AMOR EVOLUTIVO


Charles S. Peirce (1893)

Traducción castellana de Lino Iglesias (2001)


P 521: The Monist 3 (Enero 1893): 176-200. [También publicado en CP 6.287-317]. Esta traducción se ha realizado a partir del texto original "Evolutionary Love" que se encuentra en The Essential Peirce, vol. I (1867-1993). N. Houser & C. Kloesel (eds.), Indiana U.P., 1992. En este su quinto (y último artículo) del Monist, Peirce desarrolla su agapismo, la doctrina de que la ley del amor es operativa en el mundo. Argumenta que de los tres tipos de evolución (por variación fortuita, por necesidad mecánica, y por amor creador) la tercera es la más fundamental: "El amor, reconociendo gérmenes de amabilidad en el odio, gradualmente lo acoge a la vida, y lo hace amable. Esta es la clase de evolución que todo cuidadoso estudiante de mi ensayo "La Ley de la Mente", debe ver que reclama el sinequismo. Peirce suscita una polémica contra el "evangelio de la avaricia" y lamenta el hecho de que el sentimiento parezca haber perdido favor; el sentimentalismo, dice, es "la doctrina por la cual debería tenerse un gran respeto por los juicios del corazón inteligente", y emplaza a sus lectores "a considerar si condenarlo no es de todas las blasfemias la más degradante". Compara algunos de los puntos de vista expresados aquí con los del Cristianismo, y finaliza con una discusión de la continuidad de la mente y la precaución de que no debemos sobrestimar la importancia del individuo.




A PRIMERA VISTA. CONTRA-EVANGELIOS

La filosofía, justo al escapar de su piel dorada de crisálida, la mitología, proclamó que el gran agente evolutivo del universo es el Amor. O, debido a que esta pobre lengua pirata que es el inglés es pobre en palabras de este tipo, digamos mejor Eros, el amor-exuberancia. Después, Empédocles erigió al amor y al odio apasionados como los dos poderes coordinados del universo1. En algunos pasajes, bondad es la palabra. Pero ciertamente, en cualquier sentido en el que tenga un opuesto, el ser socio principal de ese opuesto es una de las posiciones más altas que el amor puede alcanzar. Sin embargo, el evangelizador ontológico, en cuyos días esas opiniones eran tópicos familiares, hizo que el Ser Supremo, por quien todas las cosas se han creado de la nada, fuera el amor que cuida. ¿Qué puede decir entonces del odio? No importa en este momento lo que el escriba del Apocalipsis, si fuese Juan, aguijoneado largamente por la cólera incapaz de distinguir sugestiones del mal de visiones del cielo, y así volverse el Difamador de Dios ante los hombres, pudiese haber soñado. La cuestión es más bien lo que el cuerdo Juan pensó, o debió haber pensado, para llevar adelante su idea consistentemente. Su afirmación de que Dios es amor parece dirigida al dicho del Eclesiastés que indica que no podemos decir si Dios nos guarda amor u odio. "No", dice Juan, "¡podemos decirlo, y muy fácilmente!" Conocemos y hemos confiado en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor". No hay ninguna lógica en esto, a menos que quiera decir que Dios ama a todos los hombres. En el anterior párrafo, había dicho: "Dios es luz y en El no existe la oscuridad". Tenemos que entender entonces, que, como la oscuridad es meramente la ausencia de luz, así el odio y el mal son meros estados imperfectos de agape y agathon, el amor y la belleza. Esto concuerda con aquella afirmación narrada en el evangelio de Juan: "Dios no mandó a su hijo a juzgar al mundo; sino a que el mundo se salvara a través de él. Aquel que cree en El no es juzgado: aquel que cree no ha sido ya juzgado… Y este es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y que los hombres amaban más la oscuridad que la luz". Es decir, Dios no les castiga con nada; ellos se castigan a sí mismos por su afinidad natural a lo defectuoso. Así, el amor que es Dios, no es un amor del que el odio sea contrario; de otro modo Satán sería un poder coordenado; sino que es un amor que acoge al odio como un estado imperfecto de él, un Anteros2 incluso necesita al odio y al aborrecimiento como su objeto. Ya que el amor a sí mismo no es amor; así si Dios es en sí mismo amor, aquello que él ama debe ser defecto de amor; exactamente como una luminaria solo puede iluminar lo que de otro modo sería oscuro. Henry James, el Swendenborgiano, dice: "No hay ninguna duda tolerable de que el amor finito o creado se ama a sí mismo en el prójimo, de que ama al prójimo por su conformidad consigo mismo; pero nada puede estar en contraste más flagrante con el Amor creador, cuya toda ternura ex vi termini debe reservarse para lo que intrínsecamente es más amargamente hostil y negativo para sí mismo". Esto es de Sustancia y Sombra: un Ensayo sobre la Física de la Creación. Es una pena que no hubiese llenado las páginas con cosas como ésta, como era fácilmente capaz de hacer, en lugar de reprender al lector y a la gente en general, hasta que la física de la creación fuera poco menos que olvidada. Debo sin embargo deducir de lo que acabo de escribir: ningún genio podría hacer suya cada frase tan sublime como aquella que revela la solución eterna para el problema del mal.

El movimiento del amor es circular, proyectando en uno y el mismo impulso las creaciones hacia la independencia y atrayéndolas a la armonía. Esto parece complicado al expresarlo así, pero está totalmente resumido en la simple fórmula simple que llamamos la Regla de Oro. Esta, por supuesto, no dice: haz todo lo posible para gratificar los impulsos egoístas de los otros, sino que dice: Sacrifica tu propia perfección al perfeccionamiento de tu vecino. Ni tampoco debe ser confundido con el lema benthamita: Actúa para el mayor bien del mayor número de personas. El amor no se dirige a abstracciones sino a personas; no a personas que no conocemos, ni a números de personas, sino a nuestros propios seres queridos, nuestra familia y nuestros vecinos. "Nuestro vecino", recordamos, es aquel del que vivimos cerca, quizás no localmente pero sí en vida y sentimiento.

Todo el mundo puede ver que la afirmación de San Juan es la fórmula de una filosofía evolutiva, que enseña que el crecimiento procede únicamente del amor, no diré del auto-sacrificio, sino del impulso ardiente de colmar el más alto impulso del prójimo. Supón, por ejemplo, que tengo una idea que me interesa. Es mi creación. Es mi criatura; como se muestra en el Monist3 del pasado julio ["La Esencia de Cristal del Hombre"], es una pequeña persona. La quiero; y moriría por perfeccionarla. No es aplicando la fría justicia al círculo de mis ideas como las haré crecer, sino queriéndolas y cuidándolas como lo haría con las flores de mi jardín. La filosofía que extraemos del evangelio de Juan es que ésta es la forma en que la mente se desarrolla; y en cuanto al cosmos, sólo en tanto que es mente, y por lo tanto tiene vida, es capaz de ulterior evolución. El amor, reconociendo gérmenes de amabilidad en el odio, gradualmente lo acoge a la vida, y lo hace amable. Esta es la clase de evolución que todo cuidadoso estudiante de mi ensayo "La Ley de la Mente"4, debe ver que reclama el Sinequismo.

El siglo diecinueve está ahora rápidamente tocando a su fin, y todos empezamos a revisar sus logros y a pensar qué impronta está destinado a llevar en la mente de los futuros historiadores comparado con otros siglos. Se llamará, yo creo, el Siglo Económico; dado que la economía política tiene más relaciones directas con todas las ramas de su actividad que cualquier otra ciencia. Pues bien, la economía política también tiene su fórmula para la redención. Es ésta: la inteligencia al servicio de la avaricia asegura los precios más ajustados, los contratos más justos, la conducta más inteligente en todos los tratos entre los hombres, y guía al summum bonum, comida en abundancia y perfecta comodidad. ¿Comida para quién? Bien, para el codicioso maestro de la inteligencia. No quiero decir que esta sea una de las conclusiones legítimas de la economía política, cuyo carácter científico reconozco completamente, sino que el estudio de las doctrinas, en sí mismas verdaderas, a menudo fomentará temporalmente generalizaciones extremadamente falsas, como el estudio de la física ha promovido el necesitarismo. Lo que digo entonces, es que la gran atención prestada a las cuestiones económicas durante nuestro siglo ha inducido a una exageración de los efectos beneficiosos de la avaricia y de los resultados desafortunados del sentimiento, hasta que ha resultado en una filosofía que llega inconscientemente a esto, a que la avaricia es el gran agente en la elevación de la raza humana y en la evolución del universo.

