ADVERTENCIA AL LECTOR: VEINTE AÑOS DESPUÉS


Wenceslao Castañares (2005)






Hace ya algún tiempo mis amigos del Grupo de Estudios Peirceanos me propusieron poner en la red mi tesis doctoral. En un principio no me pareció una buena idea. Creía tener dos buenas razones para no hacerlo. La primera tiene que ver con el propósito –que sigue en proyecto- de revisar y publicar lo que aún me parece lo más valioso (aunque sólo sea porque no se ha investigado lo suficiente sobre ello), los dos primeros capítulos, que, como podrá ver el lector, están dedicados a hacer un poco de historia. La segunda razón es que en la tesis digo cosas que hoy no diría, pero sobre las que tampoco deseo volver para rectificar o matizar. Esa tarea es demasiado ardua y hay otras cosas más inmediatas por hacer. Sin embargo Jaime Nubiola –al que tanto debemos los que nos hemos interesado por la obra de C.S. Peirce en el mundo hispánico- no se dio por vencido y me sugirió la posibilidad de escribir un prólogo en el que podía hacer una autocrítica de mi trabajo. Este argumento y, sobre todo, la deuda intelectual y afectiva que tengo contraída con él terminaron por vencer mi resistencia. Para acabar de justificar mi cambio de opinión he encontrado otro argumento: están a punto de cumplirse los veinte de años de su conclusión. Por razones de "política" universitaria (de las que no quiero acordarme), la tesis no sería defendida hasta el 12 de diciembre, pero lo cierto es que estaba concluida a principios de la primavera de 1985. Heme, pues, aquí presentando al lector un trabajo que fue concebido y realizado en un momento muy diferente del actual.

Lo que más recuerdo de los momentos en que concebí el proyecto era la confusión en que parecía estar sumida la semiótica una vez desaparecida la euforia inicial con la que irrumpió en los ambientes intelectuales, especialmente franceses. Esta confusión tenía también un importante componente personal (a lo peor era más subjetivo que objetivo). De ahí que el propósito fundamental de la investigación fuera tratar de clarificar el panorama tal como yo lo contemplaba a finales de los años setenta. Esta confusión tenía para mí varias fuentes. Una de ellas era el intento de justificar históricamente la propuesta de "semiología" que había formulado Ferdinand de Saussure a principios de siglo. Esta justificación no pasaba, las más de las veces, de constatar la coincidencia terminológica entre el "significante" y el "significado" saussureano con el "semainon" y el "semainómenon" estoico. Establecer un vínculo entre el autor francés y los griegos basándose en prueba tan endeble ponía de manifiesto una ignorancia casi total de la (pre)historia de la semiótica. Un segundo motivo de confusión venía de una provocativa propuesta post-estructuralista que se convirtió en una especie de eslogan: la semiótica ya no era una teoría del signo. Esta propuesta venía a ser el resultado de una crítica que era tanto más escandalosa cuanto que habían sido estructuralistas los que habían sostenido que la teoría saussureana del signo constituía uno de los pilares de la lingüística y la semiótica modernas. Desde mi punto de vista la urgente depuración de las aguas de esas dos fuentes sólo podía hacerse desde el filtro de la historia. Confiaba además en que el conocimiento de esa historia ayudara a la semiótica a definirse a sí misma en el momento de crisis provocada por el inevitable crecimiento que tiene lugar en la adolescencia.

Estos presupuestos justificaban la estructura de mi investigación. La exposición de las teorías de Peirce y Saussure (cap. 2) constituían una especie de núcleo central que, hacia atrás, nos remitían a una historia "ocultada" y, hacia delante, a un futuro bastante incierto. Tal como aparecían en las lecturas que había hecho, aisladas del pasado, las teorías de estos "padres fundadores" surgían como por generación espontánea. Igualmente resultaba poco convincente el recurso a la genialidad de nuestros autores. Demasiada originalidad y demasiada coincidencia. Había que rastrear las huellas que hicieran posible la reconstrucción de las fuentes históricas. Una vez encontradas esas raíces que podían hacer más comprensibles sus teorías, esperaba llegar a tener algunas claves que me ayudaran a poner orden en el presente y otear los caminos por los que se podría caminar en el futuro. Y con el entusiasmo que caracteriza a los novicios me puse manos a la obra. Pero como alguien más realista habría supuesto, la empresa era demasiado ardua, y el resultado, siendo benevolente y utilizando un eufemismo, sólo cabe considerarlo de "desigual": algunas de las cosas pueden seguir teniendo algún valor y otras más vale olvidarlas.

