LA NOCIÓN DE CONCIENCIA


William James (1905)

Traducción castellana de Oihana Robador (2004)


Comunicación presentada (en francés) en el V Congreso Internacional de Psicología, Roma, 30 de abril de 1905. En una nota introductoria advierte William James que "esta comunicación es el resumen, forzosamente condensado, de ideas que el autor ha expuesto a lo largo de estos últimos meses, en una serie de artículos publicados en el Journal of Philosophy, Psychology, and Scientific Methods, editado por M. Woodbridge (Nueva York, 1904 y 1905)".



Me gustaría comunicarles algunas dudas que me han surgido sobre el tema de la noción de Conciencia que reina en todos nuestros tratados de psicología.

Definimos habitualmente la Psicología como la Ciencia de los hechos de la Conciencia, o de los fenómenos, o incluso de los estados de la Conciencia. Que admitamos que ésta depende de yoes personales, o que la consideremos impersonal a la manera del "yo trascendental" de Kant, de la Bewusstheit o del Bewusstsein überhaupt de nuestros contemporáneos alemanes, esta conciencia es considerada siempre como poseedora de una esencia propia, absolutamente distinta de la esencia de las cosas materiales, que tiene el misterioso don de representar y conocer. Los hechos materiales, tomados en su materialidad, no son experimentados, no son objetos de experiencia, no se refieren. Para que éstos adquieran la forma del sistema en el que sentimos vivir, es necesario que aparezcan y a ese hecho de aparecerse, añadido a su existencia bruta, se le denomina la conciencia que tenemos de ellos, o quizá, según la hipótesis panpsiquista, la conciencia que ellos tienen de sí mismos.

He aquí ese arraigado dualismo que parece imposible de alejar de nuestra visión del mundo. Este mundo puede existir perfectamente en sí, pero nosotros no podemos saber nada de él, ya que para nosotros es exclusivamente un objeto de experiencia, y la condición indispensable para ello es que sea referido con pruebas, que sea conocido por un sujeto o sujetos espirituales. Objeto y sujeto, he aquí las dos piernas sin las que parece que la filosofía no sabría dar un paso adelante.

Todas las escuelas están de acuerdo sobre este asunto, la escuela escolástica, el cartesianismo, el kantismo, el neo-kantismo, todas admiten el dualismo fundamental. El positivismo o el agnosticismo de nuestros días, que se jacta de reedificar las ciencias naturales, se da con mucho gusto, es cierto, el nombre de monismo. Pero éste no es sino un monismo verbal. Enuncia una realidad desconocida, pero nos dice que esta realidad se presenta siempre bajo dos "aspectos", un lado consciente y un lado material, y esos dos lados permanecen tan irreductibles como la extensión y el pensamiento, atributos fundamentales del Dios de Spinoza. En el fondo, el monismo contemporáneo es spinozismo puro.

Ahora bien ¿cómo se representa esta conciencia de la que todos somos tan dados a admitir su existencia? Imposible definirla, se nos dice, pero todos tenemos una intuición inmediata: en primer lugar la conciencia tiene conciencia de sí misma. Pregunten a la primera persona que se encuentren, hombre o mujer, psicólogo o ignorante, y les responderá que se siente pensar, disfrutar, sufrir, desear, de la misma manera que se siente respirar. La conciencia percibe directamente su vida espiritual como una especie de corriente interior, activa, ligera, fluida, delicada, diáfana por así decir, y absolutamente opuesta a lo que sea materialmente. En suma, la vida subjetiva no parece ser solamente una condición lógicamente indispensable para que haya un mundo objetivo que aparezca, se trata aun de un elemento de la experiencia misma que nosotros experimentamos directamente, del mismo modo que experimentamos nuestro propio cuerpo.

Ideas y Cosas, ¿cómo entonces no reconocer su dualismo? Sentimientos y Objetos, ¿cómo dudar de su heterogeneidad absoluta?

