DMESIS


Charles S. Peirce (1892)

Traducción castellana de Jaime Lozano Martínez (2007)1



Este texto fue publicado el 29 septiembre de 1892 en The Open Court 266 (Vol. VI-39, pp. 3399-3403). Peirce se plantea aquí la manera en que la fe cristiana debería influir en la política del Estado. Como ejemplo, aborda la cuestión de si el Estado debe castigar a los criminales, y examina si los motivos que supuestamente justifican el castigo son conformes al espíritu del cristianismo. Por último, Peirce elabora su propia y peculiar propuesta sobre la manera de tratar a los criminales.

El matemático Sylvester, (cuya falsa acusación contra mí, hecha apresuradamente y con cruel persistencia, es incapaz de afectar mi estimación de su genio), creó, cuando estaba en este país, una revista matemática, que por virtud de su fecundación, le convierte en una figura nada insignificante en la tarea de la construcción del pensamiento de este mundo; sobre la portada de la revista, escribió como lema aquella frase de la Epístola a su pueblo: "Pragmatôn elenchos ou blepomenôn", "la Evidencia de las cosas que no se ven"2. Uno se pregunta qué quiere decir. Sin duda, la matemática sólo hace evidentes las cosas que se ven, y está mucho menos dispuesta que cualquier otra ciencia a aceptar algo basado en la fe. Pero supongo que en realidad el lema estaba sutilmente dirigido a los pensadores de Europa, y lo que quería decir era, "usted puede burlarse de la idea de que estén madurando frutos del intelecto puro en América; en realidad todavía son difíciles de apreciar; pero el establecimiento de esta revista es mi testimonio de que una capacidad germinal para mayores cosas está ahí". Sin duda, al judío le divierte que los cristianos no le guarden rencor por utilizar uno de sus símbolos más sagrados para servir al propósito de un juego de palabras.

¡Cuán maravillosamente se ha ido disolviendo la fe cristiana desde la aparición de El Origen de las Especies -¡especialmente entre el clero! Sea esto cierto o no de la fe cristiana considerada como la aceptación de una fórmula, estoy seguro de que lo es si la frase se interpreta, en su sentido más espiritual, como aquella compenetración de la mente con la naturaleza que hace axiomática la verdad de las bienaventuranzas. Una observación bastante común es que la idea general de aquellos enunciados hiperbólicos constituye el primer principio de la Cristiandad del que fluye naturalmente el resto. Soy uno de aquellos que piensa que esta idea también es el corazón de la verdadera filosofía; una idea que debería ser desarrollada directamente, sin importar los riesgos, y en todos los sentidos. Sin embargo, cada año encuentro menos gente que coincida conmigo en esto.

Con el fin de ilustrar mi concepción de la manera en que la política del Estado debería ser gobernada por la Fe Cristiana, permítanme preguntar: ¿con qué pretexto justificable podemos castigar a los criminales? Ellos son apartados de todo lo bello y edificante, son tratados de la manera más dura y con el espíritu más tétrico, y en cuanto se están adaptando a ese modo de vida, son expulsados, para ser capturados de nuevo pocos meses después; y esto se repite una y otra vez a lo largo de sus vidas. Si existe la posibilidad de hacerles peores de lo que eran la primera vez que los capturaron, la prisión desarrolla esa capacidad. La mayoría de ellos no sufre, porque son totalmente insensibles. Incluso aquellos que fueron respetables, son personas relativamente insensibles, y si sufren al comienzo, su encarcelamiento pronto elimina toda capacidad de sentir pena. La angustia y la miseria son para sus buenas esposas, hijos y padres. Ésta es la forma en que tratamos a los criminales hoy en día; y no cuestiono cuál es nuestro verdadero motivo; pues no voy a dedicar tiempo a discutir con personas que prefieren cerrar sus ojos frente al hecho de que realmente castigamos a los criminales porque los detestamos. Pero pregunto, ¿cuál es la excusa para esta conducta? Algunos alegan la autoridad de la biblia, pero la biblia sería un libro maldito si puede usarse con propiedad para justificar la injusticia. Una máxima no cristiana sería no cristiana aunque el ángel Gabriel descendiera y la pronunciara. La misma idea de la gracia cristiana es que podemos extraer la verdad de Dios de nuestro pecho. No podemos evadir la responsabilidad por la crueldad a través de textos bíblicos. Otros dirán que debemos castigar a los criminales porque el Estado está en la obligación de preservarse a sí mismo. Es cierto que tal obligación existe. Sólo que, como bien dice Whewell "podemos hablar del deber de auto-preservación como el deber más bajo de un estado en comparación con otros deberes, como son los de hacer morales e inteligentes a sus miembros, que son sus deberes más altos"3. Pero aunque la auto-preservación no es un deber superior en la escala de los deberes, es una excusa poderosa para los errores. Otros, y son muchísimos, sostendrán que el castigo está comprometido con el deber más alto del Estado de "mantener la verdadera religión y la virtud". Aún otros, aunque repudien cualquier deber como éste, mantendrán la opinión de que el castigo está justificado por el principio del mayor bien para el mayor número.

