OBSERVACIONES SOBRE HISTORIA DE LAS IDEAS


Charles S. Peirce

Traducción castellana de Sara Barrena (2009)


Este texto ha sido tomado de Historical Perspectives on Peirce’s Logic of Science. A History of Science, C. Eisele (ed.), Mouton, Berlín, 1985, 350-55. Se trata de la transcripción MS 1328, "Remarks on the History of Ideas", sin fecha.

La ruptura más extraordinaria en las ideas de las personas que revela la historia moderna —exceptuando quizá en la revolución francesa— ocurre alrededor del año 1200 d. C. En primer lugar, apareció de repente la arquitectura gótica. El rico y hermoso románico, aunque no profundamente emotivo, fue repentinamente desplazado por el extremadamente casto pero piadoso gótico. La idea de que esto vino de los mahometanos, que nunca llevaron a cabo ni una sola pieza de arquitectura con la menor exaltación del sentimiento —que de forma muy sorprendente está ausente en la Alhambra, la Mezquita de Córdoba y en todas las mezquitas en general— es ridícula. En cuanto a esas torres sicilianas que muestran algunas ventanas con remates ojivales, nunca podrían haber sugerido el gótico. Los que sostienen esa teoría no son psicólogos. No: Whewell tenía razón. Fue simplemente impuesto a los arquitectos por su deseo de abrir grandes espacios y, para hacer eso, de usar compartimentos que fueran oblongos, no cuadrados. Esta teoría explica completamente el asunto. Pero fue una de las creaciones más maravillosamente originales que muestra la historia del hombre. Llegó en una época maravillosamente original. Las Summulae Logicales de Pedro Hispano son uno de los muchos ejemplos de esto.

¿Cómo ha de explicarse la originalidad de esta época? Jourdain y multitud de escritores siguiéndole a él la atribuyen por completo a un conocimiento más extendido de las obras de Aristóteles. ¿Podría algo ser más superficial? Las obras de Aristóteles hubieran estado disponibles antes, si alguien se hubiera preocupado por ellas. Pero nadie lo hizo lo suficiente para conseguirlas y traducirlas. Que eso se hiciera entonces es precisamente uno de los efectos que han de explicarse.

Se nos dice que fueron las Cruzadas. Muy probablemente. Pero, ¿cómo? Esa es la cuestión.

En mi opinión, la originalidad de la época 1200 d. C. era simplemente el resultado lógico de la creencia del siglo décimo ampliamente extendida de que este mundo sería destruido en el año 1000 d. C. Pues en primer lugar esa creencia tenía que ser seguida por una sorpresa, y por una de tono exaltado. Eso creó necesariamente una tendencia racionalista que en dos siglos desarrolló mucho el intelecto del hombre y le impartió una alta auto-confianza —el resultado lógico de la alta auto-confianza y orgullo es la humillación. La humillación trae auto-consciencia y estudio de uno mismo. El estudio de uno mismo bajo la humillación trae el deseo de aprender —de corregir los propios errores y eliminar la propia ignorancia. Ahora bien, el deseo más fervoroso de corregir los propios errores es el principal factor de originalidad.

Tomemos, por ejemplo, la arquitectura gótica. Los hombres de esa época no se contentaban con seguir construyendo como siempre habían hecho; querían hacerlo mejor. Para hacerlo mejor debían tener naves más amplias. Para conseguir eso debían tener compartimentos oblongos. Tenían entonces que pensar intensamente para resolver un nuevo problema —más intensamente de lo que habrían sido capaces de obligarse a hacer si no fuera por el profundo fervor de su aspiración de mejora. El resultado fue el arco gótico. Lo llevaron a su conclusión lógica, un techo grandioso. Un techo grandioso implicaba columnas finas. Ahora bien, cómo debían ser aceptablemente tratadas esas columnas finas. Sólo mediante racimos de cilindros —otra idea altamente original a la que el gótico le debe la mitad de su carácter. ¡Qué maravilloso tren de pensamiento era ese! ¡Qué fuerte y simple en cada paso! El efecto de una iglesia gótica es encarnar ese intenso anhelo de algo superior, esa aspiración, ese sursum corda, que marca la caída del orgullo. En la primera simplicidad del estilo, ese sentimiento en él es muy conmovedor.