La llamada psicología científica admite esta heterogeneidad como la admitía la antigua psicología espiritualista. ¿Cómo no admitirla? Cada ciencia separa arbitrariamente dentro de la trama de los hechos, un ámbito en el que se encierra, y del que describe y estudia el contenido. La psicología considera como su dominio el ámbito de los hechos de la conciencia. Los postula sin criticarlos, los opone a los hechos materiales y, sin criticar tampoco la noción de estos últimos, los asocia a la conciencia mediante el lazo misterioso del conocimiento, de la apercepción que, para ella, es un tercer tipo de hecho fundamental y último. Siguiendo esta vía, la psicología contemporánea ha celebrado grandes triunfos. Ha podido realizar un boceto de la evolución de la vida consciente, concibiendo esta última como una adaptación cada vez más completa al medio físico circundante. La psicología contemporánea ha podido establecer también un paralelismo en el dualismo, el de los hechos físicos y los acontecimientos cerebrales. Ha explicado las ilusiones, las alucinaciones y hasta cierto punto, las enfermedades mentales. Se trata de bellos progresos, pero todavía quedan bastantes problemas. La filosofía general especialmente, que tiene como deber escrutar todos los postulados, encuentra paradojas e impedimentos ahí donde la ciencia hace caso omiso, y en esto, no hay nada como los amantes de la ciencia popular que nunca se muestran perplejos (ante aquellos). Cuanto más al fondo de las cosas vamos, más enigmas encontramos, y por mi parte confieso que desde que me ocupo seriamente de la psicología, ese viejo dualismo de materia y pensamiento, esta heterogeneidad entendida como absoluto de estas dos esencias, siempre me ha planteado dificultades. Es de algunas de estas dificultades de las que me gustaría hablarles ahora.

Para empezar hay una que, estoy convencido, les habrá llamado la atención a todos. Tomemos la percepción exterior, la sensación directa que nos ofrecen por ejemplo los muros de esta sala. ¿Podemos decir que lo psíquico y lo físico son aquí absolutamente heterogéneos? Al contrario, son tan poco heterogéneos que si nos situamos en el punto de vista del sentido común, si hacemos abstracción de todas las invenciones explicativas, moléculas y ondulaciones etéreas, por ejemplo, que son en el fondo entidades metafísicas; si, en una palabra, tomamos la realidad ingenuamente, tal y como nos es dada en primer lugar, esta realidad sensible de donde dependen nuestros intereses vitales y sobre la que responden todas nuestras acciones, esta realidad sensible y la sensación que tenemos de ella son, en el momento en el que la sensación se produce, absolutamente idénticas una con otra. La realidad y la apercepción misma. Las palabras "muros de esta sala" no significan más que esta blancura fresca y sonora que nos rodea, interrumpida por esas ventanas, limitada por esas líneas y esos ángulos. Lo físico aquí, no tiene otro contenido que lo psíquico. El sujeto y el objeto se confunden.

El primero que hace honor a esta verdad es Berkeley. Esse est percipi. Nuestras sensaciones no son pequeños duplicados interiores de las cosas, son las cosas mismas en tanto que éstas nos son presentes. Y como quiera que queramos pensar de la vida ausente, escondida y por así decir privada de las cosas, y como quiera que sean las hipotéticas construcciones que hagamos sobre ella, sigue siendo cierto que la vida pública de las cosas, esta actualidad presente a la que nos confrontan, de donde derivan todas nuestras construcciones teóricas, y a la que todas deben volver y unirse bajo pena de flotar en el aire y en lo irreal, esta actualidad, digo, es homogénea, y no solamente homogénea, sino numéricamente una con una cierta parte de nuestra vida interior.

Eso en lo que respecta a la percepción externa. Cuando nos referimos a la imaginación, a la memoria o a las facultades de representación abstracta, a pesar de que los hechos sean aquí mucho más complicados, creo que de ella se desprende la misma homogeneidad esencial. Para simplificar el problema, excluyamos para empezar toda realidad sensible. Tomemos el pensamiento puro, tal y como se desarrolla en el sueño o en la ensoñación, o en la memoria del pasado. Aquí también, el tejido de la experiencia ¿no tiene un doble uso, lo físico y lo psíquico no se confunden? Si sueño con una montaña de oro, ésta sin duda, no existe más allá del sueño, pero en el sueño es de naturaleza o de esencia perfectamente física, es como física como se me aparece. Si en ese momento me permito acordarme de mi casa en América, y de los detalles de mi reciente embarque para Italia, el fenómeno puro, el hecho que se produce ¿qué es? Es, decimos, mi pensamiento con su contenido. Pero ese contenido, ¿qué es? El contenido de mi pensamiento lleva la forma de una parte del mundo real, es cierto que es una parte distante, de seis mil kilómetros de espacio y de seis semanas de tiempo, pero una parte asociada a la sala en la que estamos por una multitud de cosas, objetos y acontecimientos, por un lado homogéneos con la sala y por otro, con el objeto de mis recuerdos.