Abro un manual de política económica5 -el más típico y normal que tengo a mano- y encuentro allí algunas observaciones de las cuales haré aquí un breve análisis. Omito las calificaciones, los halagos que buscan la benevolencia, las frases para apaciguar el prejuicio cristiano, los adornos que sirven para ocultar tanto al autor como al lector la repugnante desnudez del dios-avaricia. Pero he estudiado mi postura. El autor enumera "tres motivos para la acción humana:

Nótese, al principio, lo servil del título que se concede a la avaricia -"el amor a uno mismo". ¡Amor! El segundo motivo es amor. En lugar de "una clase limitada", pon "ciertas personas", y tienes una descripción justa. Al tomar "clase" en el sentido anticuado se describe un tipo de amor débil. Como consecuencia, parece haber algo de vaguedad en cuanto a la delimitación de este motivo. Por amor a la humanidad en general, el autor no quiere decir esa pasión subconsciente, profunda, que se llama así correctamente; sino mero espíritu público, poco más quizás que una inquietud de impulsar ideas. El autor procede a hacer una estimación comparativa del valor de estos motivos. La avaricia, dice, aunque usa, por supuesto, otra palabra, "no es un mal tan grande como comúnmente se supone…Todo hombre puede promover sus propios intereses de manera mucho más eficaz que los del prójimo, o que el prójimo pueda promover los suyos". Además, como señala en otra página, cuanto más avaro es un hombre, más bien hace. El segundo motivo es "el más peligroso al que la sociedad está expuesta". El amor es todo muy bonito: "no existe una fuente más alta o más pura de felicidad humana". (¡Ejem!) Pero es una "fuente de permanente daño", y, en breve, debería ser desautorizado por algo más sabio. ¿Cuál es este motivo más sabio? Veamos. En cuanto al espíritu público, se presenta ineficaz por las "dificultades en el camino de su operatividad efectiva". Por ejemplo, podría sugerir restringir la fecundidad de los pobres y los viciosos; y "ninguna medida de represión sería demasiado severa", en el caso de los criminales. La indicación está clara. Pero desafortunadamente, no puede inducirse a las asambleas legislativas para que tomen tales medidas, debido al apestoso "sentimentalismo compasivo del hombre hacia el hombre". Parece entonces que el espíritu público, o benthamismo, no es lo suficientemente fuerte para ser el tutor eficaz del amor (salto a otra página), que debe, por lo tanto, ser entregado a "los motivos que animan al hombre en su búsqueda de la riqueza", en los que tan sólo podemos confiar, y los cuales "son beneficiosos en el más alto grado"7. Sí, en el "más alto grado" sin excepción son beneficiosos con el ser al que vierten todas sus bendiciones, esto es, con Uno Mismo, cuyo "único objeto", dice el autor, al acumular riqueza es su "sustento y disfrute" individual. Evidentemente, el autor mantiene que la idea de que algún otro motivo pudiera ser beneficioso en un grado superior, incluso para el hombre mismo, es una paradoja deficiente en el buen sentido. Busca glosar y modificar su doctrina; pero permite al lector perspicaz ver cuál es el principio que le anima; y cuando, manteniendo las opiniones que he repetido, admite al mismo tiempo que la sociedad no podría existir únicamente sobre las bases de la avaricia inteligente, simplemente se clasifica como uno de los eclécticos de opiniones inarmoniosas. Quiere dar sabor a su riqueza con una pizca8 de dios.

Los economistas acusan de sentimentalistas a quienes infunde un escalofrío de horror la enunciación de sus atroces villanías. Puede que así sea: Yo confieso de buena gana que tengo algunos tintes de sentimentalismo en mí, ¡gracias a Dios! Desde que la Revolución Francesa hizo caer en la mala reputación a esta forma de pensar -y no del todo inmerecidamente, debo admitir, verdadero, bueno y bello como fue ese movimiento- siempre ha sido tradición presentar a los sentimentalistas como personas incapaces de pensamiento lógico y poco dispuestos a mirar a las cosas de frente. Esta tradición puede clasificarse junto a la tradición francesa de que un inglés dice "godam" (maldita sea) cada dos frases, la tradición inglesa de que un americano habla de los "británicos", y la tradición americana de que el francés lleva a extremos desaconsejables las formas ceremoniosas; en breve, junto a todas esas tradiciones que sobreviven simplemente porque los hombres que las usan son pocos y muy lejanos entre ellos. No hay duda de que había alguna excusa para tales opiniones en tiempos pasados; y el sentimentalismo, cuando consistía en la diversión de moda de pasar las tardes en un baño de lágrimas por una representación triste en un escenario iluminado por velas, se hacía a veces en sí mismo bastante ridículo. ¿Pero qué es después de todo el sentimentalismo? Es un ismo, una doctrina, esto es, la doctrina por la que debería tenerse un gran respeto por los juicios del corazón inteligente. Esto es precisamente lo que el sentimentalismo es; y ruego al lector que considere si condenarlo no es de todas las blasfemias la más degradante. A pesar de todo el siglo diecinueve lo ha condenado constantemente, porque introdujo el Reino del Terror. Es verdad que hizo esto. Sin embargo, la cuestión completa es la de cuánto. El Reino del Terror fue muy malo; pero ahora el estandarte de Gradgrind9 durante todo este siglo ha sido pavonearse en la cara del cielo, con una insolencia como para provocar que los mismos cielos retumben y frunzan el ceño. Pronto un instantáneo y rápido repique sacará a los economistas de su complacencia; demasiado tarde. El siglo veinte, en su segunda mitad, seguramente verá estallar la tempestad sobre el orden social para aclarar un mundo tan en ruinas como esa filosofía de la avaricia que durante mucho tiempo le ha considerado culpable. ¡Por tanto no más juergas post-thermidorianas!

Así que un avaro es una fuerza benéfica dentro de una comunidad, ¿no? Precisamente por la misma razón, sólo que en mucho mayor grado, podría decirse que el tiburón de Wall Street es un ángel bondadoso que toma el dinero de personas descuidadas que seguramente no lo guardarían adecuadamente, que acaba con empresas débiles a las que es mejor parar, y que administra lecciones saludables a los incautos científicos al enviarles cheques sin valor -como usted hizo el otro día conmigo, mi millonario "master in glomery"10, cuando pensó que había visto el modo de usar mi proceso sin pagar por ello. Y de esta forma legarles a sus hijos algo para enorgullecerse de su padre. Y que por un millón de engaños ponen dinero al servicio de la avaricia inteligente en su propia persona11. Bernard Mandeville, en su Fábula de las Abejas, mantiene que los vicios privados de toda clase son beneficios públicos, y además, lo prueba, tan cerebralmente como el economista prueba su opinión respecto al avaro12. Incluso argumenta, con no poca fuerza, que excepto por la civilización del vicio, nunca habrían existido. Con el mismo espíritu, se ha mantenido con fuerza y todavía hoy se cree que todos los actos de caridad y benevolencia, privados y públicos, contribuyen seriamente a degradar la raza humana.

