Trabajo para el curso de post-grado: "Sobre Nietzsche y el lenguaje"
dictado por la Prof. Emérita Lucía Piossek Prebisch en mayo de 2005.

La conciencia lingüística de la filosofía
en Charles S. Peirce


Catalina Hynes




Introducción

La preeminencia del lenguaje en la reflexión filosófica no ha surgido abruptamente; tiene, en efecto, una historia e incluso una protohistoria. Carlos Nieto Blanco —en su libro La conciencia lingüística de la filosofía1 — ha destacado el papel señero de Charles Sanders Peirce (1839-1914) en este acontecimiento, puesto que, según él, "la novedad que supuso para la filosofía el giro lingüístico residió en que éste, desde el primer momento, fue un giro pragmático"2. La modesta pretensión de este trabajo es ahondar en esta impresión de Nieto Blanco a fin de clarificarla y sustentarla; paralelamente se harán también oportunas —espero— referencias a semejanzas y diferencias con la concepción nietzscheana del lenguaje, objeto de este curso.

En el punto 1) trataré de dar un bosquejo de la vida y el pensamiento de Peirce, en el punto 2) presentaré lo fundamental de la semiótica peirceana, en el 3) haré lo propio con su pragmatismo. Para finalizar, el punto 4) presenta una miscelánea de coincidencias y discrepancias que se me ocurren a propósito de la consideración conjunta de Peirce y Nietzsche.

1. Charles S. Peirce: una breve presentación de su vida y pensamiento

Resulta bastante curioso que “uno de los mayores filósofos de todos los tiempos3; sea apenas conocido incluso entre quienes dedican su vida al quehacer filosófico. Para intentar explicar este hecho tan singular es imperativo ocuparse, aunque sea brevemente, de su vida, a la vez fascinante y desgraciada. “En la historia de la literatura —decía Baudelaire en el prólogo a su traducción de las obras de Edgar Allan Poe— figuran destinos análogos, auténticas condenas, hombres que llevan las palabras mala suerte escritas con misteriosos caracteres en los sinuosos pliegues de su frente4; y Peirce es uno de ellos. Su mala reputación se le adelantaba cuando solicitaba un puesto académico o financiamiento para publicar su pensamiento y, sin dudas, lo sobrevivió por largo tiempo. Creo, sin embargo, que no fueron sólo las asperezas que deparaba su trato y los excesos de su vida las únicas causas de sus dificultades con el mundo académico. No es sólo su seductora biografía la que impide el paso más allá, hacia la consideración más o menos reposada de su obra. Pienso que pueden aplicarse a Peirce las mismas palabras que Nietzsche forjó para sí mismo:

Algunos hombres nacen póstumos... estaría en completa contradicción conmigo mismo si hubiese hoy ya ojos y oídos alertas para mis verdades: que hoy no se escuche, que hoy no se quiera aprender nada de mí, no sólo es comprensible, sino que me parece justo5.

En el caso de Peirce, su inactualidad es hija de su genio: muchas décadas de reflexión filosófica, metacientífica y semiótica fueron necesarias para comenzar siquiera a entender qué era lo que intentaba decirnos. Algunos piensan —incluso— que él cultivó deliberadamente un estilo de difícil acceso para sus contemporáneos, pero no es fácil emitir una opinión fundada a este respecto.

El 10 de septiembre de 1839, en Cambridge, Massachussets, nacía Charles Sanders Peirce en el seno de una acomodada familia perteneciente a la elite intelectual de Harvard. Los padres de Charles fueron Benjamin Peirce, profesor de astronomía y matemáticas en Harvard, y Sara Hunt Mills.

Charles destacó pronto como un intelecto singular: a los ocho años poseía su propio laboratorio de química —la ciencia experimental por aquel entonces— y a los once escribió una Historia de la química, hoy perdida. Apenas había cumplido los doce cuando tuvo lugar un encuentro intelectual de singulares consecuencias: ingresó a la habitación de su hermano mayor —James Mills— quien acababa de adquirir los libros que utilizaría en su segundo año del Harvard College y vio allí el libro Elements of Logic de Whately6. Charles preguntó qué era la lógica y luego se absorbió en el texto durante varios días. Su suerte estaba echada; a partir de allí nunca pudo pensar en nada sino como un ejercicio de lógica7. Max Fisch nos cuenta que Peirce se consideraba a sí mismo el único hombre desde la Edad Media que dedicó por completo su vida a la lógica8 . Sin dudas estaba en lo cierto si entendemos la lógica en un sentido lo suficientemente amplio del término, como Peirce la entendía.