Para empezar, ese contenido no se da como un pequeñito hecho interior que posteriormente se proyectaría a lo lejos, sino que se presenta de golpe como el hecho mismo alejado. Y el acto de pensar ese contenido, la conciencia que tengo de él ¿qué es? ¿Es en el fondo otra cosa distinta de formas retrospectivas de nombrar el propio contenido, una vez que lo hemos separado de todos esos intermediarios físicos y lo hemos ligado a un nuevo grupo de asociados que le hacen volver a entrar en mi vida mental, asociados como por ejemplo, las emociones que ha despertado en mí, la atención que le concedo o las ideas que lo han suscitado como recuerdo? No es más que refiriéndose a esos últimos asociados como el fenómeno llega a ser clasificado como pensamiento; mientras que no se refiera más que a los primeros, permanece como fenómeno objetivo.

Es cierto que habitualmente oponemos nuestras imágenes interiores a los objetos, y que las consideramos como pequeñas copias, como calcos o dobles, debilitados, de dichos objetos. Lo que un objeto presenta tiene un vivacidad y una nitidez superiores a las de la imagen. Le hace así contraste, y para servirme del excelente término de Taine, le sirve de reductor. Cuando los dos están presentes juntos, el objeto toma el primer plano y la imagen "recula", se convierte en una cosa "ausente". Pero este objeto presente ¿qué es en sí mismo? ¿De qué tejido está hecho? Del mismo tejido que la imagen. Está hecho de sensaciones, él es cosa percibida. Su esse es percipi, y él y la imagen son genéricamente homogéneos.

Si en este momento pienso en mi sombrero, que acabo de dejar en el guardarropa, ¿dónde está el dualismo, el discontinuo, entre el sombrero pensado y el sombrero real? Es de un verdadero sombrero ausente de lo que mi espíritu se ocupa. Lo tengo en cuenta prácticamente como si de una realidad se tratase. Si estuviera presente en esta mesa, el sombrero determinaría un movimiento de mi mano: yo me lo quitaría. De la misma forma, ese sombrero concebido, ese sombrero idealizado, determinará luego la dirección de mis pasos. Iré a cogerlo. La idea que tengo de él se continuará hasta la presencia sensible del sombrero y se fundirá con ella armoniosamente.

Concluyo entonces que –aunque hay un dualismo práctico–, ya que las imágenes se distinguen de los objetos, tienen lugar, y nos llevan a ellos, no hay motivo para atribuirles una diferencia de naturaleza esencial. Pensamiento y actualidad están hechos de un solo y único tejido, que es el tejido de la experiencia en general.

La psicología de la percepción externa nos lleva a la misma conclusión. Cuando percibo el objeto ante mí como una mesa de tal forma, a tal distancia, se me explica que este hecho es debido a dos factores. En primer lugar, a una materia sensible que me entra por la vía de los ojos y que ofrece el elemento de exterioridad real, y en segundo lugar, a ideas que se despiertan, que salen al encuentro de esta realidad, la clasifican y la interpretan. Pero, en la mesa concretamente percibida ¿qué parte es sensación y qué parte es idea? Lo externo y lo interno, lo extenso y lo inextenso, se fusionan y constituyen un matrimonio indisoluble. Esto recuerda a esos panoramas circulares, donde los objetos reales, rocas, hierba, carros, etc., que ocupan el primer plano, están tan ingeniosamente unidos al lienzo que constituye el fondo y que representa una batalla o un vasto paisaje, que ya no sabemos distinguir lo que es objeto de lo que es pintura. Las costuras y las juntas son imperceptibles.