El Origen de las Especies de Darwin meramente extiende los puntos de vista político-económicos del progreso al conjunto de la vida animal y vegetal. La gran mayoría de nuestros naturalistas contemporáneos sostienen la opinión de que la verdadera causa de esas adaptaciones exquisitas y maravillosas de la naturaleza para las que, cuando yo era niño, los hombres acostumbraban a ensalzar la sabiduría divina, es que las criaturas están tan apiñadas que todas aquellas que por azar tienen la más mínima ventaja empujan al resto a situaciones desfavorables a la multiplicación o incluso les matan antes de que lleguen a la edad reproductora. Entre animales, el mero individualismo mecánico es ampliamente reforzado como un poder sempiterno debido a la avaricia sin ley de los animales. Como Darwin escribe en el título, se trata de la lucha por la existencia; y debería haber incluido en su lema: ¡Cada uno a lo suyo y al diablo el último! Jesús expresó una opinión diferente en su sermón de la Montaña.

Aquí, entonces, está el asunto. El evangelio de Cristo dice que el progreso procede de que cada individuo integre su individualidad en simpatía con sus vecinos. Por otro lado, la convicción del siglo diecinueve es que el progreso tiene lugar en virtud de la lucha de cada individuo por él mismo con todas sus fuerzas y de pisar a su vecino siempre que tenga la oportunidad de hacerlo. A esto se puede llamar con precisión el Evangelio de la Avaricia.

Mucho se puede decir de ambas partes. Yo no he ocultado, no podría ocultar, mi propia predilección apasionada. Tal confesión probablemente agitará mi educación científica. Sin embargo, el fuerte sentimiento es por sí mismo, pienso yo, un argumento de cierto peso a favor de la teoría agapástica de la evolución -en tanto pueda suponerse que habla en nombre del juicio normal del Corazón Inteligente. Ciertamente, si fuese posible creer en el agapasmo sin creer en él encendidamente, ese hecho sería un argumento en contra de la verdad de la doctrina. En cualquier caso, dado que existe el calor del sentimiento, debería confesarse siempre cándidamente; en especial porque crea una tendencia a ser parcial por mi parte, contra la que nos interesa a mis lectores y a mí mantenernos en guardia.


SEGUNDOS PENSAMIENTOS. IRENICA.

Intentemos definir las afinidades lógicas de las diferentes teorías de la evolución. La selección natural, tal y como la concibió Darwin, es una forma de evolución en la cual el único agente positivo en el paso de simio a hombre es la variación fortuita. Para asegurar el avance en una dirección definida, el azar debe ser secundado por alguna acción que entorpezca la propagación de algunas variaciones o que estimule la de otras. En la selección natural, así llamada estrictamente, se trata de la expulsión del débil. En la selección sexual, se trata principalmente de la atracción de la belleza.

El Origen de las Especies fue publicado hacia finales del año 1859. Los años anteriores desde 1846 habían sido una de las temporadas más productivas -o si se extiende como para cubrir el gran libro que consideramos, el periodo más productivo de igual longitud en la historia completa de la ciencia desde sus comienzos hasta ahora. La idea de que el azar engendra orden, que es una de las piedras angulares de la física moderna (aunque el Dr. Carus la considera "el punto más débil del sistema de Mr. Peirce")13 se llevó en ese tiempo a su máxima claridad. Quetelet había abierto la discusión por medio de sus Cartas sobre la aplicación de Probabilidades a las Ciencias Morales y Políticas, una obra que impresionó profundamente a las mejores mentes de aquellos días, y sobre la que Sir John Herschel atrajo la atención general en Gran Bretaña14. En 1857, el primer volumen de la Historia de la Civilización de Buckle había causado una sensación tremenda, debido al uso que él hacía de esta misma idea. Mientras tanto, el "método estadístico", bajo este mismo nombre, había sido aplicado con éxito brillante a la física molecular. El Dr. John Herapath, un químico inglés, había esbozado en 1847 la teoría cinética de los gases en su Física Matemática; y el interés que generó la teoría había sido refrescado en 1856 por notables memorias de Clausius y Krönig15. El mismo verano anterior a la publicación de Darwin, Maxwell había leído frente a la Asociación Británica la primera y más importante de sus investigaciones sobre esta materia16. La consecuencia fue que la idea de que los hechos fortuitos pueden resultar en una ley física, y, mas aún, que, ésta es la forma en que se explican aquellas leyes que parecen entrar en conflicto con el principio de conservación de la energía, había tomado un fuerte arraigo en las mentes de todos los que estaban al corriente de los líderes del pensamiento. Según esas mentes, era inevitable que el Origen de las Especies, cuya enseñanza era simplemente la aplicación del mismo principio a la explicación de otra acción "no conservativa", la del desarrollo orgánico, fuera aclamado y bienvenido. El descubrimiento sublime de la conservación de la energía por Helmholtz en 1847, y el de la teoría mecánica del calor por Clausius y Rankine, de forma independiente, en 1850, decididamente había intimidado a todos aquellos que pudieran haberse inclinado a burlarse de las ciencias físicas17. A partir de entonces, un poeta tardío aún machacando acerca de "la ciencia que anda vendiendo los nombres de las cosas" no tendría ningún efecto. Ahora se sabía que el mecanismo lo era todo, o casi todo. Durante todo este tiempo, el utilitarismo -ese sustituto mejorado del Evangelio- estaba en su máximo esplendor, y era un aliado natural de una teoría individualista. El apoyo imprudente del decano Mansell había llevado a la sublevación entre los hombres de confianza de Sir William Hamilton, y el nominalismo de Mill se había beneficiado de acuerdo a ello18; y aunque la verdadera ciencia a la que Darwin guiaba a los hombres asestaría seguro algún día un golpe de muerte a la falsa ciencia de Mill, sin embargo había algunos elementos en la teoría darwiniana que con seguridad encandilarían a los seguidores de Mill. Otra cosa: las anestesias habían estado en uso durante treinta años. La convivencia de la gente con el sufrimiento ya había descendido mucho; y como consecuencia, esa poco atractiva dureza, por la que tanto contrastan nuestros tiempos con los inmediatamente precedentes, se había asentado ya, e inclinaba a la gente a saborear una teoría despiadada. El lector equivocaría bastante el rumbo de lo que digo si entendiese que deseo sugerir que cualquiera de esas cosas (excepto quizás Malthus) influyeron al mismo Darwin. Lo que quiero decir es que su hipótesis, siendo sin duda una de las más ingeniosas y bellas jamás establecida, y siendo argumentada con riqueza de pensamiento, fuerza lógica, encanto retórico, y sobre todo con un cierto magnetismo genuino que era casi irresistible, no parecía, en principio, estar en absoluto cerca de ser probada; y para una mente lúcida aún hay menos esperanza de probarla ahora que hace veinte años; pero la recepción extraordinariamente favorable con la que se encontró se debía simplemente, en gran medida, a que sus ideas eran para las que la época estaba favorablemente predispuesta, en especial, por causa del respaldo que dio a la filosofía de la avaricia.

Diametralmente opuestas a la evolución por azar son aquellas teorías que atribuyen todo progreso a un principio necesario interno, u otra forma de necesidad. Muchos naturalistas han pensado que si un huevo está destinado a pasar por una cierta serie de transformaciones embriológicas, de las cuales con total seguridad no va a desviarse, y si en el tiempo geológico aparecen casi exactamente las mismas formas sucesivamente, una sustituyendo a la otra en el mismo orden, hay una fuerte presunción de que esta última sucesión iba a tener lugar de forma tan segura y cierta como la anterior. Así, Nägeli, por ejemplo, entiende que de alguna manera se sigue de la primera ley del movimiento y de la peculiar, pero desconocida, constitución molecular del protoplasma, que las formas deben complicarse cada vez más y más. Kölliker hace que una forma genere otra después de haberse conseguido cierta maduración. También Weismann, aunque se dice a sí mismo darwiniano, mantiene que nada es debido al azar, sino que todas las formas son simples resultantes mecánicas de la herencia de los padres19,20. Es muy destacable que todos estos diferentes sectarios busquen importar a su ciencia una necesidad mecánica a la que no apuntan los hechos que están bajo su observación. Aquellos geólogos que piensan que la variación de las especies se debe a cataclismos en el clima o en la constitución química del aire y del agua, están haciendo también de la necesidad mecánica el principal factor de la evolución.

