Problemas de la filosofía

William James (1911)

Traducción castellana de Juan Adolfo Vázquez (1944)



"...[Charles Renouvier] fue uno de los más grandes espíritus
filosóficos y si no hubiera sido por la decisiva impresión
que me produjo su magistral defensa del pluralismo, en
mil ochocientos setenta y tantos, quizá no me habría librado
jamás de la superstición monista de mi educación.
En una palabra: probablemente nunca habría
escrito este volumen. Es por esta razón
que, al sentirme infinitamente agradecido,
lo dedico a la memoria del gran Renouvier".

 

CAPÍTULO I: LA FILOSOFÍA Y SUS CRÍTICOS

El progreso de la sociedad se debe al hecho de que los individuos varían del término medio humano en todo sentido. Su originalidad con frecuencia es tan atractiva o útil que el grupo los reconoce como conductores. Son objetos de envidia o admiración y portadores de nuevos ideales.

Entre todas sus diferencias, cada generación produce algunos individuos excepcionalmente preocupados con lo teórico. Tales hombres encuentran motivo de asombro y admiración donde nadie lo ve. Su imaginación inventa explicaciones y combinaciones. Son los depositarios del saber de su tiempo, hacen profecías y prevenciones; se los considera sabios. La filosofía, que etimológicamente significa amor a la sabiduría, es obra de esta clase de espíritus, considerados con indulgencia, si no con admiración, aún por aquellos que no los comprenden o que no creen mucho en la verdad que proclaman.

La filosofía, que de este modo se convierte en la herencia de generaciones, forma en su totalidad una enorme masa de saber, difícil de manejar. Así considerada, no hay razón para excluir de ella a ciencias como la química o la astronomía. De común acuerdo, sin embargo, hoy se excluyen las ciencias especiales, por razones que se explicarán en seguida. Lo demás es suficientemente manejable y un solo hombre puede enseñarlo con el nombre de filosofía, siempre que sus intereses sean bastante amplios.

Si éste fuera un texto alemán primero daría una abstracta definición de la materia, como el uso la ha limitado: procedería luego a mostrar su Begriff und Eintheilung, y su Aufgabe und Methode. Pero como tales despliegues generalmente son ininteligibles a los principiantes, e innecesarios después de haber leído el libro, convendrá omitir completamente ese capítulo, por muy útil que quizá pudiera ser a los lectores más aventajados como sumario de lo que ha de seguir.

Me detendré un momento, sin embargo, a propósito de la definición. Restringido por la omisión de las ciencias especiales, el nombre de filosofía cada vez más ha llegado a denotar ideas de alcance universal exclusivamente. Los problemas considerados filosóficos por excelencia atañen, según la opinión corriente, a los principios de aplicación que subyacen en todas las cosas sin excepción, los elementos comunes a dioses y hombres, animales y piedras, el origen del primero y el fin último de todo el proceso cósmico, las condiciones de todo conocer y las reglas más generales de la acción humana. Y el filósofo es el hombre que más tiene que decir sobre todo esto. En los textos escolares corrientes se define la filosofía como el "conocimiento de las cosas en general por sus causas últimas, en tanto la razón natural puede lograr tal conocimiento". Esto significa que la explicación del universo en general, no la explicación de los detalles, debe ser el fin de la filosofía. Así ocurre que se llama filosófica a la consideración de cualquier cosa justamente en proporción a su amplitud y conexión con otras concepciones, y en tanto que para justificarse utilice principios últimos y omnímodos. Cualquier concepción amplia del mundo es una filosofía en este sentido, aunque resulte vaga. Es una Weltanschauung, una actitud intelectualizada ante la vida. El profesor Dewey describe con acierto la constitución de todas las filosofías que actualmente existen cuando dice que la filosofía expresa una cierta actitud, intención y temple de intelecto y voluntad unidos, más bien que una disciplina cuyas fronteras se puedan señalar con prolijidad1.