¿Podría suceder esto si el objeto y la idea fueran de naturaleza absolutamente desigual?

Estoy convencido de que consideraciones parecidas a las que acabo de expresar habrán suscitado ya, también entre ustedes, dudas sobre el tema del supuesto dualismo.

Y aún surgen otras razones para dudar. Existe toda una esfera de adjetivos y atributos que no son ni objetivos, ni subjetivos de manera exclusiva, sino que los empleamos unas veces de una manera y otras de otra, como si nos complaciésemos en su ambigüedad. Hablo de las cualidades que apreciamos, por así decir, en las cosas, su lado estético, moral o su valor para nosotros. La belleza, por ejemplo, ¿dónde reside? ¿Está en la estatua, en la sonata o en nuestro espíritu? Mi colega en Harvard, Georges Santayana, ha escrito un libro de estética1, en el que llama a la belleza "el placer objetivado"; y ciertamente, es aquí precisamente donde podríamos hablar de proyección hacia el exterior. Decimos indiferentemente, un calor agradable, o una sensación agradable de calor. La rareza, lo valioso del diamante nos parecen cualidades esenciales de éste. Hablamos de una tormenta espantosa, de un hombre detestable, de una acción indigna, y creemos hablar objetivamente, aunque esos términos no expresan mas que relaciones con nuestra propia sensibilidad emotiva. Decimos incluso, un camino penoso, un cielo triste, una puesta de sol maravillosa. Toda esta manera animista de ver las cosas que parece haber sido la forma primitiva de pensar de los hombres, puede explicarse perfectamente (y el Sr. Santayana, en otro reciente libro2, así lo ha explicado), por la costumbre de atribuir al objeto todo lo que experimentamos en su presencia. La división de lo subjetivo y de lo objetivo es el resultado de una reflexión muy avanzada, que todavía nos gusta citar en muchos lugares. Cuando las necesidades prácticas no nos arrastran forzosamente, parece que nos gusta mecernos en lo vago.

Las cualidades secundarias, en sí mismas, calor, sonido, luz, no tienen todavía hoy mas que una atribución vaga. Para al sentido común, y la vida práctica, son absolutamente objetivas, físicas. Para el físico, son subjetivas. Según él, solo la forma, la masa, el movimiento, tienen una realidad exterior. Para el filósofo idealista, al contrario, la forma y el movimiento son tan objetivos como luz y calor, y solo el "noúmeno", participa de una realidad extramental completa.

Nuestras sensaciones íntimas conservan todavía esta ambigüedad. Hay ilusiones de movimiento que prueban que nuestras primeras sensaciones de movimiento eran generalizadas. Es el mundo entero, con nosotros, el que se mueve. Ahora distinguimos nuestro propio movimiento del de los objetos que nos rodean, y entre los objetos distinguimos los que permanecen en reposo. Pero es en estados de vértigo donde recaemos aún hoy, en la indiferenciación primera.

Todos conocen sin duda, esa teoría que ha pretendido hacer de las emociones una suma de sensaciones viscerales y musculares. Esta teoría ha dado lugar a muchas controversias, y ninguna opinión ha logrado aún la unanimidad. Ustedes conocen también las controversias sobre la naturaleza de la actividad mental. Unos sostienen que es una fuerza puramente espiritual que estamos en situación de percibir inmediatamente como tal. Otros pretenden que lo que llamamos actividad mental (esfuerzo, atención, por ejemplo) no es mas que el reflejo sentido de ciertos efectos de los que nuestro organismo es el centro, tensiones musculares en el cráneo y en el gaznate, parada y paso de la respiración, flujo sanguíneo, etc.