Evolución por casualidad y evolución por necesidad mecánica son concepciones reñidas entre sí. Un tercer método, que suplanta esta disputa, se encuentra envuelto en la teoría de Lamarck21. De acuerdo con su opinión, todo lo que distingue a las formas orgánicas más altas de las más rudimentarias ha sido ocasionado por pequeñas hipertrofias o atrofias que han afectado a los individuos en su temprana edad y han sido transmitidas a sus descendientes. Tal transmisión de caracteres adquiridos es de la naturaleza general de la adquisición de hábitos, y esto es lo representativo y derivado de la ley de la mente, en el dominio fisiológico. Su acción es esencialmente distinta de la de la fuerza física; y este es el secreto de la repugnancia que tienen algunos necesitaristas como Weismann a admitir su existencia. Los lamarckianos yendo más lejos suponen que, aunque algunas de las modificaciones de la forma así transmitidas fueran debidas originalmente a causas mecánicas, los principales factores sin embargo de su primera producción son la tensión del esfuerzo y el crecimiento extra inducido por el ejercicio, junto con las acciones opuestas. Ahora, el esfuerzo, dado que está dirigido a un fin, es esencialmente psíquico, aunque pueda ser a veces inconsciente; y el crecimiento debido al ejercicio, como argumenté en mi último escrito22 ["Manīs Glassy Essence"], sigue una ley de características bastante contrarias a las de la mecánica.

La evolución lamarckiana es la evolución por la fuerza del hábito. Esta frase se escapó de mi pluma mientras uno de esos prójimos cuya función en el cosmos social pareciera ser la de Interruptor me hacía una pregunta. Por supuesto, no tiene sentido. El hábito es mera inercia, un dormirse en los laureles, no una propulsión. Ahora, es por la proyaculación energética (suerte si existe tal palabra, o si no, esta mano inexperta ha inventado una), por la que, en los típicos ejemplos de evolución lamarckiana, se crean primero los nuevos elementos de forma. El hábito, sin embargo, les fuerza a tomar configuraciones prácticas, compatibles con las estructuras a las que afectan, y, en forma de herencia y otras, reemplaza gradualmente a la energía espontánea que les sostiene. Así, el hábito juega un papel doble: sirve para establecer las nuevas características, y también para armonizarlas con la morfología y función general de los animales y plantas a las que pertenecen. Pero si el lector se tomara amablemente la molestia de volver ahora una o dos páginas atrás, vería que esta interpretación de la evolución lamarckiana coincide con la descripción general de la acción del amor, a la cual, supongo, dio su aprobación.

Recordando que toda materia es realmente mente; recordando también la continuidad de la mente, preguntémonos qué aspecto de la evolución lamarckiana se encarga del dominio de la consciencia. Un intento directo no podrá conseguir casi nada. Es tan fácil añadir un codo a la propia estatura a través del pensamiento como producir una idea que resulte aceptable a alguna de las Musas simplemente esforzándose en conseguirla antes de que esté lista para llegar. Acechamos en vano el pozo y el trono sagrado de Mnemosine; los trabajos más profundos del espíritu tienen lugar a su propio paso lento, sin nuestra connivencia. Pero dejemos que suene el clarín, y podremos entonces esforzarnos nosotros, seguros de que una oblación al altar de cualquier divinidad complace su gusto. Además de este proceso interno, está la intervención del entorno, que hace que se rompan hábitos destinados a ser rotos y que así se considere a la mente como viva. Todo el mundo sabe que la continuación prolongada de la rutina de un hábito nos hace caer en el letargo, mientras que la sucesión de sorpresas ilumina maravillosamente las ideas. Donde hay movimiento, donde la historia es un que-hacer, allí está el foco de la actividad mental, y se ha dicho que las artes y las ciencias residen en el templo de Jano, despertándose cuando está abierto, pero dormitando cuando está cerrado. Pocos psicólogos se han dado cuenta de lo fundamental de este hecho. Una porción de la mente, abundantemente comisurada, trabaja casi mecánicamente. Pasa a la condición de cruce de vías. Pero una porción de la mente aislada, una península espiritual, o cul-de-sac23, es como una estación de ferrocarril. Ahora, las comisuras mentales son hábitos. Donde abundan, la originalidad no se necesita ni se encuentra; pero donde escasean se da rienda suelta a la espontaneidad. Así, el primer paso en la evolución lamarckiana de la mente es poner a pensamientos diversos en situaciones en las que son libres para jugar. En cuanto al crecimiento debido al ejercicio, ya he mostrado, al discutir "Manīs Glassy Essence", en The Monist24 del pasado octubre, como debe concebirse su modus operandi, al menos hasta que se haya ofrecido una segunda hipótesis igualmente definida. Es decir, consiste en la separación errática de moléculas, y en la reparación de las partes con nueva materia. Es, por tanto, una especie de reproducción. Tiene lugar sólo durante el ejercicio, porque la actividad del protoplasma consiste en la perturbación molecular que es su condición necesaria. El crecimiento por medio del ejercicio tiene lugar también en la mente. De hecho, eso es en lo que consiste aprender. Pero la ilustración más perfecta es la del desarrollo de una idea filosófica mediante su puesta en práctica. La concepción que apareció en un principio como unitaria, se divide en casos especiales, y en cada uno de estos debe entrar nuevo pensamiento para construir una idea realizable. Este nuevo pensamiento, sin embargo, sigue bastante fielmente el modelo de la concepción de los padres; y por tanto tiene lugar un desarrollo homogéneo. El paralelismo entre esto y el curso de los eventos moleculares es bastante aparente. Una atención cuidadosa será capaz de seguir la pista a todos estos elementos en la transacción llamada aprendizaje.

Tres modos de evolución por tanto se han traído ante nuestra atención: evolución por variación fortuita, evolución por necesidad mecánica, y evolución por amor creativo. Podemos denominarlos evolución tijástica, o tijasmo, evolución anancástica, o anancasmo, y evolución agapástica, o agapasmo. Las doctrinas que representan a éstas respectivamente como de principal importancia podemos llamarlas tijasticismo, anancasticismo, y agapasticismo. Por otro lado las meras proposiciones de que el azar absoluto, la necesidad mecánica, y la ley del amor son respectivamente operativas en el cosmos pueden recibir los nombres de tijismo, anancismo, y agapismo.

Los tres modos de evolución están formados por los mismos elementos generales. El agapasmo los presenta de modo más claro. El buen resultado se hace aquí pasar, primero, por la donación de energía espontánea por medio de los padres al descendiente, y segundo, por la disposición del último a captar la idea general de aquellos sobre él y por tanto a favorecer el propósito general. Para manifestar la relación que tienen el tijasmo y el anancasmo con el agapasmo permítanme tomar prestado un ejemplo de la geometría. Una elipse cruzada por una recta es una especie de curva cúbica; dado que un cubo es una curva cortada tres veces por una recta; ahora, una recta podría cortar la elipse dos veces y su recta asociada una tercera vez. Sin embargo la elipse con la recta a través no tendría las características de un cubo. No tendría, por ejemplo, flexión opuesta, al contrario que el cubo, y tendría dos nodos, que ningún cubo verdadero tiene. Los geómetras dicen que es un cubo degenerado. Justo así, el tijasmo y el anancasmo son formas degeneradas de agapasmo.

