que contenían nuestros telescopios y otros aparatos fueron colocados en ellos y los marinos nos llevaron sanos y salvos a remo hasta el puerto de Catania, a una distancia de unas diez o doce millas. Fue ciertamente un naufragio bien ordenado, pues nadie se mojó ni siquiera los zapatos.

Pasamos un pequeño tiempo en Catania, donde se había puesto a nuestra disposición para nuestros preparativos científicos un viejo monasterio del que los monjes habían sido recientemente expulsados. Se acordó que yo me hiciera cargo de una expedición al Etna. El grupo estaba formado por Bowen, Darwin, Seabroke y yo mismo, y nos acompañaba el fallecido Profesor Silvestri, de la Universidad de Catania, cuya familiaridad con la zona era de gran utilidad para nosotros. Después de algún esfuerzo alcanzamos la Casa del Bosco, a una altura de unos 5.000 pies, y por lo tanto a mitad de la montaña. El sitio era admirable para nuestros propósitos. Allí pasamos la noche, después de desempaquetar todos nuestros aparatos. La mañana amaneció brillante y clara, y nos felicitamos por estar en una atmósfera perfectamente transparente, mientras que la bruma oscurecía la visión de aquellos que permanecían más abajo. Llevamos a cabo todos los preparativos (véase la ilustración) y estábamos con buenos ánimos, esperando tener una espléndida visión del eclipse, cuando, para nuestro gran disgusto, poco antes del primer contacto se vieron nubes en el horizonte. Estas hicieron desaparecer gradualmente el paisaje, comenzó a nevar y en pocos minutos estábamos en medio de una fuerte tormenta de nieve, y el sol estaba completamente oculto. Durante la totalidad, por supuesto, nos quedamos a oscuras, de modo que no obtuvimos ni un fugaz vistazo de la corona. De modo aún más irritante, el último contacto había ocurrido poco antes de que las nubes pasaran y tuviéramos de nuevo un sol brillante. Yo había comprado algo de champán para celebrar nuestra victoria, y sentí que era más necesario en las circunstancias de nuestro fracaso de lo que lo hubiera sido si nuestra expedición hubiera tenido éxito.

Resultó que aquellos que estaban a menos altura, especialmente el grupo de Mr. Brothers en Siracusa, vieron el eclipse perfectamente y llevaron a casa algunas fotografías muy interesantes del aspecto del sol en totalidad; mientras que el Dr. Thorpe en Catania obtuvo algunas curvas valiosas que expresaban la disminución de la luz del sol durante el progreso del eclipse medida por el efecto oscurecedor de los rayos solares sobre papel normal de cloruro de plata.

Tan pronto como la noticia de que el Psyche se había hundido llegó a Malta, el Almirantazgo ordenó a toda la flota que lo repararan allí mismo para tratar de recuperar el buque (véase la ilustración). Los esfuerzos no tuvieron éxito y el Almirantazgo, temiendo que se formara una tormenta y conociendo lo peligroso de los alrededores por las rocas sumergidas, decidió abandonar el Psyche a su suerte, y unos días después apareció un aviso en los periódicos de que los restos del naufragio serían vendidos en subasta1. Creo que el barco fue vendido por 100 libras, habiendo costado a la nación 30.000 libras. Fue un desafortunado error de cálculo. No teníamos por qué estar tan cerca de la orilla, y en lugar de modificar el rumbo cuando nos acercábamos a Cabo Molino, que sobresalía, el teniente primero, en ausencia del capitán, que como he dicho estaba abajo preocupándose de nuestras cosas, fue directo hacia la roca sumergida. Una cosa que podía decirse en favor de los oficiales era que la roca no aparecía en la carta de navegación que estaban usando. Era una vieja carta francesa, y no había ninguna otra disponible, aunque la Marina Británica había realizado un reconocimiento completo de esa peligrosa costa volcánica unos años antes, ¡cuyos resultados estaban cuidadosamente guardados en un archivador del Almirantazgo!

[Traducción de Sara Barrena (2011)]

 

Charles S. Peirce publicaría en The Nation el 12 de julio de 1906 una interesante recensión de este libro de H. E. Roscoe [CTN 3.274-275]. En julio de 1869, un año antes de la expedición a Sicilia, Charles S. Peirce había publicado en The Nation una amplia recensión del libro de Roscoe titulado Spectrum Analysis [CTN 1.29-33].

 


Notas

1. Puede leerse el interesante diario (17 de diciembre a 23 de diciembre) del capitán George King-Hall con los intentos de recuperar el Psyche.


Proyecto de Investigación "Correspondencia europea de Charles S. Peirce: creatividad y cooperación científica" (Universidad de Navarra 2007-09)

Fecha del documento: 7 de junio 2011
Última actualización: 1 de septiembre 2014
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