Se matriculó en Harvard a los dieciséis años y hacia fines de su primer año en la universidad ya estaba leyendo —guiado por su padre— la Crítica de la Razón Pura de Kant que se convertiría con el tiempo en algo así como su obra filosófica de cabecera, llegó a saberla casi de memoria y pensó que Kant9 estaba haciendo allí las preguntas filosóficas fundamentales. Luego del College cursó estudios en la Lawrence Scientific School, la escuela que su padre había ayudado a crear en Harvard en 1847 y se graduó con honores en 1863. En la Lawrence fue compañero de William James, el amigo con el cual compartiría la paternidad del pragmatismo y que se transformaría en una suerte de ángel guardián en medio de la debacle general de su vida.

Es conveniente introducir algún orden, siempre artificial, en una vida tan larga e intensamente productiva como la de Peirce, a fin de no perderse en ella. Una buena división en tres períodos es la de Max Fisch10, biógrafo oficial de Peirce, que tiene la ventaja de la sencillez. Los períodos que considera son tres 1) El período de Cambridge (1851- 1870), 2) El período cosmopolita (1870-1887) y 3) El Período de Arisbe (1888-1914).

El primer período va desde su lectura del mencionado libro de Whately hasta su Memoria sobre lógica de los relativos. Incluye su formación académica y los primeros esbozos de su sistema filosófico. El año más representativo de este período es 1867 durante el cual es nombrado miembro de la American Academy of Arts and Science ante la cual presenta un total de cinco ensayos11, el tercero de ellos es el célebre On a New List of Categories, presentado el 14 de mayo, del cual dijo en 1905 que era su "única contribución a la filosofía". En ese trabajo fructifica una década de reflexión en torno a la Crítica de la Razón Pura de Kant: desde 1860 Peirce reflexionaba acerca de la necesidad de integrar las categorías kantianas en un sistema más amplio de concepciones. El joven Peirce abrazó el ideal kantiano de filosofía arquitectónica —contrariamente a Nietzsche que advertía "cuidado con los sistemáticos"—e hizo de la construcción de un sistema filosófico lógicamente riguroso la “obra de su vida”12. Ya en estos años se ganaba la vida como asistente en la Coast Geodetic Survey, principal agencia científica de los Estados Unidos de América. Allí trabajaría durante 31 años.

El segundo período abarca los años más fértiles de Peirce en lo que a producción científica se refiere y señala el tiempo del reconocimiento internacional. Fue, en efecto, el primer científico norteamericano invitado a una reunión internacional de ciencia. Astrónomo, químico, geodesta, psicólogo experimental..., es imposible encasillar a Peirce en una profesión. Baste decir que fue el primer metrólogo que usó longitudes de ondas lumínicas como unidad de medida, que elaboró una tabla periódica de los elementos varios meses antes que Mendeleiev, que descubrió —junto con otros astrónomos norteamericanos— que el sol estaba compuesto principalmente de Helio, etc. Sus contribuciones a la ciencia experimental son ciertamente innumerables. Desde el punto de vista de la ciencia de la lógica es destacable su aporte a creación de la lógica de las relaciones (elaborada independientemente de De Morgan), de la lógica cuantificacional (independientemente de Frege) y de la lógica trivalente. Este período es importante para la filosofía ya que en él tiene lugar el surgimiento del pragmatismo, corriente filosófica inaugurada por Peirce y "popularizada" luego por William James. Alrededor del año 1872 tuvieron lugar varias reuniones del Club Metafísico de Cambridge, en ellas se discutieron por vez primera las ideas fundacionales de esta corriente, sobre la que volveremos luego.

En el tercer período nos encontramos, por un lado, con la pendiente económica y laboral de Peirce quien fue expulsado de la Universidad Johns Hopkins primero y de Coast Survey después13 ; por otro, con el relativo aislamiento del mundo científico y con la culminación de su obra filosófica. El filósofo se recluyó junto a su segunda esposa —Juliette— en una casa de campo a la que llamó Arisbe. Inmerso en grandes dificultades para sobrevivir, dedicó su mejor energía a completar su pensamiento. A este período pertenece la mayor parte de su obra semiótica.