Creo que éstas son todas las razones que se alegarían para la justificación del castigo; existen muchísimas mentes según las cuales, para cerrar el caso, el problema siguiente sería reunir todas estas razones, como si se tratara de un rompecabezas chino. Sin embargo esa sería la práctica de un retórico, no la de un lógico, ni la de un filósofo. El método más adecuado es examinar cada una de estas razones y ver si son válidas o no. La única que, no lo dudo, tiene el mayor apoyo entre las mentes de los hombres es la noción de que es deber del gobierno "mantener la virtud"; aunque los Protestantes difícilmente piensan que sea su deber apoyar a la iglesia. En la medida en que el gobierno sea impuesto desde arriba, sin tener en cuenta la opinión del pueblo, no importa cuáles sean sus deberes, pues al pueblo no le interesarán. Pero en tanto se tenga algo de poder para determinar lo que el gobierno hará, sus actos llegarán a ser nuestros actos; y no podremos delegarle ningún derecho a hacer nada que nosotros no tengamos el derecho de hacer. La teoría según la cual el gobierno tiene derechos no derivados del pueblo sino de Dios, y más aun que el pueblo tiene un derecho a determinar lo que la institución de Dios hará y lo que no hará, puede ser la doctrina puritana, pero en realidad se trata de un dispositivo miserable para librar a los hombres de responsabilidad frente a las atrocidades. En un gobierno del pueblo, la gran pregunta es, ¿qué derecho tiene un hombre a castigar a otro? Admitiré que es deber de todo hombre mantener la verdadera religión y la virtud. Es su deber hacerlo, primero, a través del ejemplo, y segundo por medio de persuasiones amorosas. Pero cualquier conducta poco amable hacia aquellos que parecen violar los preceptos de la religión y la virtud, está prohibida por el principio esencial de la Cristiandad. "Mía es la venganza: yo retribuiré, dijo el Señor".

Si se deja a un lado esta razón, todavía quedan los principios de auto-preservación y de utilidad general. Estos están relacionados con el derecho de castigar a otros sólo bajo la suposición de que el castigo es para prevenir el crimen. Según estos principios, entonces, el castigo es inflingido únicamente teniendo en cuenta sus efectos en el futuro, y en absoluto como retribución por el pasado. El castigo, así justificado, cesa de ser castigo, es solamente preservación. Según esta visión un hombre no puede ser castigado por nada pasado y ya hecho, como tal, sino solamente hasta donde lo que ha hecho, indica lo que él u otros pueden hacer en el futuro. Pero la culpa de un hombre, de acuerdo a estos dos principios, no puede justificar ni ayudar a justificar la imposición de una pena. Puede ser que sus conciudadanos no tengan nada que hacer con su culpa; y en cuanto al asunto de causarle penas a él, será considerado, en cuanto a su acción, como un ciudadano que merece recibir la misma consideración que cualquier otro ciudadano.