El súbito silencio que se apoderó de los lógicos que discutían es de lo más sorprendente. Estuvieron callados durante algunos años porque estaban estudiando diligentemente la metafísica, el De anima y otros escritos de Aristóteles. Cuando leemos a Abelardo o a Juan de Salisbury nos impresiona mucho la idea de que cada lógico era como un noble ladrón. Había elegido, de acuerdo a lo que a él le parecía, su postura lógica, que procedía a fortalecer y a partir de la que partía para batallar con los otros. La verdad para él no era otra cosa que su propia tesis. A lo largo del siglo trece y en menor medida del catorce el erigir una preferencia personal está sorprendentemente ausente. Las opiniones de otros son examinadas con el mayor cuidado y minuciosidad posibles, y con una perfecta imparcialidad de intención.

La fundación de la Universidad de París es uno de los ejemplos más notables del extraordinario amor a la verdad en esa época. Comparémoslo por un momento con las cientos de universidades que han sido fundadas durante el ilustrado siglo XIX en la América de hoy en día. Apenas hay media docena de estas últimas que no tuvieran la pretensión de ser instituciones para la defensa de una conclusión alcanzada de antemano —y una que sus defensores sentían que tendría poca esperanza de sobrevivir sin protección artificial. Y esa media docena se fundaron con otros propósitos muy distintos que el de aprender la verdad. Pero a principios del siglo trece la Universidad de París se fundó para que los hombres pudieran ir allí y aprender lo que había que aprender sobre la verdad divina, especialmente de Aristóteles, y enseñar al príncipe y a su gente. La educación era meramente un propósito secundario. El objetivo principal era averiguar la verdad. Pero esto no se extiende hasta el punto de cuestionar seriamente los dogmas de la Iglesia —del mismo modo se podría hablar hoy de cuestionar la experiencia.

El nominalismo había desaparecido completamente antes de que los primeros escolásticos que he leído, Alejandro de Hales, Alberto Magno, Tomás de Aquino, escribieran. Ellos apenas se detienen a señalar la opinión, y la excluyen en unas pocas palabras.

La ciencia física ha desaparecido completamente.

La poesía y la literatura se hunden durante un tiempo.

La teología es aquello en lo que los hombres están primariamente interesados. Si las cuestiones lógicas y metafísicas les interesan es por sus consecuencias sobre la teología.

Es bastante fácil encontrar explicaciones superficiales del hecho de que, aunque los lógicos más ilustrados del siglo doce son nominalistas, todo el mundo en el siglo trece ha llegado definitivamente a creer en el realismo. Podemos decir que en el siglo doce el aprendizaje no estaba organizado y, cuando llegó a organizarse en estrecha conexión con el cabildo de la catedral, el realismo se veía como más en consonancia con la teología. Debe recordarse que Abelardo, en sus días prósperos, no era sacerdote en absoluto. Pero por supuesto todo doctor escolástico era sacerdote. O de nuevo podemos decir que la Metafísica y el De anima de Aristóteles habían penetrado la mente de los hombres con la idea de las formas sustanciales. Ahora bien, una forma es natus aptus praedicari de pluribus. Pero tales explicaciones, por muy verdaderas que sean, no son satisfactorias. La misma logicidad que dio lugar a esa época del escolasticismo determinó que fuera realista.

La época había pasado por alto una inevitable "lógica de eventos", desde una concepción de la verdad como el castillo de cada hombre hasta una concepción de la verdad como una propiedad de la entera congregación de los fieles en su iglesia organizada. Era una cosa pública y de su esencia general. Ahora bien, cuando la verdad se considera como general, la realidad debe contemplarse bajo la misma luz. El nominalismo no llegó hasta que Ockham peleó con el Papa hacia la mitad del siglo catorce, aproximadamente en el momento en que la arquitectura gótica estaba perdiendo su carácter católico y llegando a ser rimbombante en Francia, perpendicular en Inglaterra.