Publicó pocos libros: Photometric researches, de 1878, reúne sus investigaciones en la Coast Survey y el Observatorio de Harvard y un libro de lógica escrito junto con sus estudiantes de la Universidad Johns Hopkins —firmado colectivamente14—. Intentó más tarde publicar uno titulado Lógica Minuciosa pero no obtuvo el financiamiento necesario para llevarlo a cabo. Sus principales medios de comunicación fueron las conferencias, artículos de diarios y revistas, y voces de diccionario, muchos de ellos realizados por la paga y redactados a pedido del editor. Murió de cáncer en abril de 1914.

Varios filósofos promovieron la publicación de sus innumerables manuscritos: Russell y Whitehead mostraron gran interés en ello, también Josiah Royce, pero Harvard encargó a dos jóvenes entusiastas la confección de una antología, los famosos Collected Papers, ocho volúmenes de escritos escogidos sin demasiada coherencia15. Actualmente se edita una colección cronológica de todos los escritos de Peirce que permitirá acceder a su obra completa16.

1. La semiótica peirceana

Hemos visto cómo Peirce afirmaba que veía toda cuestión como un problema de lógica; ahora bien, hay que aclarar que la lógica del caso no es nuestra actual lógica matemática —a la que él contribuyó a desarrollar grandemente— sino una lógica ampliada, entendida como filosofía y metodología de la ciencia primero y, más tarde, como ciencia general de los signos o semiótica, que él situaba en la cúspide de su clasificación de las ciencias. Peirce adoptó este nombre probablemente de John Locke17. Veamos cómo la define: "Lógica, en su sentido general sólo es, como creo haber demostrado, otro nombre para la semiótica, (sémeiötiké), la doctrina 'cuasi-necesaria', o formal, de los signos" (Collected Papers 2.227).

Las investigaciones contemporáneas sobre los signos —nos dice Deledalle18 — proceden de dos fuentes: de Charles S. Peirce, quien está en el origen de la corriente semiótica, y de Ferdinand de Saussure (1857-1913), quien inicia la corriente semiológica (...) Pionero en numerosos campos, Peirce no dejó de elaborar durante su vida su teoría de los signos, incluso cuando parecía dirigir su atención a otros temas. Ofrece una primera versión en 1867 y 1868, desarrolla su aspecto "pragmático" en 1877 y 1878, le provee un fundamento lógico entre 1880 y 1885 y hasta el final de su vida (...) La anterioridad de la semiótica de Peirce respecto de la semiología de Saussure es indiscutible.

Según Peirce la mente siempre emplea signos, no existe algo así como una intuición directa, inmediata, de una idea. La conciencia es conciencia de signo. De ahí su oposición al cartesianismo en filosofía. El conocimiento siempre es mediado por los signos, no hay un fundamento inconmovible de carácter no lingüístico. Del mismo modo que no hay una distinción tajante entre sujeto y objeto. El anticartesianismo de Peirce constituye un punto de contacto nada desdeñable con el pensamiento de Nietzsche, aunque ambos entendieron la superación (o la oposición) a Descartes de diferentes maneras.

Un signo es para Peirce "algo que está por algo para alguien en algún aspecto o capacidad" (Collected Papers, 2.228). El signo —también llamado por Peirce representamen— es una relación triádica entre su objeto (el signo está "por algo"), su fundamento (una especie de idea) y el interpretante (el signo se dirige a alguien, crea en la mente de esa persona un signo equivalente, a ese signo lo llama el interpretante). Esta relación es fundamentalmente dinámica: el interpretante es un signo (no es el intérprete) y, siendo signo él mismo, requiere un interpretante. Y así ad infinitum. Lo característico de esta noción peirceana de signo es que se basa "en la inferencia, en la interpretación, en la dinámica de la semiosis"19.

Esta concepción triádica del signo es sumamente compleja y aquí sólo la estamos esbozando20. Quiero destacar que esta triadicidad tiene una profunda relación con las categorías peirceanas (Primeridad, Segundidad, Terceridad), categorías que son lógicas y ontológicas y que él elaboró tempranamente como una superación y simplificación de las categorías kantianas. He aquí otro punto de discrepancia con Nietzsche: Peirce es un metafísico. Si bien en muchísimos pasajes se queja de algunos vicios de la metafísica especulativa, él hizo un serio intento por fundar una metafísica racional: la que requiere nuestra lógica y nuestra ciencia. Veamos un pasaje en el cual sintetiza en forma bastante clara sus categorías:

Dando al ser el más amplio sentido posible, con el fin de incluir tanto las ideas como las cosas, e ideas que imaginamos tener, así como ideas que realmente tenemos, yo definiría la Primeridad, la Segundidad y la Terceridad de este modo:
Primeridad es el modo de ser de aquello que es tal como es, positivamente y sin referencia a ninguna otra cosa.
Segundidad es el modo de ser de aquello que es tal como es, con respecto a una segunda cosa, pero con exclusión de toda tercera cosa.
Terceridad es el modo de ser de aquello que es tal como es, al relacionar una segunda cosa y una tercera entre sí (Carta a Lady Welby de octubre de 1904).