La forma en que el principio de auto-preservación funciona se puede ver mejor con un ejemplo. Supongan que las autoridades tienen la idea de que el país está en peligro de invasión. Pueden enviar un ejército que erija un terraplén sobre la tierra de uno de sus propios ciudadanos y arruinarla. Éste es un atentado contra él; pero la excusa para realizarlo es el terror de la gente. En tanto que el castigo puede justificarse mediante el principio de auto-preservación, se trata simplemente de un atentado contra el individuo que se ha vuelto necesario por el peligro de destrucción inminente del estado. Ahora, decir que la existencia del gobierno está en peligro debido a las andanzas de un ratero, no es algo que se pueda considerar completamente cierto.

Pero si el intento de justificar el castigo por el principio de auto-preservación es ridículo, el intento de justificarlo sobre bases utilitarias es mucho peor. Es bárbaro, repugnante y no cristiano. Se trata de la idea de llevar a la muerte a un hombre, o más espantoso todavía, de encarcelarlo por años, disminuyendo su alma y desgraciando su vida, no por alguna culpa suya sino por distribuir a cada unidad de la población, ¡una fracción de un céntimo de seguridad adicional! Bien, tal principio reduciría el canibalismo a la pregunta, ¿cuánta carne puede producir un hombre? ¡La conciencia cristiana condena esta acción ruin con su énfasis más poderoso! El utilitarismo es el espíritu del infierno.

La explicación de esto es: usted no tiene derecho alguno a castigar a los criminales. Lo máximo que se puede decir es que si usted no puede ver otra forma de defenderse frente a ellos, y tiene miedo de seguir el principio cristiano, entonces la debilidad de su fe, su inhabilidad para mantener firme su comprensión del hecho de que la vía cristiana de conducta siempre es la más fuerte, debe servirle como excusa.

Incluso esta excusa adquiere pequeñas dimensiones cuando investigamos el supuesto sobre el que descansa, que el castigo previene el crimen. El castigo no previene todos los crímenes que se cometen actualmente. En términos de una observación bien determinada, el castigo no tiene influencia disuasoria sobre las clases criminales. Algún nuevo y horroroso castigo podría afectar su imaginación; pero no los castigos que conocen tan bien. Un criminal regular después de años de encarcelamiento, si encuentra la oportunidad repetirá el acto por el que recibió castigo quince minutos después de su liberación. Todo lo que hace el castigo es, en primer lugar, modificar el tipo de delitos y causar por ejemplo, que una persona viva estafando en lugar de robando directamente, y en segundo lugar disuade a alguna gente respetable de rendirse a tentaciones poderosas. En la primera clase de casos, la cura es peor que la enfermedad: la estafa es más peligrosa y más dañina que el robo. En la segunda clase, las tentaciones se deben principalmente a la ignorancia que tiene el estado de sus deberes más altos; y no se debe aducir el efecto de su propia ignorancia como excusa para cometer una atrocidad.

Un amigo mira sobre mi hombro y pregunta: "¿entonces usted cómo trataría a los criminales?". ¿Yo?, bueno, usted sabe que no soy criminólogo; y tal vez no pueda dar una respuesta muy sabia a esa pregunta. Pero yo los amaría; e intentaría tratarlos con amorosa amabilidad a la luz de la verdad, y esperaría que el cielo bendijera mis esfuerzos. Sé que los criminales son almas deformadas o enfermas. Siento que su ser así es, en alguna medida desconocida, culpa de nuestro propio egoísmo absoluto, nuestra desconsiderada falta de honestidad. Les debemos algún grado de cuidado y ternura, y el residuo que no les debemos, yo se lo daría si pudiera. Ellos son débiles y miserables, y necesitan un cuidado mejor que otra gente.

Mi amigo piensa que no puedo escapar lógicamente a la proposición de un plan definido. Si es así, solamente puedo ofrecer lo que mi primer principio parece sugerir directamente. Servirá como un esbozo preliminar de una vía.