Se debería considerar parte esencial de una educación liberal el conocimiento de las principales actitudes antagónicas frente a la vida, tal como se han desarrollado en la historia del pensamiento humano, y de las razones que las justifican. En cierto sentido, la filosofía es el término que resume el espíritu de educación representado en los Estados Unidos por la palabras college. Cualquier cosa puede ser enseñada de una manera dogmática o de una manera filosófica. En una escuela técnica se puede hacer de un hombre un magnífico instrumento para ejecutar cierto trabajo; pero quizá no alcance la gracia de espíritu que sugiere el término educación liberal. Será siempre un patán, no un caballero; quedará intelectualmente uncido a la estrechez de su único tema, prosaico, incapaz de suponer nada diferente de lo que ha visto, sin imaginación ni atmósfera ni perspectiva mental.

La filosofía, que comienza con el asombro, como decían Platón y Aristóteles, puede imaginarlo todo diferente de lo que es. Ve lo familiar como si fuera extraño, y lo extraño como si fuera familiar. Puede considerarse un asunto y luego dejarlo. Su espíritu es el soplo que acaricia todos los temas. Nos despierta de nuestro sopor dogmático y quiebra nuestros prejuicios más cristalizados. Históricamente siempre ha sido una especie de mutua fecundación entre cuatro intereses humanos diferentes: ciencia, poesía, religión y lógica. Tener algún contacto con ella y recibir su influencia es bueno para estudiantes de ciencias y letras. Por su poesía agrada a los espíritus literarios; pero su lógica los endurece y remedia su blandura. Por su lógica atrae a los científicos; pero los suaviza por sus otros aspectos y los salva de un tecnicismo demasiado árido. Ambos tipos de estudiantes deberían recibir de la filosofía un espíritu más vivaz. La célebre pregunta del personaje clásico: "¿Tienes en tí alguna filosofía?" debería ser la frase con que los hombres se saludaran. El hombre que no tiene en sí alguna dosis de filosofía es el ser social más inútil e infeliz.

No me referiré aquí a lo que puede llamarse el uso gimnástico de los estudios filosóficos, el poder puramente intelectual que se logra definiendo los más altos y abstractos conceptos del filósofo y discriminando entre ellos.

A pesar de las ventajas enumeradas, el estudio de la filosofía tiene enemigos sistemáticos, y nunca fueron tan numerosos como hoy. La explicación se encuentra en parte en las definidas conquistas de la ciencia y en los resultados aparentemente indefinidos de la filosofía; para no hablar de la natural rudeza espiritual del hombre que maliciosamente goza mofándose de las palabras largas y de las abstracciones. Según muchas personas, "jerga escolástica" y "dialéctica medieval" son sinónimos de la palabra "filosofía". Con estas oscuras e inciertas especulaciones acerca de la naturaleza íntima y la causa de las cosas el filósofo es comparado al "ciego en una habitación oscura que busca un gato negro, que no existe". Se describe su ocupación como el "arte de disputar indefinidamente sin llegar a ninguna conclusión", o, más despreciativamente aún, como el "systematische Missbrauch einer eben zu diesem Zwecke erfundenen Terminologie" [abuso sistemático de una terminología inventada precisamente con este fin].

Esta clase de hostilidad es razonable en muy pequeña medida. Consideraré algunas de las objeciones corrientes en orden sucesivo, pues una manera adecuada de ingresar a nuestro tema será replicarlas.

Objeción 1. Mientras que las ciencias hacen constante progreso y rinden aplicaciones de incomparable utilidad, la filosofía no hace progresos ni tiene aplicaciones prácticas.

Respuesta. La oposición entre la ciencia y la filosofía está injustamente fundada porque las ciencias mismas son ramas del árbol filosófico. Tan pronto como los problemas tuvieron respuestas exactas éstas recibieron el nombre de "científicas", y lo que hoy se llama "filosofía" no es sino el residuo de las cuestiones que todavía no han recibido respuesta. Hoy mismo estamos viendo cómo dos ciencias, la psicología y la biología general, se separan del tronco materno para tomar raíces independientes como especialidades. La parte más general de la filosofía por lo común no puede seguir en sus minuciosos detalles a las ciencias especiales.