Los hombres que persiguen reconciliar la idea darwiniana con el cristianismo notarán que la evolución tijástica, como la agapástica, depende de una creación reproductiva, en la que aún preservadas aquellas formas que usan la espontaneidad que se les ha conferido de tal manera que son guiadas a la armonía con su original, de forma muy parecida al esquema cristiano. ¡Muy bien! Esto tan sólo muestra que igual que el amor no puede tener un contrario, sino que debe acoger a lo que es más opuesto a él, como un caso degenerado de él mismo, así el tijasmo es una clase de agapasmo. En la evolución tijástica, el progreso se debe sólo a la distribución del talento escondido en un pañuelo del siervo que rechazado, entre aquellos que no lo han sido, igual que los jugadores arruinados dejan el dinero en la mesa para hacer más ricos a los que todavía no se han arruinado. Hace a la felicidad de los corderos justamente la maldición de las cabras, llevado al otro lado de la ecuación. En el agapasmo genuino, por otro lado, el avance tiene lugar en virtud de una simpatía positiva entre lo creado que mana de la continuidad de la mente. Esta es la idea que el tijasticismo no sabe cómo manejar.

El anancasticismo puede interponerse aquí, reclamando que la forma de evolución por la que lucha está de acuerdo con el agapasmo justo en el punto en que el tijasmo se separa de él. Ya que hace que el desarrollo transcurra a través de ciertas fases, al tener sus flujos y reflujos inevitables, pero tendiendo sin embargo en conjunto a una perfección pre-ordenada. Por esto el destino de la simple existencia revela una afinidad intrínseca a la bondad. En esto, debe admitirse, el anancasmo se muestra en sentido amplio una especie de agapasmo. Algunas de sus formas pueden ser fácilmente confundidas con el agapasmo genuino. La filosofía hegeliana es un anancasticismo de este tipo. Con su religión reveladora, con su sinequismo (aunque expuesto incorrectamente), con su "reflexión", la completa idea de su teoría es magnífica, casi sublime. Sin embargo, después de todo, la libertad viva es prácticamente omitida de su método. El movimiento completo es el de una vasta máquina, propulsada por una vis a tergo, con el ciego y misterioso destino de llegar a una alta meta. Quiero decir que este es el tipo de máquina que sería, si realmente funcionase; pero en realidad, es un motor de Keely25. Concedamos que actúa realmente como dice hacerlo, y entonces no puede hacerse otra cosa que aceptar su filosofía. Pero jamás se ha visto un ejemplo tal de larga cadena de razonamiento -¿debo decir con una grieta en cada unión?- no, con un puñado de arena en cada unión, presionado para darle forma en un sueño. O digamos, es un modelo de cartón de una filosofía que no existe realmente. Si utilizamos la única cosa de valor que contiene, su idea, presentando el tijismo que sugiere la arbitrariedad de cada uno de sus pasos, y hacemos que el apoyo a una libertad vital que es el aliento del espíritu de amor, podemos ser capaces de producir el agapasticismo genuino al que apuntaba Hegel.


UN TERCER ASPECTO. DISCRIMINACIÓN

En la naturaleza misma de las cosas, la línea de demarcación entre los tres modos de evolución no está claramente definida. Eso no impide que sea lo bastante real; quizá sea más bien una marca de su realidad. No hay en la naturaleza de las cosas una línea de demarcación nítida entre los tres colores fundamentales rojo, verde, y violeta. Pero para todos son realmente diferentes. La cuestión principal es si tres elementos evolutivos radicalmente diferentes han estado operativos; y la segunda cuestión es cuáles son las características más impactantes de cualesquiera elementos que hayan estado operativos.

Propongo dedicar unas pocas páginas a un ligero examen de estas cuestiones en su relación con el desarrollo histórico del pensamiento humano. Formulo primero, para conveniencia del lector, las definiciones más breves posibles de los tres modos concebibles de desarrollo del pensamiento, distinguiendo también dos variedades de anancasmo y tres de agapasmo. El desarrollo tijástico del pensamiento, por tanto, consistirá en pequeñas variaciones de las ideas habituales en diferentes direcciones sin distinción, sin propósito ni restricción alguna por circunstancias externas o por la fuerza de la lógica, siendo seguidas estas variaciones por resultados imprevistos que tienden a fijar algunas de ellas como hábitos más que otras. El desarrollo anancástico del pensamiento consistirá en nuevas ideas adoptadas sin prever a donde tienden, pero que tienen un carácter determinado por causas tanto externas a la mente, tales como cambios en las circunstancias de vida, o internas a la mente como los desarrollos lógicos de ideas ya aceptadas, como las generalizaciones. El desarrollo agapástico del pensamiento es la adopción de ciertas tendencias mentales, no del todo descuidadamente, como en el tijasmo, ni ciegamente por la mera fuerza de las circunstancias o de la lógica, como en el anancasmo, sino por una atracción inmediata hacia la idea misma, cuya naturaleza se adivina antes de que la mente la posea, por el poder de la simpatía, esto es, en virtud de la continuidad de la mente. Y esta tendencia mental puede ser de tres variedades, como sigue. Primero, puede afectar a un conjunto de gente o comunidad en su personalidad colectiva, y ser así comunicada a individuos como los que están en una conexión de simpatía fuerte con el colectivo de gente, aunque puedan ser intelectualmente incapaces de alcanzar la idea por su propio entendimiento, ni siquiera quizás de aprehenderla conscientemente. Segundo, puede afectar a una persona particular directamente, de tal modo que sólo se le permite aprehender la idea, o apreciar su atractivo, en virtud de la simpatía con sus vecinos, bajo la influencia de una experiencia impactante o por el desarrollo del pensamiento. Puede tomarse la conversión de San Pablo como un ejemplo de lo que quiere decirse. Tercero, puede afectar a un individuo, independientemente de sus afectos humanos, en virtud de una atracción que ejerce sobre su mente, incluso antes de que la haya comprehendido. Este es el fenómeno que se ha llamado correctamente la adivinación del genio; ya que es debido a la continuidad entre la mente humana y la Más Alta.

Consideremos a continuación por medio de qué pruebas podemos discriminar entre estas diferentes categorías de evolución. No es posible un criterio absoluto en la naturaleza de las cosas, ya que en la naturaleza de las cosas no hay una línea nítida de demarcación entre las diferentes clases. Sin embargo, pueden encontrarse síntomas cuantitativos a través de los cuales un juicio amable y sagaz de la naturaleza humana puede ser capaz de estimar las proporciones aproximadas en que se mezclan los diferentes tipos de influencia.

Hasta ahora, como la evolución histórica del pensamiento humano ha sido tijástica, debería haber tenido lugar por medio de pasos pequeños e inapreciables; porque tal es la naturaleza de las casualidades cuando se multiplican de tal modo que muestran fenómenos de regularidad. Por ejemplo, asuman que de los hombres adultos nativos blancos de los Estados Unidos en 1880, una cuarta parte medía menos de 5 pies y 4 pulgadas y una cuarta parte más de 5 pies y 8 pulgadas. Entonces por los principios de la probabilidad, deberíamos esperar entre la población completa,

menos de216 por debajo de 4 pies y 6 pulgadas
 48 por debajo de 4 pies y 6 pulgadas
 9 por debajo de 4 pies y 6 pulgadas
 2 por debajo de 4 pies y 6 pulgadas

menos de216 por encima de 6 pies y 6 pulgadas
 48 por encima de 6 pies y 7 pulgadas
 9 por encima de 6 pies y 8 pulgadas
 2 por encima de 6 pies y 9 pulgadas

Expongo estas cifras para mostrar lo insignificantemente pocos que son los casos en los que algo muy lejano a la pauta común se presenta debido al azar. Aunque sólo la estatura de uno de cada dos hombres está incluida dentro de las cuatro pulgadas entre los 5 pies y cuatro pulgadas y los 5 pies y 8 pulgadas, sin embargo si este intervalo se extendiera tres veces cuatro pulgadas por encima y por debajo, incluiría los 8 millones estimados de adultos varones blancos nativos (de 1880), excepto únicamente 9 más altos y 9 más bajos.

La prueba de la variación insignificante, si no se satisface, niega absolutamente el tijasmo. Si se satisface, encontraremos que niega el anancasmo pero no el agapasmo. Solo queremos una prueba positiva satisfecha por el tijasmo. Ahora, dondequiera que encontremos al pensamiento del hombre girando unos grados imperceptibles en contra de los propósitos que lo animan, a pesar de sus impulsos más altos, ahí podemos de forma segura concluir que ha ocurrido una acción tijástica.