El punto de partida del análisis categorial de Peirce es el concepto de Kant de que "la función de los conceptos es reducir a una unidad la multiplicidad de las impresiones sensoriales"21. Dando esto por sentado —nos dice Samaja—:

Del examen de lo que puede abstraerse de la predicación, concluye que la cópula no puede ser separada de la noción que le es inherente, ya que cualquiera sea la determinación, ella lo será en algún aspecto. La cópula ser en ningún caso será seguida de una determinación vacía de algún contenido o fundamento. Si no se puede decir "Sócrates es", tampoco se puede decir "Sócrates es semejante a cualquier cosa"22.

He aquí una diferencia importante con Nietzsche: mientras éste dice: "la creencia en la gramática, en el sujeto lingüístico, ha mantenido a los metafísicos bajo el yugo"23, vemos que para Peirce estas constantes universales de la semiótica dan el hilo de Ariadna de la metafísica. Es una diferencia importante y se sitúa de lleno en el plano de los valores: el valor que cada uno de ellos da al lenguaje y al conocimiento. Para Nietzsche esta creencia en la gramática proviene de haberse olvidado el origen metafórico del lenguaje. Para Peirce el hecho de que nuestra conciencia sea lingüística nos da la pista de la verdad de estas estructuras gramaticales: si hemos logrado —qua seres vivientes— sobrevivir con estas categorías es porque en ellas de algún modo se refleja el mundo real. Más todavía: este mundo real ha moldeado en el hombre estas categorías bajo la presión de la selección natural. Este esquema metafísico responde a una visión naturalista del hombre, es una suerte de kantismo post darwiniano. De ahí también la presunción de verdad de la que gozan nuestro conocimiento y nuestras teorías científicas, por falibles y provisorias que sean.

No tenemos tiempo aquí de complementar esto con otras ideas peirceanas características: la de la evolución amorosa del cosmos o la de que la materia es mente debilitada, baste decir que Peirce creía en la profunda comunidad entre hombre y ser. De ahí que no conceda a Kant que exista algo incognoscible per se.

Algunos estudiosos piensan que hay dos Peirce: uno naturalista, antecesor del positivismo, y otro trascendentalista y metafísico. Estas dos tendencias estarían en tensión en su pensamiento. Pero no es una opinión unánime entre los expertos. A medida que su obra va saliendo a la luz se encuentra, junto con su complejidad y dificultad, una profunda aspiración a la unidad y sistematicidad.

La triadicidad de su semiótica constituye para muchos una ventaja importante con respecto a los enfoques diádicos, como el de Saussure o el correspondiente al conductismo. Walker Percy llega a decir que sólo con Peirce podremos superar el dualismo cartesiano y fundar una "ciencia coherente del hombre"24. Es posible. Otros ven en su semiosis "infinita" o bien un serio problema (si vamos al infinito nunca tenemos un signo) o bien una semiótica superadora de los significados cerrados, clausurados. Sea lo que sea que pensemos de ella, espero que esté claro hasta aquí que es, al menos, digna de estudio.

2. El pragmatismo

La irrupción del pragmatismo en la historia de la filosofía es algo digno de nota desde el momento en que esta disciplina suele caracterizarse más por la perennidad de sus problemas que por la innovación. Así lo entendió, por ejemplo, el filósofo inglés Bertrand Russell quien señaló que el surgimiento una filosofía "auténticamente nueva" con el pragmatismo era un "acontecimiento de la mayor importancia"25. Esto no impidió que Russell se convirtiera, sin embargo, en uno de sus críticos más mordaces. He aquí uno de los rasgos históricos más llamativos del pragmatismo: es una teoría que "nació criticada". Lo fue aun antes de que se hubiese escrito pormenorizadamente sobre ella y la palabra "pragmatismo" alcanzó celebridad con anterioridad a la publicación de los escritos de su fundador, Peirce. Con la fama llegaron también el descrédito, la crítica feroz y las desinteligencias. A esto se debe quizás el que sus fundadores (junto con Peirce: William James, Schiller y Dewey) se apresurasen a quitarse el calificativo de "pragmatistas".