Una ojeada retrospectiva a la evolución de la filosofía sería aquí instructiva. Los más antiguos filósofos de todos los países fueron sabios enciclopédicos, amantes de la sabiduría, a veces con —a veces sin— un interés ético o religioso predominante. Eran sólo hombres que tenían curiosidad por las cosas que estaban más allá de las necesidades prácticas, y su especialidad no eran ningún problema particular sino más bien la problemática generalidad. En China, Persia, Egipto y la India hubo sabios de este linaje; pero los de Grecia son los únicos que hasta hace muy poco han influido el curso del pensamiento occidental. La filosofía griega primitiva duró, aproximadamente, unos doscientos cincuenta años, más o menos desde el año 600 a. C. Hombre como Tales, Heráclito, Pitágoras, Parménides, Anaxágoras, Empédocles, Demócrito, eran matemáticos, teólogos, políticos, astrónomos y físicos. Todo el saber de su época, tal como existía, estaba a su disposición. Platón y Aristóteles continuaron esta tradición y los grandes filósofos medievales no hicieron más que ampliar el campo de su aplicación. Si abrimos la gran Summa de Santo Tomás de Aquino, escrita en el siglo XIII, encontramos opiniones sobre toda clase de cosas, desde Dios hasta la materia, pasando por los ángeles, hombres y demonios. Se trata sucesivamente de las relaciones de casi todo con todo lo demás, del creador con sus criaturas, del que conoce con lo conocido, de las substancias con las formas, del espíritu con el cuerpo, del pecado con la salvación. Una teología, una psicología, un sistema de deberes y de moral, aparecen en el más completo detalle, mientras que la física y la lógica se establecen en sus principios universales. El lector tiene la impresión de hallarse ante recursos intelectuales casi sobrehumanos. Es cierto que el méotodo con que Santo Tomás maneja la masa de hechos, o de supuestos hechos, es diferente del método a que hoy estamos acostumbrados. Lo deducía y lo probaba todo, ya por fijos principios de razón, ya por la Sagrada Escritura. Explicaba las propiedades y cambios de los cuerpos, por ejemplo, por lo principios de materia y forma, tal como Aristóteles había enseñado. La materia era un elemento cuantitativo, determinable, pasivo; la forma, el principio cualitativo, unificador, determinante y activo. Toda actividad estaba dirigida hacia un fin. Las cosas sólo podían actuar entre sí cuando estaban en contacato. El número de especie de las cosas era determinado, y sus diferencias discretas, etc., etc.2

Hacia principios del siglo XVII los hombres se habían cansado del esmerado método a priori del escolasticismo. Los tratados de Suárez no sirvieron para mantenerlo en boga. Pero la nueva filosofía de Descartes, que desplazó la enseñanza escolástica propagándose por Europa como un reguero de fuego, preservó el mismo carácter enciclopédico. Hoy pensamos que Descartes fue el metafísico que dijo "cogito ergo sum", separó el espíritu de la materia como dos substancias opuestas y renovó una prueba de la existencia de Dios. Pero sus contemporáneos lo consideraban más bien como hoy consideramos Herbert Spencer: un gran evolucionista cósmico que explica, por "la redistribución de la materia y el movimiento", las leyes del choque, las rotaciones de los cielos, la circulación de la sangre, la refracción de la luz, el aparato de la visión, la acción nerviosa, las pasiones del alma y la conexión del cuerpo con el espíritu.

Descartes murió en 1650. Con el Essay concerning Human Understanding [Ensayo sobre el entendimiento humano] publicado por Locke en 1690, la filosofía por primera vez se volvió más exclusivamente hacia el problema del conocimiento y se hizo "crítica". Esta tendencia subjetiva tuvo su desarrollo, y aunque la escuela de Leibniz —modelo del sabio enciclopédico— aún se mantenía en la tradición más universal —Wolff, el discípulo de Leibniz, publicó tratados sistemáticos sobre todas las cosas, físicas y morales— Hume, que sucedió a Locke, despertó a Kant de su "sueño dogmático" y, desde la época de Kant la palabra "filosofía" significa más bien especulaciones de orden mental y moral que teorías físicas. Hasta hace comparativamente poco tiempo se enseñaba filosofía en nuestros colegios con el nombre de "filosofía mental y moral", o "filosofía del espíritu humano", exclusivamente, para distinguirla de la "filosofía natural".