Habrá estudiantes de la historia de la mente, con erudición como para llenar de envidia edulcorada con alegre admiración a un estudioso imperfecto como yo, que mantengan que las ideas justo al empezar son y pueden ser poco más que rarezas, ya que todavía no han podido ser examinadas críticamente, y lo que es más, que en cualquier lugar y tiempo el progreso ha sido tan gradual que es difícil distinguir con claridad cuál es la aportación original que un hombre dado haya hecho. Se seguiría que el tijasmo ha sido el único método de desarrollo intelectual. Debo confesar que no puedo leer la historia así; no puedo evitar pensar que mientras el tijasmo ha sido operativo a veces, en otras ocasiones grandes pasos que cubrían el mismo terreno y eran efectuados independientemente por diferentes hombres han sido confundidos con una sucesión de pequeños pasos, y más aún que los estudiantes han sido reacios a admitir un "espíritu" real con entidad de una época o una gente, bajo la impresión equivocada y no examinada de que así deberían estar abriendo la puerta a hipótesis salvajes y antinaturales. Yo encuentro, por el contrario, que aunque puede tener que ver con la educación de las mentes individuales, el desarrollo histórico del pensamiento rara vez ha sido de naturaleza tijástica, y sólo en movimientos recesionistas y bárbaros. Deseo hablar con la modestia extrema que corresponde a un estudiante de lógica a quien se pide que examine un campo del pensamiento humano tan amplio que sólo puede cubrirlo mediante un reconocimiento, al cual únicamente las mayores habilidades y los métodos más diestros pueden aportar algún valor; pero, después de todo, yo sólo puedo expresar mis propias opiniones y no las de ningún otro; y a mi humilde juicio, el ejemplo mayor de tijasmo viene dado por la historia de la Cristiandad, aproximadamente desde su establecimiento por Constantino hasta, digamos, la época de los monasterios irlandeses26, una era o eón de unos 500 años. Indudablemente, la circunstancia externa que más inclinó al principio a los hombres a aceptar el cristianismo con su amor y ternura, fue el que la sociedad fuera dividida en pedazos hasta un grado temible por la avaricia implacable y la dureza de corazón a la que los Romanos llevaron el mundo. Y sin embargo fue este mismo hecho, más que cualquier otra circunstancia externa, el que fomentó esa amargura contra el mundo malvado de la que el evangelio de Marcos no contiene el menor rastro. Al menos, no lo percibo en la observación sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo, donde no se dice nada respecto a la venganza, ni siquiera en aquel relato donde se citan las palabras finales de Isaías, sobre el gusano y el fuego que se alimentan de "cadáveres de los hombres que han pecado contra mí"27. Pero poco a poco aumenta la amargura hasta que, en el último libro del Nuevo Testamento, su pobre autor distraído dice que todo el tiempo que Cristo hablaba de haber venido a salvar el mundo, el plan secreto era tomar a toda la raza humana, con la excepción de 144.000 miserables, y zambullirles en un lago de azufre, y conforme el humo de su tormento subiera eternamente, volverse y decir, "ya no existe la maldición" ¿No sería una sonrisa imperceptible o una mueca diabólica lo que acompañase tal afirmación? Ojalá pudiese creer que no lo escribió San Juan; pero es su escritura la que nos habla de "resurrección a la condena" -esto es que se resucite a los hombres solo para torturarlos- y de todos modos, la Revelación es un texto muy antiguo. Uno puede entender que los primeros cristianos fueran como hombres intentando con todas sus fuerzas subir una cuesta empinada de ladrillo deslizante mojado; el elemento más profundo y verdadero de su vida, que animaba tanto su corazón como su cabeza, era el amor universal; pero estaban continuamente, y contra sus deseos, deslizándose hacia un espíritu de grupo, cada resbalón sirviendo como un precedente, de una forma demasiado familiar para todo hombre. Este sentimiento de grupo aumentó insensatamente hasta que alrededor del 330 D.C el lustre de la integridad prístina que en San Marcos se refleja cómo el espíritu blanco de la luz fue hasta tal punto deslustrado que Eusebio (el Jared Sparks28 de aquellos días), en el prefacio a su Historia, pudo anunciar su intención de exagerar todo aquello que tendiese a la gloria de la iglesia y a suprimir lo que pudiera deshonrarla29. Su contemporáneo latino Lactantius es todavía peor30; y así la oscuridad continuó aumentando hasta que antes de fin de siglo la gran biblioteca de Alejandría fuera destruida por Teófilo31, hasta que Gregorio el Grande, dos siglos más tarde, quemó la gran biblioteca de Roma, proclamando que "la Ignorancia es la madre de la devoción"32 (lo que es verdad, igual que la opresión y la injusticia son la madre de la espiritualidad), hasta que una descripción juiciosa del estado de la iglesia fuese algo que nuestros no demasiado buenos diarios trataran como "no apta para ser publicada". Todo este movimiento se muestra como tijástico mediante la aplicación de la prueba dada más arriba. Otro muy parecido a éste en pequeña escala, solo que cien veces más rápido, para cuyo estudio están las bibliotecas llenas de documentos, puede encontrarse en la historia de la Revolución Francesa.

La evolución anancástica avanza por pasos sucesivos con pausas entre ellos. La razón es que, en este proceso, un hábito del pensamiento, al haber sido apartado, se suplanta por el siguiente más fuerte. Ahora este más fuerte seguro que es ampliamente disparatado respecto al primero, cuando no directamente su opuesto. Le recuerda a uno nuestra vieja regla de hacer vicepresidente al segundo candidato. Este carácter, por tanto, diferencia claramente el anancasmo del tijasmo. El carácter que lo diferencia del agapasmo es su carencia de propósito. Pero el anancasmo externo y el interno deben analizarse por separado. El desarrollo bajo la presión de las circunstancias externas, o evolución cataclísmica, es con seguridad suficiente en la mayoría de los casos. Tiene innumerables grados de intensidad, desde la fuerza bruta, la simple guerra, que ha cambiado el curso del pensamiento del mundo en más de una ocasión, hasta el tozudo hecho de la evidencia, o lo que se ha tomado por ella, que se sabe que convence a los hombres por multitudes. La única vacilación que puede subsistir en presencia de tal historia es cuantitativa. Nunca son las influencias externas las únicas que afectan a la mente, y por tanto debe ser una cuestión de juicio, para el cual apenas merecería la pena intentar fijar reglas, si un movimiento dado debe considerarse principalmente gobernado desde fuera o no. En el surgimiento del pensamiento medieval, quiero decir en el desarrollo del escolasticismo y el arte sincrónico, indudablemente las cruzadas y el descubrimiento de los escritos de Aristóteles fueron influencias poderosas. El desarrollo del escolasticismo desde Roscellin hasta Alberto Magno sigue de cerca las sucesivas etapas en el conocimiento de Aristóteles. Prantl piensa que esa es la historia completa, y pocos hombres han devorado más libros que Carl Prantl33. Ha hecho un buen trabajo sólido, a pesar de sus juicios despreocupados. Pero jamás conseguiremos nada más que un buen comienzo a la hora de comprender el escolasticismo hasta que un grupo de estudiantes debidamente organizado para ese propósito y sujeto a disciplina lo haya estudiado y digerido sistemáticamente. Pero en cuanto al periodo que consideramos ahora específicamente, ese que sincronizó la arquitectura románica, la literatura se domina fácilmente. Eso no justifica del todo el dictamen de Prantl respecto a la dependencia servil de estos autores respecto a sus autoridades. Más aún, mantenían firmemente un propósito concreto delante de sus mentes, a través de todos sus estudios. Soy, por tanto, incapaz de presentar este periodo de escolasticismo como un ejemplo de anancasmo externo puro, lo que parece ser el flúor de los elementos intelectuales. Quizás la reciente recepción japonesa de las ideas occidentales sea el ejemplo más puro de ello en la historia. Sin embargo, en combinación con otros elementos, nada es más común. Si el desarrollo de las ideas bajo la influencia del estudio de lo hechos externos puede ser considerado como anancasmo externo - está en la frontera entre las formas externas e internas - es, por supuesto, el asunto principal del estudio moderno. Pero Whewell, cuya comprensión magistral de la historia de la ciencia los críticos han sido demasiado ignorantes para apreciar adecuadamente, muestra claramente que está lejos de ser la influencia arrolladoramente preponderante, ni siquiera ahí34.