Sería largo intentar esbozar una historia de los malentendidos que acaecieron desde el inicio del pragmatismo y no es mi intención hacerla aquí. Susan Haack ha descrito jocosamente la situación: el problema (del pragmatismo) es en realidad más complejo e interesante de lo que ninguno de ellos admite, y se parece más al viejo chiste de los soldados que pasan un mensaje a lo largo de la fila: el primero le dice al segundo, "Envíen refuerzos, vamos a avanzar"; y el penúltimo le dice al último, "Envíen dinero, vamos a bailar"26.

Los pragmatistas han insistido siempre en que sus ideas no eran nuevas y que la prehistoria del pragmatismo puede trazarse al menos hasta Platón y Aristóteles27. William James subtituló su obra Pragmatismo (1907) de la siguiente manera: "un nombre nuevo para viejos modos de pensar". Más cercano en el tiempo, Alexander Bain fue señalado por Peirce como un antecesor importante con su idea de creencia como "disposición para la acción". A partir de la llamada "renovación pragmatista" de la filosofía, que tiene lugar desde los ochenta, han florecido los estudios históricos sobre los aspectos "pragmáticos" de casi todos los filósofos.

Durante las reuniones del Club Metafísico de Cambridge en 1872, Peirce, James, Chauncey Wright y Oliver Wendell Holmes —entre otros— coincidieron en considerar a las ideas como vinculadas entrañablemente con la acción. Peirce leyó allí un ensayo expresando esto. No se sabe a ciencia cierta a cuál de sus artículos corresponde esta exposición pero sí es claro que el célebre "Cómo esclarecer nuestras ideas" puede ser tomado en cierto sentido como el manifiesto pragmatista. Veamos cómo presentaba la idea central del pragmatismo, también llamada la Máxima Pragmática, en 1905: Consideremos el objeto de algunas de nuestras ideas, y representémonos todos los efectos imaginables, que pueden tener cualquier interés práctico, que atribuimos a ese objeto: digo que nuestra idea del objeto no es nada más que la suma de las ideas de todos esos efectos28.

Resulta casi obvia la conexión entre esta máxima pragmática y el principio verificacionista del significado que adoptaron los neopositivistas del siglo XX.

En 1905 Peirce (en la tercera de las series de artículos para el Monista) intentó probar su doctrina del pragmatismo (llamado ahora por él pragmaticismo), y en el transcurso del establecimiento de esa prueba, tejió sus dos grandes teorías, la semiótica y el pragmatismo, en una doctrina unificada: el pragmatismo semiótico. Pretendía tomar distancia de un cierto pragmatismo que se había vuelto popular29 y mostrar que su pragmatismo era una doctrina seria, científica. Subyace a este intento de prueba de la máxima pragmática, claro está, su afán permanente de elaborar un sistema de pensamiento sólido y coherente.

Mientras que el pragmatismo de los setenta era un método para dirimir disputas metafísicas y se elevaba al rango de gran Principio —así lo presentaba James todavía en 1907—, el pragmaticismo peirceano de los noventa era un teorema dentro de la ciencia general de los signos (semiótica), estrechamente unido a las relaciones de los mismos (Ch. Morris las llamó, siguiendo de cerca a Peirce: relaciones sintácticas, semánticas y pragmáticas).

Con Peirce entra de lleno en la filosofía la idea de que las palabras no se relacionan mágicamente con las cosas sino que "nuestra actividad lingüística está enraizada en los procesos comunitarios de interpretación"30. Procesos, valga la redundancia, abiertos y dinámicos. Es destacable además esta idea de los pragmatistas: el conocimiento es —ineludiblemente— social. A la postura de Peirce se la ha llamado en ocasiones también "socialismo lógico".

3. Peirce y Nietzsche: un océano de por medio. Acercamientos y alejamientos

A estas alturas de la historia de la filosofía ya está claro que no podemos reflexionar ignorando el lenguaje; esta reflexión tampoco puede existir en el vacío, sin tener en cuenta a la semiótica, las ciencias cognitivas y demás disciplinas vinculadas con la comprensión del lenguaje y la comunicación31. Nietzsche y Peirce, desde supuestos y filosofías diferentes, han contribuido enormemente a la actual conciencia lingüística de la filosofía y resulta tentador hacer alguna comparación, por pobre que ésta sea en mi caso, entre ambos filósofos que fueron —además— contemporáneos. Es lo que haré en los párrafos que siguen.