Pero la tradición más antigua es mejor y más completa. Conocer las peculiaridades reales del mundo en que hemos nacido es sin duda tan importante como saber qué es lo que hace posible los mundos en abstracto. Sin embargo, muchos han considerado desde Kant que este último conocimiento es el único digno de llamarse filosófico. El hombre corriente piensa que la pregunta "¿cómo es la naturaleza?" tiene tanto mérito como la pregunta kantiana: "¿cómo es posible la naturaleza?" De aquí que la filosofía, para no perder el respeto de la humanidad, deba enterarse en alguna medida de la constitución efectiva de la realidad. Hoy se ven signos de un retorno a la tradición más objetiva3.

En un sentido pleno la filosofía es tan sólo el hombre pensando: pensado sobre generalidades más bien que sobre particularidades. Pero tanto si se trata de generalidades como si se trata de particularidades el hombre piensa según los mismos métodos. Observa, discrimina, generaliza, clasifica, busca causas, señala analogías y forja hipótesis. Considerada como algo distinto de la ciencia y de la vida práctica, la filosofía no sigue un método propio. Todo nuestro pensamiento actual se ha desarrollado gradualmente del pensamiento del hombre primitivo y los únicos cambios realmente importantes que han sobrevenido (aparte de las cosas en que el primitivo creía) son: una mayor vacilación en afirmar sus convicciones y el hábito de buscarles verificación en donde pueda4.

Será instructivo recorrer brevemente los orígenes de nuestros actuales hábitos de pensamiento.

Auguste Comte, fundador de una filosofía que él llamó "positiva"5, decía que las teorías humanas sobre cualquier cosa siempre pasan por tres formas sucesivas. En el estadio teológico del teorizar se explican los fenómenos por espíritus que los producen; en el estadio metafísico sus rasgos esenciales son convertidos en ideas, que se colocan detrás de los fenómenos como si fueran su explicación; en el estadio positivo los fenómenos son simplemente descritos como coexistencias y sucesiones. Se formulan las "leyes" que rigen los fenómenos; pero no se busca explicación de sus naturalezas o existencias. Así la teoría de los movimientos planetarios sería teológica si se expresara en términos de un spiritus rector, metafísica si aludiera a un "principio de atracción" y positiva en la forma de la "ley de los cuadrados".

La posición de Comte es demasiado rígida y definitiva. Nos muestra la antropología que los primeros ensayos de teoría humana mezclaron lo teológico con lo metafísico. Las cosas corrientes no necesitaban explicación alguna; solamente las cosas notables y raras, especialmente muertes, calamidades, enfermedades, la requerían. Lo que hacía actuar las cosas era la misteriosa energía que poseían: mientras más terribles eran, más mana poseían. Lo más importante era que uno pudiera obtener mana para sí. Esta filosofía primitiva recibe el nombre general de "magian simpática". Según esta concepción una persona podía actuar sobre cualquier otra cosa controlando algo que estuviera asociado a ella o que se le pareciera. Si se deseaba lesionar a un enemigo se debía hacer una imagen, o bien obtener algunos de sus cabellos u otros efectos de su pertenencia, o escribir su nombre. Al herir al sustituto se hería a la persona correspondiente. Si se deseaba hacer llover se rociaba el suelo; si se quería viento se soplaba, etc. Quien quisiera cosechar batatas en su huerto debía poner en él una piedra con forma de batata. Esta "doctrina de los signos" tuvo un papel muy importante en la medicina primitiva. Aparecen aquí las diversas "mancias" y "mánticas" en las que la hechicería y la ciencia primitiva se encuentran indiscerniblemente mezcladas. El teorizar "por simpatía" persiste aún hoy. Para una escuela contemporánea de filosofía práctica —que, en general, es una buena escuela— "los pensamientos son las cosas". Se recomienda aquí cultivar el pensamiento deseado, afirmarlo, y —se dice— siempre traerá de todas partes pensamientos similares para reforzarlo de tal modo que por último se verán cumplidos los deseos6.