Sea como sea que se resuelvan las controversias, su existencia prueba claramente una cosa, y es que es muy difícil, o incluso absolutamente imposible de saber, por la sola inspección íntima de ciertos fenómenos, si son de naturaleza física o externa, o si son de naturaleza puramente psíquica e interna. Siempre nos es necesario encontrar razones para apoyar nuestro punto de vista; nos es necesario buscar la clasificación más probable del fenómeno; y a fin de cuentas podría suceder perfectamente que todas nuestras clasificaciones habituales habrían tenido sus razones antes que en alguna facultad en la que deberíamos de percibir dos esencias últimas y diversas que compondrían juntas la trama de las cosas, en las necesidades de la práctica. El cuerpo de cada uno de nosotros supone un contraste práctico casi violento con el resto del medio ambiente. Todo lo que sucede en el interior de este cuerpo nos es más íntimo e importante que lo que sucede en otra parte. Se identifica con nuestro yo, se adhiere a él. Alma, vida, aliento ¿quién sabría distinguirlas exactamente? Incluso nuestras imágenes y nuestros recuerdos, que no actúan sobre el mundo físico más que por medio de nuestro cuerpo, pareciendo pertenecer a él, los tratamos como internos y los clasificamos como nuestros sentimientos afectivos. Hay que reconocer, en suma, que la cuestión del dualismo del pensamiento y de la materia está muy lejos de ser finalmente resuelta.

He aquí terminada la primera parte de mi discurso. He querido transmitirles, señoras y señores, mis dudas, así como la realidad y la importancia del problema.

En lo que respecta a mí, tras largos años de duda, he terminado por tomar una decisión rotunda. Creo que la conciencia, tal y como se la representa comúnmente, sea como entidad, sea como actividad pura, pero en todo caso como fluido, inextenso, diáfano, vacío de todo contenido propio, conociéndose directamente a sí mismo, espiritual al fin, creo, digo, que esta conciencia es una pura quimera, y que la suma de realidades concretas que la palabra conciencia debería abarcar, merece una descripción totalmente distinta, descripción que por lo demás, una filosofía atenta a los hechos y sabiendo hacer un poco de análisis, estaría en lo sucesivo en situación de producir o, más bien, de comenzar a producir. Sería mucho más corta que la primera, porque si la desarrollase sobre la misma escala, sería mucho más larga. Es necesario, en consecuencia, que me restrinja a las indicaciones indispensables.

Admitamos que la conciencia, la Bewusstheit, concebida como esencia, entidad, actividad o mitad irreductible de cada experiencia, sea suprimida, que el dualismo fundamental y por así decir ontológico sea abolido y que lo que suponíamos existir sea solamente lo que hemos llamado hasta ahora el contenido, el Inhalt, de la conciencia; ¿cómo va la filosofía al salir del paso con esa especie de vago monismo que resultará de ella? Voy a tratar de transmitirles a continuación algunas sugestiones positivas, aunque temo que, a falta del desarrollo necesario, mis ideas no serán de una gran claridad. Con tal de que yo indique el comienzo del camino, será quizá suficiente.

En el fondo, ¿por qué nos aferramos de manera tan tenaz a esta idea de una conciencia sobreañadida a la existencia del contenido de las cosas? ¿Por qué la reclamamos tan fuertemente, de forma que aquel que la negase nos parecería mas bien un bromista pesado antes que un pensador? ¿No es para salvar el hecho innegable de que el contenido de la experiencia no tiene solamente una existencia propia, inmanente e intrínseca, sino que cada parte de ese contenido contagiada por así decir, por sus vecinas, da cuenta de sí misma a otras, sale de alguna manera de sí, para ser conocida, y que así todo el campo de la experiencia sea transparente de parte a parte, constituido como un espacio lleno de espejos?

Esta bilateralidad de las partes de la experiencia –a saber, por un lado, que existen con cualidades propias; y por otro, que se refieren a otras partes–, es constatada por la opinión reinante que la explica mediante un dualismo fundamental de constitución que pertenece a cada fragmento de experiencia propia. En esta hoja de papel no hay solamente, decimos, el contenido, la blancura, la delgadez, etc., sino que también existe ese segundo hecho de la conciencia de esta blancura y de esta delgadez. Esta función de ser "referido", de formar parte de la trama completa de una experiencia más comprensiva, lo erigimos en hecho ontológico, y alojamos ese hecho en el interior mismo del papel, acoplándolo a su blancura y a su delgadez. No es una relación extrínseca que suponemos, es una mitad del fenómeno mismo.