El anancasmo interno, o el lógico avanzar a tientas, que avanza por una línea predestinada sin ser capaz de prever si debe dejar que prosiga o dirigir su curso; esta es la regla de desarrollo de la filosofía. Hegel fue el primero en hacer que el mundo entendiese esto; y busca hacer de la lógica no meramente la guía y monitora subjetiva del pensamiento, que era todo lo que había ambicionado antes, sino que sea el mismo manantial del pensamiento, y no meramente del pensamiento individual sino de la argumentación, de la historia del desarrollo del pensamiento, de toda la historia, de todo desarrollo. Esto implica un error positivo y claramente demostrable. Dejemos que la lógica en cuestión sea del tipo que sea, una lógica de la inferencia necesaria o una lógica de la inferencia probable (la teoría quizás podría adaptarse para que encajase con cualquiera), en cualquier caso supone que cualquier lógica es suficiente por sí misma para determinar qué conclusión se sigue de unas premisas dadas; ya que a menos que lo haga, no será suficiente para explicar por qué una línea de razonamiento individual debería tomar el curso que toma, por no hablar de otros tipos de desarrollo. Supone por tanto que de premisas dadas sólo puede extraerse lógicamente una conclusión, y que no hay en absoluto campo para la libre elección. Que de unas premisas dadas solo puede extraerse lógicamente una conclusión es una de las falsas nociones que proceden de que los lógicos confinaran su atención a ese Nantucket del pensamiento, la lógica de los términos no relativos. En la lógica de relativos, esto no se sostiene bien.

Se me ocurre una observación. Si la evolución de la historia es en una parte considerable de la naturaleza del anancasmo interno, entonces se parece al desarrollo de los hombres individuales; y de la misma forma que treinta y tres años es una unidad de tiempo aproximada pero natural para los individuos, siendo la edad promedio a la que el hombre obtiene resultados, así debería haber un período aproximado al final del cual un gran movimiento histórico debería ser probablemente suplantado por otro. Veamos si podemos exponer algo de este tipo. Tomemos el desarrollo del gobierno de Roma como periodo suficientemente largo y establezcamos las fechas principales:

El último acontecimiento fue uno de los más significativos de la historia, especialmente para Italia. Los intervalos son 243, 483, 502, 486, 491 años. Curiosamente todos están más o menos igual espaciados, excepto el primero que es la mitad de los otros. Sucesivos reinados no estarían normalmente tan igualmente cercanos. Establezcamos algunas fechas en la historia del pensamiento.

Los intervalos son 615, 499, 596, 418 años. En la historia de la metafísica, podemos tomar lo siguiente:

Los intervalos son 1595 y 530 años. El primero es aproximadamente el triple del último. De estas cifras no se puede sacar correctamente ninguna conclusión. Al mismo tiempo, sugieren que quizás pueda haber una era natural aproximada de 500 años. Si hubiese alguna evidencia independiente de esto, los intervalos señalados pueden ganar alguna significación.

El desarrollo agapástico del pensamiento debería, si existiese, ser distinguido por tener un propósito, siendo este propósito el desarrollo de una idea. Deberíamos tener una comprensión agápica o simpatética de él y reconocerlo en virtud de la continuidad del pensamiento. Doy aquí por hecho que tal continuidad del pensamiento ha sido suficientemente probada por los argumentos utilizados en mi artículo sobre la "Ley de la Mente" en The Monist del pasado Julio. Incluso si esos argumentos no son suficientemente convincentes por sí mismos, si se refuerzan mediante un agapasmo aparente en la historia del pensamiento, las dos proposiciones se ayudarán mutuamente. El lector estará, confío, demasiado bien formado en lógica como para confundir tal apoyo mutuo con un círculo vicioso en el razonamiento. Si pudiese mostrarse directamente que hay tal entidad como el "espíritu de una época" o de una gente, y que la mera inteligencia individual no dará cuenta de todos los fenómenos, esto sería de inmediato prueba suficiente del agapasticismo y del sinequismo. Debo reconocer que soy incapaz de producir una demostración convincente de esto; pero soy capaz, creo, de aducir tales argumentos que sirvan para confirmar aquellos que se han extraído de otros hechos. Creo que todos los logros mayores de la mente han estado más allá de la capacidad de los individuos por sí solos; Y encuentro una razón directa para pensar así, aparte del apoyo que esta opinión recibe de consideraciones sinequísticas, y del carácter intencional de muchos grandes movimientos, en la sublimidad de las ideas y en su ocurrencia simultánea e independiente a un número de individuos sin poderes generales extraordinarios. La mencionada arquitectura gótica en varios de sus desarrollos me parece de tal tipo. Todos los intentos de los arquitectos modernos del más alto nivel y genio por imitarla se muestran planos y sin brillo, y así lo notan sus autores. Sin embargo en la época en la que el estilo estaba vivo, había abundancia de hombres capaces de producir obras de este tipo de sublimidad y poder enormes. En más de un caso, documentos existentes muestran, en los capítulos relativos a las catedrales, que al seleccionar a los arquitectos, trataban a grandes genios artísticos con una consideración secundaria, como si no hubiese escasez de personas capaces de proporcionar eso, y los resultados justifican su confianza. ¿Estaban los individuos en general, entonces, en aquellas épocas, en poder de tales naturalezas sublimes e intelectos privilegiados? Tal opinión se desmoronaría al primer examen.

¡Cuántas veces hombres ahora de mediana edad han visto que se hacían grandes descubrimientos independientemente y casi simultáneamente! El primer ejemplo que recuerdo fue la predicción de un planeta exterior a Urano por Leverrier y Adams35. Uno apenas sabe a quién debería atribuirse el principio de conservación de la energía, aunque razonablemente puede considerarse como el mayor descubrimiento que la ciencia ha hecho. La teoría mecánica del calor fue establecida por Rankine y por Clausius durante el mismo mes de febrero de185036; y hay hombres eminentes que atribuyen este gran paso a Thomson37. La teoría cinética de los gases, después de que la comenzara John Bernoulli y de estar largo tiempo enterrada en el olvido, fue reinventada y aplicada por al menos tres físicos modernos separadamente a la explicación no sólo de las leyes de Boyle, Charles, y Avogadro38, sino también a la difusión y a la viscosidad. Es bien conocido que la doctrina de la selección natural fue presentada por Wallace y por Darwin en la misma reunión de la Asociación Británica; y Darwin en su "Esbozo Histórico" incluido en las últimas ediciones de su libro muestra que ambos fueron anticipados por oscuros predecesores. El método del análisis del espectro fue reclamado por Swam y por Kirchhoff, y hubo otros que quizás tuvieran incluso mejores reclamaciones. La autoría de la Ley Periódica de los elementos químicos se la disputan un ruso, un alemán y un inglés39; aunque no cabe duda de que el mérito principal corresponde al primero. Estos son prácticamente todos los descubrimientos más grandes de nuestros tiempos. Lo mismo ocurre con los inventos. No debe sorprender que el telégrafo fuera construido independientemente por varios inventores, porque era un fácil corolario de hechos científicos bien establecidos con anterioridad. Pero no fue así con el teléfono y otros inventos. El éter, la primera anestesia, lo presentaron independientemente tres médicos diferentes de Nueva Inglaterra40. Ahora el éter es un artículo común desde hace un siglo. Había estado en las farmacopeas tres siglos antes. Es bastante increíble que sus propiedades anestésicas no hubiesen sido conocidas; se conocían. Probablemente había pasado de boca en boca como secreto desde los días de Basil Valentine41; pero durante mucho tiempo fue un secreto del tipo Punchinello42. En Nueva Inglaterra, durante muchos años, los niños lo utilizaron como diversión. ¿Por qué entonces no se utilizó para su uso serio? No puede darse ninguna razón, excepto que el motivo para hacerlo no era lo suficientemente fuerte. Los motivos solo podrían haber sido el deseo de beneficio y la filantropía. Alrededor de 1846, la fecha en que se introdujo (el éter), la filantropía se encontraba en un estado inusualmente activo. Esa sensibilidad, o sentimentalismo, que se había introducido en el siglo pasado, había experimentado un proceso de maduración, como consecuencia del que, aunque de forma menos intensa ahora de lo que había sido antes, era más probable influir en gente poco reflexiva de lo que nunca había sido. Los tres que reclamaban el éter estuvieron probablemente influidos por el deseo de beneficio, pero sin embargo no fueron insensibles ciertamente a influencias agápicas.