Poco a poco comenzaron a prevalecer modos más positivos de considerar las cosas. Se empezó por separar los elementos comunes de los fenómenos para formar la base de generalizaciones. Pero necesariamente al principio estos elementos tenían que ser los más dramáticos: los de mayor interés humano. Las cosas se explicaban por la presencia de ellas de lo caliente, lo frío, lo húmedo y lo seco. Algunos cuerpos eran calientes por naturaleza; otros fríos. Los movimientos eran naturales o violentos. Los cielos se movían en círculos porque el movimiento circular es el más perfecto. Se explicaba la palanca por la mayor cantidad de perfección desplegada por el movimiento del brazo más largo7. El sol se alejaba hacia el sur en invierno para escapar del frío. Las cosas preciosas o hermosas tenían propiedades excepcionales. La carne del pavo real resistía la putrefacción. El imán dejaba caer el hierro que sostenía si se aproximaba a un diamante, pues el superaba en fuerza, etc.

Tales ideas nos parecen grotescas. Imaginemos, sin embargo, que nuestros antecesores no hubieran abierto camino alguna en el campo científico: ¿qué aspectos de la naturaleza escogeríamos para comprenderla?

Sólo a principios del siglo XVII las formas más insípidas de la regularidad de las cosas comenzaron a apartar la atención humana de las propiedades originalmente escogidas. Muy pocos nos damos cuenta de cuán breve ha sido la carrera de lo que llamamos "ciencia". Hace trescientos cincuenta años casi nadie creía en la teoría planetaria de Copérnico. No se había descubierto aún combinaciones ópticas. La circulación de la sangre, el peso del aire, la conducción del calor, las leyes del movimiento, eran desconocidas. La bomba común era inexplicable. No había relojes, ni termómetros, ni gravitación universal. Se decía qeu el mundo tenía cinco mil años; que los espíritus movían los planetas. La alquimia, la magia y la astrología imponían sus doctrinas a todo el mundo. La ciencia moderna comenzó solamente después de 1600 con Kepler, Galileo, Descartes, Torricelli, Pascal, Harvey, Newton, Huygens y Boyle. Cinco hombres que hubieran contado uno al otro en sucesión lo que habían visto en su vida, podrían habernos transmitido toda la historia de la ciencia moderna: Harvey podría haber contado a Newton, Newton a Voltaire, Voltaire a Dalton, Dalton a Huxley y Huxley a los lectores de este libro.

Los hombres que comenzaron esta obra de emancipación eran filósofos en el sentido original de la palabra: sabios universales. Dijo una vez Galileo que había pasado más años con la filosofía que meses con las matemáticas. Descartes fue un filósofo universal en el más pleno sentido del término. Pero la fecundidad de las nuevas concepciones hicieron crecer las ramas especiales del saber con tal rapidez que se tornaron demasiado difíciles de manejar por la cantidad de detalles. Los espíritus más universales no podían con ellas; así comenzaron a desgajarse del tronco original las ciencias especiales de la mecánica, astronomía y física.

Nadie podría haber previsto la extraordinaria fertilidad de los insulsos aspectos matemáticos que aquellos genios habían oliscado. Nadie podría haber soñado el control de la naturaleza que se desprendería de la búsqueda de variaciones concomitantes. Las "leyes" describen estas variaciones; y todas nuestras leyes naturales del presente tienen como modelo la proporcionalidad de v con t, y de e con t2 que Galileo por primera vez puso en descubierto. Los frutos del descubrimiento de Galileo fueron los hallazgos de Pascal sobre la proporcionalidad de la altitud con la altura de la columna mercurial del barómetro, los de Newton entre la aceleración y la distancia, los de Boyle entre el volumen del aire y la presión y los de Descartes entre el seno y el coseno del rayo refractado.