No resulta extraño encontrar la mención de Nietzsche cuando se habla del pragmatismo y su concepción del conocimiento como cumpliendo una función vital. Consideremos, por ejemplo, el siguiente texto de "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral"32: "En un sentido similar, limitado, quiere el hombre también sólo la verdad. Desea las consecuencias agradables de la verdad, las que mantienen la vida...". Esta noción de verdad como "error útil para la vida", esta idea acerca del lenguaje y el conocimiento como situados en el mismo plano que las garras de los animales, ¿convierten a Nietzsche en pragmatista? No es fácil contestar esta pregunta. Valicella, por ejemplo, opina lo siguiente:

¿Cuál es la doctrina de la verdad de Nietzsche? Sea cual sea, no es una teoría pragmática (...) Es tentador leer a Nietzsche como una especie de pragmatista respecto a la verdad: lo que llamamos "verdades" son convenciones establecidas de acuerdo con consideraciones pragmáticas o instrumentales que hacen frente a las condiciones de nuestra vida (...) Numerosos pasajes pueden citarse en apoyo de esta interpretación pragmática, por ejemplo, "El criterio de la verdad reside en el sentimiento de poder" (WP 534)33.

No obstante lo dicho, él cree que, si esta posición es pragmatista, no lo es en el sentido de los grandes pragmatistas clásicos, James y Peirce. Y aduce tres razones —todas ellas atendibles— en apoyo de su opinión. La primera es que para Nietzsche es la falsedad, y no la verdad, la que es útil para la vida. El lenguaje falsifica el mundo mostrándonos identidad y permanencia donde no las hay. Sobrevivimos porque creemos en esta inadecuación básica.

Una segunda razón es que Nietzsche no compartiría la esperanza que tanto James como Peirce tienen en la convergencia final de las opiniones en un centro de destino que ambos llaman la Verdad. Esta noción de verdad como límite, como ideal regulativo de la investigación científica, seguramente habría sido vista por Nietzsche —afirma Valicella— como un sustituto epistemológico de la creencia teológica en el eschaton final.

Finalmente, —y esto es lo más importante— Nietzsche hubiera negado que la verdad y la objetividad sean valiosas. No porque no puedan alcanzarse sino porque no deben ser alcanzadas. Son valores anti-vida, vestigios de cristianismo que no deben sobrevivir a la muerte de Dios.

Estas consideraciones de Valicella son muy interesantes pero superficiales. Uno puede preguntarse con Lucía Piossek Prebisch34 : en nombre de qué noción de verdad se afirma que nuestro lenguaje es inadecuado, que nuestros conceptos falsifican, distorsionan y cristalizan, lo real. La insistencia de Nietzsche en esas palabras: "falso", "inadecuado", "error", parece indicar más bien que subyace a estas atribuciones predicativas un apetito de verdad como adecuación. Es en nombre de esa verdad que se desenmascara la pretensión veritativa de nuestras proposiciones. Habría que utilizar quizás dos términos distintos o algún adjetivo calificativo para diferenciar esta verdad supuesta de una verdad más honda —distinta de ella— que hace más justicia al dinamismo y la perpetua creación de lo nuevo que entraña lo real nietzscheano. Si esto es así, entonces el abismo que separa a Nietzsche de los filósofos pragmatistas no sería tan grande. Puede deberse quizás sólo a un punto de vista diferente: Nietzsche prefiere indagar la genealogía del lenguaje (y de la cultura en general) antes que su funcionamiento actual. Es el enfoque del filósofo con vocación de topo.

Más aún, a menudo se dice que el pragmatismo se define en oposición al pensamiento de Descartes: anti-dualismo, anti-intuicionismo y falibilismo son los rasgos característicos del pensamiento peirceano. No es difícil ver que Nietzsche suscribiría en varios puntos este programa filosófico. Quizás estén en lo cierto Conesa y Nubiola cuando afirman que

Puede entenderse la historia intelectual desde mediados del siglo XIX hasta ahora como el lento y progresivo rechazo de aquella creencia moderna que basaba todo el conocimiento en la mirada interior35.

Creo que las semejanzas en este punto pueden ser más decisivas que las diferencias. O al menos podemos entender a ambos filósofos como insoslayables a la hora de ayudarnos a elaborar nuestra visión del lenguaje. Dos interpretaciones, entonces, que complementan y enriquecen nuestra perspectiva.