Dudo de si alguno de los grandes descubrimientos debería, adecuadamente, ser considerado como un conjunto de logros individuales; y pienso que muchos compartirán esta duda. Sin embargo, si no es así, ¡Qué argumento para la continuidad de la mente, y para el agapasticismo tenemos aquí! No deseo ser agotador. Si los pensadores se persuadieran tan sólo de dejar a un lado sus prejuicios y de aplicarse al estudio de las evidencias de esta doctrina, estaría del todo contento de esperar la decisión final.


Traducción de Lino Iglesias



Notas

1. Véase Hermann Diels, Die Fragmente der Vorsokratiker (Berlin, 1906), I: 2I B.

2. Anteros: en la mitología griega, dios del amor correspondido, hermano gemelo de Eros (N. del T.).

3. Véase p. 442.

4. Véase item 24.

5. Simon Newcomb, Principles of Political Economy (Nueva York, 1886).

6. Ibid., p. 534.

7. ¿Cómo puede un escritor tener algún respeto por la ciencia, en cuanto tal, si es capaz de confundir con las proposiciones científicas de la economía política, que nada tienen que decir respecto a lo que es "beneficioso", tales generalizaciones baratas como ésta?

8. Soupçon, en francés en el original (N. del T.).

9. Gradgrind: se trata del personaje de Dickens en Tiempos Difíciles (N. del T.).

10. Master in glomery: título que ostentaba el director de la escuela de gramática de Cambridge, Reino Unido (N. del T.).

11. Peirce está hablando de forma bastante personal aquí. Sobre el incidente, dijo en una carta del 20 de Septiembre de 1892 a Augustus Lowell: "Hace poco hice un informe sobre un proceso químico para un hombre de Wall St. que debía pagarme 500$ en efectivo y una participación en las patentes. Me entregó debidamente un cheque y el banco lo devolvió como 'no bueno'". El "master in glomery" era Thomas J. Montgomery.

12. Bernard Mandeville, The Fable of the Bees (Londres, 1806), remark G.

13. Paul Carus, "Mr. Charles S. Peirceīs Onslaught on the Doctrine of Necessity" Monist 2 (1892):576.

14. La traducción de Quételet por O. G. Downes se publicó en Londres en 1849, y "Quételet on Probabilities" de John Herschel apareció en la Edimburgh Review (42: I-57) el año siguiente.

15. Rudolf J. E. Clausius, "Über die Art der Bewegung welche wir Wärme nennen", Poggendorff's Annalen 100 (1857): 365, y August Karl Krönig, "Grundzüge einer Theorie der Gase", Poggendorff's Annalen 79 (1856): 315.

16. James Clerk Maxwell, "Illustrations of the Dynamical Theory of Gases", Philosophical Magazine 4 (1860): 22. (También en sus Collected Papers, I:377.).

17. Hermann Helmholtz, "Über die Erhaltung der Kraft" , introducción a una serie de conferencias dadas en Karlsruhe en 1862-63, en su Popular Scientific Lectures (Nueva York, 1885), I: 316-62; Rudolf J. E. Clausius, "Über die bewegende Kraft der Wärme", Poggendorff's Annalen 79 (1850): 368; para W. J. M. Rankine, véase nota 8 en ítem 24.

18. Henry Longueville Mansel (1820-1871), metafísico inglés y seguidor de Hamilton; véase también nota 14 en ítem 3.

19. Me alegro de encontrar que también el Dr. Carus sitúa a Weismann entre los oponentes de Darwin, a pesar de enarbolar esa bandera (N. de Peirce).

20. Karl Wilhelm Nägeli, Mechanisch-physiologische Theorie der Abstammungslehre (Munich and Leipzig, 1884), Introducción; Albert von Kölliker, Entwicklungsgeschichte des Menschen und der höheren Tiere (Leipzig, 1879), sec. I de la Introducción; August Weismann, Essays on Heredity (Oxford, 1889), vol. I, ensayo 2.

21. Jean Baptiste Lamarck, Philosophie zoologique (Paris, 1873).

22. Véase ítem 24.

23. Cul-de-sac: callejón sin salida, en francés en el original (N. del T.).

24. Ibid.

25. Inventada por J. E. W. Keely en 1874, se supuso que produciría potencia respondiendo a las vibraciones intermoleculares del éter.

26. En el original "de los" es "los de".

27. Véase Marcos 3: 29, 9: 48, e Isaías 66: 24.

28. Jared Sparks (1789-1866), historiador y editor americano, y presidente de Harvard College.

29. Eusebius Pamphili, Ecclesiastal History (Londres, 1876), 8: 2.

30. Lactantius, "Of the False Wisdom of Philosophers" (De la falsa sabiduría de los filósofos) en The Works (Edimburgo, 1871), libro 3.

31. Véase Historia del Desarrollo Intelectual [1862], cap. X de [John William] Draper.

32. Véase John of Salisbury, Polycraticus, , 2: 26, 8: 19.

33. Véase Geschichte der Logik im Abendlande de Prantl (Leipzig, 1867), vol. 3, sec. 17, p. 2.

34. Véase William Whewell, Novum Organon Renovatum, 3Š ed. (Londres, 1858).

35. Urbain J. J. Leverrier, "Recherches sur les mouvements de la plančte Herschel, dite Uranus", en Connaissances des temps (1849); J. C. Adams, Nautical Almanac, 1851, p. 3.

36. Para Rankine, véase nota 8 en ítem 24; para Clausius, véase nota 13; para Thomson, véase nota 2 en ítem 24.

37. El mismo Thomson, en su artículo Heat de la Enciclopedia Británica, jamás menciona ni una vez el nombre de Clausius.

38. Para Bernouilli, véase nota 9 en ítem 24; para Boyle, véase nota 5 en ítem 12; para Charles, véase nota 7 en ítem 15; para Avogadro, véase p. 335 y nota 4 en ítem 21.

39. Mendeleef, Lothar Meyer, y J. A. R. Newlands.

40. W. T. G. Morton, C. T. Jackson, y J. C. Warren.

41. De acuerdo con la "Nota sobre la edad de Basil Valentine" de Peirce (p 674), se considera que Basil Valentine ha sido uno de los primeros químicos científicos, en la Alemania del siglo quince; pero Peirce continúa y dice que puede haber sido la creación de Johann Thölde, quien publicó algunos trabajos atribuidos a Basil Valentine alrededor de 1600.

42. Con origen en la commedia dell'arte italiana, Punchinello es una especie de payaso rústico o bufón (y el prototipo de Punch).




Fin de: "Amor evolutivo". Traducción castellana de Lino Iglesias, 2001. Original en: CP6. 287-317.

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Fecha del documento: 14 octubre 2001
Ultima actualización: 1diciembre 2004


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