No había aquí cuestión de agentes. Esta nueva manera de considerar la naturaleza no tenía en cuenta nada animístico ni simpático. Era tan sólo una descripción de las variaciones concomitantes, después de haber abstraido con éxito las cantidades particulares variables. El resultado pronto se hizo presente en una diferenciación de todo el conocimiento humano en dos esferas: la llamada "ciencia", en la que se aplican las leyes más generales, y la "filosofía general", en las que no se aplican. De aquí ha nacido la actitud espiritual llamada "positivista". "¡Abajo la filosofía!", es el grito de innumerables espíritus científicos. "¡Dadnos solamente hechos mensurables, fenómenos sin los agregados del espíritu, sin entidades o principios que pretenden explicar!" La objeción de que la filosofía no ha hecho progresos procede en gran parte de esta clase de espíritus.

Es bastante claro que si cada paso adelante que hace la filosofía y cada problema que recibe respuesta exacta se acredita a la ciencia, el residuo de problemas sin respuesta será el único dominio filosófico. En realidad esto es justamente lo que está pasando. La filosofía ha llegado a ser un término general que designa cuestiones que aún no han recibido contestación satisfactoria cada vez que se las ha planteado. Porque algunas de estas cuestiones hayan esperado dos mil años para ser contestadas no se deduce que jamás tendrán respuesta. Probablemente dos mil años midan sólo un párrafo en este gran romance de aventuras llamado historia del intelecto humano. El extraordinario progreso de los últimos trescientos años se debe a un sorpresivo hallazgo del camino por el que un cierto orden de problemas debía se atacado: problemas susceptibles de tratamiento matemático. Pero suponer por tanto que la única filosofía posible debe ser mecánica y matemática, y desacreditar toda investigación en otras clases de problemas, es olvidar la extrema diversidad de aspectos bajo los cuales la realidad existe. Sin duda que habrán de encontrarse los caminos de acceso filosófico a los problemas espirituales. En cierto modo ya se los han encontrado. En realidad, al menos en algunos puntos, la ciencia ha progresado menos que la filosofía: sus concepciones más generales no asombrarían ni a Aristóteles ni a Descartes, si pudieran volver a la vida. La composición elemental de las cosas, su evolución, la conservación de la energía, la idea de un determinismo universal, les parecerían bastante triviales. En cambio las cosas más pequeñas, los microscopios, la luz eléctrica, el teléfono y detalles de las ciencias, los llenarían de tímido respeto. Pero si abrieran nuestros libros de metafísica o visitaran un aula de conferencias filosóficas todo les parecería extraño. La actitud idealista o crítica de nuestro tiempo les sería novedosa y les llevaría largo tiempo adoptarla8.

Objeción 2. La filosofía es dogmática y pretende determinar las cosas por la pura razón, mientras que el único modo fructuoso de arribar a la verdad es apelar a la experiencia concreta. La ciencia colecciona, clasifica y analiza hechos, y de este modo supera con creces a la filosofía.

Respuesta. Esta objeción es históricamente válida. Demasiados filósofos se han propuesto como meta el sistema cerrado, establecido a priori, han proclamado su infalibilidad de modo que debe ser aceptado o rechazado en conjunto. Por otra parte, las ciencias, con el solo uso de hipótesis y la constante búsqueda de su verificación por la observación y el experimento abren camino a una infinita autocorrección y aumento. Cada vez tienen menos prestigio los dogmáticos que pretenden poseer sistemas completos. La hipótesis y la verificación, santo y seña de la ciencia, han impuesto una moda demasiado arraigada en los espíritus académicos.

Puesto que los filósofos no son otra cosa que hombres que piensan sobre las cosas de la manera más completa posible, pueden usar libremente cualquier método. En cualquier caso la filosofía debe completar las ciencias e incorporar sus métodos.

No se advierte razón alguna por la cual, si tal procedimiento parece aconsejable, la filosofía no concluya por renunciar de todo dogmatismo y ser tan empírica en sus costumbres como la más empírica de todas las ciencias.