1. Un proceso judicial, sustancialmente igual a la forma actual de juicio, determinará4 la criminalidad del acusado. Uso la palabra criminalidad para denotar la realización de un acto que el estado considerará que proporciona una suposición concluyente de una mente insana.
2. Tras el juicio, el cuidado del criminal será cedido a una comisión ejecutiva de psicopatólogos, nombrados por el poder civil, pero sujeta a remoción por parte de un comité de criminólogos.
3. El criminal, ahora un paciente, estará a cargo de esta comisión hasta que se le declare curado y se le retiren los cargos.
4. Durante este tiempo estará confinado en un hospital mental de forma tan estricta como sea necesario, pero de la manera más agradable posible, y con el ambiente más refinado y elevado.
5. El paciente no podrá contribuir a la propagación de la especie mientras esté bajo tratamiento.
6. Siendo el ejercicio y el respeto a sí mismo los elementos más esenciales de la felicidad humana, el paciente será entrenado para que gane lo que corresponde a su porción de gastos del lugar en el que está confinado; y su tratamiento será proporcional en alguna medida a la cantidad que gane.
7. Los productos del trabajo del paciente estarán disponibles a los precios más altos del mercado y preferiblemente en mercados extranjeros. El asunto se manejará como un negocio, produciendo beneficios.
8. Todo lo relacionado con el asilo se hará bello, y todo se hará para despertar al hombre superior. De acuerdo a una economía adecuada en cuanto a la distribución del trabajo, el mejor hombre será el mejor trabajador.
9. El paciente será involucrado en el sistema y en trabajos de benevolencia personal.
10. Tras su liberación, que si alguna vez tiene lugar, será sólo después de muchos años, se pondrá al otrora paciente en una situación en la que pueda ganar el sustento suficiente y aspirar a satisfacer sus deseos.
11. Al comienzo sólo se tratarán los delitos más graves, tales como la violencia y el robo. Todo intento de tratar los demás será abandonado por un tiempo, hasta que los peores delitos estén cerca de ser erradicados. Cuando haya lugar en los hospitales, se asumirán fechorías como la ebriedad, la adulteración, las apuestas y el maltrato a los animales. Finalmente tal vez incluso la deshonestidad y la vagancia pueden ser atacadas.

Sostengo que es deber del estado hacer todo esto, o algo mejor, sin importar cuál sea el resultado, ni cuál sea su costo. Al mismo tiempo, es conveniente tratar de predecir los resultados y los gastos, hasta donde seamos capaces de hacerlo.

Los resultados se pueden dividir entre los efectos sobre los criminales y los efectos sobre la sociedad. El primero de ellos será que el mundo entero de criminales habituales será confinado en poco tiempo, pues las sentencias serán dictadas con mayor facilidad que ahora, las defensas serán menos arduas y el confinamiento continuará durante toda la vida, o una larga serie de años, en lugar de unas pocas semanas o meses, como ocurre ahora. Así el crimen habitual pronto llegará a un final. El conjunto pequeño de crímenes no habituales para los cuales los castigos existentes son disuasivos, sin duda crecerán algo, pero sólo un poco, porque la principal parte preventiva del castigo, que es la desgracia social, seguirá siendo muy severa bajo el nuevo sistema, tal y como lo es ahora. Será lo mejor para la salud del cuerpo político que estos humores malignos encuentren alguna ventilación y la sociedad sea purgada de aquellos a quienes sólo restringe el miedo al castigo judicial.

Admito que la mayor parte de los criminales habituales probarán ser absolutamente incurables, debido a que su enfermedad es congénita y orgánica. Sin embargo, se les hará tan felices como les sea posible; y llegarán a ser laboriosos. Una minoría considerable será redimida a un estado de ciudadanía consciente de su dignidad. Éste será el caso con todos los criminales no habituales y no hereditarios. Ningún hombre, sin importar la clase, será más feliz y más digno en el presente que en el nuevo sistema.