Conclusiones

C. S. Peirce, fundador de tradiciones y disciplinas diversas, padre de la semiótica y el pragmatismo, ha contribuido en gran medida a nuestra actual conciencia lingüística. Según Apel, Peirce ha llevado a cabo la transformación semiótica del trascendentalismo kantiano, transformación que ha permitido el surgimiento de la filosofía analítica, centrada en el lenguaje. Para Nieto Blanco, el aporte decisivo de Peirce ha sido la "reducción lingüística" de la mente. Hemos visto también cómo debe entenderse que el giro lingüístico haya sido, desde sus orígenes, pragmático.

El lenguaje constituye la trama de la que está hecha nuestra realidad humana y es un buen punto de partida para la reconciliación y acercamiento de corrientes filosóficas alejadas entre sí por muchos malentendidos, de la filosofía y la ciencia, y —en suma— de recuperación de la perdida unidad de nuestro ser. Peirce nos ha ayudado, tanto como Nietzsche, a comprenderlo así.









Notas

1. Nieto Blanco, Carlos: La conciencia lingüística de la filosofía. Ensayo de una crítica de la razón lingüística. Editorial Trotta, Madrid, 1997.

2. Op. cit., p. 271.

3. La expresión es de Karl Popper pero puede ser suscripta por varios renombrados filósofos que van desde Whitehead y Russell hasta Apel, Habermas y Putnam, pasando por Dewey, James y Royce. Cf. Nathan Houser: Introducción al Vol. 1. The Essential Peirce. Selected Philosophical Writtings, Nathan Houser y Christian Kloesel Eds., Indiana University Press, Bloomington and Indiana, 1992, en adelante EP1, p. xx; Popper, K.: Conocimiento Objetivo. Un enfoque evolucionista, Técnos, Madrid, 2ª Ed., 1982, p. 198.

4. Baudelaire, Ch., Prólogo a Edgar Allan Poe: Narraciones Extraordinarias, Editorial Óptima, Barcelona, 1996, p. 7. Peirce deleitaba con su interpretación de El Cuervo cuando era apenas un adolescente. Luego citaría a Poe en varios lugares de su obra.

5. Nietzsche, F.: Ecce Homo, parágrafo: "Por qué escribo tan buenos libros", I., en Nietzsche, F.: Obras Completas, T. X, Madrid, Aguilar, 1932.

6. Este libro de Richard Whately (1826) orientó a Peirce hacia el nominalismo, posición que comenzó a abandonar hacia 1868 para ir acercándose más y más al realismo escotista.

7. Peirce relata este suceso en una carta a Lady Welby del 23 de diciembre de 1908. Cf. Peirce, C. S.: La ciencia de la semiótica, Armando Sercovich (ed), Nueva Visión, Buenos Aires, 1986, p. 107.

8. Cf. Fisch, M.: Writings of Charles S. Peirce: A Chronological Edition, vols. 1-6, M. H. Fisch et al. (eds.), Indiana University Press, Bloomington, 1982-2000. Introducción a W 1: xviii.

9. Hookway señala que Peirce fue un conocedor excepcional de la historia de la filosofía y que mucho de su trabajo puede ser visto como un comentario acerca de pensadores anteriores. "La más importante de estas influencias es la de Kant y veremos cuán perdurables son los temas kantianos en su pensamiento: su descripción de su posición como un ‘kantismo sin cosas-en-sí’ es justa y precisa", Hookway, C.: Peirce, Routledge & Kegan Paul, London and NY, 1992, p. 11.

10. Cf. Fisch, M.: Peirce, Semiotic and Pragmatism, p. 227.

11. Fueron publicados en Proceedings of the American Academy of Arts and Sciences 7 (1868) y se los conoce como la Serie PAAAS. Tres de esos ensayos son acerca de lógica formal, lo cual ilustra bastante bien la visión peirceana de la lógica como cúspide de su clasificación de las ciencias.

12. Cf. Parker, K. A.: The Continuity of Peirce’s Though, Vanderbilt University Press, Nashville and London, p. xi.

13. Los motivos de estas expulsiones tienen que ver con su carácter, impulsivo, inconstante y derrochador, tanto como con los prejuicios de la sociedad en la que le tocó vivir. Su convivencia con Juliette antes del matrimonio constituyó un pequeño gran escándalo académico que fue la causa principal de su desvinculación de la Johns Hopkins.

14. PEIRCE, C. S. (ed.). 1883. Studies in Logic by Members of the Johns Hopkins University. Boston: Little & Brown.

15. PEIRCE, C. S. 1931-1958. Collected Papers, vols. 1-8, C. Hartshorne, P. Weiss y A. W. Burks (eds.). Cambridge, MA: Harvard University Press.