Creo que entre las cosas que siguen teniendo valor están esas calas realizadas en ciertos lugares estratégicos de la historia a la búsqueda de las teorías sobre la significación. Como decía al principio, mi propósito es corregir la exposición que el lector tiene ahora a su disposición, y ampliarla para darle mayor consistencia. La revisión y síntesis a la que me vi obligado hace unos años1 me ratificó en esta opinión. Espero que una versión mucho más amplia pueda ver la luz en un plazo razonable de tiempo. Del mismo modo, el análisis de las teorías de Saussure y Peirce quizá mereciera alguna revisión y, probablemente, una ampliación, pero me sigue pareciendo correcto. El conocimiento profundo de estos autores configuró, en no pocos aspectos, mi biografía intelectual. Esto es especialmente evidente en el caso de Peirce: no hay más que echar una mirada a mis publicaciones de los años ochenta y primeros noventa. Ese temor a comprometerme demasiado con el autor americano que el lector podrá apreciar en algunos pasajes de mi tesis, terminó desapareciendo y no me produce rubor alguno confesar que soy hoy más peirceano que cuando defendí este trabajo.

No me merecen el mismo juicio los capítulos siguientes (3 y 4). La confusión que creía apreciar en el paisaje semiótico terminó infeccionando mi exposición. La pretensión de presentar un panorama de lo que entonces era la semiótica me llevó a abordar algunas cuestiones insustanciales (como la polémica entre los que abogaban por una "semiología de la comunicación" frente a una "semiología de significación") mientras que se despachaban u omitían otras que han resultado muchos más relevantes, como son las aportaciones de Barthes y, sobre todo, de la escuela greimasiana (omisión esta última en parte paliada en el apartado 4.3.3, pp. 423 ss.). Menos justificación tiene hoy mi intento de definir la semiosis desde un punto de vista formal que sólo puede explicarse por mis lecturas de la filosofía analítica. En mi descargo tengo que decir que no persistí demasiado tiempo en el intento: pronto llegué a darme cuenta de que ni tenía interés ni, lo que es peor, conducía a ningún sitio.

A pesar de que los últimos capítulos están lastrados por estas deficiencias, hay en ellos algunas ideas que el tiempo no ha hecho más que reforzar. Entre ellas quisiera destacar una percepción que el lector encontrará claramente formulada: la crítica que el postestructuralismo hace del signo es una crítica al signo lingüístico tal como lo concibió Saussure, pero dejaba indemnes otras concepciones. La propuesta de considerar al texto como el objeto más adecuado del análisis semiótico en nada afecta al signo tal como lo concibe Peirce. Es más, lo que hoy podemos decir es que la reflexión semiótica no ha hecho más que ratificar su concepción de la semiosis. Prueba de ello es que no podemos entender los procesos de significación sino como procesos inferenciales y los procesos de producción e interpretación de discursos como procesos intertextuales (o quizá mejor, interdiscursivos), es decir, de semiosis ilimitada. Una noción tan elemental hoy como es la de hipertexto resulta mucho más comprensible si se recurre a una teoría como la de Peirce. Por lo demás, la noción de semiosis ilimitada es la que mejor explica por qué los procesos de significación no son sino procesos de comunicación. Planteada la cuestión desde esta perspectiva, el problema de la intencionalidad resulta irrelevante. Esto no quiere decir (y el lector podrá apreciarlo) que negáramos la pertinencia de la mirada "desde el texto". Sin duda esa perspectiva ofrecía otros horizontes cuya exploración ha resultado enormemente fructífera para la semiótica. La orientación lógica de Peirce no atisbaba estos territorios: Peirce no era un filólogo y la problemática de estos le era bastante ajena. Lo que quería decir entonces lo sigo manteniendo hoy: no hay incompatibilidad ninguna entre la teoría peircena de las semiosis y una teoría del texto, sobre todo, si ampliamos la noción de texto a toda expresión de carácter sígnico, sea o no lingüística.

Las teorías postestructuralistas han tenido que corregir también otro principio que entonces reivindicaban con entusiasmo y con el que, como puede comprobar el lector, me mostraba en desacuerdo: el de la inmanencia del texto. Aunque no sólo, el principio de la inmanencia del texto suponía la renuncia a considerar el "objeto" en cualquiera de sus aspectos. No es este el lugar de mostrar a qué excesos condujo tal principio. Por el contrario, la propuesta de Peirce me sigue pareciendo la forma más adecuada de plantear los problemas de la "referencia", expresión que procuro obviar para evitar malentendidos.