De lejos el efecto más importante sobre la sociedad en general será la impresión directa producida por el repudio público y el arrepentimiento de los criminales odiados. Dos evangelios son corrientes en nuestros días. Uno es el evangelio de Cristo. Proclama que Dios es Amor; que el Amor es aquello que es lo creativo, lo vivificante, el principio evolutivo del universo; y que si podemos tan sólo entrar en el espíritu del Amor, de modo que veamos cómo actúa y pongamos nuestra confianza en él, entonces seremos capaces de llegar a una nueva etapa del desarrollo del hombre. El otro evangelio es el evangelio de la economía política y la selección natural. Enseña que el gran motor de todo avance, el redentor del mundo, es la combinación de la pasión bestial, el egoísmo absoluto, y las hambrunas para exterminar al débil. Ahora bien, hay mucha gente en este mundo suficientemente ridícula como para tratar de aceptar a la vez los dos evangelios. Toman el evangelio del odio como andamiaje de sus creencias, y buscan embellecerlo con adornos rasgados por el evangelio del amor. Pero como dijo Jesús con gran profundidad, no se puede servir a Dios y al Demonio. En el momento en que el estado haya aceptado cualquier plan como el que modestamente se sugiere aquí para el tratamiento de los criminales, se habrá comprometido a sí mismo con el evangelio del amor y habrá renunciado al evangelio del odio. La influencia espiritual directa de tal elección sobre todos y cada uno de los ciudadanos sería, incomparablemente, el efecto más importante sobre la sociedad en general.

Pero las consecuencias materiales también deben mencionarse. El tono elevador y la influencia civilizadora de tal espíritu se harán sentir, en media generación, en la disminución de todo el crimen y la mayor seguridad de la propiedad. Los crímenes ordinarios prácticamente cesarán pronto, porque todo el conjunto criminal estará encerrado bajo llave, y la estirpe criminal camino de su extirpación. El incremento de una clase menor de crímenes servirá para dirigir la atención hacia los defectos de nuestros arreglos sociales, cuya corrección será seguida de los resultados más felices.

Al estimar el costo del nuevo plan, se debe considerar que, de lejos, el mayor gasto del sistema existente es por los procesos judiciales. En la actualidad es común que los hombres sean condenados veinte o treinta veces, y sería mucho más barato proporcionarles el sustento de por vida en el Hotel Richelieu. Estos gastos en el nuevo sistema no llegarán a ser un décimo del gasto actual; porque ningún criminal será condenado más de una vez. Los primeros años, los hospitales para criminales serán terriblemente costosos; pero a la larga llegarán a ser completamente autosuficientes. Finalmente las pérdidas privadas del crimen serán disminuidas hasta un punto despreciable.

Luego, desde cualquier ángulo, las bendiciones serán vertidas sobre nosotros cuando podamos dirigir nuestros duros corazones a darle fin a nuestro odio cruel por estos hermanos miserables. Pues como se puede observar, sólo el odio es lo que mantiene el sistema existente.

Estoy completamente seguro de que ahora algunas cabezas sabias objetarán y dirán que la gente cometerá crímenes con el fin de ser puestos en los hospitales. Si de todos modos esa gente a la que se alude son criminales, esto es, están cerca de cometer crímenes de cualquier manera, cuanto más rápido estén en los hospitales, mejor. Pero si la idea es que ciudadanos verdaderamente virtuosos van a cortarle la garganta a sus abuelas con la falsa pretensión de ser malvados, de modo que simplemente puedan disfrutar del pago del crimen, a saber, trabajo duro y continencia de por vida, entonces pienso que no deberían ser confinados en hospitales para criminales sino en manicomios, junto con el autor de esta objeción maravillosa.




Notas

1. Este trabajo de traducción es parte del proyecto Charles Sanders Peirce y la Economía Institucional Evolutiva, y fue realizado gracias al apoyo del Acervo Peirceano de la Universidad Nacional de Colombia y al GEP de la Universidad de Navarra [Nota del T.].

2. Se trata del pasaje de la Epístola a los Hebreos 11,1. Silvester era hebreo.

3. Morality, p. 845 [Nota de CSP].

4. Me limito a usar el futuro simple; la cortesía prohibiría que yo pareciese dudar de que la gente abrace con presteza los primeros medios que se le presentan para dejar salir su amor cristiano sobre un gran número de sus vecinos [Nota de CSP].



Fin de "Dmesis" (1892). Fuente textual en The Open Court 266 (Vol. VI-39, pp.3399-3403).


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Fecha del documento: 27 de febrero 2007
Ultima actualización: 30 de enero 2011

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