Creo que en suma, nos representamos la realidad como constituida de la manera en la que están hechos los "colores" que nos sirven para la pintura. Para empezar hay materias colorantes que corresponden al contenido, y hay un vehículo, óleo o cola, que las mantiene en suspensión y que corresponde a la conciencia. Es un dualismo completo, en el que, empleando ciertos procedimientos, podemos separar cada elemento del otro por vía de sustracción. Es así como nos aseguramos que haciendo un gran esfuerzo de abstracción introspectiva, podemos aprehender nuestra conciencia sobre lo vivo, como una actividad espiritual pura, casi despreciando por completo las materias que en un momento dado ella alumbra.

Ahora, yo les pregunto si podríamos también invertir completamente este punto de vista. Supongamos, en efecto, que la realidad primera sea de naturaleza neutra, y llamémosla mediante algún nombre ambiguo, como fenómeno, dato, Vorfindung. Yo mismo hablo sobre él en plural, y le doy el nombre de experiencias puras. Esto será un monismo, si quieren, pero un monismo completamente rudimentario y absolutamente opuesto al llamado monismo bilateral del positivismo científico o spinozista.

Estas experiencias puras existen y se suceden, entran en relaciones infinitamente variadas las unas con las otras, relaciones que son en sí mismas partes esenciales de la trama de las experiencias. Existe "Conciencia" de esas relaciones del mismo modo que existe "Conciencia" de sus términos. Resulta que grupos de experiencias se remarcan y distinguen, y una sola y misma experiencia, vista la gran variedad de sus relaciones, puede desempeñar un papel en diversos grupos a la vez. Es así como en cierto contexto de vecindad, sería clasificada como un fenómeno físico, mientras que en otro entorno figuraría como un hecho de conciencia, al modo como una misma partícula de tinta puede pertenecer simultáneamente a dos líneas, una vertical, otra horizontal, con tal de que esté situada en su intersección.

Tomemos, para fijar nuestras ideas, la experiencia que tenemos en este momento del local donde estamos, de estos muros, de esta mesa, de estas sillas, de este espacio. En esta experiencia plena, concreta e indivisa, tal y como está aquí dada, el mundo físico objetivo y el mundo interior y personal de cada uno de nosotros se encuentran y se fusionan como dos líneas se fusionan en su intersección. Como cosa física, esta sala tiene relaciones con el resto del edificio, edificio que nosotros no conocemos y no conoceremos. Debe su existencia a toda una historia de financieros, arquitectos y obreros. Pesa sobre el suelo; durará indefinidamente en el tiempo; si el fuego prendiese en él, las sillas y las mesas que contiene serían rápidamente reducidas a cenizas.

Como experiencia personal, al contrario, como cosa "referida", conocida, consciente, esta sala tiene continuidades y consecuencias muy distintas. Sus antecedentes no son los obreros, son nuestros respectivos pensamientos. Dentro de poco no figurará mas que como un hecho fugitivo en nuestras biografías, asociada a agradables recuerdos. Como experiencia física, no tiene ningún peso, sus muebles no son combustibles. No ejerce fuerza física más que sobre nuestros cerebros, y muchos de nosotros niegan todavía esta influencia; mientras que la sala física está en relación de influencia física con el resto del mundo.

Y sin embargo, es de la propia sala de lo que se trata en los dos casos. Mientras que no hagamos física especulativa, mientras que nos situemos en el sentido común, es la sala vista y sentida la que verdaderamente es la sala física. De qué hablamos si no es de esto, de esa misma parte de la naturaleza que todos nuestros espíritus, en ese momento, abrazan, que tal cual es en la experiencia actual e íntima de cada uno de nosotros, y que nuestro recuerdo se considerará siempre como una parte integrante de nuestra historia. Es absolutamente un mismo tejido el que figura simultáneamente, según el contexto que consideremos, como hecho material y físico, o como hecho de conciencia íntima.