Esta ruptura con la idea de que la verdad era el dictado de la Iglesia estaba predestinada en la misma naturaleza de esa idea. La lógica de los eventos la convirtió, como dicen los adivinos, en "lo que es seguro que sucederá".

Podría mostrar con igual claridad la logicidad de otras características intelectuales de esa época, así como de las épocas que le siguen. Pero no es mi intención entrar en detalles aquí, excepto hasta donde es necesario para ilustrar los principios generales de la cuestión.

¿Cuál es la naturaleza lógica de tales triunfos inferenciales de nuevas ideas? Tomemos el derrumbamiento de la temprana sensación de que la "verdad", o más bien la proposición que un hombre debería apoyar, era la proposición que había necesitado anteriormente. La experiencia mostró que no podía hacerlo. Cuando todo el mundo dijo que era una idea ridícula le faltó el coraje y se rindió. Encontró que un hombre no podía estar contra el mundo. Hasta entonces, el proceso era una deducción. Su idea original era: la proposición que tiene que defender un hombre es aquella a la que se adherirá contra viento y marea. Pero encontró: un hombre no puede adherirse contra viento y marea a un capricho personal; por tanto, ningún capricho personal es una proposición que pueda defender un hombre. Esto es un silogismo en Celantes, y un buen ejemplo de esa disposición inusual.

Pero cuando llegó a concluir que la disposición que debe defender un hombre era la que estaba en consonancia con la autoridad de la Iglesia, esta fue su inferencia hipotética. La inferencia era:

Cualquier proposición adecuada para ser defendida es una a la que puedo adherirme contra viento y marea;

Puedo adherirme así a cualquier proposición respaldada por la autoridad de la Iglesia;

Por tanto, cualquier proposición así respaldada es una que puede defenderse.

Es un hecho altamente importante que cualquier adhesión tal a una idea nueva, aunque aparezca en la consciencia del hombre como gobernada por un razonamiento enteramente diferente, y aunque un proceso del que un hombre no sea consciente y sobre el que no pueda ejercer control no es inferencia estrictamente hablando, ha de clasificarse sin embargo como un proceso de la misma naturaleza general que la inferencia hipotética —aunque no es inferencia, sino solamente análogo a la inferencia. Pero aunque este hecho tiene una importancia considerable, no es importante en comparación con la gran verdad de que a partir de la concepción de verdad como la propia fortaleza, la razón conducirá infaliblemente como el paso siguiente —aunque no el paso final— a la adopción de una concepción de verdad como el dictado de la Iglesia, o la fuerza moral organizada de la sociedad.

Una es una verdad de lógica formal; la otra es una verdad de la lógica general de los eventos o, como la llamo, de la lógica objetiva.

Cuál es precisamente la secuencia de ideas de la lógica objetiva es un problema de proporciones colosales sobre el que he hecho una inmensa cantidad de duro trabajo. Pero no es posible entrar en esa investigación en las pocas lecciones que podemos dedicar a la lógica objetiva.

Dejando la historia general del desarrollo intelectual encontramos otro conjunto de datos para determinar la secuencia lógica abstracta de una concepción sobre otra en la historia del desarrollo de esta o aquella rama especial de la ciencia. Veamos cómo tales datos pueden resultar útiles para ese propósito.

Hemos hecho algunos estudios sobre la historia de la astronomía. Un propósito que tenía a la vista al hacerlos era manifiesto en ese momento. A saber, quería examinar si el razonamiento actual de Kepler concordaba con mi inferencia hipotética o si tenía la muy diferente naturaleza que Mill le atribuye cuando dice, con su intenso nominalismo, que no era una inferencia en absoluto, sino meramente el ajustar una descripción de los hechos admitidos. La espantosa falsedad de las concepciones lógicas de Mill implicadas en su pensamiento de que encontrar una descripción de hechos aceptados, que le requeriría a un gran genio muchos años de trabajo duro y bien dirigido poder elaborar, "no sería inferencia en absoluto", es superada y sobrepasada por la falsedad que bate todas las marcas de su concepción de qué fue lo que Kepler hizo, como si Tycho hubiera observado en efecto dónde estaba Marte en el espacio cada noche cuando observó el planeta, en lugar de observar meramente su dirección desde la tierra.