Los confines de la semiótica son hoy mucho más extensos de lo que eran hace veinte años. Esta extensión se debe tanto a la ampliación del conocimiento de cuestiones que ya entonces suscitaban su interés como de la preocupación que otras disciplinas han ido mostrando por los procesos de semiosis. Pero como el lector puede conjeturar a partir de lo que digo al comienzo del apartado 4.3, el panorama era ya bastante complejo y los especialistas en semiótica tenían bastantes problemas para definirlo. Lo que se dice, pues, en ese capítulo debe entenderse desde la perspectiva de que quien lo dice es un doctorando con formación filosófica, dirigido por un catedrático de lógica y filosofía del lenguaje en una facultad de Filosofía. No se pretendía ser exhaustivo en la cuestión de la definición de un campo describiendo las relaciones que mantenía con los que le rodeaban; se trataba únicamente de clarificar las relaciones entre semiótica y filosofía. No obstante, lo que se dice es indicativo de la definición de mi posición en una cuestión disputada. El mismo planteamiento del problema indica ya una clara influencia peirceana frente a otras orientaciones semióticas (como la que defendían Greimas y sus muchos seguidores) que pretendían desvincularse de cualquier discusión filosófica. Creo que el tiempo ha demostrado que tal pretensión era ilusoria. De todos modos, una revisión de lo que digo debería matizar, por ejemplo, las relaciones entre semiótica y lógica. No debería darse la impresión de que la única forma de entender la semiótica es como "la otra cara de la lógica". La forma en que se ha desarrollado la semiótica y la preocupación por los fenómenos semiósicos desde muy diversas disciplinas es la mejor prueba de que no debe ser así. Hoy explotaría más la cuestión, apenas planteada, del sujeto y la semiosis. El planteamiento peirceano es muy sugerente pero debería desarrollarse. De todos modos es este un problema que requiere un tratamiento más extenso del que en ese contexto podría dársele.

Por lo demás, el texto presenta otras deficiencias que no se han subsanado aunque estén localizadas: la existencia de numerosas erratas que quizá sólo puedan ser justificadas por la falta de habilidad y por la utilización de una tecnología de escritura que no es la de hoy. Una vez más apelo a la comprensión del lector.

No aparece en ningún lugar de la tesis algo que entonces no era muy corriente y hoy se me antoja ineludible: mi agradecimiento a las personas que me ayudaron de forma decisiva a que llegara a buen fin. Dado que la tesis fue un trabajo que tuve que realizar paralelamente al desempeño de mi labor docente, bastante de mi tiempo tuve que sustraerlo del que tenía que dedicar a mi familia. No sería la última vez. A mi esposa y compañera de este y tantos otros viajes, Carmen Carramolino, tengo que agradecerle, además, su ayuda en la escritura de un texto en una época en la que aún no se habían generalizado la tecnología informática y los procesadores de texto. Al director de la tesis, el profesor José Hierro Sánchez-Pescador tengo que agradecerle su dedicación en un momento dramático de su vida, tan difícil que estuvo al borde de la muerte. He contraído con él una deuda impagable. Que conociera al profesor Hierro se lo debo al profesor Emilio Lledó, que fue quien me orientó en los primeros momentos, hasta que sus obligaciones académicas hicieron difícil el seguimiento de la tesis. El profesor Lledó conocería el resultado final ya que estuvo en el tribunal que la juzgó. Estuvieron también en ese tribunal otros ilustres profesores: Ignacio Bosque, Juan José Acero, Eduardo Bustos y Jaime Sarabia. Todos ellos me hicieron indicaciones muy valiosas. Que la tesis pudiera ser defendida se debió también a los buenos oficios del profesor José Luis Pinillos. El que me interesara por los problemas que se abordan en la tesis se debe en parte a otro eminente profesor, Luis Cencillo, al que disfruté durante los cursos de doctorado y que fue también el director de mi memoria de licenciatura. A todos ellos mi más sincero agradecimiento.




Notas

1. Véase W. Castañares, "Signo y representación en las teorías semióticas". Estudios de Psicología, 23 (3), 2002: 339-357.



Fecha del documento: 29 marzo 2005
Ultima actualización: 29 marzo 2005

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