Creo por tanto que no sabríamos tratar la conciencia y la materia como si fueran esencias diferentes. No se obtiene ni una ni la otra por sustracción, descuidando cada vez la otra mitad de una experiencia de composición doble. Las experiencias son al contrario primitivamente, de naturaleza más bien simple. Se convierten en conscientes en su totalidad, se convierten en físicas en su totalidad; y es por vía de adición como ese resultado se realiza. Sin embargo cundo las experiencias se prolongan en el tiempo, entrando en relaciones de influencia física, rompiéndose, calentándose, iluminándose, etc., mutuamente, hacemos de ellas un grupo aparte que llamamos el mundo físico. Sin embargo, al contrario, cuando son fugitivas, inertes físicamente, cuando su sucesión no se sigue de un orden determinado, sino que parece mas bien obedecer a caprichos emotivos, hacemos con ellas otro grupo que llamamos el mundo psíquico. Es entrando en el presente en un gran número de esos grupos psíquicos que esta sala se convierte ahora en cosa consciente, en cosa referida, en cosa sabida. Formando parte en lo sucesivo de nuestras respectivas biografías, no será seguida de esta necia y monótona repetición de sí misma en el tiempo que caracteriza su existencia física. Será seguida, al contrario, por otras experiencias que serán discontinuas con ella, o que tendrán ese tipo particular de continuidad que llamamos recuerdo. Mañana, habrá tenido su lugar en cada uno de nuestros pasados; pero los presentes diversos a los que todos esos pasados estarán ligados mañana, serán muy diferentes del presente del que esta sala disfrutará mañana como entidad física.

Los dos tipos de grupos están formados por experiencias, pero las relaciones de las experiencias entre sí difieren de un grupo a otro. Es por tanto por adición de otros fenómenos que un determinado fenómeno se convierte en consciente o conocido, no es por un desdoblamiento de esencia interior. El conocimiento de las cosas les sobreviene, ella no les es inmanente. No es el hecho de un yo trascendental, ni de una Bewusstheit o acto de conciencia que los animaría a cada uno. Ellas se conocen una a otra, o más bien hay quien conoce a las otras; y la relación que llamamos conocimiento no es en sí misma, en muchos casos, más que una continuación de experiencias intermediarias perfectamente susceptibles de ser descritas en términos concretos. No se trata en absoluto del misterio trascendente en el que se han complacido tantos filósofos.

Pero esto nos llevaría mucho más lejos. No puedo entrar aquí en todos los recovecos de la teoría del conocimiento, o de eso que, ustedes italianos, llaman gnoseología. Debo contentarme con esas breves observaciones, o simples sugestiones, que creo que son todavía oscuras, a falta de los desarrollos necesarios.

Permítanme por tanto que resuma todo lo dicho –muy someramente, y en un estilo dogmático– en las seis tesis siguientes:

1º La Conciencia, tal como se la entiende ordinariamente, no existe, no más que la Materia, a la que Berkeley ha dado el golpe de gracia;

2º Lo que existe y forma la parte de verdad que la palabra "Conciencia" recubre, es la susceptibilidad que poseen las partes de la experiencia de ser relacionadas o conocidas;

3º Esta susceptibilidad se explica por el hecho de que ciertas experiencias pueden llevar las unas a las otras mediante experiencias intermediarias netamente caracterizadas, de tal forma que las unas se encuentran desempeñando el papel de cosas conocidas y las otras el de sujetos cognoscentes;

4º Se puede perfectamente definir esos dos papeles sin salir de la trama de la experiencia misma, y sin invocar nada trascendente;

5º Las atribuciones sujeto y objeto, representado y representativo, cosa y pensamiento, significan por tanto una distinción práctica que es de la máxima importancia, pero que es de orden FUNCIONAL solamente, y en absoluto ontológica como el dualismo clásico la representa;

6º A fin de cuentas, las cosas y los pensamientos no son en ningún punto profundamente heterogéneas, pues están hechos de un mismo tejido, tejido que no se puede definir como tal, sino solamente experimentar, y que se puede llamar, si se quiere, el tejido de la experiencia en general.


Traducción de Oihana Robador (2004)



Notas

1. The Sense of Beauty (Macmillan y Cia.).

2. The Life of Reason (ibid., 1905).


Fin de "La noción de conciencia" (1897). Traducción castellana de Oihana Robador. Fuente textual en F. Burkhardt, F. Bowers e I. Skrupskelis (eds.), The Works of William James, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1976, III, pp. 105-117.

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Fecha del documento: 15 diciembre 2004
Ultima actualización: 15 diciembre 2004

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