16. PEIRCE, C. S. 1982-2000. Writings of Charles S. Peirce: A Chronological Edition, vols. 1-6, M. H. Fisch et al. (eds.). Bloomington: Indiana University Press. Se calcula que su obra abarcará unos veinte volúmenes.

17. En el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) Locke proponía como objeto de la lógica o semiótica el estudio de "la naturaleza de los signos que la mente usa para la comprensión de las cosas, o para comunicar su conocimiento a los demás", Cf. Conesa, Francisco y Nubiola, Jaime: Filosofía del lenguaje, Herder, Barcelona, 1999. En este texto pueden consultarse además otros antecedentes, aún más lejanos en el tiempo, de este uso del término "semióótica".

18. Delledale, G.: Leer a Peirce hoy, Gedisa, Barcelona, 1996, p. 121

19. Op. cit., p. 69.

20. Por ejemplo, es por todos conocida la clasificación peirceana de los signos en índices, iconos y símbolos. Menos conocido es que su clasificación abarca casi ¡60.000! tipos de signos diferentes según se tenga en cuenta distintas funciones y sutilezas que escapan a la mayoría de los estudiosos. Algunos creen que este es el triste resultado de una mente obsesionada con las tricotomías. Otros, sin embargo, piensan que todavía no estamos en condiciones de entenderlo porque nuestra comprensión de la semiótica está en pañales.

21. Un detallado análisis de este punto de partida se encuentra en Samaja, J.: Semiótica y Dialéctica, JVE Ediciones, Colección Episteme, Buenos Aires, 2000, p. 36 y ss. Este libro es un excelente portal para este tema.

22. Cf. Samaja: Op Cit., p. 37.

23. Nietzsche, F.: Werke, Kritische Gesamtausgabe (KGW), VII 3, 35 (35). Texto póstumo de la década del 80 tomado de la edición Colli –Montinari, traducido por Lucía Piossek Prebisch.

24. En su Jefferson Lecture de 1989, Walker Percy argumentó que la ciencia moderna es radicalmente incoherente, "no cuando pretende entender cosas y organismos infrahumanos y el cosmos mismo, sino cuando pretende entender al hombre, no tanto la fisiología o la neurología humanas, o la circulación de la sangre, sino el hombre qua hombre, el hombre en cuanto es peculiarmente humano", pero que, con su teoría de los signos Peirce realizó la tarea preliminar para una ciencia coherente del hombre que tiene que ser llevada a cabo (Cf.: Percy, W.: "The Fateful Rift: The San Andreas Fault in the Modern Mind", 18th Jefferson Lecture in the Humanities, 3 May 1989 en Washington D. C.) Citado por Nathan Houser en su introducción a EP1.

25. Bertrand Russell, Ensayos Filosóficos, Editorial Altaya, Barcelona, 1993, p. 110.

26. Haack, Susan: "Viejo y nuevo pragmatismo", Dianoia, vol. XLVL, nº 4, pp. 21-59.

27. En ambos pensadores hay conexión entre conocimiento y acción, recordemos que para Aristóteles en la Metafísica el gran argumento en contra del escepticismo, su talón de Aquiles, es la acción. Cuando actuamos estamos firmando algo como verdadero. También Platón —en el Menón— ha señalado esta amarra con lo real y con las acciones humanas que entraña el verdadero conocimiento.

28. PEIRCE, "What pragmatism is", Monist, abril de 1905.

29. Muchos creen que intenta tomar distancia del pensamiento de James, pero no es así, el uso del término "pragmático" se había extendido en diarios y revistas para aplicarse prácticamente a cualquier cosa referida a la acción.

30. Cf. Conesa y Nubiola, Filosofía del lenguaje, p. 68.

31. Cf. Ibid.

32. Escrito póstumo, su redacción está fechada en 1873. La presente traducción es de Lucía Piossek Prebisch a partir de: Nietzsche, Werke, Kritische Gesamtausgabe, editado por Giorgio Colli y Mazzino Montinari, III 2, Nachgelassene Schriften (1870-1873), De Gruyter, Berlín-Nueva York, 1973, pp. 369-384.

33. Valicella, Bill: "Nietzsche: Truth and Pragmatism". Disponible en http://maverickphilosopher.blogspot.com/2004/09/nietszche-Truth-and-Pragmatism

34. He escuchado estas opiniones de Lucía Piossek Prebisch en sus clases, ignoro si están publicadas.

35. Conesa y Nubiola, Filosofía del lenguaje, pp. 69-70.


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Fecha del documento: 14 noviembre 2005
Ultima actualización: 10 marzo 2016

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