Sin embargo, eso no importa ahora. Otro propósito que yo tenía a la vista era que ese largo estudio me iba a permitir hablar de la lógica de los eventos en una investigación científica con una razonable certeza de que se me debería entender, al menos de manera general.

Es evidente que era imposible investigar la astronomía con éxito de otro modo que no fuera adoptando primero la hipótesis de Hiparco de que los planetas se movían alrededor de la tierra en órbitas circulares que llevan un epiciclo alrededor del planeta que rodean. Puesto que esta hipótesis era un paso ineludible e inevitable hacia la verdad, era de hecho verdadera, aunque su verdad estaba destinada a ser tragada por las verdades más completas primero del ecuante bisecado de Tolomeo y después de la hipótesis de Copérnico, y después de la elipse de Kepler centrada en el sol y descrita por la ley de las áreas, y finalmente de la órbita perturbada, cambiando sus elementos a medida que el tiempo avanza. Esto es algo como el Aufheben de Hegel. Es perfectamente verdadero que los planetas giran alrededor de la tierra. Todo geómetra estará de acuerdo con eso. De hecho es una locución usual respecto a las rotaciones en los tratados más científicamente exactos. Y cuando recordamos que ningún hecho de la naturaleza puede ser posiblemente descrito de otra manera que aproximadamente —y una aproximación a eso muy remota— vemos que es tan verdadero como puede serlo decir que el planeta se mueve en un círculo que es él mismo llevado alrededor de un círculo que rodea a la tierra. De modo que Hiparco tenía bastante razón, hasta donde llegó. Sólo que por supuesto él no entendió esas dos limitaciones a toda afirmación sobre el movimiento, de modo que no se concibió a sí mismo como queriendo decir que su afirmación sólo era verdadera en ese sentido. Pero cuando Tolomeo llegó a formar tablas exactas de los planetas (lo que los astrónomos llaman teorías de los planetas) se dio cuenta de la necesidad de un ecuante y de la excentricidad de una bisectriz. Esta teoría ecuante era en un sentido radicalmente falsa. Esto es, daba en efecto una aproximación notablemente satisfactoria a los lugares aparentes. Sin embargo, la aproximación no era de una naturaleza tal que pudiera ser mejorada más allá de cierto punto sin recurrir a un modo completamente diferente de representaciones. En este sentido no era efectivamente tan verdadera como la teoría original de Hiparco (pues añadiendo epiciclo sobre epiciclo eso podría aproximarse indefinidamente a la verdad, y en efecto, de forma precisa en tanto que en la astronomía moderna expresamos los movimientos por medio de senos y cosenos). Sin embargo, a pesar de su falsedad fue una gran ayuda para la ciencia, no meramente de la manera en la que se reconoce con frecuencia que las hipótesis falsas son de utilidad, sino en virtud de su aproximación notablemente cercana a la verdad. Tolomeo era en efecto un matemático sumamente capaz, pero falló al dar el paso copernicano porque cometió el error de pensar en las cosas matemáticas que caracterizan αγεωμετρήτης. A saber, cuando el centro de un círculo gira alrededor de la circunferencia de otro no supone ninguna diferencia en absoluto lo grande que sea el círculo del epiciclo, hasta donde llega la posibilidad geométrica del movimiento. Sin embargo, Tolomeo insistió estúpidamente en hacer que el círculo pequeño girara alrededor del grande, sin que nunca se le ocurriera que pudiera ser al revés, esto es, que pudiera ser el círculo grande el que girara alrededor del pequeño. Si alguna vez se le hubiese ocurrido esto, se hubiese preguntado a sí mismo, ¿qué camino tomaremos para él? Y entonces debería ver casi inmediatamente la ventaja en cuestión de simplicidad de poner el sol en el centro del epiciclo. Y la siguiente cosa que vería sería la ventaja de eliminar los epiciclos y hacer que la tierra gire alrededor del sol…

 



Fin de "Observaciones sobre la historia de las ideas". Fuente textual en MS 1328.


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Fecha del documento: 10 de noviembre 2009
Ultima actualización: 27 de febrero 2011

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