Objeción 3. La filosofía no está en contacto con la vida real, a la que substituye con abstracciones. El mundo real es variado, confuso, doloroso. Casi sin excepción los filósofos lo han tratado como noble, simple y perfecto, desechando la complejidad de los hechos y complaciéndose en una especie de optimismo que expone sus sistemas al desprecido de la mayoría y a la sátira de escritores como Voltaire y Schopenhauer. El gran éxito popular de Schopenhauer se debe a que fue el primer filósofo que pronunció la concreta verdad de los males de la vida.

Respuesta. Esta objeción es también históricamente válida; pero no se advierte razón alguna por la cual la filosofía deba mantenerse permanentemente alejada de la realidad. Sus costumbres pueden cambiar a medida que progresa. Estas sutiles y nobles abstracciones pueden ceder su puesto a construcciones más sólidas y reales, cuando las materiales y métodos para erigir tales construcciones hayan sido determinados con más seguridad. Al final los filósofos podrán ponerse en íntimo contacto con los hechos de la vida como lo hacen los escritores de novelas realistas.

Conclusión. En su acepción original, que significa el más completo conocimiento del universo, la filosofía debe incluir los resultados de todas las ciencias y no puede considerarse como antagónica. La filosofía trata de hacer de la ciencia lo que Herbert Spencer llama "un sistema completamente unificado de conocimiento?9.

En sentido más moderno de algo opuesto a las ciencias, la filosofía significa "metafísica". El sentido más antiguo es el más valioso y puede esperarse que el término "filosofía" vuelva a su sentido original en tanto los resultados de las ciencias se hagan más fáciles de coordinar y se posean condiciones más favorables para el descubrimiento de la verdad en las diferentes clases de problemas. La ciencia, la metafísica y la religión pueden, pues, formar nuevamente un sólo cuerpo de sabidurái, y prestarse entre sí mutuo apoyo.

Actualmente esta esperanza está lejos de su realización. En este libro me propongo considerar a la filosofía en el sentido restringido de metafísica, y dejar de lado tanto la religión como los resultados de la ciencia.

 

 

 

 

 

 

 



Notas

1. Véase el artículo ["Filosofía"] en el Dictionary of Philosophy and Psychology [Diccionario de filosofía y psicología] de Baldwin.

2. General Metaphysics [Metafísica general] de J. Rickaby ofrece una exposición popular de los puntos esenciales de la filosofía de la naturaleza de Santo Tomás. Metaphysics of the School [La metafísica escolástica] de Thomas J. Harper da minuciosos detalles.

3. Para una excelente defensa de ella envío a los lectores a la Introduction to Philosophy [Introducción a la filosofía] de Paulsen, traducción inglesa de Thilly, 1895, págs. 19-44.

4. Veáse G. H. Lewes: Aristotle [Aristóteles], 1864, cap. IV.

5. Cours de philosophie positive, 6 tomos, París, 1830-1842.

6. Véase a Prentice Mulford y otros del tipo "new thought" ["pensamiento nuevo"]. Para la magia primitiva de la simpatía consúltese J. Jastrow en Fact and Fable in Psychology [Hechos y fábulas en psicología], el capítulos sobre las analogías; F. B. Jevons, Introduction to the History of Religion [Introducción a la historia de la religión], cap. IV; J. G. Frazer: The Golden Bough [La rama de oro]. I, 2; R. R. Marett: The Thresho'd of Religion [El umbral de la religión]. passim; A. O. Lovejoy: The Monist [en la revista "El monista"], XVI, 357.

7. Sobre la ciencia griega véase W. Whewell: History of the Inductive Science [Historia de las ciencias inductivas], tomo I, libro 1; G. H. Lewes: Aristotle, passim.

8. El lector hallará todo lo que he dicho, y mucho más, expuesto en un excelente artículo de James Ward en Mind [revista "Espíritu"] vol. 15, nº LVIII, titulado "The Progress of Philosophy" ["El progreso de la filosofía"].

9. Véase el excelente capítulo de los First Principles [Traducción española de "Wenzel": Primeros Principios, Barcelona, F. Granada y Cía., s. d.] de Spencer, titulado "Definición de la filosofía".


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Fecha del documento: 8 de mayo 2008
Ultima actualización: 8 de mayo 2008

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